La travesía del héroe muestra más sobre el entorno que sobre sí mismo. Del mismo modo, la gran tragicomedia del cine español, con un héroe que no lo es, muestra realidades sociales de lo que un día fue nuestro país. Es importante analizar estas realidades de Torrente, ya que el pasado deja mella en el presente.
José Luis Torrente es un personaje grotesco, agente de pistola y boca sin calibrar; logra convertir la más desagradable apariencia y ética en arte atemporal. Es un personaje inadaptado a su época, un quijote nostálgico del franquismo, que dice y hace las barbaridades latentes en la sociedad, es decir, el racismo, machismo y homofobia que siguen presentes bajo nuevas apariencias.
Antes de ahondar en el análisis debo dejar claro mi punto de vista: la contextualización de estas películas como un relato cómico que encierra vivencias trágicas. En mi opinión, Torrente ofrece un producto intencionadamente ambiguo, capaz de abarcar un amplio público objetivo, pero un buen producto de arqueología social listo para el consumo rápido. Dado que ya disponemos de este gran producto, analicemos los debates que plantea.
Los complejos de Torrente y Hannah Arendt
El punto de partida es el escenario absurdo en que se desarrollan las películas. Los casos de éxito del protagonista no se deben a su buen hacer, sino al mal hacer del entorno. Este absurdo cobra su máximo esplendor durante el extravagante grito del cochinillo degollado en Torrente 2: Misión en Marbella, escena en que el protagonista dispara en la oreja a una persona (Torbe) que, a través de un extraño y porcino sonido, se convierte en hazmerreír y no en víctima de la desmesura y la violencia.
La banalización del mal formulada por Hannah Arendt es la base para observar este tipo de escenas habituales en la saga. El mal, los problemas sociales, no son radicales, sino que se asientan sobre lo superfluo y cotidiano, en este caso sobre el seguidismo del quijote tardofranquista y las intensas carcajadas.
Torrente es el arquetipo del hombre acomplejado. Nunca hace nada mal, sino que todo es culpa de los demás, y necesita reafirmar su virilidad a cada nuevo paso. Como ejemplo de tantos, la escena en que está disparando a unas latas junto a Rafi (Javier Cámara) en Torrente, el brazo tonto de la ley. Comienza diciendo “mira cómo tira un maestro” para, tras fallar, responder a su incapacidad echando la culpa a los demás: “Ya me has desestabilizado el puente”.
Cada escena de la saga muestra la capacidad de transformar la realidad a través de las palabras, siempre y cuando estas sean aceptadas por el entorno. Su gordura (“No me había fijado, Torrente, pero si tienes tetitas”) puede ser robustez (“Pero qué dices. Son pectorales”). Porque, ante todo, transmite la seguridad de quien cree su “polla” el centro del universo. “Hay dos tipos de hombres: los que se lavan las manos antes de mear y los que se las lavan después”. “Mi polla es sagrada, hay que reverenciarla”. Es incluso capaz de corregir el revés de Moyà en Torrente 2: Misión en Marbella, él, que solo conoce el levantamiento de cerveza como deporte. Es el extremo de la chapuza hecha persona, caricatura de las relaciones profesionales que muestra la altiveza propia de la ignorancia.
Torrente es un aprovechado, un hidalgo sustentado en pufos (“Torrente, me debes 6.000 pesetas de güisqui”). El escenario es idóneo para un personaje de estas características, ya que la estupidez es casi una constante en el resto de los personajes que lo acompañan. Nos reímos porque sabemos que, en algunas ocasiones, el mal solo necesita la inacción y la estupidez para triunfar. Sabemos que las escenas son absurdas, pero reconocemos que transmiten una pequeña porción de verdad.
Los problemas sociales en la saga
La saga aborda casi todos los problemas sociales a través de la comedia: machismo, alcoholismo, discriminación de personas con discapacidad, racismo, falta de respeto a los mayores, homofobia, ausencia de lealtad; en resumen, muestra la sinrazón del prejuicio ante la desviación de las normas sociales mayoritarias, además de llevar el egoísmo a límites obscenos.
El machismo, atenuado en la última película, sobrevuela toda la saga. Sobra decir que para Torrente las mujeres no son personas, sino objetos hipersexualizados. Su falta de respeto se nota especialmente en su relación con las mujeres. Canoniza a las mujeres atractivas, objeto de deseo, mientras demoniza a las mujeres que no le atraen (“Bicho, bicho”. “-Hola, guapo, ¿quieres compañía? -No, gracias, ya tengo perro”). Y qué no decir sobre la banalización de la prostitución, debate abierto sobre los límites de la mercantilización. Para Torrente las mujeres deben estar a su disposición, ya que es un fiel adepto del machismo más rancio.
El alcoholismo domina las acciones del protagonista, guiado por la rápida oscilación entre el vaso lleno y el vacío. Al fin y al cabo, Torrente es un alcohólico que llena con güisqui su vacío emocional. Maltrata a su padre (Tony Leblanc), poniéndole a pedir en Torrente, el brazo tonto de la ley, porque no sabe querer bien.
La parodia de la diversidad, motivo de varias escenas, muestra la cruda realidad del día a día. Llega a decir al Langui: “Estás contrahecho, vamos, estás mal “acabao””. Siempre debe recordarse el sentido cómico de la saga, ya que hay más dignidad en el dedo meñique del Langui que en todo el cuerpo de Torrente. El bufón tardofranquista convierte la barbarie en arte, y a través de la exageración nos advierte acerca de los pequeños torrentes que se esconden bajo nuestra piel.
El gran quijote tardofranquista es, ante todo, un cobarde que se esconde tras la ofensa
Torrente no solo hace comentarios homófobos, sino que es la esencia de la homofobia. Se encuentra encerrado en una jaula con barrotes de cristal. En el fondo tiene miedo a no ser homófobo, ya que teme que la jaula se rompa y, en libertad, se dé cuenta de su propia sinrazón. Es interesante analizar la condescendencia con la que trata a las personas homosexuales, a través de una frase de Torrente 4: Crisis Letal: “Los maricones, ahora, se casan”. Transmite la sorpresa ante la tolerancia, es decir, cree que está aguantando una nueva realidad. Este enfoque sigue muy presente, y no se trata de tolerar, sino de respetar en pie de igualdad.
