Dime quién soy, la serie histórica protagonizada por Irene Escolar y basada en la novela de Julia Navarro, se estrenará en Movistar+ el 4 de diciembre. La plataforma ha confirmado hoy la fecha junto al tráiler final de la miniserie, que presenta a Amelia Garayoa, la aventurera y espía que vivirá desde la II República hasta la Caída del Muro los principales eventos del siglo XX.
La serie se estrenará el viernes 4 de diciembre con doble episodio y cada viernes se ofrecerá un nuevo episodio que se irá acumulando en el servicio bajo demanda de la plataforma. Dime quién soy tuvo su presentación internacional en el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián en el que disfrutó de una gran acogida por parte de los medios y el público.
Irene Escolar interpreta a Amelia Garayoa acompañada por un elenco en el que destacan nombres como el de Oriol Pla (Pierre), Pablo Derqui (Santiago) y los actores internacionales Pierre Kiwitt (Max), Will Keen (Albert James), Maria Pia Calzone (Carla) y Stefan Weinert (Jurgens).
Movistar+ y Telemundo International Studios en colaboración con DLO Producciones producen esta serie que tiene asegurada su distribución en EE UU a través de Telemundo International Studios. Su recorrido internacional continuará de la mano de la distribuidora Beta Film, socio estratégico de Movistar+, que ya ha confirmado el estreno en Noruega, Dinamarca y Finlandia.
Creada por José Manuel Lorenzo, dirigida por Eduard Cortés y escrita por Piti Español, la serie cuenta con la producción ejecutiva de Domingo Corral (Movistar+), José Manuel Lorenzo (DLO Producciones) y Marcos Santana (Telemundo International Studios).
Una historía de espías que atraviesa el siglo XX
La serie Dime quién soy, al igual que el libro, se narra a través del punto de vista de un personaje que investiga la vida de la protagonista desde la actualidad. En el caso de la versión televisiva, encarnado por Francis Lorenzo, que interpreta a un editor en el Madrid del siglo XXI. A través de un libro que recibe en su pequeña editorial, conocerá la turbulenta biografía de Amelia Garayoa, una mujer que, movida por sus ideales, es capaz de dejar toda su vida atrás para luchar por la libertad.
Debido al encuentro con los cuatro hombres que marcan su vida -Santiago (su marido), Pierre, Albert y Max- Amelia se verá involucrada en los acontecimientos más relevantes de la historia del siglo XX, desde el alzamiento franquista hasta la liberación de Berlín; pasando por el auge comunista en el Moscú de Stalin, la barbarie de la Varsovia de los guetos, la Roma de los últimos años del Duce o el declive de la Alemania nazi en la Atenas ocupada.
Con un ojo en el pasado y otro en el futuro, Dime quién soy cuenta la historia de la Europa reciente personificada en una mujer que nunca terminará de pagar el precio de sus propias contradicciones.
Michael Robinson tendrá su propio Informe Robinson. En pleno boom del formato del documental deportivo en España con series como Fernando Torres: el último símbolo, Carolina Marín: Puedo porque pienso que puedo o el futuro Colgar las alas sobre Íker Casillas, el pionero del mismo en España, el mítico analista y presentador Michael Robinson, será homenajeado en el programa que él mismo creó.
Poco más de seis meses después de su fallecimiento Movistar+ emitirá «la edición de Informe Robinson más especial en sus trece años en la plataforma», titulada Informe Robinson: Good, better, best sobre la trayectoria del futbolista, presentador y periodista tanto dentro del terreno de juego como en su posterior faceta de comunicador.
Un reportaje dedicado íntegramente a la figura de Michael Robinson. En el transcurso de casi una hora y media de metraje, el documental repasará la trayectoria del británico desde sus primeros pasos, su progreso en el fútbol y en los medios de comunicación, hasta hacerse un hueco en el corazón de todos nosotros.
Robinson, el pionero
Este homenaje y al mismo tiempo análisis periodístico de su figura llega precisamente en el momento de mejor salud del documental deportivo en España gracias a la irrupción de las grandes plataformas de streaming, además de la ya habitual actividad precisamente de Movistar+.
Apenas en los últimos dos meses se han estrenado las mencionadas series documentales sobre Fernando Alonso o Carolina Marín, además de Fernando sobre Fernando Alonso o La quinta de la quinta, sobre los campeones de Europa sub21, que se unen a otros como la serie sobre la vida de Sergio Ramos o el polémico La decisión sobre el fichaje de Antoine Griezmann por el FC Barcelona.
