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Alma: Intensidad genérica

Bien planificada y con un par de puntos originales, pero sin personalidad y con tramas y personajes indistinguibles e intercambiables

Alma: Intensidad genérica 1

Alma es un estudiante que pierde la memoria en un grave accidente de autobús en el que mueren varios compañeros de clase. Con ayuda de sus padres y sus amigos, completos desconocidos para ella, intenta recordar quién era antes. Al mismo tiempo, un poder sobrenatural maligno que ha estado oculto durante siglos en los valles asturianos intenta regresar y la supervivencia de algunos de los jóvenes que iban en el autobús parece estar relacionada con ello.

Netflix estrena la enésima serie de terror adolescente con mezcla de referencias a la cultura POP del siglo pasado y atmósfera pseudogótica, por supuesto con drama de instituto intensito adjunto. Este en concreto tiene un par de puntos estructurales o de realización que lo destacan de otras series, el problema es que son esfuerzos de virtuosismo narrativo al servicio de una historia y personajes completamente planos y genéricos.

Alma no es una serie «mala», vamos a decir, y de hecho tiene una forma de contar su nadería con mucho oficio y algún enfoque original. Una comparación posible sería con Feria: la luz más oscura, pero la atmósfera de aquella tenía personalidad propia, aprovechando su ambientación cronológica y geográfica. La ventaja de Alma, eso sí, es que está para pensada de verdad para los adolescentes, no es una fantasía adulta sublimada. Quizás por eso su estupidez a veces se le perdona.

Basta de leyendas inventadas

Alma

En algunos aspectos Alma es Ángel o demonio o Los protegidos pero con muchos mejores medios, en el sentido de ser un producto inane, que bebe de los mismos referentes foráneos (y de la misma época, 90 y primeros 2000, aunque haya pasado década y media). Con Feria tiene en común la leyenda «inventada» cercana a las Historias de la cripta y con El Internado la «atmósfera gótica genérica», curiosamente más cercana de lo que parecía al «tono Netflix» aunque aquella ahora pertenezca a Prime Video.

Por otra parte muchos de sus defectos lo son con ojos de adulto. Es decir, es una serie para adolescentes y que yo quiera ver Shakespeare y me crea el Boyero de las series a Alma le da completamente igual. Perdón: suda de nosotros y nuestros postureos. Así, tenemos diálogos completamente artificiosos, incluyendo las voces en off que hacen introducciones a modo de fábula que sacan completamente de la suspensión de la incredulidad, pero que están pensadas para intentar parecerse a lo que supuestamente gusta a determinado público.

Lo que no es de recibo es que algunas actuaciones incurran en el manido tópico de la ausencia de vocalización de los actores jóvenes españoles. No es algo generalizado, sino una decisión de estilo, una idea de cómo se puede construir cierta naturalidad que sigue sin funcionar tras años y años. Y menos cuando se recitan diálogos que le daría reparo firmar a un guionista de la Image Cómics de los 90. Y no me refiero a las exposiciones de elementos fantásticos, que vamos a hacerle, eso hay que hacerlo de una forma u otra en una ficción como esta, sino a escenas de juzgado de guardia como la del juego de la botella.

Correcta planificación, personajes planos

Alma

Aunque no todo es malo. Insisto mucho con esto, pero la idea del visionado en ritmo «maratón Netflix» aplana la narración de las series haciendo indistinguibles unos episodios de otros estructuralmente, algo que le pasa no solo a la plataforma que le da nombre al atracón. En Alma no es así, y tanto el guión como el montaje saben muy bien separar episodio a episodio y que los nueve, mal que bien, tenga su función. Incluso se hacen un par de cosas originales a la hora de mostrar la casquería o usar la fantasía para tratar traumas reales, como el síndrome del miembro fantasma, la amnesia o la disociación de identidad.

Los temas del subtexto de la historia son muy adolescentes también y depende de lo en serio que uno se los quiera tomar, pero al menos están bien manejados. Con lectura generacional, aunque bastante vista: todos los adultos quieren o usar a los jóvenes de una manera u otra o son unos cobardes que fallan en su deber de protegerlos. El juego de identidades que se establece, aunque un poco previsible y uno o dos de los casos muy trillado, al menos es honesto y se presenta de forma entendible. Otra cosa es que los largos parlamentos «épicos» se carguen algunas escenas, pero al menos hay un esfuerzo en que todo encaje en su mundito de fantasía. O que estaba cantada una escena de sexo intensito, si no, ¿para qué pones a veinteañeros a interpretar papeles de niños 10 años menores?

Alma, por cierto, deja un final abierto más o menos tontorrón pero bien sembrado dentro de que se compre su propuesta, lo cual puede dar a entender que se sobreentiende que habrá segunda parte… o que se quedará sin final, como en algunas de las comparaciones odiosas aquí planteadas. Es una serie bien planificada y con un par de puntos originales, pero con personajes indistinguibles e intercambiables y que, en general, no logra tener su propia voz. Para la chavalería o amantes del terror que le perdonen todo al género.

Imágenes: Alma – Netflix

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