Por encima de cualquier identidad, Torrente se entiende a sí mismo como un patriota y del Atleti. Su ultranacionalismo, religión entendida a través del Fary como enviado en la tierra, unido al racismo, le lleva a ridiculizar el resto de las culturas (“Chinita, ven aquí”, “En la Casa Blanca han puesto a un negro”). Pero me quedo con una escena de la primera película. Torrente, bufanda del Atleti al cuello, se encuentra con un grupo de ultras del Real Madrid, tira la bufanda a una alcantarilla y se pone a gritar “Hala Madrid”. Porque el gran quijote tardofranquista es, ante todo, un cobarde que se esconde tras la ofensa.
La saga de Torrente logra transmitir, a través de situaciones desproporcionadas, claves de lo que un día fue España: una gran comedia falta de razones, una sociedad fundada sobre mitos y carcajadas vacías.
Una nueva serie española muestra su tráiler oficial y anuncia su fecha de estreno. Desaparecidos estará en la plataforma Amazon Prime Video de forma exclusiva el próximo 19 de junio, un paso previo a su estreno en televisión en abierto con Telecinco. Esta producción de Mediaset y Plano a Plano (Valeria) sobre un grupo especial de la policía tiene entre sus protagonistas a Michelle Calvo, Juan Echanove, Maxi Iglesias, Elvira Mínguez o Amanda Ríos.
Desaparecidos es el cuarto estreno en la plataforma de streaming de Amazon para una serie de Telecinco. El pueblo inauguró el acuerdo entre compañías hace un año,y desde entonces hemos visto la llegada de Caronteel pasado mes de marzo y el deMadres este mes de mayo. Y más nuevas series y temporadas de viejas conocidas que llegarán. Ahora podemos ver dos minutos de este thriller policial con un amplio abanico de actores españoles.
Desaparecidos está dirigida por un trío de directores con experiencia televisiva como Miguel Ángel Vivas (Tu hijo, Élite), Inma Torrente (Valeria, Servir y proteger) y Jacobo Martos (El internado, Aída). Por parte del guion de la serie se ha contado con un amplio equipo liderado por Curro Royo y Miguel Ángel Fernández que también ha contado con Patxi Amezcua,Jorge Guerricaechevarría,Javier Ugarte,Irene Olaciregui,Mercedes Cruz,Juan Vicente Pozuelo yJoaquín Gorriz.
La Unidad explica el funcionamiento de la Unidad de Investigación Policial de la Policía Nacional, especializada en la persecución del terrorismo yihadista. A partir de una operación en Melilla en la que se detiene a un importante líder extremista de forma inesperada, seguimos las operaciones de un equipo de policías para intentar prevenir nuevos atentados y el efecto que este trabajo tiene en las personas que lo realizan.
La Unidad es la serie española más ambiciosa en lo que va de 2020. Por muchas razones, que van desde lo que se cuenta en ella hasta la forma de contarlo pero que pasan también por lo que explica sin necesidad de subrayarlo y lo que no explica para que el público decida cómo quiere entenderlo. Es una serie que nos hacía falta, aunque no lo sabíamos, y que esperemos que tenga continuación. Aunque si no la tiene ya ha hecho lo que venía a hacer.
La Unidad tiene aspiración documental, aunque no lo sea, y busca la sobriedad para parecer de verdad, no para serlo. Lo que vemos no puede ser verdad. Pero sí puede hacernos sentir como lo haría la verdad. Y ahí está la clave de todo lo que va a ocurrir.
Aviso: Ligeros spoilers. No se desvela la trama ni el final pero sí algunos detalles.
1. El policial y la verdad
Historias de policías o de terrorismo se pueden contar en todos los formatos, y unas saldrán mejor y otras peor. En La unidad está Homeland, porque es imposible hacer una serie que hable de yihadismo sin influencia de esta, y está El Príncipe. Pero El Príncipe era un culebrón de toda la vida al que le gustaba disfrazarse de thriller y Homeland quería parecer verdad de vez en cuando para no serlo cuando hiciese falta. La unidad aspira a algo más.
Es un policial, sí, y también hay en él una serie de espías, que cada capítulo va asomando un poco más la cabeza y que se desvela fundamental en el arreón final. Sus creadores, Dani de la Torre y Alberto Marini, han explicado en entrevistas que se inspiraron en el estilo de Kathryn Bigelow en La noche más oscura o el de Paul Greengrass en United 93, con distancia y sobriedad, sin excesos de cámara. Las escenas de acción tienen también el sello de Vaca Films, productora de esta serie y de El niño o Celda 211.
Irónicamente La Unidad destaca por lo verosímil que querría ser y no puede. Aunque las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tienen departamentos encargados de ayudar a producciones audiovisuales de todo tipo, obviamente no van a permitir que aparezcan en una serie de éxito todos sus métodos de trabajo. Lo que vemos es veraz pero no al 100%. Se debe acercar bastante a cómo funcione el equivalente a la Unidad de Investigación de la Policía Nacional, pero no por completo.
Las secuencias de violencia son cortas, tensas y sin aditivos, con la cámara alejándose y despersonalizando lo que se ve -excepto con una excepción, que comentaremos al final-. Y hay una razón, la misma que existe para todo: que nuestra reacción sea la misma que tendríamos si asistiésemos a esa violencia en la vida real.
2. Los personajes y la verdad
Solo hay seis capítulos, así que los conflictos que humanizan y nos acercan a los agentes de La Unidad son muy básicos. Lo que da tiempo en tan poco espacio si quieres desarrollar bien la trama criminal. Nos recuerda que los maderos son gente que se pica con sus compañeros de trabajo por tonterías, cuida de sus perros o discute con su pareja sobre qué regalo le hacen a un amigo que se casa. Pero que al día siguiente por la mañana tienen que asegurarse de que han revisado bien los datos de cierto sospechoso, o ese tipo puede volarse por los aires en una estación de tren en Francia y matar a 20 personas.
También son gente que, cuando llega a un nivel de seguridad como el que vemos aquí, si su hija le pide dormir en casa de una amiga del cole primero tienen que investigar a toda la familia de la amiga antes de darle permiso.
Carla Torres, el personaje de Nathalie Poza, se va comiendo poco a poco una serie que por concepto es coral y se crece en los dos últimos capítulos. Se echa de menos precisamente una serie un poco más larga que hubiese permitido a la comisaria convertirse en un icono de la televisión española. Esperemos que se confirme la segunda temporada y que tenga la oportunidad de más diálogos como los del capítulo seis.
Por otra parte el reparto no arriesga con los secundarios. En papeles relevantes tenemos a Fele Martínez, Luis Zahera o Francesc Orella, dándole una credibilidad a sus diálogos necesaria para que sus personajes no acaben pareciendo estereotipos.
