La Unidad, nueva miniserie policíaca española, se ha convertido en el estreno más visto de la historia para un contenido original de Movistar +. La producción creada por Dani de la Torre y Alberto Marini fue el contenido más visto el día de su estreno, y en su primera semana disponible «supera al mejor estreno histórico de cine de la plataforma», según la compañía. La Unidad se convierte en el mayor éxito de público para Telefónica desde que en 2017 empezara a apostar decididamente por sus propias series.
Aunque no ha desvelado los datos completos, Movistar asegura que más del 40% de los que vieron el primer capítulo ya ha consumido la serie entera, que consta de 6 capítulos. La Unidad ha conseguido pues una buena y rápida retención de los suscriptores de Movistar que se han acercado a ella, encajando en el importante consumo «de enganche» que buscan las plataformas para consolidar sus productos entre una audiencia con tanta oferta su disposición.
Movistar ya propone una 2ª temporada para La unidad
En la nota de prensa hecha pública hoy con estos datos, Movistar califica ya a La Unidad, como «un fenómeno televisivo». Además de destacar su éxito de público, la compañía pone de relieve su buena presencia en redes sociales y entre la crítica. Todo esto para acabar concluyendo que la miniserie protagonizada por Nathalie Poza o Luis Zahera «ha reunido las mejores condiciones para plantear la puesta en marcha de una segunda temporada».
Después del estreno en España, la serie producida por Vaca Films (Celda 211, Quien a hierro mata) busca conquistar también el mercado internacional. Especialmente decisivo será que funcione en uno tan grande como el latinoamericano, un éxito que la colocaría a la altura de otras series españolas de éxito como La casa de papel o Élite. Para ello, la distribuidora Beta Films ha firmado un acuerdo con la división de HBO para la región, HBO LATAM.
Valeria, adaptación de las novelas de Elísabet Benavent, es la nueva serie de Netflix enfocada a un público femenino, joven y urbano, que busca reflejar los problemas de las jóvenes españolas en el Madrid actual y ser un referente generacional del feminismo y la liberación sexual como en su momento supuso Sexo en Nueva York.
Me cago en mi vida.
Vale que nadie me ha puesto una pistola en la cabeza para que vea esto y que sé perfectamente que esta serie no me quiere a mí como público porque soy un calvo cabrón que se mete las camisas de cuadros por dentro del pantalón y le gusta ir al bar a ver el fútbol tomándose una cerveza. Cruzcampo.
Pero me cago en mi vida.
Ojo: Spoilers. Aunque la serie es un spoiler en sí misma y después de ver el primer capítulo ya te imaginas todo lo que va a pasar.
Hice un maratón tuiteando en directo mis impresiones sobre esta serie. Aquí está el enlace.
Resumiendo mucho: se supone que esto va de cómo Valeria se convierte en autora de novela por la vía de conectar con su propia mismidad y sacar la historia que lleva dentro, pero en realidad lo que hace es estar cachonda perdida durante 8 capitulazos de una hora porque le va regular con su marido (un melenas más soso que el programa de Más Madrid), y hay un arquitecto que está buenisísimo que le manda mensajes calentorros tipo “Buenos días in the morning”. Hay una amiga tímida que se echa un novio que es un cacho de pan pero ella se ralla por tener más éxito profesional que él y otra amiga que folga mucho -en realidad no, solo con uno, pero está casado- para que las demás parezcan más decentitas. Sí, como Samantha en Sexo en Nueva York.
Más adelante descubriremos que lo que le pasa a la presunta amiga que folga mucho es que tiene problemas de abandono porque su madre dejó a su familia para irse a tocar a la Filarmónica de Viena. Les juro que explican esto poco más de lo que yo acabo de escribir y que queda tan “¿pero qué me estás contando?” como lo cuento.
Así que la conclusión es que esta Samantha española, la supuesta más desinhibida de un grupo de chicas «mu modennas mu modennas», resulta que es una guarra y una borde -el guión te lo recuerda varias veces, dejándola sola por guarra y por borde cada vez que puede- porque claro, es que tuvo una malamadre.
