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Feria: La luz más oscura: ‘Creepypasta’ contra la nostalgia

La serie de terror de Netflix se balancea entre la nostalgia por la serie B y el reflejo de una determinada época, pero funciona mejor como artefacto de suspense

Feria: La luz más oscura

Feria: La luz más oscura se sitúa en un pueblo del interior de Andalucía en los años 90. Dos adolescentes se enfrentan a la posibilidad de que sus padres sean poco menos que monstruos, asesinos miembros de una secta de turbias prácticas que parece haber cometido un suicidio ritual en la vieja mina abandonada del cuerpo. Pero, cuando cosas extrañas empiecen a suceder en el pueblo durante la investigación del caso, descubrirán que detrás hay algo más.

La nueva serie de Carlos Montero (Élite), haciendo equipo con Agustín Martínez (La caza. Monteperdido) es un thriller sobrenatural con algún elemento de terror y que juega con ligeros homenajes a la serie B televisiva y los sucesos de actualidad del momento, con sus conspiraciones incluidas. Un poco como Paraíso de Movistar+, pero dispersándose menos y con mejor acabado. E incluso con puntos en común con Espíritu sagrado, solo que esto es mainstream.

Al final Feria: La luz más oscura roza ser otro intento de «un Stranger Things a la española», aunque sin querer, más cerca -de manera explícita- de un episodio de Historias de la cripta expandido que de otros referentes, incluido, lo estarán intuyendo, el tono adolescente. Es posible que a «ritmo Netflix» se haga más pesada que en el semana a semana o al menos en dosis que maduren tanto giro. Alguna subtrama parece metida para llegar a ocho episodios cuando igual para cuarto podrían haber resuelto las principales, porque la historia se pretende coral, pero no lo es.

Feria: La luz más oscura y los pueblos en los 90

Feria: La luz más oscura

La tentación estando asociados los nombres de Carlos Montero y Agustín Martínez a la serie es leerla clave de las similitudes y diferencias con sus proyectos anteriores. Ambos han escrito tramas de suspenses enmarcadas en comunidades rurales pequeñas y cerradas, Montero en El desorden que dejas y Martínez en las dos entregas de La caza y en sus novelas (tanto las que firma con su nombre como en el trío Carmen Mola). Añadámosle a eso adolescentes en turbias situaciones sexuales vagamente consentidas y una detective femenina muy curtida -aunque dure poco- y casi que parece una colección de las fórmulas que a ambos autores les han funcionado, con el añadido del elemento sobrenatural y la asistencia del novelista de suspense Mikel Santiago.

Feria: La luz más oscura, por cierto, vio «ampliado» su título tras el éxito editorial del ensayo de la periodista Ana Iris Simón que comparte nombre con el pueblo ficticio de la serie. Sin meternos demasiado en la polémica, la escritora jugaba con la nostalgia de su niñez y una cierta idealización de las certezas de la juventud de sus padres y la vida en comunidades pequeñas. Es poco probable que la serie pretendiese dialogar con dicha polémica, por los tiempos y por el formato, pero lo hace sin querer cuando vertebra la presión del pueblo pequeño alrededor de la idea de «ser normal» y te recuerdan que hasta el guardia «buena gente» no tenía ningún problema en saltarse la ley para proteger la imagen del pueblo.

El pueblo cerrado y hostil tanto al foráneo como al local que se sale de lo normativo es un tópico tanto del suspense como del género de terror, claro, pero por acción u omisión se convierte en un comentario sobre el eterno debate acerca de la nostalgia y la idealización del rural. En cualquier caso, ese diálogo involuntario es bienvenido respecto a Paraíso de Movistar+, que es más de la escuela de pensar que a partir del año 2000 murieron los conceptos de amistad, lealtad e ilusión, coincidiendo por casualidad con el momento en que los niños de la época empezamos a afeitarnos.

Feria: La luz más oscura y dar miedo «alcasseriano«

Feria: La luz más oscura: 'Creepypasta' contra la nostalgia 1

Montero y Martínez vienen de un tipo determinado de thriller sexual y/o policial en el que se manejan con soltura, así que la ambientación de género, muy asfixiante y conseguida por momentos, corre de parte de los directores, Jorge Dorado y Carlos Torrens, curtidos en El Ministerio del Tiempo o El embarcadero y Malaka y que llegan el uno de The Head y el otro de El Internado: Las cumbres. Al final la mezcla de adolescentes, sucesos truculentos, conspiranoia paranormal y anacronismo remite a lo mismo: el terror «alcasseriano» como subgénero español que solidifica la generación que lo vio por televisión.

Quizás ahí flaquea Feria: La luz más oscura, porque si bien está claro que la ambientación noventera permite mantener el suspense por la vía de menos recursos tecnológicos, influye poco más en el argumento cuando deja de dialogar con ese terror de serie B al que se pone a homenajear en unos efectos especiales que a veces te sacan de la ficción por torpes. Y las motivaciones y creencias de la secta malvada, aunque menos tontorronas que en otras ocasiones, son un poco lo que le convenga a los escritores según les apetezcan asesinatos, flashbacks a los 70, orgías adolescentes o dejar a mucha gente en pelotas de golpe.

En resumen, niños y niñas, dicen que la curiosidad mató al gato, pero alguna vez le toca al ratón. Feria: La luz más oscura es efectiva en la creación de atmósferas y tensión dramática y tiene un reparto, sobre todo en la vertiente adulta, muy bueno, así que es una serie que fluye, se deja ver. Pero le falta ese punto de alma que hace una serie sea interesante más allá de ver sus mecanismos técnicos funcionando y le sobran algunas tramas que a falta de ver la siguiente temporada parecen relleno, cháchara magufa para justificar desnudos y efectos especiales que chirrían con el resto del acabado.

La puedes ver en
Imágenes: Fotogramas de Feria: La luz más oscura – Netflix

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