La serie despliega también varios dispositivos para intentar no caer en un discurso maniqueo o racista, presentándonos la mayor cantidad de personajes musulmanes variados que puede. Asistimos a la vida detrás del pañuelo de mujeres musulmanas en Melilla (en bikini y bebiendo vino a espaldas de los maridos). También tenemos un momento triste cuando es precisamente uno de los vecinos de Gerona, un pequeño comerciante cuyos hijos ya han nacido en España y que colabora en todo con la Policía porque quiere impedir muertes, el que sufre más racismo.
3. La memoria y la verdad
Hace casi dos meses hablábamos por aquí de cómo La casa de papel se atrevía a llevar el POP de derribo donde pocas series españolas han llegado porque nos mostraba coroneles del CNI que torturan de forma ilegal, autorizan asesinatos y mienten a la prensa. La Unidad es otro formato, uno más sutil. La Unidad no quiere que cantemos el Bella Ciao, no quiere que gritemos de alegría cuando un personaje sobrevive o nos hagamos póster con ellos.
La Unidad quiere parecerse a la vida real, no sublimarla. Por eso lo que quiere de nosotros es incomodidad y cierta tristeza. Quiere empatía hacia sus personajes, no admiración. También nos recuerda que no está contándonos un suceso, sino un proceso. Apela a nuestra memoria colectiva, tanto del 11-M o las Ramblas como del terrorismo de ETA, que se hace presente a través de los diálogos y el pasado de alguno de los personajes.
Es la diferencia entre un policial que solo busca entretener o adoctrinar y otro que intenta plantearnos la realidad de lo que ahí se representa. En un proceso, a diferencia de un suceso, somos seres con un pasado y una memoria que sentimos y actuamos en base a ella. Sin esa memoria no se puede reaccionar igual, y a esa memoria colectiva remiten algunos de lo momentos más duros de la serie, que no son necesariamente los más violentos. La policía española no es la más eficaz del mundo capturando yihadistas porque sí. Hay razones políticas, policiales y geográficas. Pero también históricas. Y están aquí.
El guion plantea trampas que luego se revela que no son tales. Hay un momento en que algunos agentes se cuestionan la necesidad de torturar a un detenido para salvar vidas. Pero lo que luego vemos no es lo que los personajes habían verbalizado minutos antes. De hecho, es algo que ni siquiera hace la unidad, lo hace la Policía de Marruecos, y la mitad sucede en off. Luego el policía marroquí le dice a una de las agentes españolas que se llevan bien porque, aunque sea diferente cultura y religión, son los buenos -los que protegen- frente a los malos -los que hacen daño-. Ella responde: “o al menos lo parece”.
4. Lo que sientes y la verdad
La serie no son seis capítulos, son cuatro y dos. Todo lo que ocurre en los cuatro primeros nos está preparando para lo que va a pasar en los dos últimos. Para que lo que vemos allí tenga un significado que, de otra manera, sería muy diferente para nosotros. La historia se podría haber empezado a contar desde el capítulo cuarto y la descripción del funcionamiento de la Unidad de Investigación Policial habría sido la misma. Pero nuestro tránsito emocional y nuestras conclusiones, como espectadores y como ciudadanos del país que vivió el 11-M y cuatro décadas de terrorismo etarra, habrían sido muy diferentes.
La Unidad tiene una de las secuencias más impactantes que se haya atrevido a rodar una serie española jamás, no solo por lo que ocurre sino por cómo se cuenta. Es necesario llegar a ella virgen y procesarla despacio. Necesitamos pararnos a filtrar lo que acabamos de ver y aceptar lo que pasa por nuestra cabeza y nuestras tripas. Es valiente y terrible y no la voy a comentar más.
Si no tuviésemos en la cabeza los cuatro episodios previos no entenderíamos las decisiones que toma el personaje de Nathalie Poza ni el discurso que lanza a su unidad tendría el mismo significado para nosotros. Tampoco asistiríamos igual a la conversación extraoficial que mantienen Marcos (Michel Noher), Sergio (Luis Zahera) y Miriam (Marian Álvarez).
Es una estructura que responde a provocar nuestra incomodidad más que la euforia o el miedo. Es una búsqueda de la empatía con los personajes desde la compresión más que desde la identificación. Y, sobre todo, nos prepara un final que habla más de cómo sigue la vida de “los buenos” que de si existen o no “los malos”.
La ficción no está solo para evadirnos o para darnos un masaje. No tiene la obligación de confirmar nuestros prejuicios ideológicos. Ni siquiera necesita que nos lo pasemos bien. A veces necesita dejarnos incómodos con nosotros mismos y con lo que acabamos de ver. Por eso tras disfrutar de la seca búsqueda de la verdad en La Unidad tenemos que preguntarnos por qué estas series son tan raras en nuestro país y por qué hacen falta.
Álex de la Iglesia será el responsable principal de The Fear Collection, una antología de nuevas películas españolas de terror. El director de El bar dirigirá y/o producirá una serie de películas que estarán unidas por un universo de «horror cósmico», según palabras del director para la revista Variety. Un proyecto ambicioso que contará con el trabajo de otros destacados directores españoles como Paula Ortiz (La novia), Jaume Balagueró ([REC]) o Carlos Therón (Lo dejo cuando quiera).
El sello The Fear Collection mostrará un universo de personajes que se enfrentará a «fuerzas sobrenaturales que amenazan a la humanidad», explicó de la Iglesia a Variety. El director y productor ha hecho mención al subgénero del «cosmic horror» (terror/horror cósmico) para explicar la conexión entre las diferentes películas de esta gran antología. El conceptó de horror cósmico se popularizó a través de las novelas y los relatos del escritor H. P. Lovecraft, que mezclaba elementos de ciencia-ficción con el terror.
The Fear Collection se estrenará en salas y luego en Amazon Prime Video
La intención es producir dos películas al año dentro de la marca The Fear Collection, con directores y guionistas españoles que sean «amantes del género». Además de Ortiz, Balagueró y Therón, también participarán guionistas de la talla de Jorge Guerricaechevarría, guionista habitual de las películas de Álex de la Iglesia y Daniel Monzón, o Fernando Navarro, que ha escrito películas como Verónica o Musa. De la Iglesia ha asegurado que el tener medio es algo conocido por los españoles «desde que, en una excursión escolar, vimos por primera vez las pinturas negras de Goya».
