Gaizka Urresti explica los secretos del documental 'Eloy de la Iglesia, adicto al cine', estrenado en San Sebastián y que repasa la relación entre vida y obra en uno de los cineasta más singulares de la España de la Transición
Eloy de la Iglesia fue adicto a las drogas o a las tragaperras, pero defendió que el cine era la única adicción que nunca lo abandonaría. Hablar de su obra conlleva hablar de esas adicciones, es lo que espera el público por la leyenda de malditismo alrededor de sus películas y episodios como la muerte de José Luis Manzano. Pero también es un recorrido por la filmografía de un director único que, como se afirma en el documental sobre su vida «no podía evitar rodar con crudeza».
Gaizka Urrestifirma Eloy de la Iglesia, adicto al cine, tras ganar en 2023 el Goya a Mejor Documental por Labordeta. Un hombre sin más(2023) —codirigido junto a Paula Labordeta— y en lo que es un nuevo biopic en su filmografía que se une a títulos como Arizmendiarrieta, el hombre cooperativo (2018) o Aute retrato (2019). Lo acompañan en el guión Juan Barrero —quien también monta— y Moisés Garrido, junto a los que tomó la decisión de, al no poder evitar la asociación entre De la Iglesia y las adicciones, abrazarla.
De la vorágine de uno de los mayores festivales de cine del mundo, en pleno corazón de Europa, a un encierro para escribir en un hotel de una isla remota. Lois Patiño cuenta a Cine con Ñ el contraste que supuso realizar Ariel, su cuarto largometraje, que presenta ahora en el Festival de Róterdam. El estrechísimo calendario de producción llevó al director gallego de la Berlinale alemana —donde consiguió el Premio Especial del Jurado (Encounters) con Samsara— a las Azores para, en tres semanas, preparar el guión y el rodaje de su nueva película.
Ariel también habla de un viaje: el de una actriz, interpretada por la argentina Agustina Muñoz, que viaja a una isla azoriana para sumarse a una compañía de teatro que está representando La tempestad, la última obra para las tablas que escribió William Shakespeare. Cuando llega allí, no encuentra a nadie de la compañía. Pese a que intenta buscarlos, los habitantes de la isla no la ayudan. Todos se comportan de forma extraña y recitan versos del dramaturgo inglés.
Esta es la historia de la película con más historia de las que ha hecho hasta ahora Lois Patiño. El director, parte de la generación de cineastas que renovó e impulsó el cine gallego en la década pasada—junto a los Oliver Laxe, Diana Toucedo, Jaione Camborda, etc…—, da así un paso distinto en su filmografía, incorporando metaficción, actrices de trayectoria y teatro shakeasperiano a sus ya característicos estudios del paisaje y experimentaciones con la imagen.
Gaizka Urresti, ganador del Goya por 'Labordeta. Un hombre sin más', firma esta película que se estrenará en el Festival de San Sebastián antes de llegar a salas comerciales en noviembre
Eloy de la Iglesia, adicto al cine, es el nuevo documental de Gaizka Urresti (Labordeta. Un hombre sin más) y un homenaje a «una de las voces más relevantes del cine español de la Transición»: el director de El pico (1983), Navajeros (1980) o El diputado (1978).
La película parte de la frase en la que el propio De la Iglesia resumía su relación con el séptimo arte: «Lo único que nunca me ha fallado es el cine, lo único que sigo queriendo, amando, deseando, y el único enganche que jamás superaré».
El documental recoge testimonios de conocidos y colaboradores del director como José Sacristán, María Luisa San José, Fernando Méndez-Leite, Marisol García Morcillo, Luis E. Parés, Pedro Olea, Claudia Gravy, Carlos Aguilar, Eduardo Fuembuena, Ángel Pardo, José Luis Garci, Fernando Guillén Cuervo, Josetxo San Mateo, Alejo Loren, Pedro Moreno, Gaspar Noé y Verónica Luján.
