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Época de cambios

El cine español descubre la otra cara de la Transición

Las recientes 'Alumbramiento', 'Te estoy amando locamente', 'Modelo 77' y 'Las buenas compañías' plantean relatos alternativos y alejados de los consensos tradicionales sobre el decisivo período histórico
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La misma noche que en las calles se celebra la victoria arrolladora del PSOE en las elecciones generales de 1982, una madre y una hija viajan en secreto para ‘gestionar’ el embarazo prematuro de la segunda. Es una de las primeras secuencias de Alumbramiento, película recién estrenada en cines, que deja claro así que quiere acercarse a la cara B del relato histórico de un país que parecía así culminar, con el voto masivo a un partido de izquierdas, el paso de la dictadura a la democracia en España.

Alumbramiento se une al grupo de recientes películas españolas sobre la Transición que cuentan ese ‘otro lado’ de la época. Modelo 77 (2022), Las buenas compañías (2023) y Te estoy amando locamente (2023) coinciden con la de Pau Teixidor en estar ambientadas a finales de los 70 y a principios de los 80, pero sobre todo comparten una intención histórica de fondo: rescatar hechos reales sobre lo sucedido durante aquellos años de cambios decisivos para el país.

Es inédito que, en un período de dos años, haya cuatro películas estrenadas en cines centradas en poner luz en algunos de los rincones más oscuros de la Transición. En los últimos 40 años, la ficción audiovisual española no se había salido demasiado de la corriente principal dedicada a contar el período. Marcada por una lectura benevolente, las narraciones cinematográficas repetían los grandes hitos de la superación pacífica y la concordia: el pacto entre las élites, las primeras elecciones democráticas, la legalización del PCE o la bala esquivada del golpe de estado del 23F. Algo ha cambiado en las imágenes.

Es curioso comprobar que lo que pasaba a nivel político y social en la Transición se estaba contando en el cine español bastante mejor en aquel momento, en directo, de lo que se hizo en los años y décadas posteriores. La caótica libertad que vivía la producción de películas en los aledaños del fin del franquismo y a principios de los 80 nos dejó películas que se atrevían a radiografiar o relatar hechos controvertidos de una forma mucho más explícita de lo que se vio después.

Dejemos a un lado todo el cine que, más o menos directamente, reflejaba los cambios acelerados que se estaban produciendo en España, que es mucho y variado (Almodóvar, Chávarri, Olea, Colomo, Molina, Miró, Trueba, colectivos como Els 5QKs, el cine quinqui y un largo etc.); los casos más claros de películas sobre la Transición, como fenómeno político y social, vienen del documental.

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‘Después de…’ (1981), de Juan José y Cecilia Bartolomé

El principal ejemplo de ‘la Transición en directo’ lo hicieron Cecilia y Juan José Bartolomé en la efervescente obra en dos partes —y sin estrenar hasta 1983 por controvertida— Después de: No se os puede dejar solos (1981) y Después de: Atado y bien atado (1981), un trabajo documental imprescindible que capta el complejo estado de ánimo que se vivía en España, inspirado en el urgente cine militante que venía de Latinoamérica.

Los representantes de la Escuela de Barcelona, entonces más pendientes de las vanguardias artísticas europeas, también se apuntaron a tomarle el pulso al país: ahí están los trabajos de Pere Portabella en El sopar (1974) —una reflexión de cinco presos políticos que el propio Portabella actualizó en 2018— y la imprescindible Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública (1979), pero también el de Joaquim Jordà en Numax presenta…(1980), una historia de autogestión obrera que luego recuperaría en Veinte años no es nada (2005), película valiosísima para ver el período en retrospectiva.