El proyecto, que estará siempre bajo la «influencia creativa» de de la Iglesia en todas sus derivaciones, lo podremos ver gracias a un acuerdo entre Sony, Amazon y Pokeepsie Films, la productora de De la Iglesia y Carolina Bang. Los filmes deThe Fear Collection se estrenarán en cines de la mano de una gran distribuidora multinacional en España como Sony, que también la llevará a las salas en el extranjero, y posteriormente se colgarán en exclusiva en la plataforma de streaming Amazon Prime Video.
En 2002, Los lunes al sol puso cara y voz a aquellos números impersonales de la larga lista de personas que perdieron su empleo después de las deslocalizaciones propias de la globalización económica, en la que muchas empresas trasladaron sus centros de trabajo a países que, por diferentes motivos, podían reducir los costes de producción. En una España cada vez más comprometida con el turismo y el sector servicios el impacto fue contundente, algo que seguimos notando actualmente y con especial fuerza en estas últimas y excepcionalísimas semanas.
La película de Fernando León de Aranoa plasmó con brillantez y eficacia el drama humano que respira detrás de los números, mostrando el día a día y la distinta suerte de cada uno de estos parados, convertidos en impersonales números tras el cierre de un astillero en Vigo, que pasó a operar en Corea (aunque la película está inspirada en los sucesos que ocurrieron alrededor de los astilleros Naval Gijón).
Los lunes al sol convenció a crítica, público –la vieron más de dos millones de espectadores- y jurados y académicos, haciéndose con la Palma de Oro en San Sebastián y dominando la temporada de premios, coronándose con cinco Goyas, incluyendo película y dirección. Pero su mayor éxito fue que cualquiera sabe a qué nos referimos al escuchar “¿Qué día es hoy?”.
Siempre es complicado hacer buen cine político, comprometido socialmente, de combate. Especialmente cuando se comparten las convicciones de los protagonistas, como ocurre con Fernando León de Aranoa y Los lunes al sol. Se es más propicio a caer en los excesos sentimentalistas o en el maniqueísmo caricaturizante. Esto no ocurre en Los lunes al sol. Cada personaje es humano, por lo tanto imperfecto, contradictorio, sometido en última instancia a una realidad que no puede controlar más que en una minúscula parte. En este reconocernos en la imperfección de los personajes, sin que necesariamente se comparta la forma concreta en la que se manifiesta, reside uno de los grandes logros de la película.
El cuidado guion se complementa con una naturalista puesta en escena, una banda sonora que subraya la tristeza sin que su uso resulte abusivo y un brillante trabajo de interpretación por parte de un elenco de primera línea. Un portentoso Javier Bardem encabeza un reparto donde encontramos algunos de los más grandes actores gallegos –Luis Tosar, José Ángel Egido, Celso Bugallo, y una breve aparición de nuestro querido Luis Zahera– además de importantes nombres de nuestro cine –Joaquín Climent, Nieve de Medina, Aida Folch, Enrique Villén y Fernando Tejero, simpático en sus breves apariciones–.
El drama del paro pocas veces ha sido representado mejor en el cine. Las consecuencias de lo económico en lo humano, en las vidas de personas, que son lo que hay detrás de las estadísticas. Si Los lunes al sol es una buena película-manifiesto es antes que nada porque es una buena película. Porque no abusa de la brocha gorda y deja aire y espacio a sus protagonistas para explicarse y discutir. Cuando la película acaba explicitando su tesis –la necesidad para la clase trabajadora de estar unida, la conciencia de clase – no tenemos la sensación de estar asistiendo a un mitin sino a una escena que podría darse en la mayoría de los bares que frecuentamos.
No suele ser habitual que la cigarra tenga la ocasión de discutirle el marco de la conversación a la hormiga. Los lunes al sol es una oportunidad felizmente aprovechada. En la gala de los Goya de 2003 –la del No a la guerra, cuyas consecuencias también seguimos viendo– se alzó con los cabezones a Mejor Película, Dirección, Actor Principal (Bardem), De Reparto (Tosar) y Revelación (José Ángel Egido). Las cigarras gritaron que si están solas las joden y que eso siempre ha sido así. Y el mundo, por lo menos el del cine español, las escuchó. No suele ocurrir.
Una nueva película española decide estrenar primero en Filmin previo a su pase en salas. Es Rocambola, un thriller protagonizado por Juan Diego Botto que llegará a la plataforma el próximo 5 de junio. Dirigida por Juanra Fernández, que había debutado en largo con la película de terror Para Elisa, este filme cuenta la historia de un ladrón profesional que decide asaltar una casa que cree vacía. Sin embargo, dentro en el hogar se topa con una pareja que le propone un extraño reto: abrir una caja fuerte. Si lo consigue, se quedará con 10.000 euros.
La película buscaba un estreno desde 2019; ahora lo encuentra de la mano de la distribuidora Begin Again en Filmin, que se está convirtiendo en el refugio del cine independiente español que, a falta de salas, encuentra una oportunidad para tener visibilidad online durante la crisis del coronavirus. Rocambola tuvo una buena trayectoria en festivales extranjeros, con premios en el Festival Film Infest de Nueva York y una Mención Especial del Jurado del Festival Internacional de Cine de Bombay.
Además de la de Juan Diego Botto, que prepara su salto a la dirección, Rocambola cuenta otras caras conocidas como la de Jan Cornet (Estoy vivo, La piel que habito), Ana Álvarez (La madre muerta) o Elisa Matilla (¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?). Según palabras del director, «con ciertos matices de cine negro, la película se desarrollasobre la delgadalínea que transcurre entre el suspense psicológico y pánico consiguiente».
Hace menos de 5 años empezó una relación de esas que al principio creímos que no iban a funcionar. Había de por medio otros modelos más abiertos y menos comprometidos, pensamos. Pero la mentalidad empezó a cambiar, y unos años después esa relación que parecía tambaleante es más que sólida. Tan sólida que tiene a 16, 4 millones de personas involucradas. Es el numero de españoles que conviven con una plataforma de streaming, nuestra nueva y moderna ompañera.
Está historia de amor entre los españoles y los gigantes Netflix, HBO o Prime Video empezó de forma feliz, despreocupada, concentrada únicamente en el disfrute que nos daba ese bonito y amplio catálogo por 10 euros al mes. Todo era maravilloso: cuándo queríamos y cómo lo queríamos. Pero con el paso del tiempo, las relaciones se asientan, ocupan cada vez más espacio en nuestras vidas y también empiezan a requerir alguna que otra responsabilidad. Más allá del puro y necesario disfrute, digo.