El propio Urresti comenta que «nos hace mucha ilusión presentar la película en el Festival de San Sebastián, porque Eloy, en su adolescencia, venía desde Zarautz y allí aprendió a amar el cine. Más tarde presentó en este mismo certamen títulos clave como El pico u Otra vuelta de tuerca. Y, sobre todo, en 1996, la retrospectiva y el libro que se publicó sobre él supusieron su recuperación tanto personal como cinematográfica».
Un acercamiento «directo y sin filtros» a Eloy de la Iglesia
Añade el cineasta que «como dice Pepe Sacristán en la película, Eloy no es un ejemplo a seguir, sin embargo, su cine y su personalidad nos absorben como ese agujero negro que nos atrapa en su profundidad. ¿Por qué? Seguramente por esa atracción a lo peligroso, al lado oscuro de nuestra alma, a lo prohibido que forma parte de nuestra esencia».
La historia, escrita a seis manos por Moisés Garrido, Juan Barrero y Gaizka Urresti, propone «un acercamiento directo y sin filtros a uno de los cineastas más controvertidos del cine español: el autor que narró como nadie la marginalidad, los cuerpos silenciados y la oscuridad de la Transición, hasta caer él mismo en sus propios abismos».
La producción de Eloy de la Iglesia, adicto al cine corre a cargo de Oihana Olea y Julio Díez. Pepe Añón es el director de fotografía; Esmeralda Díaz, la directora artística. Isabella Bello se encarga del Sonido; Juan Barrero, del montaje, Marina Hernández y Cristina Calvo del maquillaje.
Producida por Altube Filmeak y Allmura Films, tras su paso San Sebastián y otros festivales, Eloy de la Iglesia, adicto al cine, se estrena en salas este 24 de diciembre de 2025.
Sinopsis de Eloy de la Iglesia, adicto al cine
Un director de cine valiente, un enfant terrible en sus inicios, combativo contra la censura, buscando siempre los límites de la libertad de expresión, cronista dela parte más oscura de la Transición, caerá en los infiernos de la drogadicción y durante más de una década será olvidado y en ocasiones repudiado, pero logrará salir del ostracismo para volver a hacer cine, esa adicción de la que jamás pudo desengancharse.
El empeño vacío por trascender y revestir el documental musical hace de menos a una película que, por el resto, consigue el objetivo: acercarnos a Leiva
Hasta que me quede sin voz se acerca a la vida y circunstancias vitales del artista musical Leiva. El documental cuenta claves importantes de su pasado, contadas por él mismo, pero sobre todo se centra en un presente en el que sus cuerdas vocales están poniendo en serio riesgo su carrera. Mientras, sus giras, canciones y compromisos siguen llamando a la puerta.
Lucas Nolla, Mario Forniés y Sepia, profesionales del audiovisual —sobre todo en publicidad y videoclips— muy cercanos al propio Leiva, se han lanzado a hacer esta película sobre uno de los artistas del pop-rock que han encadenado más éxitos en los últimas décadas en España, desde su época en Pereza junto a Rubén Pozo hasta su ya larga década y media casi como músico en solitario.
Hasta que me quede sin voz es un poco de todo. Es repaso biográfico, es acceso a las confesiones y vida íntima del músico, es viaje entre las locas bambalinas de una gira y también es acercamiento al proceso creativo y personalidad del artista. El hilo conductor todo esas aristas es su problema con la voz, que es lo que va llevando a la idea central del documental: Leiva tiene necesidad de hacer música y la hará de la forma que sea.
Hasta que me quede sin voz y sin película
La noción semiautodestructiva y romántica del artista es el leitmotiv de la película, que de esa forma busca justificar un poco su propia existencia como documento-película con más peso específico que una serie de autobomboinsider para lucir en el catálogo de alguna plataforma. Y de alguna forma consigue que ese ancla general cale y darle al documental una cierta unidad y cercanía al retrato de José Miguel Conejo Torres/Leiva.
Es la forma (en el guión y montaje) en la que se salva una película que, el fondo, tampoco tiene nada muy especial que contar sobre el músico. De hecho, hasta el problema vocal es un asunto, aunque quizá no desde tan cerca, sobre el que hemos leído, visto y escuchado decenas de veces de otros artistas. Por eso Nolla, Forniés y Sepia tienen que rellenar los huecos con otras cosas.