Filmar lo que pasaba en la calle, lo que sucedía entre colectivos y con distintas luchas sociales y sindicales en un momento de hipermovilización, fue una pulsión compartida. Lo demuestran películas recién redescubiertas como el corto Manif Gay (1978), en la que un tal Iván Zulueta filmó la primera manifestación del Orgullo en Madrid —para la de Barcelona: Informe sobre el FAGC (1979), de Ventura Pons—, o el cine del valenciano Llorenç Soler, que dejó constancia de conflictos laborales y perspectivas fuera del foco mediático en Gitanos sin romancero (1976), Autopista, unha navallada na nosa terra (1977), O Monte é noso (1977) y, la más conocida por su valor electoral, ¡Votad, votad, malditos! (1977).

Los cineastas españoles celebraron el fin de la censura franquista no solo con el cacareado Destape, también llevando a la ficción lo que veían en las páginas de política nacional de los periódicos. Así cómo se lanzaron a hacer películas urgentes que se servían de hechos reales para construir narraciones cinematográficas que acercaran al público lo que estaba pasando. Los casos de represión social de los agentes del franquismo que aún coleaban, la amenaza de la violencia de grupos de extrema derecha o los planes de ETA en sus primeros años de vida llegaban a los cines.

Sobre los movimientos y ataques de la banda terrorista vasca en el franquismo tenemos la mítica Operación ogro (1979), que contaba con detalle el famoso atentado contra Carrero Blanco en Madrid, y dos películas más que recomendables de Imanol Uribe que se salían de los discursos oficiales sobre la legitimidad o no de la lucha armada contra el franquismo: el documental El proceso de Burgos (1979), que contaba el consejo de guerra celebrado como consecuencia del asesinato del comisario Melitón Manzanas en un atentado de ETA en 1968 y La fuga de Segovia (1981), que ficcionaba el caso real de la fuga carcelaria de 1976 en la que lograron escapar por un túnel 29 presos, en su gran mayoría militantes de la propia banda.

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‘7 días de enero’ (1979), de Juan Antonio Bardem

Por otro lado, de los ataques y el terrorismo de extrema derecha quiso hablar un tótem del cine español como Juan Antonio Bardem en 7 días de enero (1979), la película sobre los atentados de los abogados de Atocha que se produjo solo dos años después del suceso. Pero también lo hizo en la metafórica —y mucho menos combativa— Camada negra (1977) un joven Manuel Gutiérrez Aragón, que también se apuntó a contar de fondo el proceso de Burgos y las cargas policiales de los ‘grises’ en Sonámbulos (1978).

Pero si hay que destacar algún enfoque de entonces tiene que ser el de Eloy de la Iglesia, seguramente el director más insumiso en la mirada a la realidad social y política española del momento. Hay evidentes apuntes y traslaciones casi literales de la actualidad en todas sus películas, pero lo que hizo en El diputado (1978) y en la quinqui El pico (1983) apuntaba directamente a las lógicas de amedrentamiento de la extrema derecha, las renuncias de las izquierdas con determinadas luchas o la difícil situación política en el País Vasco.

El mismo año de El pico se estrenó también otra película que metía el dedo en la llaga de un caso real y controvertido: El caso Almería (1981). Esta película de Pedro Costa, uno de los maestros del true-crime español antes de que el término existiera, resumía el terrible suceso de los recientes asesinatos de tres jóvenes por parte de la Guardia Civil. Confundidos con un comando de ETA, estos tres jóvenes que viajaban de Cantabria a Almería fueron torturados y asesinados.

Pero, en realidad, lo que se acabaría imponiendo era la crónica menos comprometida y más sarcástica de la Transición, la que no tenían la voluntad de retratar o rescatar sucesos reales y/o concretos. Es el estilo que apuntó la magistral trilogía nacional de Berlanga (La escopeta nacional, Patrimonio nacional y Nacional III), pero también comedias populares que se reían de la actualidad política como Colorín colorado (1976), El apolítico (1977), El asalto al castillo de la Moncloa (1978), El alcalde y la política (1979), la famosa ¡Que vienen los socialistas! (1982), Los autonómicos (1982), Las autonosuyas (1983) o la curiosa El fascista, doña Pura y el follón de la escultura (1983).