Casi cinco años de vida conjunta después, tenemos entonces el derecho de pedirles algún compromiso a estas empresas que tanto nos acompañan y tan bien funcionan gracias a nosotros. Aunque sólo sea por haberles dado La casa de papel. Para empezar el proceso no hace falta pedir la luna; sólo un poco más de transparencia. Ya no es siquiera exigir que paguen impuestos aquí (algo que estaría bastante bien), es que nos den algo de información a todos como empresas que operan a nivel masivo distribuyendo contenidos culturales.
‘El segundo nombre’, una de las películas españolas más vistas en Netlix en mayo.
Para inaugurar esa nueva etapa más sincera de la relación, empecemos por uno de los niveles más básicos. El de los datos de audiencia. Hay algunas preguntas que necesitan respuesta: ¿Cuántos visionados tiene exactamente cada nueva serie o película que se estrena en una plataforma? ¿Qué resultados dan los estrenos en plataformas y luego en cines, o viceversa? Las respuestas son importantes para el sector (que se juegan mucho), periodistas (para informar y entender mejor las dinámicas de estas plataformas) y público general (para saber, por ejemplo, por qué no renuevan tu serie favorita).
La publicación de los TOPs de contenidos más populares de Netflix desde el pasado mes de febrero supo muy bien, pero hizo flagrante que el rey está desnudo. Las plataformas nos están enseñando solo su foto de perfil de Instagram. Y nosotros, si queremos conocernos de verdad, queremos ver el feed completo. El gigante del streaming -y las demás plataformas (menos Movistar en el caso de los contenidos en directo)- sólo nos da datos de su público cuando le interesa. Es decir, cuando van bien y pueden publicitar su éxito.
Necesitamos disponer de información detallada más allá de lo que le convenga a la plataforma enseñar. Si no, no sabremos realmente ponderar los éxitos -y los fracasos- ni entenderemos la realidad cultural que nos rodea en su justa medida. Y tenemos derecho a conocerla porque somos nosotros los que la creamos, la fomentamos y la protegemos. El oscurantismo oportunista actual, el del «sólo te lo digo para contarte que lo estoy petando», nos hace saber menos de nosotros mismos.
Queremos conocer los datos concretos, para entender y creernos la dimensión exacta de los fenómenos audiovisuales que nos rodean
Si tenemos datos de recaudación y espectadores en taquilla, si sabemos el share de audiencia de las televisiones, necesitamos un sistema de medición, universal y público, que valga para las plataformas. Queremos conocer los datos concretos y comparables, para entender y, sobre todo, creernos (como decía en Twitter el periodista Álvaro Onieva en una publicación del también periodista David Martos) la dimensión exacta de los fenómenos audiovisuales que nos rodean.
Los objetos culturales no son Coca-Colas. Son productos a los que tenemos que dar un valor y situarlos en el contexto que les da otros sentidos más allá del simple consumo individual. También si es a través de Internet y con sus distintas logísticas. Necesitamos -especialmente la prensa por nuestra responsabilidad a la hora de ofrecer información y no propaganda- sistemas de audiencia homologables para las plataformas. Eso establecerá una confianza real y unas reglas del juego igual para todos. Y así no habrá suspicacias; nuestra relación con las plataformas podrá seguir siendo tan bonita como cuando empezó.
White Lines cuenta la historia de Zoe Walker, una británica que investiga la muerte en Ibiza más de 20 años antes de su hermano Axel, un conocido DJ que había ganado millones gracias a la música techno. Los principales sospechosos serán los antiguos amigos de Axel y la familia Calafat, un clan de especuladores inmobiliarios con mano en el negocio de la droga y sus propios dramas internos.
Es una serie bien hecha, que da lo que promete. Es entretenida, a base de una estructura que juega a muñeca rusa de flashbacks para administrar la información sobre las decisiones de los personajes, y mantiene la tensión a pesar de que algún capítulo flojee -pero esto puede ser culpa del ritmo Netflix en cuarentena y habrían ganado vistos semana a semana-. Los escenarios escogidos para espectacularizar Ibiza son preciosos –aunque no sean Ibiza-, el reparto es bueno, etc. Está todo muy bien, pero es que el socio de Vancouver es Left Bank, la productora de The Crown. O sea. Con estas dos por medio, es como el nivel producción mínimo que les pedimos.
Pero si lo dejo aquí me he abierto el botellín de Cruzcampo para nada. Así que vamos a analizar tres cosas buenas y una regular de White Lines.
Atención: Spoilers. Gordísimos. Voy a desvelar, en el último punto, quién mata a Axel, y por el camino se explican algunos giros de guión.
El Estilo Vancouver
Conviene no abusar de la coletilla “del director/productor/guionista de X” porque detrás de cada serie siempre hay docenas de personas. Solo este mes y en esta santa casa el que suscribe ha reseñado dos series de responsables creativos de La Casa de Papel, y son planetas tan diferentes como El último show y esta White Lines. Sin embargo, la primera no era una producción de la propia Vancouver y esta sí lo es, además a partir de una idea original del fundador de la empresa, Álex Pina.
¿Se puede hablar de ‘Estilo Vancouver’? Pues mire, es que apenas se pueden comparar tres series, El Embarcadero, La Casa de Papel y la presente White Lines. Y La casa de papel es un monstruo de tales dimensiones que se come todo lo demás. Pero venga, vamos a jugar a los críticos subiditos -aunque lo voy a hacer con Cruzcampo y no metiéndome dos rayas, como pediría el contexto-: apariencia de thriller, subtramas de culebrón, gente que está muy buena haciendo cosas muy locas y un mensaje social más o menos sutil. Si además recuerdas que lo último que hizo Pina para Globomedia fueron las primeras temporadas de Vis a Vis, pues todo encaja.
Claro que en realidad la estilización formal que finge ser realismo sucio mientras te lo pone todo en bonito -un cámara en mano con filtro beauty de color, por decir algo- es como se hacen los thrillers y las series de acción en nuestros días, y Vancouver, más que tener un estilo propio, ahora mismo es la productora española que mejor lo ha comprendido y se atreve con entrentenimiento cafre sin complejos pero sin renunciar a trabajarse los personajes o a intentar reflejar el contexto en el que se producen.
