Películas españolas
El club de los lectores criminales: Tuno blanco, tuno negro

El club de los lectores criminales sigue a un grupo de estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid que tienen un club de lectura sobre terror. Cuando una de ellas es acosada por un profesor, deciden vengarse con un plan que sale mal. Aunque intentan ocultar sus huellas, alguien ha sido testigo de lo que han hecho. Un asesino con máscara de payaso que no solo se dedica a cazarlos uno por uno, sino que lo empieza a publicar online como si fuese un fanfiction o una novela de Wattpad.
Los largometrajes de Netflix directos para streaming, sin paso previo por alguna sala para disimular, siguen refocilándose en todos los géneros populares sin ninguna vergüenza —comedia romántica, aventuras ligeras, etc—. En el caso del terror y derivados, los precedentes son tan variopintos como Hogar, El páramo o Infiesto, además de la reciente Bird Box Barcelona, que con la que ahora nos ocupa tienen en común un acabado asimilable a la forma que se entiende el género internacionalmente —es decir, a lo yanqui— pero con cierto airecillo local, aunque sin pasarse.
Carlos Alonso debuta dirigiendo en solitario y Carlos García Miranda se adapta a sí mismo en el guión, los dos con nutrida experiencia en el género, el primero vía filmes colectivos como Los inocentes (2013) o en cortos y el segundo como guionista de la primera iteración de El internado (2007-2010), ahora subtitulado Laguna Negra. Esto no deja de tener su aquel, ya que la serie nació como un batiburrillo explícito de referencias al audiovisual de terror que al calor del éxito de El orfanato (2007), de Juan Antonio Bayona, que no hacía sino retomar la estética y algún tropo de Los otros (2001), de Alejandro Amenábar.
Y El club de los lectores criminales quiere ser el día que el slasher gringo de los 90, con Scream (1996) y Sé lo que hicistéis el último verano (1997) a la cabeza, conoció a Tesis (1996). Una operación en busca del público juvenil que ya intentaron otros derivados españoles del subgénero que empezaron la década de los 2000.
Chacina ibérica

Hay que partir de la base de que esta película busca lo mismo que las mencionadas El internado o Scream. Quiere ser una pequeña enciclopedia de un género tan autorreferencial y tendente a devorarse a sí mismo como el terror, pero ese objetivo nunca está por encima de funcionar como película de sustos y entretenimiento para adolescentes. Aunque a veces formen parte del chiste, y de ahí los juegos con la forma en que cierta cultura popular se consume en los tiempos de booktubers y Wattpad o la coña explícita de los roles de cada uno, tomada directamente de Wes Craven o de los trabajos previos del mismo guionista y autor de la novela.
El punto de partida enlaza una historia a lo Sé lo que hicisteis el último verano —que suele servir para justificar que los protagonistas no denuncien de primeras lo que les está pasando, y casi siempre resulta igual de inverosímil— con el #MeToo… y no acaba de funcionar bien del todo, ni siquiera en la explicación que se le da al final. Da la impresión de que han querido sumarle una reflexión social de actualidad y que la juventud tiene presente para darle más profundidad al juego metatextual, pero que al añadirle otros giros habituales diluye el punto de partida «feminista» original dejándolo como un pegote.
Esa búsqueda de la adaptación del tropo noventero ayuda a una película que tiene muy presentes a su precedente «bueno» (Tesis) y su precedente «malo» (Tuno negro) y se burla de ambos. Lo combina con giros graciosos, como el influencer que organiza votaciones para ver quién es el siguiente muerto, y usos ingeniosos de las nuevas tecnologías (se puede, señores, se puede), además de composiciones o motivos visuales recurrentes como esos ojos gigantes que persiguen a las víctimas o las cremalleras del eros y el thanatos parándose a saludar a media película (al fin y al cabo otro leitmotiv del género).
Y ahora viene el 3

Por otra parte, podríamos decir que esa batidora pop de grandes conocedores del género de los sustos que es El club de los lectores criminales nos lleva a ver repetidos algunos de los problemas de la reciente El hombre del saco, por ejemplo, o de La casa del caracol (2021). Trabajos más o menos correctos a los que se le ven las costuras por el batiburrillo de referencias, que sacan al espectador veterano de lo que está viendo y, a veces, vuelven el argumento previsible.
Propuestas más indies o cafres como La pasajera (2021) se libran al lanzarse de cabeza al tópico ibérico, y otras como La niña de la comunión (2023) o 13 exorcismos (2022) cuentan historias netamente ibéricas con maneras estandarizadas, así que no está claro si el problema es Netflix o querer vender un «terror español» pensado para fuera o para un público local que solo entiende un tipo de lenguaje cinematográfico.
Un defecto narrativo importante, además, es el empeño, que no es de El club de los lectores criminales sino una tendencia de muchos títulos recientes dentro y fuera del terror, de acabar teniendo doble introducción y doble giro final, sobrecargando de sensaciones unos momentos que deberían ser más sencillos para alcanzar las sensaciones en el espectador que parecen buscar. Además, el gran descubrimiento final vuelve vulgar una de sus originalidades, la de ser un slasher sin cuerpos del delito, encima necesitando para ser creíble que alguien no reconozca la cara de otra persona a la que tiene al lado y presuntamente conoce hace años. Pero también la libra de ser un remake involuntario de Más de mil cámaras velan por tu seguridad (2003), así que una cosa por la otra.
En el párrafo de la final girl concluiremos que El club de los lectores criminales es un slasher correcto, a veces demasiado para su propio bien, con un par de momentos visuales brillantes, otros demasiado vistos y que acaba siendo devorado por su ansia de referenciar a cuantos más títulos pasados, presentes y futuros del terror mejor. Está clarísimo que a poco que funciona de audiencias tendrá segunda parte, no solo porque las novelas sean cuatro, sino porque la propia película lo hace explícito. Esperemos que no le pase como a Scream y acaben existiendo parodias de la parodia.

Jose A. Cano