Críticas
Tanit: Dejar de ser niña y que una bruja te acompañe

Stills: ©Dacsa Produccions / Montaje ©Cine con Ñ
Tanit es una niña que espera el nacimiento de su nuevo hermano. Mientras tanto, continúa disfrutando la niñez merodeando y jugando por los alrededores de la casa rural donde vive con sus padres. En un paseo en busca de su perro, la protagonista entra en contacto con Perona, una mujer que vive aislada y que es considerada la bruja del pueblo. Unos pocos acontecimientos, muy relevantes, sacudirán la vida de la chica.
El primer largometraje del director y guionista Pep Garrido, estrenado en el marco del pasado D’A Film Festival, es un cuento agridulce sobre los encajes y desencajes entre niños y adultos. Y sobre el reto de encontrarse con algunos de los grandes problemas de la vida y la muerte cuando todavía no se está preparado para ello (si es que se está alguna vez).
Desde una cierta modestia de medios y de planteamientos, Tanit cultiva un cine familiar encarnado por actores de carne y hueso, próximo a la realidad, que no apuesta por ese ternurismo desatado que mascotiza al público joven ni por las escapatorias (inequívocamente) fantásticas como atajo a través del cual generar curiosidad. Se trata de un cine transgeneracional que aborda temas difíciles desde una cierta hondura. Que incomoda con mesura, por describirlo de alguna manera. Y que se despliega sin pausa, pero también sin esa prisa que parece hegemónica en el audiovisual infanto-juvenil contemporáneo.
Hacerte amiga de una bruja

Desde el principio, Garrido y su equipo telegrafían que la mortalidad va a ser uno de los temas abordados en la narración. También queda claro que, en este cuento cotidiano, las brujas no son amenazas sacrílegas, sino figuras femeninas estigmatizadas. Mujeres que representan el contacto con la naturaleza y la sanación (de indigestiones caninas, por ejemplo) a través del uso de plantas.
La película escenifica el proceso de duelo, un tema en boga en el audiovisual de los últimos años, tanto en la protagonista como en los personajes adultos. A lo largo del camino narrativo, aparecen otros temas posibles, aunque sea en forma de esbozos. Como una cierta impaciencia social ante la infancia: en un momento del filme, el padre de Tanit se exaspera y exige a su hija de diez años que se haga mayor de una vez.
Todo cuadra en Tanit, pero quizá falta un algo intangible

Garrido y compañía navegan las aguas apacibles de un cine de autor que mantiene las distancias con los grandes peajes del audiovisual comercialísimo, pero sin romper amarras con la narrativa convencional. Apuestan por unas interpretaciones más o menos naturalistas y las capturan sin grandes aderezos visuales. No abusan de esteticismos trillados que beben del lenguaje publicitario.
Con todo, resulta tentador pensar en qué podría haber sido de Tanit si sus formas cinematográficas fuesen un poco más distintivas. Obras recientes como Estrany riu (2025) nos recuerdan que, por intensa que sea la homogenización del audiovisual globalizado, se pueden seguir abriendo rutas secundarias y caminos alternativos.
El proyecto de Garrido y su equipo parece nacido de la vocación de poder unir a las familias delante de la pantalla, respetando tanto a los niños como a los adultos, evitando infringirle esos electrochoques sensoriales que abundan en el aceleradísimo cine infanto-juvenil mainstream. El empeño desprende coherencia y debería seducir a las familias en busca de un audiovisual moderadamente diferente, inusual sin devenir disruptivo. Con todo, al conjunto le falta algo de la magia que consiguió alcanzar Céline Sciamma en los momentos más llenos de vida de Petite maman (2021). Quizá porque Tanit es una buena película apegada a lo convincente, a lo verosímil, pero que no consigue ser (o parecer) del todo real.
Ignasi Franch