Los desideologizados y nihilistas 90
Axel se vende como un rebelde y durante media serie parece que el guion y los personajes se lo creen. Pero al final es todo una pose de niño perdido que confunde desfasar sin sentido con el desafío a la autoridad y la provocación con la revolución. No hay ideología detrás, solo nihilismo, la perversión de los ideales del hippismo e inmadurez y fracaso emocional. Son los 90 de El Fin de la Historia de Fukuyama vistos desde ahora, y si les quitas nostalgia de la niñez.
En el fondo es una visión pesimista desde más allá de la crisis de 2008 asomándonos al abismo del Siglo XXI de lo que fue la resaca de la Guerra Fría. Lo vemos en esa infancia de Axel y Zoe en Manchester, que parece sacada de una película de Ken Loach o de Billy Elliot, en el salto a la Ibiza idealizada de los 90 -qué raro se hace ya escuchar hablar de pesetas y cómo te transporta en el tiempo automáticamente- y luego en la isla mucho más gris actual. De hecho, pasamos de la época en la que creíamos que ya no existían las clases sociales a un 2020 en el que son más evidentes que nunca, como se subraya una y otra vez en los escenarios y las casas.
Las formas de condenar esa huida hacia adelante que en parte hoy seguimos pagando, en Ibiza y en todo el mundo, pueden tener sus problemas (nos pararemos a comentarlos en el último punto del texto), pero es explícita. Tanto a nivel político como del desengaño amoroso en el que viven, en mayor o menor medida, todos los personajes. Por otro lado, también es curioso leer, ya que White Lines es una coproducción y la serie está grabada fundamentalmente en inglés, el punto de vista british. No le vamos a enmendar la plana aquí a The Guardian. No vamos por ahí dándonos pisto.
Suena música techno con música triste
Lo de gente muy guapa haciendo cosas muy locas no lo digo exagerando. White Lines va a tope con la maquinaria. No se veía tanta coca y tanto sexo turbio en un éxito audiovisual con participación española desde el Mundial de Fútbol de EEUU’94. Aquí la peña es capaz de arrancarse un diente con unos alicates, tatuarse la cara de su madre en la misma genitalia o tener un calentón y darse al fornicio y la coyunda sobre la fosa en la que está enterrando a dos cadáveres todavía frescos.
Luego están los Calafat, que son los villanos o los antagonistas “malibuenos” más desfasados y retorcidos que ha dado la ficción española en mucho tiempo. Al menos siendo tomados medio en serio como aquí. Ayuda para que funcionen que el reparto es perfecto -anda que iban a colar ciertas cosas si la madre y el hijo no tuviesen las caras de Belén López y Juan Diego Botto-. Su gran proyecto es un megacasino que defienden antes las autoridades como creador de puestos de trabajo y que se ataca explícitamente por forzar la legalidad y basarse en un modelo de negocio antisocial y extractivista.
Dos cosas sobre el verismo y exagerar la realidad para que sea divertida y así poder subrayar ciertas cosas. Álex Pina estudió Periodismo -una mala tarde la tiene cualquiera- y antes de cambiar su carrera fichando como guionista por Caiga quien Caiga, llegó a ejercer en El Diario de Mallorca. Y en La Casa de Papel todo lo que pasa parece muy loco, y de hecho lo es, pero está documentado para que al menos sea físicamente veraz. Os dejo por aquí la entrevista que le hicieron a la documentalista de Vancouver, Sara Solomando, en La Redada, programa de Podium Podcast. Otra que se licenció en Periodismo, porque la vida es así de rara.
Is this misoginia?
Repetimos: Spoilers absolutos.
En las entrevistas, Pina enseña la patita y nos cuenta que al final esto es la historia de cómo Zoe va en busca de la verdad sobre su hermano y se encuentra a sí misma. Por eso califica la serie de “thriller emocional”, cosa que valdría también para La Casa de Papel: la trama de misterio o acción como excusa para provocar transformaciones psicológicas en los personajes, que es de lo que realmente quieres hablar. Y que todo gira alrededor de Zoe ni se discute. Si no interviene, Boxer habría descubierto quién era el asesino en el capítulo uno y no habría serie.
La asesina es Anna, el personaje que encarna la liberación sexual hippie que asociamos a Ibiza, que organiza orgías y que maltrata a su ex intermitente Markus, uno de los perros apaleados más lamentables que haya parido la ficción patria. Anna es definida como pueril y mala madre explícitamente por parte de Zoe -que es el punto de vista del público-, comete el asesinato para ocultarle su promiscuidad a su novio y recibe el castigo del desprecio de sus hijas y un matrimonio sin amor ni pasión basado en la conveniencia.
Claro, lo inquietante es que aquí, como en La Casa de Papel 4 y Vis a Vis, al final el rol principal de los personajes femeninos acaba siendo ser buenas madres, novias o esposas. Y sin son malas, se las castiga. Incluso a Zoe, que pierde la custodia de su hija por cometer adulterio, aunque se defienda esta última historia como una forma de descubrir su verdadera identidad.
Porque además en su historia con Boxer,Zoe es la mala. El bueno es él, que la mira con dolor y ternura cuando lo tortura. Lo vemos encubrir crímenes, chantajear, pegar palizas y matar a sangre fría -siempre con cierta espectacularidad que lo vuelve irreal-. Pero también es un tipo tierno y romántico, que cocina a las 4 de la mañana y le gusta pintar los pies de sus amantes, sin dejar de ser un empotrador que dice guarradas al oído en el momento justo. Y encima el actor es Nuno Lopes. Coño, es que Boxer es Lobezno. Le falta tener un trabajo más aceptable para presentarlo a tu padres que el de matón a sueldo y las petardas de Valeria se lo estarían rifando.
Así que una vez más, en una serie que quiere hablar del desamor, acabamos romantizando al malote que en el fondo es un tierno y al que el enamoramiento de la chica adecuada lo puede redimir. Y yo qué sé. No sé si se pueden escribir los discursos de Nairobi y esto al mismo tiempo y que sea compatible.
Los sin nombre (Jaume Balagueró, 1999) supuso la ópera prima de uno de los directores españoles más relevantes dentro de un género, el terror, que ha dado grandes títulos en la historia de nuestro cine pero que no se convirtió en asiduo de las carteleras españolas hasta los años 90 del siglo pasado.
Bajo la estela que dejó Tesis (Alejandro Amenábar, 1996), jóvenes cineastas como Jaume Balagueró y Paco Plaza sintieron la valentía de explotar un tipo de cine tan atractivo para el espectador como abierto en cuanto a sus posibilidades. Muestra de ello lo encontramos en el debut en el largometraje del futuro realizador de Darkness (2002), Frágiles(2005) o la saga de [REC], una película arriesgada y, hasta cierto punto, incómoda que ya muestra todo el potencial que se escondía en un cineasta que quiso darle un nuevo enfoque al terror, en su concepción más amplia.