La trampa de querer ir más allá
En esos espacios vacíos y su forma de abordarlos es donde la película pierde mucha de esa autenticidad que con tanto empeño quiere transmitir. Sobre todo, al darle un revestimiento estético (cambios de formato, tratamiento de la imagen, recursos de videoclip…) al asunto que, en vez de darle más entidad, se la quita. Quizá ahí la formación publicitaria de sus creadores ha ido más en contra que a favor.
La locura de las giras, las conversaciones dentro de la industria musical, la elaboración de letras y música, las confesiones entre bambalinas, los momentos de concierto, las comidas de los domingos con la familia —el retrato de sus padres, probablemente el mayor hallazgo—, la soledad del músico… son todo cosas que cualquier amante del biopic musical reconoce y sobre el que se añade una conclusión general de las motivaciones y miedos de un artista que ha tenido suficiente peso en la cultura española como para que se le escuche.
Por eso ese esfuerzo por trascender se siente más un complejo que un resultado, lo que acaba por hacerla más artificial y menos parecida a lo que hacen en Little Spain —Esa ambición desmedida (2023), La guitarra flamenca de Yerai Cortés (2024)—, clara inspiración para el trío responsable de Hasta que me quede sin voz. Es una pena ese empeño porque desmerece una una película que, por otro lado, sí consigue acercar a su protagonista, que al final es de lo que va todo esto.
Paloma Polo convierte una 'road movie' en un ensayo crítico en torno a la potencia política de los matriarcados indígenas y la persistencia del colonialismo en Estados Unidos
La nueva película de la artista visual Paloma Polo, presentada en el marco de la exposición El retorno de la mirada. La tarea política de narrar, abierta al público en La Virreina Centrede la Imatge de Barcelona hasta el 1 de marzo de 2026, adopta la forma de una road movie por los estados de Nueva York y Pensilvania. A través de este recorrido, Wrinkled Minds revisita algunos de los lugares más emblemáticos vinculados a la Campaña Sullivan-Clinton, ordenada por George Washington en 1779 y emprendida por el general John Sullivan en el contexto de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y los inscribe en una reflexión sobre feminismo indígena, violencia contra los pueblos nativos, colonialismo y supremacismo.
La obra se abre con la presencia de dos mujeres pertenecientes a la Confederación Haudenosaunee —integrada por seis naciones nativas: Mohawk, Onondaga, Oneida, Cayuga, Seneca y Tuscarora— quienes contextualizan al espectador e introducen los elementos centrales del relato.
Otorgar una dimensión política a la forma cinematográfica constituye una de las premisas fundamentales que caracterizan al cine más comprometido con las urgencias de su tiempo. En este sentido, la elección del subgénero de la road movie por parte de Polo —uno de los emblemas por antonomasia del cine estadounidense— al que despoja de su esencia épica y vitalista para convertirlo en un vehículo de reflexión crítica, se convierte en determinante.
‘Wrinkled Minds’
A través de diversos dispositivos narrativos, Polo articula la película en tres planos temporales que convergen en un único espacio físico, conformando un discurso donde forma y contenido se revelan inseparables. El primero remite al proceso de colonización entre inicios del siglo XVII y el XVIII, cuyo propósito fue despojar a los pueblos indígenas de sus territorios, someterlos y cristianizarlos. Este periodo se evoca mediante la lectura de escritos de los misioneros jesuitas llegados a la Nueva Francia.
El segundo momento nos sitúa en la campaña militar de 1779, destinada a destruir los asentamientos de los Haudenosaunee y erradicar su presencia del actual estado de Nueva York, recreada a través de la difusión en una red social de los diarios militares de Sullivan. Finalmente, el tercer plano corresponde al tiempo presente, representado por el viaje de dos hombres blancos, de porte castrense, por algunos de los hitos históricos de aquella campaña ahora inscritos en el paisaje capitalista contemporáneo. Dos figuras poco empáticas, que permanecen en silencio, herederos simbólicos de todo el legado de violencia patriarcal y superioridad moral sobre el que se construyeron los Estados Unidos, y a los que no costaría mucho imaginar asaltando el Capitolio.