Informe Robinson, derivado en última instancia de la popularidad alcanzada por Robinson en El día después y del triunfo de dicho formato, que se caracterizaba por analizar aspectos del deporte que no se trataban en otros programas, fue una novedad en el ámbito televisivo español cuando surgió en 2007 en la medida en que durante décadas RTVE y su canal La 2 en concreto habían estado solas en el formato.
De hecho, más allá de reportajes puntuales en programas informativos como Informe Semanal, que no serían documentales propiamente dichos, apenas el mítico Al filo de lo imposible sostenía el formato a nivel televisivo. Especiales dedicados a Juegos Olímpicos u otros hitos puntuales no eran suficientemente representativos y el programa de La 2 tenía un nicho claro en los deportes de riesgo o naturaleza.
Bueno, mejor, el mejor
Ha sido la llegada de la competencia en el terreno del streaming la que ha propiciado la aparición de una serie de documentales ya con un concepto más narrativo y cercano a los formatos del mundo anglosajón, toda vez que además se dedican a figuras deportivas españolas pero de carácter internacional, lo que los hace fácilmente exportables para las plataformas. Si Netflix, como siempre, abrió brecha con una serie de series y películas dedicadas a la Premier League británica o la Fórmula 1, Amazon Prime Video es la que lleva la delantera en cuanto a dedicar espacios a deportistas españoles.
Todos ellos, aunque la influencia de la tradición en países como Reino Unido, Francia o los EEUU sea palpable -La decisión de Griezmann copiaba el formato de otra serie dedicada a LeBron James-, beben también del planteamiento de Informe Robinson, que decidió alejarse del reportaje periodístico al uso más centrado en temas de actualidad para dar perspectivas más amplias de las carreras de los clubes o deportistas retratados, además del contexto social y político en que se desarrollan -algo que, por ejemplo, se echa en falta sobre todo en los documentales de Amazon-.
La sinópsis oficial en la web de Movistar+ de Informe Robinson reza así: «Varias pasiones ejercieron de fuerza motriz en el camino vital de Michael John Robinson: el afán de superación, el temor al fracaso, las ganas de ofrecerse. Good, better, best, unas palabras escritas en una pizarra por una maestra de escuela al norte de Inglaterra, quedaron grabadas en la mente de un niño que quería aprenderlo todo, pero también ser futbolista del Liverpool».
Michael «disfrutó su inesperado viaje desde la playa de Blackpool a las televisiones y el corazón de los españoles. Cumplió sueños, forjó amistades, se dejó una rodilla, reveló su ética, provocó carcajadas, enseñó a comunicar. Y cuando las noticias de los médicos se volvieron sombrías, El Inglés mantuvo su dignidad y su sonrisa».
Alan Moore, el hombre que odia las películas de superhéroesinterpretado por Leonardo Sbaraglia, escribió dos Apocalipsis de ficción. Uno, en su cómic esotérico Promethea (1999-2005). Otro en el mucho más conocido La Liga de los Caballeros Extraordinarios Vol. III. (2009). La interpretación de ambos fines del mundo es la misma, aunque en el segundo se enfoque más desde la comedia: el Armageddon no es «el fin de todo» sino un momento de transición en el que un mundo acaba y empieza otro. Al ser ambas obras con una gran carga de metaficción, en su caso un mundo nuevo de ficciones libres y al servicio de un bien mayor, en lugar de alienantes y predecibles.
En 1995 es posible que a Pablo Iglesias y Santiago Abascal todavía les hiciesen bullying en el patio del colegio. Ese año Días contados, de Imanol Uribe, arrasó en los Premios Goya, aunque también rasparon algo La pasión turca y Todos los hombres sois iguales. Al Real Madrid lo entrenaba Jorge Valdano con profusión de esdrújulas y endecasílabos, aunque lo que acababa de empezar en otoño era la temporada 95-96, es decir, la del Atleti del Doblete. En TVE la serie de La regenta iba a ser el canto de cisne de un modelo de ficción en la pública y Vicente Escrivá estrenaba ¿Quién da la vez? en Antena 3 con José Sacristán como estrella. En la Moncloa vivía un señor que quizás les suene, Felipe González, y el jefe de la oposición era un tal José María Aznar.
El día de la bestia se estrenó un 20 de octubre de ese mismo año, que les falló el chiste kamikaze por un mes, primer aniversario de la muerte de Burt Lancaster y 37 cumpleaños de Viggo Mortensen. Y fue el Armageddon.