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Patrimonio nacional’ (1981). © Santiago Castillo París & MuVIM. Foto: Rafael de Luis

Incluso buena parte del cine dramático que quería contar algo de la Transición rehuía del ajustes de cuentas o de episodios concretos. Más allá de la comedia madrileña y lo que hicieron otros cineastas como Almódovar, las películas nostálgicas de José Luis Garci (Asignatura pendiente, Solos en la madrugada, Las verdes praderas) son un ejemplo perfecto de esta manera más individualista y menos ideológica de superar la dictadura (lo no vivido, la represión sexual, etc…).

Hubo excepciones en los 80: El disputado voto del Sr. Cayo (1986),Terroristas (1987), una interesante ficción sobre los GRAPO basada en una novela de Jorge Martínez Reverte, y Matar al Nani (1988), dedicada al caso de Santiago Corella, ‘El Nani’, otro «desaparecido» por la Policía. Pero la segunda mitad de la década, dominada por las mayorías absolutas del PSOE en el Gobierno, evidenció que la Transición había pasado y que el cine español la había dado ya por contada.

Tras el erial sobre el tema que fueron esa segunda mitad de los años 80 y prácticamente todos los 90 —La noche más larga (1991), basada en el libro de Pedro J. Ramírez El año en que murió Franco, fue una de las pocas películas que añadía algún comentario—, la Transición como el período histórico volvió con cierta fuerza al audiovisual español ya en los 2000. El nuevo siglo invitaba al repaso y pronto surgieron ficciones que se animaban a recrearlo.

Hay un título paradigmático en el enfoque con el que se trató entonces la Transición:Cuéntame cómo pasó (2001-2023), la serie que literalmente repasaba la historia del país desde finales de los años 60. La Transición se filtraba por las experiencias de la familia Alcántara, con esos «grandes éxitos» de la Transición a partir de los recuerdos del hijo menor. Con momentos controvertidos pero sin salirse demasiado del relato oficial por el consenso, Cuéntame aceptaba el marco dominante a la hora de destacarle a sus millones de espectadores determinados momentos de su contexto histórico y no otros.

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Primer reparto principal de ‘Cuéntame cómo pasó’ (2001-2023), en una imagen promocional de la serie. ©RTVE

El ‘enfoque Cuéntame‘ se convirtió en el canon —incluso a nivel académico—, como lo demuestran las películas y miniseries sobre el 23F —muy interesantes en su lectura— , con otras pruebas como Los 80 (2004). Más allá de documentales como Sanfermines 78 (2005) o Llach, la revolta permanent (2007), solo La marcha verde (2002), comedia corrosiva sobre el tema del Sáhara; El Lobo (2004), thriller sobre el conocido infiltrado en ETA; y, sobre todo, Salvador (2006), un drama dedicado a reconstruir la historia del condenado a muerte Salvador Puig Antich, hablaron de algún asunto concreto y —más o menos— controvertido ocurrido en aquellos años.

El final de la primera década de los 2000 iba a cambiarlo todo. La grave crisis económica iniciada en 2008, la aplicación de la austeridad y sus efectos devastadores empezaron a revolver el clima cultural del país, también en lo que tenía que ver con su forma de acercarse a su pasado reciente. Con el movimiento 15M como catalizador, se pusieron también en entredicho, por primera vez de forma significativa, los repasos acríticos a los hitos de la Transición. Incluso se puso el nombre de Cultura de la Transición (CT) al marco de consenso que se estableció entonces, un paso previo para desmitificar y señalar su condición de relato en disputa.