Con resonancias del cine de John Gianvito o Travis Wilkerson, la puesta en escena de Wrinkled Minds, pausada y contemplativa, subraya la importancia de los cuerpos y gestos de sus dos protagonistas, convertidos en esenciales narradores de la acción. Esta estrategia alcanza su punto álgido en la secuencia en la que uno de ellos se ejercita con una inusitada disciplina militar, momento en el que la dimensión performativa de la película adquiere toda su potencia expresiva.
‘Wrinkled Minds’
Influencia indígena en los orígenes del feminismo occidental
Gracias a los escritos de los jesuitas franceses que atraviesan Wrinkled Minds, vamos conociendo como era la sociedad Haudenosaunee; una sociedad matriarcal, que no se sustentaba sobre la idea de pecado, no aplicaba medidas punitivas, en la que no se ejercía dominación de unos sobre otros. Las mujeres eran persona con toda clase de libertades, tenían absoluto control sobre su sexualidad y su reproducción, eran la principal autoridad política y tenían voz en todas las decisiones de la comunidad.
Los misioneros jesuitas, formados en una cosmovisión cristiana y patriarcal, consideraban estas prácticas profundamente inapropiadas y escandalosas. Sin embargo, tanto la difusión de sus informes en Francia como el contacto directo que mantuvieron las primeras colonas sufragistas con las mujeres indígenas en el territorio, provocaron un impacto significativo. Al confrontarse el modelo occidental con las realidades sociopolíticas de las comunidades originarias, muchas mujeres europeas comenzaron a cuestionar su lugar en la sociedad y la rígida estructura de género que las subordinaba.
‘Wrinkled Minds’
En ese momento, las mujeres occidentales carecían de existencia legal propia y estaban sometidas a la autoridad masculina y a los mandatos del cristianismo. Este contraste activó un incipiente debate en determinados círculos intelectuales, que más tarde alimentaría los fundamentos de la primera ola feminista. Estos estudios surgen de la investigación de Sally Roesch Wagner, historiadora del feminismo y autora de The Indigenous Roots of United States Feminism (2004), obra que sirvió de punto de partida del proyecto de Paloma Polo, con el que busca recuperar la memoria y las prácticas políticas de los matriarcados de diversos pueblos originarios, entendidas como claves para replantear, desde una perspectiva renovada, los desafíos contemporáneos ligados a las políticas neocolonialistas y heteropatriarcales sustentadas en la explotación de recursos, el crecimiento y el consumo desmedidos.
Idearios utópicos y disidencias políticas en el cine de Paloma Polo
Las películas de Paloma Polo parten de profundas investigaciones que atienden de manera específica al contexto en el que se inscribe cada proyecto. Su práctica se fundamenta en la colaboración con agentes locales, con quienes establece relaciones horizontales, alejadas de dinámicas jerárquicas y de cualquier aproximación extractivista o meramente representacional. En esta ocasión el guion fue revisado conjuntamente con integrantes de la comunidad Haudenosaunee, una metodología que la artista ha aplicado igualmente en trabajos anteriores.
Así, en El barro de la revolución (2019), Polo se integró en una guerrilla del Nuevo Ejército del Pueblo, rama armada del Partido Comunista de Filipinas, y convivió durante meses en la clandestinidad, acatando la disciplina militar y participando plenamente en las actividades cotidianas de sus miembros. Trabajar de esta forma transversal, le permite producir saberes que cuestionen los modelos hegemónicos de producción y legitimación de conocimiento, especialmente aquellos que dependen de la objetividad científica clásica o la superioridad epistémica.
‘Dulcinea’
Con su trabajo audiovisual, Polo busca profundizar en idearios políticos inscritos en contextos socioculturales específicos, con especial atención a aquellos vinculados a formas de disidencia y horizontes utópicos. Y a su vez, dar visibilidad a imaginarios e historias silenciadas, que ponen el foco en otras formas de vida y de resistencia ante el orden establecido, haciendo hincapié en construir una genealogía política feminista.