En España no se hacían películas así
El fantástico español venía de unos años de relativo erial. Por supuesto una frase como la que encabeza este epígrafe es siempre una exageración injusta que obvia el trabajo de otros autores, pero frente a una Acción mutante que se percibió como una gamberrada y tuvo visibilidad por ser producida por los Almodóvar, El día de la bestia ya era un acontecimiento en sí. Era una película «normal» que iba a los Premios Goya, se debatía de ella en televisión y constituía parte por derecho propio de eso que ahora llamamos mainstream, no del trash (aunque fuese heredera directa de este).
Por otra parte, El día de la bestia surtía al imaginario patrio de momentos POP icónicos como solo solían verse en el cine de Hollywood, y además rodados sin asomo de parodia o de complejo bufón. La película sucede en Madrid de manera natural, no señalando cada dos minutos lo ridículo de la ambientación española -como en parte sí hacía Acción Mutante-, y la escalada hacia el vacío de los protagonistas en la Gran Vía o el momento en el que el padre Ángel Berriartúa contempla las Torres KIO con su particular estrella de Belén son parte de la cultura general de este país, fácilmente reconocibles. La prueba es que hasta hace cuatro días los políticos los sigan usando para soltar gracietas en Twitter. Literalmente.
Porque además El día de la bestia, sin dejar el formato de una peli de terror de género fácilmente «internacionalizable», es una narración inscrita en la tradición española. Hasta el punto de que de últimas estamos ante la enésima relectura del Quijote, en esta ocasión con dos Sanchos que en el último instante consiguen convencerlo de no perder la fe. Donde hasta el último minuto nos preguntaremos si el gigante fue siempre un molino y hasta que punto el personaje de Álex Angulo no tenía razón cuando afirmó que «uno ve lo que quiere ver». Y si realmente todo lo sucedido no es la huida de tres pobres desgraciados que no quieren asumir la sociedad corrupta y decadente en la que viven, donde las palizas a mendigos y las desapariciones de bebés no tienen explicación sobrenatural más allá de la simple maldad humana.
Satánico y de Carabanchel
Uno lo recuerda al ver la secuencia final ahora: las torres KIO o Puerta de Europa, aún sin el ignominioso símbolo de la Bestia de CajaMadrid y luego Bankia, estaban en obras en el momento del rodaje de El día de la bestia. La construcción de ambas torres finalizó en 1996 y nunca han llegado a ser tanto un icono de la ciudad como el luminoso de la Gran Vía o la fuente del Ángel Caído. El paradigma que asomaba a su cambio en la España del 95 era el de la cultura del pelotazo, que iniciada en el Felipismo viviría sus días de gloria gracias a la Ley del Suelo de Aznar, con un desmantelamiento de los servicios públicos que se iniciaba entonces y estamos pagando dolorosamente ahora.
El día de la bestia es la primera película que sirve como punto de referencia, y perdónenme el derrape generacional porque es una simplificación que normalmente no quiere decir nada, a X y millennials de primera hornada en una España en Transición, esta vez hacia problemas del primer mundo. Ya eramos parte de la Unión Europea, habían pasado los Juegos de Barcelona y la Expo92, además de la crisis del 93, y creadores como el propio de la Iglesia, Juanma Bajo Ulloa o Javier Fesser se habían criado con una mezcla de referentes de género propios y ajenos que no deseaban separar. Un nuevo canon, que estalló a partir de 2010, era posible.
Un cine aparentemente menos ideologizado que el de décadas anteriores, que bebía del trash y del POP pero los utilizaba a conveniencia sin miedo a mezclarlos con la alta cultura, que no renunciaba al referente de la comedia costumbrista que seguía siendo denostado y que se sabía inserto en un universo concreto, en un filtro de percepción -de ahí la parodia salvaje del mundo del espectáculo, una constante en el cine de de la Iglesia-. Un cine con el punto nihilista de los 90, pero que en El día de la bestia cuenta con la presencia, por ejemplo, de «los Toyotas» que interpretan Jaime Blanch o Antonio Dechent, pijos violentos que al creer que limpian Madrid están haciendo el trabajo sucio del Maligno sin saberlo.
La película fue el punto de inflexión de todo eso. Más que literal, pues el arte, como la vida, es un proceso, no un suceso. Más que despertar conciencias El día de la bestia demostró que era posible un cine de género conscientemente local y que conviviese en igualdad de condiciones con el cine de autor al estilo de Almodóvar, los thrillers cercanos al noir pero apolíticos de moda en la época o el tópico falso y eterno de las películas de la Guerra Civil. Ese 20 de octubre fue el Armageddon porque antes de él existía un mundo y después ya hubo otro desde el que no se pudo volver atrás.