Una nueva generación de cineastas se interesó por la época desde otro punto de vista, asomándose a historias reales de aquellos años que se habían quedado sin contar o añadiendo una perspectiva que permitía asomarse a imágenes alternativas. Todo ello lo recoge una película que es, en sí misma, un despertar histórico: El futuro (2013), de Luis López Carrasco (El año del descubrimiento), una de las primeras relecturas, críticas y directas, de esa España que se negaba a mirar al pasado desde una fiesta por la victoria del PSOE en 1982.

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‘El futuro’ (2013), de Luis López Carrasco

Desde esa etapa de la crisis, se han sucedido las películas sobre la Transición fuera del tiesto. Como pasó entonces, el documental ha sido el que más ha puesto el cuerpo: entre otros ejemplos tenemos Las constituyentes (2011), sobre las mujeres que protagonizaron el cambio político; El sueño de los héroes (2012), sobre la perdurabilidad de la militancia antifranquista; Billy (2020), sobre el torturador Billy ‘El Niño’; o Los que buscamos (2019), sobre los niños robados. Y no hay que olvidar las películas de Luis E. Herrero: El entusiasmo (2018), dedicado a la recuperación de la CNT en los 70, y Vitoria, marzo de 1976 (2019), sobre los cinco trabajadores que murieron a manos de la policía en 1976.

La represión criminal en la huelga de Vitoria fue la base de Vitoria, 3 de marzo (2019), película de ficción que recreaba lo sucedido. Su éxito de público, pese a su distribución limitada, fue importante porque demostró que había un público interesado en este tipo de enfoques. Y así es como llegamos a este ciclo reciente de películas —al que se pueden sumar la potente El Sustituto (2021), sobre los nazis escondidos en España, o las docuseries Pacto de silencio (2022), que repasa el caso de ‘El Nani’, y Matar al presidente (2023), sobre el atentado de Carrero Blanco— que han motivado este artículo, todas ellas con voluntad de apelar a un público amplio: Modelo 77 (2022), Las buenas compañías (2023) —que tiene un precedente documental—, Te estoy amando locamente (2023) y, ahora, Alumbramiento.

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‘Te estoy amando locamente’ (2023), de Alejandro Marín

Si algo comparten las tres primeras películas es que recogen historias de lucha colectivas. Modelo 77, la del sindicato COPEL por la amnistía de presos comunes —Alberto Rodríguez, su director, ya incorporaba una mirada crítica al período enLa isla mínima (2014)—;Las buenas compañías, la de las 11 de Basauri por el derecho al aborto; y Te estoy amando locamente, la de algunas de los primeras reivindicaciones y manifestaciones del colectivo LGTBI en Andalucía. Pese a mantener las perspectivas individuales de sus protagonistas, las tres las enmarcan dentro de un movimiento más amplio que tenía claras y precisas reivindicaciones políticas.

Y ahora la pregunta: ¿Por qué están coincidiendo estas lecturas en los nuevos años 20? Cada uno de los cineastas responsables de estas películas tiene su propia motivación, biografía y carrera cinematográfica que explicaría su interés y coincidencia temporal. Pero Alejandro Marín, director y coguionista de Te estoy amando locamente, me dio algunas razones posibles: el actual auge de la extrema derecha, que amenaza con tiempos oscuros y la posibilidad de perder derechos conquistados, se suma a una necesidad de establecer una nueva genealogía, una memoria histórica más fidedigna, de lo que ocurrió entonces.

Lo interesante de Alumbramiento, con su denuncia de los niños robados y la negación de derechos a las adolescentes embarazadas, es que, pese a que se sale de este marco colectivo, su lógica es muy parecida. Aunque, como hemos visto en el arranque de este artículo, el inicio de la película es meridiano, toda la película se puede entender como una forma de ‘alumbrar’ una parte de nuestra historia que se había quedado en segundo plano y que, incluso en el momento en el que todo parecía haber cambiado, seguía perpetuando terrores cotidianos. El final de la película de Pau Teixidor, con una figura que se aleja en la carretera, insiste en recorrer este nuevo camino hacia el pasado que quiere contribuir a un futuro mejor.

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.