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El caso Almería: La película que abordó una de las atrocidades de la Transición

Pedro Costa firmó una arriesgada ópera prima que trató los recientes asesinatos de tres jóvenes por parte de la Guardia Civil

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No cabe duda de que podemos considerar a Pedro Costa como el gran artífice de la reconstrucción de la historia de la crónica negra española dentro del audiovisual patrio. El cineasta catalán ejerció, desde su posición como productor, director y guionista, una labor historiográfica destinada a acercar al gran público todos aquellos sucesos que se habían ido incorporando en el imaginario colectivo de los españoles durante todo el convulso siglo XX.

Forjado en el mundo periodístico, profesión en la que recaló tras abandonar momentáneamente su vocación de cineasta al no aceptar las reglas que imponía la censura durante los últimos años del franquismo una vez diplomado en la Escuela Nacional de Cinematografía, en sus trabajos para la pequeña y la gran pantalla Costa siempre mantuvo un estilo sencillo y directo, que remitía a ese afán por contar y esclarecer todos aquellos turbios episodios que habían despertado el lado más morboso de la sociedad española.

Su interés por la crónica de sucesos se había gestado en la redacción de El caso, semanario de gran tirada dedicado a contar los casos más truculentos acontecidos en el país. Más tarde pasaría a colaborar con otros medios de reconocido renombre en el ámbito de la investigación periodística, como Diario 16 o Interviú, hasta que en 1983 se decidió finalmente a dar el salto al cine tras considerar que con la ascensión al poder del PSOE de Felipe González nacía definitivamente una nueva etapa más proclive para la libertad creativa.

Estas preocupaciones políticas y su experiencia como periodista acostumbrado a zambulliste en el fango, le llevó a escoger como primer proyecto cinematográfico la dirección de una película que tenía como finalidad abordar uno de los sucesos más aciagos de la época de la Transición: El caso Almería (1984).

El caso Almería, fatalismo y paranoia

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El caso Almería se remonta al mes de mayo del año 1981, una época convulsa en donde todavía estaba muy reciente el intento fallido de golpe de estado perpetrado por Antonio Tejero. La tensión que se vivieron esos meses, el fantasma todavía presente de todos aquellos que anhelaban el régimen franquista y los zarpazos cada vez más sanguinarios de la banda terrorista de ETA, hizo que se gestase el cóctel perfecto para que se cometiera una de las más cruentas atrocidades dentro del esperanzado despertar de la democracia.

El 7 de mayo de 1981, ETA atentó en Madrid contra el Teniente General Joaquín de Valenzuela, jefe de la Casa Militar del Rey Juan Carlos I. En esos mismos instantes tres ilusos y jóvenes amigos viajaban de Santander, lugar en el que trabajaban y residían, a Pechina (Almería) con la finalidad de asistir a la primera comunión del hermano de uno de ellos. Eran Juan Mañas Morales, Luis Montero García y Luis Cobo Mier.

La mala suerte hizo que el coche en el que viajaban se les averiase a la altura de Manzanares el Real (Madrid), debiendo dejar el vehículo en un taller y trasladarse en tren hasta Alcázar de San Juan (Ciudad Real), donde terminarían alquilando otro coche en una localizad cercana. En este transcurso alguien los denunció a la Guardia Civil, bajo la sospecha de que podrían ser los autores del atentado contra el teniente coronel. Puestos en alerta, los tres fueron detenidos en Roqueta de Mar (Almería) y al día siguiente sus cuerpos fueron encontrados calcinados, mutilados y con múltiples impactos de bala en el interior del coche alquilado.

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El caso Almería intenta recrear de una manera fiel estos fatídicos sucesos basándose en la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Almería el 30 de junio de 1982, que fue confirmada por el Tribunal Supremo en 1983. Como se manifiesta al comienzo de la película, se desfiguraron los nombres, los acontecimientos, los pensamientos y las peculiaridades de la mayor parte de los personajes para proteger la cinta y su posterior exhibición en cines.

En el proceso penal se vieron involucrados importantes cargos políticos y militares de la época, que no estaban dispuestos a que se removiera más el vergonzante error que acabó con la vida de tres inocentes. De ahí que el proceso de rodaje no resultase nada sencillo debido a las negativas constantes de las autoridades y la gran presión que recibió desde diferentes sectores sociales.

En la proyección que realizó la Academia de Cine con motivo del 30 aniversario del estreno de la película en el año 2014, el propio director aludió a las grandes trabas e impedimentos que sufrieron durante todo el proceso de rodaje y la consiguiente exhibición en salas: «No pudimos alquilar los uniformes de Guardia Civil, los tuvimos que hacer, y también hubo que pintar los jeeps de verde. La extrema derecha actuó y en el estreno hubo incendios, cócteles molotov y amenazas de bomba. Se organizó una campaña para que la película se retirara de la cartelera, una presión que funcionó porque los exhibidores más importantes de Madrid no se atrevieron a ponerla en los cines».

A pesar de todas estas presiones, El caso Almería rondó el millón de espectadores, un gran triunfo para una arriesgada ópera prima que trató un caso muy reciente, donde todavía no había dado tiempo a que se cerraran las heridas.

Una historia trágica en dos partes

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Guiado por un deseo de objetividad, Pedro Costa quiso recrear toda la maraña de acontecimientos que habían provocado tan dramáticas consecuencias, así como el cuestionable proceso judicial que llevó a prisión solo a tres de los once guardias civiles implicados en el suceso. Atendiendo a una estructura lineal, El caso Almería se divide en dos partes claramente diferenciadas.