Dos de las tres películas españolas preseleccionadas para los Oscar se apoyan en el potencial de Netflix en EEUU para impulsar su campaña de cara a la temporada de premios. La trinchera infinitase estrenará en el país norteamericano el próximo 6 de noviembre a través de la plataforma de streaming, mientras que el equipo deEl hoyo ha anunciado que tiene un acuerdo con Netflixpara impulsar su campaña internacional si es la elegida como la representante por la Academia de Cine española, que elegirá a su candidata el próximo 3 de noviembre.
Los responsables de La trinchera infinita han anunciado hoy que la película se estrenará en Netflix en Estados Unidos en menos de tres semanas, justo después de que se anuncie la película elegida por la Academia de Cine para ir a los Oscar (3 de noviembre) y una semana más tarde de su estreno en Francia (28 de octubre). Esta es, según la información hecha pública hoy por el equipo del filme, «una apuesta estratégica en plena campaña de premios (Globos de Oro, Independent Spirit Awards, Baftas, Gotham Awards, EFA)».
Fotograma de ‘La trinchera infinita’, de Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga.
En realidad, fue en febrero cuando se produjo el estreno internacional en Netflix de la película de Garaño, Goenaga y Arregi, pero no es hasta este otoño que la película llega al catálogo de la plataforma en Estados Unidos. El estreno reservado en noviembre se debe a que, según sus responsables, en Netflix están «animados por los grandes resultados de visionados en streaming» que han obtenido en el resto del mundo y son conscientes «del potencial de la película» para reservarla.
Por otro lado, los productores de El hoyo han firmado una carta dirigida a los académicos españoles en la que anuncian que cuentan con el apoyo de Netflix en EEUU y de la potente agencia de representación CAA para la promoción internacional de la película para esta temporada de premios. En el escrito, el equipo de la película resalta también su popularidad: es la película en habla no inglesa más vista de la historia de la plataforma. El escrito destaca que El hoyo tiene más visionados que Roma, de Alfonso Cuarón, película que consiguió 10 nominaciones y tres galardones en los Oscar de 2019.
Además, los productores de la película dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia buscan poner de relieve la buena trayectoria promocional que ya tiene hecha la película en Estados Unidos: citan su buena acogida en los festivales de Austin y de Toronto (donde la película ganó un Premio del Público) y de los «innumerables» pases que ya ha tenido la película en Los Ángeles gracias al trabajo de CAA.
Fotograma de ‘El hoyo’, de Galder Gaztelu-Urrutia
Ambas películas inician así su promoción internacional, confiando en que la gran presencia e influencia de Netflix en EEUU juegue su papel. Primero en clave interna: resaltar el apoyo de Netflix es una estrategia de persuasión para los académicos españoles para que se decanten por una de ellas como representante española en los Oscar. Crear la sensación de que serían la opción con más posibilidades de conseguir la nominación podría ser un factor a tener muy en cuenta en la elección final en las votaciones.
Por otro lado, Netflix podría ser, efectivamente, un apoyo internacional muy importante para la carrera de ambas películas. Aunque ni El hoyo ni -aún menos- La trinchera infinita son originales de Netflix, la compañía ya ha demostrado que considera vitales los premios para dar prestigio a su catálogo, e invierte acorde a ese objetivo: el año pasado gastó 70 millones de dólares sólo en publicidad enfocada a la carrera a los Oscar de 2020.
Fotograma de ‘Lo que arde’, de Óliver Laxe
¿Y qué es de la campaña de Lo que arde, la tercera película preseleccionada para ir a los Oscar? El filme de Óliver Laxe es la que más ha apostado de las tres por el reestreno en cines tras conocerse la preselección (5 cines), aunque con pobres resultados. Sin un gigante como Netflix en EEUU para su promoción internacional, la película gallega acumula prestigio gracias a a sus numerosos premios en todo el mundo. Su mejor carta de presentación sigue siendo el galardón conseguido en el pasado Festival de Cannes.
El estreno No matarás fue la película más vista del fin de semana y da la nota de esperanza en un contexto general de debacle de la taquilla por las restricciones sanitarias en gran parte de España. El thriller de David Victori protagonizado por Mario Casas asalta la cabeza del ranking apartando a los blockbuster extranjeros y ya alcanza los 830 euros de recaudación por sala según datos de Comscore.