Basada en la novela homónima del escritor británico Ramsey Campbell, Los sin nombremezcla con acierto el drama, el thriller psicológico y el horror en una historia que intenta indagar en los límites de la maldad humana. Su protagonista, Claudia (Emma Vilarasau), es una mujer que perdió a su hija cinco años antes cruelmente asesinada, sin que se resolviera judicialmente el caso ni se descubriera al asesino.
Un día, inesperadamente, recibe una llamada que la desconcierta. Supuestamente, es su hija que le informa de que está viva y que le pide que haga todo lo posible por encontrarla. Desconcertada intenta averiguar qué hay de cierto en ello. Para eso se pone en contacto con el inspector Massera (Karra Elejalde), que fue el policía que llevó su caso y que ya está retirado. Junto a ambos, aparece la figura de Quiroga (Tristán Ulloa), un periodista experto en asuntos paranormales, que se involucrará en la investigación interesado por el caso.
Bajo esta premisa, la película supone un descenso a los infiernos en busca de una verdad tan cruel como aterradora. Claudia, guiada por los impulsos de una madre desesperada irá penetrando en un mundo siniestro, caracterizado por personajes enigmáticos y edificios abandonados.
Con una fotografía en tonos fríos y grises, la protagonista recorre esos lugares tan sucios como el alma de aquellos que la empujan a la perdición. Claudia irán cayendo en una trampa perpetrada por una macabra sociedad secreta, Los sin nombre, liderada por Santini (Carlos Lasarte), un misterioso superviviente de los campos de exterminios nazis (encarcelado por asesinar y violar a dos menores), que tiene una finalidad clara: investigar la síntesis del mal y el dolor humano. Para ello intentan perpetrar el acto de maldad total con el que alcanzar, según ellos, un grado de conciencia absoluto de la realidad.
El trío protagonista no se da cuenta de que están siendo arrastrados hacia una trampa mortal. Los sin nombre han tejido una tela de araña perfecta en donde van a caer Claudia y sus acompañantes, que serán testigos de ese acto de maldad último e insuperable. En uno de los finales más impactantes de la historia del cine español se cierra una historia sorprendente y bien construida que nos advierte, al igual que hiciera más adelante Mientras duermes (2011), que el horror pueda encontrarse en el entorno más cercano.
En Los sin nombres ya encontramos algunas de las características definitorias del cine de un director que cuentan cada vez con más fieles y adeptos: la inclusión del horror en lo cotidiano, el juego entre lo sugerido y lo explícito, el gusto por lo grotesco, la oscuridad como metáfora del alma humana y el uso recurrente del denominado «efecto Balagueró», un mecanismo destinado a provocar tensión en el espectador.
A partir de imágenes distorsionadas y descontextualizadas (monjas, niña vestida de comunión, la frase “no muerta” o la araña formando su tela) se pone en alerta sobre lo que vendrá, penetrando a través de una suerte imágenes oníricas en la pesadilla vital que viven sus protagonistas. Una técnica alternativa al clásico y manido “cine de sustos” con que muchas veces asociamos al género. Con este interesante recurso, al igual que con el contraste reiterado entre la inocencia del pasado (representado por el video en el que Claudia juega con su hija en la playa) y la sordidez del presente (la snuff movie que le mandan a la redacción a Quiroga), Balagueró consigue sublimar una historia tan siniestra como difícil de digerir debido a la dureza de su discurso.
En Los sin nombre, como en la mayoría de los filmes de debut, se intuyen claras referencias a grandes clásicos del género, siempre salvando las distancias. Guiños, todos ellos, a obras referenciales en las que se basa el director catalán para dar forma a este cóctel tan complejo. El juego de pistas que siguen y el ambiente sórdido en el que se mueven los protagonistas recuerdan a Seven(David Fincher, 1995); el descenso por los anillo infernales y sus extraños moradores es similar al de Jacob Singer en La escalera de Jacob (Adrian Lyne, 1990); el personaje de Santini tiene ciertas similitudes con el Dr. Hannibal Lecter de El silencio de los corderos (Jonathan Damme, 1991); ese entramado sectario que llega a penetrar en lo más íntimo del hogar remite aLa semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) y los pasillos del hotel del final de la película se parecen a los del Overlook de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980).
Los sin nombre se alzó en el año de su estreno con los premios a mejor actriz, por la encomiable labor de Emma Vilarasau, y mejor fotografía en la 32 edición del Festival de Sitges, además de obtener otros premios internacionales en festivales dedicados al género de fantasía y terror. 21 años después se ha conocido la noticia de que Jaume Balagueró, junto a Pau Freixas (Pulseras verdes y Sé quién eres), convertirán esta atractiva historia en una serie de televisión.
Con un formato más extenso y flexible que el cinematográfico, en esta nueva versión de Los sin nombre se podrá profundizar más en la psicología de esos personajes atormentados y en los orígenes de la secta liderada por Santini, atractivo personaje que en la película solo aparece esquematizado.
Una de las películas más vistas en Netflix esta semana no ha sido un estreno reciente, sino una película con casi 20 años a sus espaldas: El segundo nombre (2002). La película debut de Paco Plaza (saga [REC], Verónica) está llamando mucho la atención de los usuarios, confirmando lo bien que han calado en la plataforma los primeros trabajos recién incluidos del director valenciano –y los de Jaume Balagueró –.
Aunque otras películas de Plaza y/o Balagueró ([REC]4, Frágiles o Romasanta: La caza de la bestia) también han estado en el TOP de Netflix, la que sin duda más éxito ha tenido es El segundo nombre, que no se ha bajado de la lista de las cinco películas más populares desde que apareció en el catálogo el 13 de mayo. ¿Qué tiene esta película? ¿Qué hace bien y qué hace mal?
Ojo: a partir de aquí hay muchos spoilers
Las fuerzas: la atracción de las sectas y el terror de lo real
Adaptación de una novela de terror de Ramsey Campbell y premiada en el Festival de Sitges de 2002, El segundo nombreno es una película de terror como tal; es un thriller de terror contenido. No se juega con lo paranormal, ni con monstruos, zombis o criaturas demoníacas. Se juega con algo más terrorífico aún, algo real que nos acompaña desde hace siglos y que proviene del género humano: las sectas.