En la primera de ellas se recrea el cúmulo de fatalidades que llevaron a las tres víctimas a acabar torturados, muertos y calcinados en la cuneta de una carretera secundaria de Almería. La segunda parte, que es la más interesante, se detiene en la recreación del arduo proceso penal que mantuvo en vilo a toda la provincia andaluza y donde se atestiguó la poca transparencia de un sistema que hizo todo lo posible por salvaguardar la honorabilidad de los verdugos más que hacer justicia con las víctimas.

El caso Almería se abre con la reconstrucción del atentado que sufrió el Teniente General Joaquín de Valenzuela en la calle Conde de Peñalver de Madrid y que, en el fondo, fue el desencadenante circunstancial de todo lo que a continuación se nos relata. A través de un montaje paralelo, se irán intercalando aquellas secuencias del accidentado viaje de los tres amigos hasta la localidad almeriense de Pechina y aquellas en las que se recoge el sentir del pueblo y los medios de comunicación tras el brutal atentado. Dos hechos que terminarán convergiendo en el momento en el que un taxista los confunde con los terroristas y advierte de su presencia a la Guardia Civil de la zona. La inocencia de los tres amigos choca de frente contra la paranoia de unas Fuerzas de Seguridad del Estado sedientas de venganza.

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 En algunos tramos de esta primera parte, Pedro Costa coquetea con el cine quinqui tan en boga en la época, hecho que se observa en el carácter fatalista que adquiere en algunos momentos (como aquel en el que los tres amigos llegan al piso en Madrid el día del atentado terrorista contra el Teniente General y uno de ellos sentencia mirando el 7 de mayo en el calendario: «Un día señalado») o la banda sonora donde aparecen temas como “No me des guerra”, interpretado por María Jiménez, mientras que Juan Luque y su hermana bailan alegres y despreocupados ignorantes del destino aciago que les espera.

En este sentido, el protagonismo de esta parte recae sobre un grupo de jóvenes intérpretes, cuya participación en la película supuso, en algunos de ellos, su debut en la gran pantalla. Fue el caso, por ejemplo, de Juan Echanove dando vida a Luis Renedo o Diana Peñalver como Mª Carmen Luque. El reparto de los protagonistas en este primer tramo lo completan Iñaki Miramón dando vida a Luis Trueba y Antonio Banderas como Juan Luque, actores que ya habían trabajado con directores de la talla de Pedro Olea y Pedro Almodóvar respectivamente.

En la segunda parte de El caso Almería vemos, en cambio, más influencias del cine norteamericano. En ella se produce un auténtico duelo actoral entre dos actores de consumada experiencia que consiguen mantener la tensión dramática a medida que el proceso va llegando a su fin. Nos referimos a Agustín González dando vida al incansable abogado Mario Aguilar, que ejerce como acusación particular, y a Fernando Guillén dando vida al Teniente Coronel González Alarcón, altanero guardia civil y máximo responsable de las muertes de los tres amigos.

Pedro Costa no duda en posicionarse con el primero de los personajes, inspirado en Darío Fernández, un hombre que luchó por esclarecer la verdad y solo encontró amenazas de muerte y todo tipo de  impedimentos legales.  Mención especial merece la participación del gran Manuel Alexandre poniéndose en la piel de Enrique, gran amigo del abogado, que lo ayudará en sus pesquisas y supondrá el mejor apoyo emocional durante el juicio.

Un peligroso laberinto

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A diferencia de El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1980), que tiene una base argumental similar, Pedro Costa decide, acertadamente, no recrearse en aquellas escenas de tortura y asesinato de las tres víctimas. El director y guionista directamente las omite, una ausencia a modo de elipsis que sirve como tránsito de la primera a la segunda parte del filme. Dicha amputación en la historia tiene como finalidad recrear en el espectador el desconcierto que supuso para la sociedad de la época un suceso todavía hoy no aclarado del todo.

Como una suerte de Harry Caul a la andaluza, Mario Aguilar irá penetrando, como el personaje protagonista de La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), en un peligroso laberinto cercano a la autodestrucción. Como el personaje real en el que se inspira, el abogado de la familia de los fallecidos tendrá que recluirse en una cueva para pasar desapercibido de las constantes amenazas y calumnias a las que se tuvo que enfrentar.

El caso Almería culmina con el largo alegato final de Mario Aguilar, en el cual, de forma precisa y extensa, detalla los pormenores de un caso marcado por el oscurantismo y los constantes esfuerzos de un juez empeñado en obstaculizar a la acusación, por ejemplo al negarse reiteradamente a llevar a cabo la reconstrucción de los hechos, algo que el abogado creía indispensable para desmontar una versión oficial del todo inverosímil.

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Tampoco consiguió que se los acusase de asesinato por la obcecación del fiscal en considerarlo como homicidio. La sentencia final, que posteriormente sería confirmada por el Tribunal Supremo, declaró a los tres procesados autores de tres delitos de homicidio. Aplicándoseles los atenuantes de cumplimiento del deber y obediencia debida. Por ello, el Teniente Coronel fue condenado a 24 años de prisión, a 15 años el teniente y a 12 el guardia.

El caso Almería marcaría la carrera de Pedro Costa, sentando las bases de lo que más tarde sería La huella del crimen, la gran aportación al audiovisual español de este cronista de sucesos que supo incorporar toda su experiencia en el campo del periodismo a un medio que debe entenderse como vehículo para que ciertas historias no caigan en el olvido. Este es el caso del injusto asesinato de tres jóvenes que fueron víctimas de un contexto socio-político convulso, que puso en evidencia que el horror todavía estaba presente en ciertas instituciones que les costaba dejar atrás un régimen ya superado, aunque no del todo muerto.

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