En general el contexto no es favorable, como viene siendo la tónica general durante las últimas semanas desde que se endurecieron las normas sanitarias en Madrid y otros lugares. El total del Top20 de lo más visto en pantalla durante el pasado fin de semana apenas recauda 1,3 millones de euros. Pero el estreno de No matarás deja el apunte positivo para el cine español.
Destaca también como mantiene el tirón Eso que tú me das, que la semana pasada se convertía en el documental más visto de la década en España y fue la cuarta película más vista del 16 al 19 de octubre en los cines de todo el país. Entre las 10 primeras también aparece, de forma menos sorpresiva, Padre no hay más que uno 2, a pesar de su paso a Amazon Prime.
Así, aunque las perspectivas para este otoño siguen sin ser halagüeñas, dado que pandemia se recrudece y con ellas el lógico miedo al ocio fuera de casa y las restricciones en las CCAA, al menos algunos lanzamientos españoles, como el estreno de No matarás demuestran su capacidad de atraer el público a la sala incluso en malos momentos.
Patria a todas horas. A la serie de HBO la acompaña un runrún mediático semejante al que en su momento llevó consigo la novela en que se basa. La propia plataforma, los creadores de la serie o Telecinco, que la emite en abierto, lo promueven por motivos comerciales y la acompañan de especiales televisivos y fanfarria variada: podcast, making-of, reportajes, artículos -como este-, bombo y platillo…
La construcción del relato
¿Es Patria la primera ficción que habla del conflicto vasco a ras de suelo, que refleja los conflictos familiares, la presión cotidiana que se vivían en cada acera? No. En 2008, con ETA aún activa, lo hizo, por ejemplo, La casa de mi padre, de Gorka Merchán. Y Borja Cobeaga, desde el humor, lo trataba en Negociador y Fe de etarras.
¿Pone el «universo Patria» en igualdad en la balanza el sufrimiento de las víctimas de asesinato y las de tortura? Lo cierto es que Patria, el libro, casi diseñada como producto de marketing para ser El Relato sobre el conflicto vasco, no solo no lo hace sino que trata el terrorismo de Estado del GAL o los suicidios de etarras casi como productos de la paranoia del bando abertzale.
Sin embargo el podcast de Patria se construye sobre la idea de que la serie refleja los miedos de ambas partes, con el productor y creador de la serie, Aitor Gabilondo, contando sus experiencias de adolescente en los que tuvo el alto de la Guardia Civil o similares. Para comentar, de hecho, una escena de registro del coche de Nerea, la no abertzale de los personajes jóvenes, directamente sufre acoso por parte de los agentes -escena que expande otra del libro mucho más seca-.
O el maltrato de Guillermo, el marido «español» de Arantxa, que en la novela existe, si acaso, psicológico, y reflejado más como parte del deterioro de la relación por las secuelas de una depresión por parte de él. El guantazo que se exhibe en todas las promociones tras tener al personaje gritando «aquí hay un español» por la ventana lo expone claramente como un personaje negativo, sobre todo porque está agrediendo a la, hasta ahora, más fácilmente empatizable por cualquier sensibilidad de todas las protagonistas.
Que no es lo que hace el debate que acompaña a la emisión de cada episodio en Telecinco, mucho más «blanco» desde ese punto de vista, aunque incluya al terrorismo de Estado, con invitadas víctimas del GAL. Ni tampoco los extras de la web de HBO, más centrados en el lujoso diseño de producción y en una difusión «blanca» del trabajo de los profesionales implicados. Porque antes de llegar a la marca de HBO en sí, quizás sería necesario hablar de «marcas personales».
La construcción del showrunner
Aitor Gabilondo fotografiado por Javier Cortés. Foto: Alea Media.
Aitor Gabilondo no es nuevo por aquí. Como escritor y productor es responsable o ha participado en títulos tan variopintos como los exitazos de El Príncipe o Allí abajo, la magnífica El Caso, el bluff de Vivir sin permiso o la irregular -quizás llegó antes de tiempo- El síndrome de Ulises.
En España ya empezamos a tener eso que los anglosajones llaman showrunners, responsables de series con «sello de autor» a quienes conoce no solo el personal que va de entendido sino también una parte importante del público capaz de engancharse a una producción solo porque está ese nombre tras el «created by». No tenemos un Aaron Sorkin, ni un David Simon, ni siquiera un Ryan Murphy -pelea a navaja de Bob Pop y Manolo Caro cruzando el charco con los Javis de árbitros por ese nicho por favor- o un Steven Moffat, pero tenemos a Javier Olivares o Álex Pina.
