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El buen patrón: Reírse del jefe por no llorar

Fernando León de Aranoa se apoya en un Bardem en su salsa para parodiar las peores prácticas de un sector del empresariado español

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El buen patrón sigue durante una semana a Blanco, empresario en el sector de las balanzas industriales que quiere preparar su fábrica para una inspección en la que se juega un premio a la excelencia empresarial. Los problemas se le acumulan precisamente en los días en que todo debe estar perfecto, por lo que echa mano de contactos, malas prácticas y triquiñuelas varias para intentar tapar cualquier mancha sobre lo que él considera una gestión impecable.

Fernando León de Aranoa ha dirigido una comedia negra muy efectiva, que cosechó grandes críticas tras su paso por el Festival de San Sebastián y ya antes de estrenarse en salas ha conseguido representar a España en los Óscar. Javier Bardem, con un papel a medida, es una gran parte de ese éxito previo, adaptando voz y expresión corporal para mimetizarse con un personaje que consigue hacer reflejo de muchos tópicos sin caer en la parodia. Sin él, sencillamente, no habría película.

Es, por supuesto, una comedia panfletaria, pero desde una amargura y una maldad que hacen que no se atraganten los momentos más sindicalistas. De hecho, el guión es de manual, perfectamente equilibrado y simétrico, como le habría gustado a su protagonista, y con una retranca que no se abandona en ningún momento. Como retrato de los vicios del empresariado de provincias y de cierta corrupción de baja intensidad que sigue vigente, funciona a la perfección.

Crítica de El buen patrón sin spoilers

El buen patrón: Reírse del jefe por no llorar 1

Los tejemanejes de Blanco van desde el paternalismo irritante e hipócrita en el día a día hasta la corrupción o el soborno más o menos directos. Con el personaje de Javier Bardem como guía se acaba llevando palos todo el mundo: los medios de comunicación -y encima la aceptación de la corruptela ni se muestra, se da por supuesta-, el poder político, la inspección de trabajo, los jefes intermedios y hasta los sindicatos por omisión. Más que pesimismo antropológico, es una especie de resignación disfrutona.

Del otro lado, los chistes en El buen patrón van desde gags visuales como las balanzas que se descuadran o se trucan hasta chistes muy directos, por ejemplo, uno sobre las subvenciones y el cine que quizás tiene más gracia en una premiere en San Sebastián que en una sala comercial. A la película no le interesa ser políticamente correcta, pero tampoco especialmente faltona. Se trata de que el personaje principal quede retratado en su miseria moral por tierra, mar y aire y ahí se ponen todos los esfuerzos.

De nuevo, por cierto, la comedia como refugio del cine con un discurso de clase verdaderamente político en nuestro audiovisual, aunque en el caso de León de Aranoa sea lo que se espera de él, como si preocuparse por la desigualdad o la explotación fuesen una marca autoral. Hay, por cierto, un homenaje a Novecento casi en elipsis, en relación entre Blanco y Mirallés, interpretado por un muy efectivo y creíble Manolo Solo. El otro referente de este good boss, claro, es uno reciamente ibérico.

El señorito Iván se actualiza

El buen patrón: Reírse del jefe por no llorar 2

Bueno, se actualiza… en parte. El buen patrón parodia a veces el discurso social recurrente de León de Aranoa y tinta la lucha laboral de pesimismo: tras la anterior crisis, la de 2008, la solidaridad entre trabajadores brilla por su ausencia y los ERE se aprueban sin pena ni gloria, con peleas individuales que solo terminan cuando, irónicamente, alguno de los contendientes se queda sin nada que perder. El villano y protagonista Blanco, en fin, no tiene más antagonista que sus propias soberbia y estupidez. No hay contraparte de «buen obrero» que le haga frente.

Quizás sea el único derrape de El buen patrón, que se concentra tanto en crear un Blanco asquerosamente carismático, al que se quiera seguir para ver cómo se cae con todo el equipo, que se olvida de que haya algún personaje medianamente importante con el que identificar al público. Sus obreros, becarias y demás ralea, aunque tampoco caigan en el tópico absoluto, no llegan a ser verdaderos personajes que sirvan para dar cuerpo a las «víctimas» de los verdaderos Blanco de la vida. Aunque es todo tan cafre que se acaba perdonando. Y actores como Celso Bugallo ayudan.

El buen patrón, en fin, es una gran comedia basada en un actor protagonista desatado, en su salsa y pasándoselo en grande. Puede que, ay, algo caducada antes de empezar en cuanto al contexto económico que quiere reflejar, pero muy acertada en la descripción desde el humor negro de perfil de gestor y explotador. Una burla en toda regla al señoro, al cuñado de provincia que se cree «hecho a sí mismo» cuando solo tuvo que ir a firmar al notario y vive de las rentas.

Imágenes: El buen patrón – The Mediapro Studio

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