Las organizaciones de culto secreto llaman la atención en el cine desde siempre (la lista de películas da para tener subgénero propio). Su capacidad de atracción está, muchas veces, en cómo estos grupos se esconden detrás de una apariencia natural y una vida sin sobresaltos en la superficie. Y eso asusta y crea interés morboso. No hay duda, por tanto, de que el propio tema es uno de los grandes reclamos de la película, que también sabe cómo tratarlo en su beneficio intrigante y perturbador.
Precisamente por esa apariencia de «normalidad», Paco Plaza no utilizó En el segundo nombre ambientes oscuros y lúgubres, como vemos en sus películas posteriores como [REC] o Verónica. El estilo de fotografía del argentino Pablo Rosso (colaborador estrecho de Plaza desde entonces), se basa en tonos fríos y luminosos, porque el terror cotidiano tiene que sentirse y verse a plena luz del día. Cuando el lado perverso de algunos personajes se deja ver, se juega bien también con la oscuridad, como ocurre en determinadas secuencias con, por ejemplo, el ginecólogo.
Quizás por su estética y ritmo pausado muchos no se catalogaría como terror al uso, si no más bien un thriller dramático, con pinceladas grotescas y duras, que culmina con una gran tensión. Y decimos culmina, porque durante los primeros 70 minutos contemplamos una investigación, en algunas partes bastante lenta, que pretende dejarnos con la boca abierta más que mantenernos agarrados al sofá. Vamos a detallar, paso a paso, del atractivo y la condena de esta película.
Demasiados giros de guion
El inicio de la película comienza con una premisa muy atractiva, atrapándote en la historia y queriendo saber, al igual que Daniella, qué narices ha pasado con su padre. Y es aquí donde, necesariamente, nos encontramos con el primer giro de guion, que desencadena al resto. Pero es que el resto es un buen número de giros argumentales que hacen que la cinta pierda fuerza y lleguen a abrumar al espectador. Vamos a desgranarlos:
1. Profanación de la tumba:si ya era bastante extraño que tu padre acabe con su vida sin motivo aparente, llevando una vida feliz y tranquila, que al llevarle flores descubras que han profanado su tumba y secuestrado el cadáver huele a chamusquina. Nos encontramos con el primer giro que nos atrapa y nos lleva a preguntarnos qué está pasando, que además culmina con la aparición del cuerpo empalado en una posición de rezo, cubierto de alambres.
2. Descubrimiento de la secta: de la nada aparece un cura adicto a la insulina que, tras ver imágenes del cadáver, decide visitar a la protagonista para advertirle de lo que está pasando: un grupo de sectarios llamados ‘Los Abrahmitas’ son los culpables de estos sucesos. No solo eso, sino que además revela que realizan un rito por el que la figura paterna mata a su primogénito como tributo a Dios. Esperad que este no es final; el trabajador de Dios además insinúa además que Theodore forma parte de la secta. Toda esta información, en tan solo 10 minutos de metraje.
3. Yo soy tu padre: a lo largo de la película vemos a un misterioso hombre con parte del rostro quemado que la persigue, le hace fotos y le manda regalos. Pues bien, deciden verse las caras y le cuenta la supuesta verdad de su historia: él es su verdadero padre biológico. Su mujer, sin su consentimiento, les vendió a Daniella a sus actuales padres. Cuando se enteró de lo que su esposa había hecho a sus espaldas, forcejeó ella y acabó prendiéndole fuego a la casa y acabando con su vida. Se le fue un poco de las manos.
4. Ya no soy tu padre: Era bromis. Resulta que Theodore le dejó preparada a Daniella una cinta de video antes de su muerte, en la que le explica a su hija la verdad de su pasado (esta ya de verdad de la buena). En su primer embarazo sufrieron un aborto y perdieron al bebé, y para no soportar otro bebé perdido (ya que tienen que matarlo), compraron uno de repuesto por cuarto duros y acabaron con su vida. Después tuvieron a Daniella y todos tan contentos. Pero por desgracia se descubrió el pastel, y Theodore se suicida para así no tener que matar a su verdadera hija. Empieza a ser todo rocambolesco.
5. Todos están implicados: Llegamos al clímax y descubrimos que todo el entorno de nuestra protagonista era Abrahmita. El padre de su mejor amiga, la madre, el marido, ¡hasta su ginecólogo! (el cual por la cara la deja estéril sin que esta se dé cuenta en las tropecientas visitas ginecológicas con la excusa de que es indigna ante los ojos de Dios). Así que descubrimos que fueron ellos los que profanaron la tumba de Theodore y lo empalaron. Una frase simbólica de la películes es la de Daniella al revelarles que lo ha descubierto todo: “Eso no te lo esperabas, ¿eh?”. La verdad es que no, pero quizá tampoco hacía falta sorprender tanto.
6. Vuelta al psiquiátrico: Nos queda el último plot twist. Los Abrahmitas matan al bebé de su mejor amiga sin que nuestra prota pueda hacer nada, y la culpan a ojos de la madre, le inyectan un tranquilizante y la dejan en un psiquiátrico, donde la chutan a tranquilizantes y la internan como enferma mental. Ella tiene la culpa ante la sociedad y la secta sigue oculta. Ni Perdidos o las ocurrencias de Shyamalan, oye.
El segundo nombre: la primera pincelada de Paco Plaza
Al principio, estos recursos en la trama refrescan el misterio aportándote poco a poco información para que rellenemos todas las piezas. Pero en este caso se empiezan a volver excesivos al acumularse al final, llevando a un pobre desenlace en comparación con la calidad de los dos primeros actos de la película. Esto, sumado a la lentitud general del filme y de tener tan solo a una protagonista sobre la que volcar el argumento, acaba por restarle fuerza al resultado final.
El debut de Paco Plaza no se ajusta a su estilo visual posterior (optando más por atmósferas siniestras, lo sobrenatural o la sátira nacional), pero sí que se pueden apreciar en él una serie de detalles que sigue repitiéndose en su dirección actual: los lazos familiares, la preferencia por protagonistas femeninas, el conflicto personal de sus personajes o incluso esas escenas macabras en la sala de autopsias.
Casi 20 años después de su estreno, El segundo nombre queda como una aportación distinta para los interesados en las películas sobre sectas y como una primera pincelada de uno de los directores españoles contemporáneos con más visión para inquietarnos. Su desequilibrio al estrujar su argumento impide colocarla a un nivel más alto.
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