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Críticas

La sospecha de Sofía: Esta Guerra Fría está que arde

Bien narrada y con un par de premisas tan locas para una película de espías que la hacen interesante, pero también con un sabor tan añejo que se pasa de frenada
Crítica de 'La sospecha de Sofía', de Imanol Uribe

La sospecha de Sofía se ambienta en los años 60, en plena Guerra Fría, a caballo entre la España de Franco y la RDA comunista. Sofía está casada con Daniel, un importante industrial que trabaja como mano derecha de su padre en la empresa familiar. Pero todo cambia cuando Daniel recibe una carta desde París: su madre biológica quiere conocerlo. Es un niño robado de la guerra y cuando llegue finalmente a Berlín conocerá a Klaus, su hermano gemelo. Un espía con la misión de sustituirlo y ayudar a establecer en España a la KGB soviética.

Casi nada. Imanol Uribe vuelve al cine tres años después de Llegaron de noche (2022) para adaptar la novela ganadora del Premio Planeta escrita por Paloma Sánchez-Garnica. Esta historia, en formato miniserie, podría haber dado para un culebrón de época estilo El tiempo entre costuras (2013) y similares. En manos del veterano realizador vasco, un clásico de nuestro cine no siempre reconocido, se convierte en un homenaje en sordina al Hitchcock de Cortina rasgada (1966) y no acaba de encontrar el equilibrio con su parte más desvergonzada.

El principal problema de La sospecha de Sofía, aunque tenga varias virtudes, es que hablamos de una película de sabor tan añejo que se pasa de frenada. No porque Uribe tenga ya una edad y venga de vuelta, sino porque el tema y los guiños al cine de espías así pedían el tono. Solo que se les ha ido al no darse cuenta de que a estas alturas de 2025 esta presentación necesitaba algo más de sentido del humor y desparrame, toda vez que la premisa del cambiazo entre gemelos y la esposa que se queda picueta es de culebrón un poco mamarracho.

La sospecha de Sofía y el sofocón de Klaus

Crítica de 'La sospecha de Sofía'

He dicho el principal, no el único, pero antes vamos a comentar alguna virtud. La película no hace la cutrez de marearnos con qué le pasa a Daniel y empieza explicando todo el intercambio de hermanos, como deja claro desde el tráiler. La intriga está en cuál será la redención de Klaus, que se deja claro que no es «malo» —aunque las formas de volverlo «bueno» sean muy tontorronas— y el morbillo de si la legítima se dará cuenta de que se está acostando con el hermano que no es, porque está como más simpático y fogoso el hombre.

Como no he leído la novela, no sé valorar cuánto viene de ahí, pero es verdad que La sospecha de Sofía juega un poco al trilero con ese gancho, dado que Sofía es una secundaria en su propia película y apenas interviene en lo que pasa más allá de comentar en voz alta que el hermano B es más guarrete en la cama y eso le hace gracia, sin ser consciente de que son dos señores diferentes.

El guión salpimenta aquí y allá que se puede leer en clave feminista, de la escasa agencia de las mujeres en la España franquista incluso frente a otras sociedades autoritarias como las del bloque comunista, pero tampoco se desarrolla bien este punto de vista. Ni siquiera cuando la contraponen contra una alemana víctima de la RDA, u otras mujeres de clase baja más oprimidas que ella, acaban de empastarlo.

Por otro lado, el final, que lleva la acción a 1989 y la Caída del Muro de Berlín, con los personajes supervivientes ya en edad provecta, sí que aporta un giro interesante con un reflexión sobre la supervivencia del amor, o su evolución a lo largo de las décadas, o cómo esa generación de españoles fue cambiando con los tiempos. Eso sí, con unos diálogos tan expositivos que duelen.

A Sofía algo le huele a cuerno quemado

La Sospecha de Sofía

Porque una cojera, grave, de La sospecha de Sofía son Álex González y Aura Garrido. El primero no sabe cuando hace de hermano «bueno» o hermano «malo» y le tienen que cambiar el peinado u otros elementos de caracterización porque a él no le da. La segunda o no se acaba de creer a su personaje o las líneas de guión que le dan, y apenas pasa de estar muy agobiada toda la película. Los secundarios se fajan un poco mejor, como Zoe Stein haciendo de hermana secuestrada al otro lado del muro. Pero son eso, secundarios.

Y aunque ese epílogo en los años 90 sea algo poco visto en este tipo de películas, toda la parte central, casi incluyendo la eclosión de la trama de espías, es muy lenta y torpe. Probablemente es más realista en cuanto a la rutina de un infiltrado de este tipo, pero se nota tanto que es una excusa para la historia de amor así como medio de telenovela («uuuh, ¿ya sabrá que es otro pero sigue fingiendo porque le gusta este más, que la deja que trabaje fuera de casa y es cariñoso?») que aburre. Con el potencial que tenía lo de la KGB en Madrid.

Quemando el microchip o lo que sea. La sospecha de Sofía está bien narrada y parte de un par de premisas tan locas que son interesantes para una historia de espías, pero no equilibra bien con sus partes de melodrama o culebrón, tiene dos actores que no están muy por la labor, y al no ser consciente de sus partes que huelen a anticuadas no las intenta salvar con algo de autoironía. Un trabajo menor de un director casi siempre solvente.

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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.