En su anterior película, Dulcinea (2023), reivindicaba la figura de Dulcinea Bellido, militante del Partido Comunista (PCE) y fundadora del Movimiento Democrático de Mujeres, la primera organización feminista de carácter estatal surgida en los años de la dictadura franquista. Actualmente, la obra cinematográfica de Paloma Polo puede verse en dos exposiciones en España: por un lado, la retrospectiva de su trabajo artístico presentada en La Virreina de Barcelona; por otro, hasta el 22 de febrero de 2026, dos de sus películas forman parte del ciclo Visiones Contemporáneas, con sede en el DA2, Centro de Arte Contemporáneo de Salamanca.
La serie de Netflix es un complejo drama familiar sobre el trauma al que obligan a disfrazarse de thriller intensito sobre psicópatas del montón
Innato es la historia de Sara, una psicóloga casada y madre de un hijo adolescente que tiene una vida aparentemente sin sobresaltos. Hasta que salta a las noticias la salida de prisión de ‘El asesino del gasoil’, un mediático asesino en serie de hace 25 años que quemaba vivas a sus víctimas. Muy pocas personas lo saben, pero Félix Garay es, en realidad, el padre de Sara, cuyo encarcelamiento ella aún no ha podido superar. Cuando el hijo de Sara descubra la identidad de su abuelo, cambiará sus vidas para siempre.
Fran Carballal (Cicatriz) y Enrique Lojo(En fin) son los creadores de este drama psicológico familiar disfrazado de enésimo thriller intenso del montón de los que Netflix estrena en dos cifras cada año. El reparto es tan bueno que cuesta creerlo —Elena Anaya, Roberto Álamo, Emma Suárez, Aura Garrido, Clara Sans, Natalia Huarte y, por supuesto, Imanol Arias— y la idea por debajo sobre la «herencia» del crimen es estupenda. La ejecución, quizás también porque ochos episodios eran demasiados para lo que querían contar, ya tal.
En la verdadera nueva normalidad de los cines, donde los 'blockbuster' y las 'películas-evento' ya son contadas, la taquilla ya no es el elemento central para medir el éxito o la rentabilidad de las películas
Hace unos años los expertos en encuestas se preguntaban por un fenómeno curioso, pospandémico pero que ya se había dado en otras épocas: si le preguntabas a los españoles como veían la economía, respondían que en general iba muy mal, pero que a ellos y su entorno, bastante bien (ahora la cosa quizás ha cambiado un poco). El cine español, cerrando 2025 en cifras casi idénticas a las de 2024, parece entrar en un estado parecido, gracias a un suelo de público fiel, las películas de la ‘clase media’ y sus propias fórmulas empresariales. De hecho, el peligro principal que se empieza a señalar es el exceso de producción.
A fecha del pasado 14 de diciembre, el último con números consolidados del Ministerio de Cultura, la taquilla del cine español en 2025 se situaba en 77,7 millones de euros de recaudación en salas y 12 millones de espectadores. En 2024fueron 84 millones de euros y 12,9 de espectadores —un poco más si contamos las cifras no declaradas de La sociedad de la nieve (2023)— y en 2023, 81 millones de euros y 13,1 en espectadores.
Es decir, cae, pero ‘poco‘, un 7% respecto al entre el 9 y el 14% de la taquilla general, en un año de blockbusters hollywoodienses que se pegaban grandes batacazos. De hecho, por segundo año consecutivo, mejoraría la cuota de pantalla, que acabará en alrededor de un 14%. Todo esto, contando solo los cines españoles, sin sumar en el balance grandes taquillas internacionales como la de Sirât (2025).
Fallece a los 78 años el intérprete gallego, que destacó también en películas de Fernando León de Aranoa como 'Los lunes al sol', 'Amador' o 'El buen patrón'
Fallece a los 78 años el actor español Celso Bugallo (1947), recordado por sus papeles secundarios en películas como Mar adentro (2004), que le valió el Premio Goya al Mejor Actor de Reparto, La noche de los girasoles (2006) o El buen patrón (2021), con la que volvería a ser nominado a los Goya.