Aunque si usted quiere que alguien identifique a Pina tiene que hablar de “el creador de La casa de papel”, provocando en esa conversación que te pregunte si ese no era el que dirigió la serie de Marianico el Corto. Pero bueno, en realidad a Ryan Murphy lo conocemos por algo más que «el de Glee» cuatro frikis. Partiendo lo de friki de la base de estar hablando de Glee.
Gabilondo está a punto de ponerse a nivel que tuviesen en su época Antonio Mercero o Ana Diosdado y ahora Olivares o los directores de cine en el exilio. Es decir, que lo conozca todo el mundo. Gabilondo, «el tío de Patria. Ese que también hizo El Príncipe».
La construcción del prestigio
Lo veníamos avisando. Esto no es televisión. Es HBO. En El País ni se han cortado y Telecinco tardó medio segundo en llevárselo a sus promos de la serie. Una serie IMPORTANTE, después de la que emites un debate con gente RELEVANTE. El relato está muy bien, pero ganar dinero está mejor. HBO ya no tiene un Juego de Tronos, es posible que nunca vuelva a haber una serie igual -o sí, a saber- y necesita ser La Plataforma a la que Debes Suscribirte.
Amazon tiene los documentales con deportistas de éxito y las series en coproducción con las privadas del analógico. Netflix su condición de plataforma por defecto y sus grandes éxitos internacionales. HBO quiere estar por encima de esas menudencias y ser Cultura.
Si allí lanzan una serie culebronizando la vida de Amancio Ortega, HBO tiene Escenario 0 o la nueva creación de Álex de la Iglesia, que se lanza en Venecia y Sitges antes de llegar al streaming. Patria es crucial en esta estrategia porque es la primera serie original de una plataforma de streaming que ha entrado a formar parte del debate político y social.
No es un tema de conversación banal, no es comentar la última frase chula de Nairobi en La casa de papel o lo que luce el documental de Fernando Torres. Es política y es Historia. Y esa marca, la del producto gourmet, vuelve rentable cualquier esfuerzo.
Los favoritos de Midas, la primera producción de Mateo Gil para Netflix protagonizada por Luis Tosar, se estrenará el próximo 13 de noviembre y ya tiene tráiler oficial. Esta miniserie de seis episodios adapta un relato del escritor ingles Jack London, The minions of Midas, cuyo guión ha escrito el propio Gil a medias con Miguel Barros.
En el reparto también aparecen Willy Toledo, en su regreso a las series españolas, y Marta Belmonte como protagonistas, dentro de un elenco que se completa con Marta Milans, Carlos Blanco y Bea Segura.
Gil, coguionista habitual de Amenábar hasta Ágora, planificó originalmente el guion para un largometraje, aunque finalmente ha acabado convertido en una serie de seis episodios. Es su primer trabajo tras Las leyes de la termodinámica, estrenada en cines en 2018. La trama se ambienta en la actualidad y las consecuencias de la crisis de 2008 en la economía y la vida de los españoles.
Víctor Genovés (Luis Tosar), un influyente empresario, sufre un extraño chantaje: si no accede a pagar una elevada suma de dinero, un grupo autodenominado «los favoritos de Midas» matará a una persona al azar en un lugar y fecha señalados y añadirán una nueva víctima periódicamente hasta conseguir su objetivo. ¿Cuántas muertes será Víctor capaz de cargar sobre sus hombros?
El joven Gabino Falcón vuelve a España en los 50 tras un tiempo viviendo en México. Lo acompaña su amigo Lázaro, bailarín clásico. Las pasiones que este último levanta a su paso chocan con el conservadurismo de la familia y el papel del padre de Gabino, Gregorio, como alto cargo del régimen de Franco. Finalmente, los secretos de la familia Falcón acabarán saliendo a la luz.
En Alguien tiene que morir Manolo Caro propone un homenaje al cine de los 50 a ambos lados del océano Atlántico y un alegato por un audiovisual hispanoamericano que solo se tiene a sí mismo como referente. Homenaje al cine clásico mexicano, al de Buñuel y, ligeramente, al de Berlanga, es también un canto a la diversidad y a la libertad en tiempos difíciles.
Aunque tiene gran parte de la temática y el enfoque de culebrón con La casa de las flores, no hay el menor rastro de comedia. Lo que veremos es un drama más que correcto, a favor del que juega su brevedad, apenas tres capítulos de 50 minutos, que presenta rápidamente los conflictos y el marco en el que se mueven.
