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Críticas

Romancero: La dificultad de «españolizar» el género

Se estrena en Sitges la nueva serie de terror de Prime Video, que acierta con el tono, la ambientación y las referencias pero los rellena con una historia genérica y unos villanos tontorrones
Romancero: La dificultad de "españolizar" el género 1

Romancero es la historia de la huida de dos niños, Jordán y Cornelia, que se encuentran por casualidad y se defienden en su momento más vulnerable. Dos niños que no han vivido infancias precisamente fáciles y que ocultan secretos, aunque el de Cornelia es un poco más extraño que el de Jordán. Su escapada empieza con una muerte violenta que no pueden explicar, por lo que los seguirán dos guardias civiles con sus propios problemas, la madre de él, las personas con las que vivía ella… y un extraño grupo relacionado con una comunidad religiosa de la zona.

Esta historia se presenta explícitamente como una historia de terror gótica a lo cañí, es decir, como una búsqueda de españolizar el género, mezclando cine de sustos de toda la vida con el mismísimo Federico García Lorca. Es la tensión eterna por intentar «españolizar» el género para hacerlo cercano, en esa cosa tan delicada que es la «credibilidad» de lo que se ve. El terror español de los primeros 2000 que triunfó parecía anglosajón —Los otros (2002), El orfanato (2007) o las primeras entregas de El internado (2007-2010), el verso suelto podría ser [REC] (2007)—, y ahora que producimos películas y series de miedo de todos los colores y como churros, intentamos que huela a propio.

Romancero es una creación de Fernando Navarro, con un CV abultado en el género —Verónica, Venus, Fenómenas— pero que lo más parecido que ha hecho a esto, si me permiten la salida del tiesto, fue Matadero, miniserie de cinco episodios estrenada en 2019 por Atresmedia que también se anunciaba como «un thriller ibérico» y que mezclaba la susodicha trama con cierta comedia negra. Se le une Tomás Peña, del colectivo ‘Manson’, que nunca había dirigido una serie y se especializa más en el mundo del videoclip (pero no cualquiera, ojo: Rosalía, Katy Perry o Rauw Alejandro).

El caballo de Lorca

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Lo de hacer terror «de aquí» combinado con tropos foráneos (japoneses incluso) y su puntito de nostalgia se ha repetido varias veces en los últimos años y en varias series. Dejemos las nuevas entregas de El internado fuera porque su objetivo es ser genérica y vendible allende los mares: Feria, la luz más oscura, Paraíso, Almay películas como El hombre del saco, La niña de la comunión, La Pasajera o La casa del caracol. La mayoría con más pena que gloria (y dejamos La Mesías fuera porque no es exactamente terror y porque está muy por encima de todo lo anterior). Romancero al menos tiene claro un tono y un tipo de referente, y cuando dialoga con grandes éxitos muy influyentes, estilo Stranger things, como hiciera Paraíso, no es para copiarlos, sino para impugnarlos.

De hecho, el lorquismo lírico presente en el enfoque de Romancero —no solo los caballos como motivo, también el situarse en Níjar, por ejemplo— hace que los referentes de crímenes reales se salgan, que ya era hora, del ‘caso Alcàsser’, suceso truculento que traumatizó a generaciones de españoles hasta el punto de contagiar cualquier historia de terror o policial durante tres décadas. Al mismo tiempo, al situarse junto a los invernaderos y los campamentos de migrantes de Almería, en algunas escenas, de las mejores de la serie, parece que veamos la cara B sórdida que no se atrevieron a rodar en Mar de plástico (2015).

Que ahí uno intuye por qué esa necesidad de iberizar la historias de vampiros o zombies o lo que sea: porque nunca hablan realmente de eso. Si La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) se atrevía con el racismo y los derechos civiles, o The Walking Dead (2010-2022) es propaganda ultraconservadora, nosotros necesitamos también reflejar nuestras ansiedades sociales por esta vía de desahogo. En este caso, con el vampiro invertido, de tropo aristocrático original a sublimación del lumpen, esa mezcla de rencor de clase, lucha por la supervivencia y animalización de dos descartes sociales que además son niños traumatizados, frente a villanos que representan la autoridad —aunque la lleven regular— o son limpios e impolutos.

Vampiros de serie en Romancero

Crítica de la serie Romancero Prime Video Sitges 2023

Romancero, por cierto, acaba pero no acaba. Como nos ha comentado alguna vez algún guionista, ya las temporadas se cierran para que las puedas seguir si tenías más historia pero también que sirvan como conclusión para el respetable si la cancelan. Alguna parte se podría leer, como ya hemos comentado, como una impugnación o burla hacia la edulcorada en el fondo y en la forma Stranger things, como la resolución de la trama entre los personajes de Belén Cuesta y Willy Toledo, traslación tan grotesca de la de los de Winona Ryder y David Harbour que te la firmaba otro referente reciamente ibérico, Valle-Inclán.

Quizás lo que se le puede reprochar a Romancero es que, aunque la parafernalia está muy bien —el tono, la parte lírica, el subtexto, las referencias estéticas a aquel terror de serie B españolazo de los 70-80— falla lo mollar. La historia, aunque la desordenen para que parezca más compleja, en el fondo es un poco tonta. Los malos son de serie B pero de serie de TV barata yanqui de los 90 y más genéricos que por encargo. Algunos momentos de recia españolía —meterle un pasodoble a una bandera de España ajada en un balcón para indicar que un personaje es un poco, ejem, nostálgico— son demasiado paródicos. El rollo intenso de por qué los vampiros se van vampirizando por ahí unes a otres está demasiado visto. Y, por favor, vamos a dejar de creernos que es adulto y realista meter abusos a niños. Que lo hace todo el mundo y ya es un tópico.

Recogiéndonos en el cubil, que ya sale el sol: Romancero está bien pero no está bien. Es una serie de terror efectiva por momentos y con grandes detalles de ambientación, algo que suma mucho porque en ocasiones el género es sobre todo saber crear atmósferas, pero que quiere ser tan española e intensa que se pasa de frenada, reproduciendo ese defecto tan habitual de que para ser relevante no puedes tener sentido del humor —cosa que sus españoleadas demandan a gritos—. Y, finalmente, tiene el defecto de cómic de superhéroes de los 90: villanos genéricos que hablan grandilocuente y tienes más vistos que el tebeo.

Imágenes: Romancero – Prime Video

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).

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