Nacido en Vilalonga (Sanxenxo, Pontevedra), Celso Bugallo se dedicó a la interpretación a los 23 años. Se inició en el teatro en Logroño, donde residía su familia, a principios de los años 70, donde participó de compañías independientes como Adefesio Teatro Estudio y Lope de Rueda. Además, fundó y dirigió allí el JUBY (Juventud Unida del Barrio de Yagüe), organización que ganó en 1976 el Premio Nacional de Comedias de Teatro con El retablo del flautista.
Bugallo se casó y en 1978 volvió a Galicia, donde cofundó el grupo de teatro Olimpo. En 1995 funda también la escuela de actores AFAP (Aula de Formación de Actores de Pontevedra), mientras siguió participando en la escena teatral gallega, donde se convirtió en uno de los actores más respetados del mundillo.
La llegada al cine de Celso Bugallo, ‘robaescenas’ oficial
El debut cinematográfico de Celos Bugallo llegaría ya a los 52 años, con José Luis Cuerda y su La lengua de las mariposas (1999). «Recuerdo que estaba en Ámsterdam y José Luis Cuerda me estaba buscando. Llamaron a mi madre y ella fue la que me dio la noticia de que Cuerda me estaba buscando para un trabajo», recordó Bugallo en una entrevista a La Voz de Galicia. En esa primera película ya asomó el característico tono humano que haría destacar sus papeles cinematográficos.
Su otro «descubridor» en cine fue Fernando León de Aranoa, que ya confió él para un papel en Los lunes al sol (2002). Tras aquella experiencia, se convertiría en un habitual de las películas del director, con el que repetiría como protagonista en Amador (2010) y la reciente El buen patrón (2021), por la que consiguió una nominación al Goya por su papel de jardinero del personaje de Javier Bardem.
Precisamente ligado a Bardem está también el papel más conocido de Bugallo: el de hermano de Ramón Sampedro (interpretado por Bardem) en Mar adentro, de Alejandro Amenábar. El filme le valió el Goya y lo lanzó como uno de los secundarios más cotizados del cine español.
A partir de Mar adentro, Bugallo se convertiría en un auténtico ‘robaescenas’. Así lo demuestran películas como La noche de los girasoles (2006) —otro de sus papeles más recordados—, 53 días de invierno (2006), Pudor (2007), Agallas (2009), La isla interior (2009), Crebinsky (2011), Palmeras en la nieve (2015), Trote (2018), La isla de las mentiras (2020) o El arte de volver (2020). Destacó también como protagonista en Cenizas del cielo (2008), de José Antonio Quirós.
En todos estos años, Bugallo se hizo un hueco en el audiovisual local y nacional, que ha reaccionado a su muerte. «Lamentamos profundamente el fallecimiento del actor Celso Bugallo, referente de nuestro cine y teatro» (traducción), ha asegurado la Academia Galega Do Audiovisual en un comunicado.
«Fue una figura esencial del cine y teatro españoles», han apuntado desde el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA). «Un hombre divertidísimo, totalmente opuesto a los personajes que interpretaba, cariñoso y un actor ENORME», ha señalado en redes sociales la también actriz Beatriz Rico.
La ópera prima de Rafael Cobos logra dos galardones, mientras que la serie dirigida por Alberto Rodríguez se alza con cuatro premios en los Premios ASECAN. El documental 'Un hombre libre' destaca también con tres reconocimientos
Golpes y Anatomía de un instante se convierten en la película y la serie, respectivamente, más destacadas en los Premios ASECAN Del Audiovisual Andaluz. Golpes, dirigida por Rafael Cobos, gana 2 premios (Película y Dirección Novel), mientras que la serie dirigida por Alberto Rodríguez suma 4 galardones: el de Serie de televisión, el de Dirección de Serie para Alberto Rodríguez y Paco Baños, el de Guión de Serie para los propios Cobos, Rodríguez y Fran Araújo; y el de Interpretación Masculina, que recae en Álvaro Morte. El de Dirección lo logaron, ex aqueo, Alberto Rodríguez por Los Tigres y Fernando Franco porSubsuelo.