Aunque el relato coral flojea –Carmen Maura y Ester Expósito son mucho más secundarias de lo que dicen las promos, aunque tengan mucho peso en la trama– y el guión no es perfecto, se trata de una coproducción notable que respeta la tradición de ambas orillas.
A partir de aquí, spoilers, aunque no se revela el final ni la identidad de la víctima o el asesino.
Represión de ida y vuelta
El Franquismo de los 50 se retrata sin ningún tipo de piedad. Al contrario que en otros culebrones de época no hay idealización posible ni piedad con los personajes de clase alta retratados. Lo primero que sabemos de la familia es que uno de ellos gestiona desde la cárcel trabajadores esclavos con las grandes empresas afectas al Régimen.
El referente de La casa de las flores es inevitable, para empezar porque Alguien tiene que morir no tiene ningún interés en evitarlo. Sin embargo, un cuarto de hora de visionado nos demuestra rápidamente que aquí el tono no es de comedia, ni siquiera negra.
Aunque los elementos del anterior éxito para Netflix de Manolo Caro están aquí, se presentan de manera mucho menos desenfadada. El machismo de Gregorio (Ernesto Alterio) no es redimible ni mucho menos entrañable en su torpeza como el del padre de los de la Mora. La matriarca Amparo (Carmen Maura) es terrorífica y no cómica. Y las consecuencias de vivir en el armario son mucho peores que los chismes de las vecinas.
La irrupción onírica del joven bailarín ensayando en el salón de madrugada es la que rompe el ambiente de opresión, incluso la iluminación cambia, y por supuesto la expresión de los personajes principales. En los dos primeros capítulos de Alguien tiene que morir sirve de contraste al ambiente general. Por ejemplo, a la aparición de Eduardo Casanova, que lo da todo en un personaje menor pero relevante para la evolución de Gabino y que retrata la personalidad de Gregorio en toda su miseria.
Se superponen sin mucho disimulo las escenas de este último cabildeando con el “emprendedor” traficante de zapatos y la de Mina (Cecilia Suárez) contemplando como lisian a los pichones para que los clientes ricos hagan más presas. Ese tiro al pichón que siempre fue la afición predilecta del dictador. La sutileza, como en otras obras de Caro, no es necesaria si el mensaje tiene la fuerza suficiente.
Destacar a Cecilia Suárez. Si en La casa de las flores cambiaba su acento al servicio de la extracción social y la comicidad del personaje, en Alguien tiene que morir disimula su deje mexicano hasta naturalizarlo en un castellano peninsular y arcaico con doble vuelta. Acostumbrados a imitaciones ridículas de ida y vuelta del Atlántico, es una novedad bienvenida.
El bailarín exterminador
Ryan Murphy acababa “arreglando” con diversidad retrospectiva el Hollywood de los 40, pero Manolo Caro no tiene ninguna intención. No sabemos hasta qué punto de manera intencionada convierte la fetichización de la palabra “España” en una cárcel, en un patrimonio de los personajes como el detestable Gregorio.
Es una pena, quizás, que los personajes españoles jóvenes de Alguien tiene que morir, como Cayetana (Ester Expósito) o Alonso (Carlos Cuevas), no disputen otra definición de la misma sino que sucumban ante ella. Por otro lado, ese Madrid en tonos sepia y el país que lo rodea cumplen la misma función que la casa de El ángel exterminador en atrapar a sus burgueses en una mediocridad de la que no saben salir.
Se refleja bien, por tanto, lo que significaba México en aquella época para los españoles de dentro y de fuera, esa República de Lázaro Cárdenas -por algo el personaje de Isaac Hernández se llama así- en la que sobreviven intelectuales y demócratas. La que retratan los relatos de Max Aub, parodió Buñuel y exportaba un cine ambicioso y grandilocuente, que podía competir con Hollywood en el mundo hispanoparlante.
La capacidad de convertir a los franquistas en supervillanos detestables, que rozan el tebeo -como buenos malos de culebrón- recuerda, salvando las distancias de tiempo, formato y género, a la que tuviese el también mexicano Guillermo del Toro en El espinazo del diablo y El laberinto del fauno.
Por otra parte, y comoLa casa de las flores revelaba a su manera, en un cambio de roles de 80 años en el que ahora España puede ser el exilio del mexicano que quiera vivir sin presiones sociales o aspirando a un ascensor social que se está dinamitando a ambas orillas del Atlántico.
Alguien tiene que morir sirve así también como propuesta, es posible que más que consciente, de un nuevo modelo de coproducción, de ficción que cruce el charco y sea capaz de competir con el mundo anglosajón como lo hizo en su momento ese cine mexicano de superproducción.