La ópera prima de Cobos consigue más votos que Los Tigres o El cielo de los animales en los ASECAN, los premios de la Asociación de Escritoras y Escritores Cinematográficos de Andalucía, que celebraron su 38ª edición en la mañana del sábado 20 de diciembre. Así, el título se coloca en una buena posición también para los Premios Carmen, los otros premios del cine andaluz que organizada la Academia del Cine Andaluz.
El documental de Laura Hojman sobre Agustín Gómez Arcos, Un hombre libre, es otro de los títulos destacados en los ASECAN 2025: el de No Ficción, el de Guion de Cine (Hojman y María D. Valderrama), y el de Música Original para Elena Córdoba (Novia Pagana). Mientras, el ASECAN de Canción Original lo ha recogido Rocío Márquez, Birane Wane y Canito por Yilma el tema principal de Senegal, un sueño de ida y vuelta de Marcos Gualda.
Ya en las categorías más tradicionales de los ASECAN, el Premio Juan Antonio Bermúdez Labor Informativa se lo lleva el actor y comunicador Bruto Pomeroy; el Premio Juan Antonio Bermúdez Labor de Difusión del Cine en Andalucía ha sido para la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC); y el ASECAN Libro de Cine, este año se concede a Sexo e historia de la comunicación, coordinado por María del Mar Ramírez-Alvarado en Editorial Tirant Humanidades.
Ganadores de los Premios ASECAN 2025 – Lista completa de premiados y premiados
Premio ASECAN Película
Golpes, de Rafael Cobos
Premio ASECAN Dirección de Cine (ex aequo)
Alberto Rodríguez por Los Tigres
Fernando Franco por Subsuelo
Premio ASECAN Dirección de Serie
Alberto Rodríguez y Paco Baños por Anatomía de un instante
Premio ASECAN Dirección Novel
Rafael Cobos por Golpes
Premio ASECAN Guion de Cine
Laura Hojman y María D. Valderrama por Un hombre libre
Premio ASECAN Guion de Serie
Rafael Cobos, Fran Araújo y Alberto Rodríguez por Anatomía de un instante
Premio AISGE Interpretación Masculina
Álvaro Morte por Anatomía de un instante
Premio AISGE Interpretación Femenina (ex aequo)
Ingrid García-Jonnson por Superestar
Paula Díaz por El cielo de los animales
Premio ASECAN Música Original
Novia Pagana (Elena de Córdoba) por Un hombre libre
Premio ASECAN Canción Original
Rocío Márquez, Birane Wane y Canito por ‘Yilma’ (de Senegal, un sueño de ida y vuelta)
Premio ASECAN No Ficción
Un hombre libre, de Laura Hojman
Premio ASECAN Serie de Televisión
Anatomía de un instante, de Alberto Rodríguez
Premio ASECAN Cortometraje de Ficción
Las pardas, de Simone Sojo
Premio ASECAN Cortometraje de No Ficción
Las malas, de Elisa Moreno
Premio ASECAN Otros Formatos
Anochece que no es poco, de Arturo Hacha
Premio ASECAN Libro de Cine y/o Audiovisual
Sexo e historia de la comunicación, coordinado por María del Mar Ramírez-Alvarado
Premio Juan Antonio Bermúdez a la Labor Informativa
Bruto Pomeroy
Premio Juan Antonio Bermúdez a la Labor de Difusión
Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC)
Bien narrada y con un par de premisas tan locas para una película de espías que la hacen interesante, pero también con un sabor tan añejo que se pasa de frenada
La sospecha de Sofía se ambienta en los años 60, en plena Guerra Fría, a caballo entre la España de Franco y la RDA comunista. Sofía está casada con Daniel, un importante industrial que trabaja como mano derecha de su padre en la empresa familiar. Pero todo cambia cuando Daniel recibe una carta desde París: su madre biológica quiere conocerlo. Es un niño robado de la guerra y cuando llegue finalmente a Berlín conocerá a Klaus, su hermano gemelo. Un espía con la misión de sustituirlo y ayudar a establecer en España a la KGB soviética.
Casi nada. Imanol Uribe vuelve al cine tres años después de Llegaron de noche (2022) para adaptar la novela ganadora del Premio Planeta escrita por Paloma Sánchez-Garnica. Esta historia, en formato miniserie, podría haber dado para un culebrón de época estilo El tiempo entre costuras (2013) y similares. En manos del veterano realizador vasco, un clásico de nuestro cine no siempre reconocido, se convierte en un homenaje en sordina al Hitchcock de Cortina rasgada (1966) y no acaba de encontrar el equilibrio con su parte más desvergonzada.
El principal problema de La sospecha de Sofía, aunque tenga varias virtudes, es que hablamos de una película de sabor tan añejo que se pasa de frenada. No porque Uribe tenga ya una edad y venga de vuelta, sino porque el tema y los guiños al cine de espías así pedían el tono. Solo que se les ha ido al no darse cuenta de que a estas alturas de 2025 esta presentación necesitaba algo más de sentido del humor y desparrame, toda vez que la premisa del cambiazo entre gemelos y la esposa que se queda picueta es de culebrón un poco mamarracho.
La sospecha de Sofía y el sofocón de Klaus
He dicho el principal, no el único, pero antes vamos a comentar alguna virtud. La película no hace la cutrez de marearnos con qué le pasa a Daniel y empieza explicando todo el intercambio de hermanos, como deja claro desde el tráiler. La intriga está en cuál será la redención de Klaus, que se deja claro que no es «malo» —aunque las formas de volverlo «bueno» sean muy tontorronas— y el morbillo de si la legítima se dará cuenta de que se está acostando con el hermano que no es, porque está como más simpático y fogoso el hombre.
Como no he leído la novela, no sé valorar cuánto viene de ahí, pero es verdad que La sospecha de Sofíajuega un poco al trilero con ese gancho, dado que Sofía es una secundaria en su propia película y apenas interviene en lo que pasa más allá de comentar en voz alta que el hermano B es más guarrete en la cama y eso le hace gracia, sin ser consciente de que son dos señores diferentes.
El guión salpimenta aquí y allá que se puede leer en clave feminista, de la escasa agencia de las mujeres en la España franquista incluso frente a otras sociedades autoritarias como las del bloque comunista, pero tampoco se desarrolla bien este punto de vista. Ni siquiera cuando la contraponen contra una alemana víctima de la RDA, u otras mujeres de clase baja más oprimidas que ella, acaban de empastarlo.
Por otro lado, el final, que lleva la acción a 1989 y la Caída del Muro de Berlín, con los personajes supervivientes ya en edad provecta, sí que aporta un giro interesante con un reflexión sobre la supervivencia del amor, o su evolución a lo largo de las décadas, o cómo esa generación de españoles fue cambiando con los tiempos. Eso sí, con unos diálogos tan expositivos que duelen.
A Sofía algo le huele a cuerno quemado
Porque una cojera, grave, de La sospecha de Sofía son Álex González y Aura Garrido. El primero no sabe cuando hace de hermano «bueno» o hermano «malo» y le tienen que cambiar el peinado u otros elementos de caracterización porque a él no le da. La segunda o no se acaba de creer a su personaje o las líneas de guión que le dan, y apenas pasa de estar muy agobiada toda la película. Los secundarios se fajan un poco mejor, como Zoe Stein haciendo de hermana secuestrada al otro lado del muro. Pero son eso, secundarios.
Y aunque ese epílogo en los años 90 sea algo poco visto en este tipo de películas, toda la parte central, casi incluyendo la eclosión de la trama de espías, es muy lenta y torpe. Probablemente es más realista en cuanto a la rutina de un infiltrado de este tipo, pero se nota tanto que es una excusa para la historia de amor así como medio de telenovela («uuuh, ¿ya sabrá que es otro pero sigue fingiendo porque le gusta este más, que la deja que trabaje fuera de casa y es cariñoso?») que aburre. Con el potencial que tenía lo de la KGB en Madrid.
Quemando el microchip o lo que sea. La sospecha de Sofía está bien narrada y parte de un par de premisas tan locas que son interesantes para una historia de espías, pero no equilibra bien con sus partes de melodrama o culebrón, tiene dos actores que no están muy por la labor, y al no ser consciente de sus partes que huelen a anticuadas no las intenta salvar con algo de autoironía. Un trabajo menor de un director casi siempre solvente.
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