El Palmarés de Sitges 2020ha sido escaso para el cine español, sobre todo comparado con el triunfo de El hoyo en la anterior edición, pero el balance son dos premios más que valiosos. La vampira de Barcelona se va con el Gran Premio del Público y Bingen Mendizábal y Koldo Uriarte con el de Mejor Música por la banda sonora de Baby.
La canadiense Possessor de Brando Cronenberg y la francesa La nuée de Just Philippot han sido las grandes triunfadoras de este Sitges 2020 al llevarse la primera el premio a Mejor Película y la segunda el Premio Especial del Jurado.
La vampira de Barcelona, el filme dirigido por Lluis Danés, ha visto reconocido con el Gran Premio del Público su apuesta por redimir a Enriqueta Martí, la llamada «vampira del Raval», en la que han primado los elementos dramáticos y tenebrosos pero también surrealistas.
El compositor Bingen Mendizábal y el pianista Koldo Uriarte, por su parte, reciben su galardón por Baby, la nueva película de Juanma Bajo Ulloa, presentada en el Festival. Mendizábal es un veterano de las bandas sonoras con una larga carrera que empieza junto al mismo director con Alas de mariposa pero que incluye series como La Regenta, películas argentinas como Kamchatka o comedias como Torapia. Uriarte ha participado en varios documentales musicales y también en las bandas sonoras de la reciente Ane.
En este año 2020, aciago para casi todos, Mario Casas ha presentado tres películas y en todas ellas su trabajo actoral es destacable. Tras las producciones de Netflix Hogar (Alex Pastor & David Pastor) y El practicante (Carles Torras); estrena No matarás, segundo largometraje del director David Victori tras El pacto, donde da vida a Dani, un joven apocado y tímido que tiene que sobrellevar la pérdida de su padre.
El cineasta nos presenta al personaje de espaldas, con un seguimiento en plano secuencia (pretexto de lo que el espectador tendrá que hacer durante toda la película; ir detrás de los pasos de Dani) abstraído siempre en la música de sus cascos, fuera del mundo que le rodea. En estos primeros compases, la película posee tintes amables, su composición visual es clásica para adentrarnos en la vida anodina, cotidiana y vacía de Dani; y la relación afectiva con su hermana (Elisabeth Larena), la cual se establece como su única conexión con el mundo real.
Debido a esa puesta en escena y al planteamiento de las situaciones se intuye que estamos ante un drama familiar; pero la catarsis emocional del protagonista, junto a los cambios de tono y de propuesta narrativa llegarán al caer la noche. Porque en la oscuridad todo se transforma, el poder hipnótico de la noche convierte el drama familiar amable en una pesadilla con tintes terroríficos.
Los planos contra planos de No matarás se tornan en cámaras en mano girando alrededor del protagonista, los tonos pasteles de la fotografía dan paso a tonos rosas, violetas y morados; y toda esta transición se presenta por un único motivo: la presencia de Mila (magistral debut de Milena Smit), una especie de femme fatale de barrio, tan inestable como sensual, capaz de cautivar y manipular con la misma mirada.
Así, Dani entra de lleno en ese ambiente de perversión al que Mila le arrastra y donde no habrá marcha atrás, porque cada decisión que toma le encierra más en la cueva a la que no sabe ni cómo ni porque ha llegado. Dani vivirá su particular “¡Jo, qué Noche!” en la ciudad de Barcelona, pero de una manera mucho más visceral, salvaje y sangrienta que la que pasó Griffin Dunne en la película de Martin Scorsese.
El enfoque de la cámara se distorsiona, al igual que la visión del protagonista ante el torbellino de alcohol, gritos y problemas. Aún así, es en esta atmósfera de música electrónica y luces de neón donde los intérpretes se encuentran más cómodos, mostrando su cara más frenética, el cineasta rompe con los códigos narrativos y se desenvuelve dentro de una noche de desenfreno, ofreciendo un entretenimiento estimulante sobre cómo puede complicarse la vida en un instante por una cascada de malas decisiones.
Cada obstáculo para salir de la profunda boca del lobo en la que se encuentra son cada vez más rocambolescos, y se puede considerar que a Victori se le va la mano en los últimos giros de guion, pero el tratamiento formal y estilístico de la propuesta demanda eso mismo.No matarás es una bendita locura, con un ritmo en constante aceleración, una fiesta terrorífica a la que el protagonista es invitado y accede sin saberlo.
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