Ay.
Es que esto es superfeminista, tía, refleja las relaciones madre-hija. Como Brave de Disney o Apegos Feroces de Vivian Gornick. Igual, igual.
Hasta aquí simplemente es molesta, pero cuando la serie se pone ofensiva a todos los niveles es en la subtrama de la amiga lesbiana, cuyo único y principal rasgo de personalidad es ser lesbiana. Se supone que su historia va de que sigue en el armario con sus padres y además harta de currar para ellos en su rancio bufete de abogados. Al final lo único que vemos es como se mete en un grupo feminista LGTBI en el que acaba de jefecilla o algo.
En principio nos estarían contando que hay cosas que no puede hablar con sus amigas heteros porque no entienden su experiencia, pero lo único que hace es enrollarse con las otras lesbianas sin nombre mientras les da órdenes de cómo organizar su grupo de protesta.
Literalmente vemos a una rubia blanca y rica, con un trabajo de puta madre y que en ningún momento de la serie se nos muestre que sufra la más mínima homofobia, diciéndoles a un grupo de mujeres trans, racializadas y no normativas lo que tienen que hacer. Su primera medida es pedir menos manifestaciones y más protestas por redes sociales. Y después de acostarse con todas ellas en plan picoteo, se queda con una igual de normativa que ella. La subtrama que emocionó a Íñigo Errejón.
Es el único punto del análisis de Twitter que desarrollo aquí porque me parece que define perfectamente la serie. Una fachada tan bonita e inconsciente de lo tóxica que es que resulta ofensiva por su mera existencia.
Por lo visto en el libro este personaje era heterosexual y su dramita es que se liaba con el jefe. Así que la parte buena de que hayan querido meter diversidad, aunque les salga como el culo, es que han eliminado a otro maromo que habría sido ya indistinguible de los otros trajeaos. Otro cambio parece que sustancial es que la amiga tímida en el libro lo que le pasa es que es insegura porque tiene obesidad y aquí la interpreta una actriz que está igual de “buena normativa” que las otras tres pero tiene más registro cómico y sabe poner caras raras para que en sus escenas se note que es la pringada del grupo.
Conclusiones deprimentes
El picorsito vende, y eso está bien. No hay que justificarse porque nos guste ver carnaza ni que nos pongan cachondos como monas. Pero es que esta serie, o este tipo de series, no se venden solo como picorsito, intenta tener un discurso social más amplio y construir alrededor toda una ficción aspiracional de un modo de vida concreto. Igual que la autora de 50 sombras de Grey confesaba que en parte la novela es una fantasía pero no sexual sino de la libertad que permite ser tan asquerosa e imposiblemente rico. El problema es que incluso si hiciésemos una serie solo con escenas de gente muy atractiva teniendo sexo softcore -vamos, Red Shoes Diaries-, transmitirían unos valores determinados, como lo puede hacer el porno o cualquier otra producción cultural.
La cuestión es que Netflix lo que quiere es ganar dinero, y si esta serie se vende como revolucionaria, atrevida y aspiracional es porque hay un público amplio para ello. Un público que se puede sentir identificado con las representaciones que aquí se hacen y verlas como positivas. Y eso quiere decir que hay un buen número de mujeres jóvenes a las que, a estas alturas, todavía les parece atrevido verse retratadas como agentes activos de su propia sexualidad -que ya hemos visto que no lo son para nada y la única que sí se nos dice es que tiene tarita- y rompedor que se atrevan a expresarlo públicamente, como Valeria con su novela, o a tener varias parejas sexuales. Un público que siente su vida sexual como una parte muy importante de su identidad que no puede expresar de manera sana o libre.
Y eso sí que es un drama y no lo que cuenta esta serie.
Porque aquí a ese público, o tempora, o mores, se le idealiza el cuento de La Bella y la Bestia en el que un malote se vuelve buenote gracias a ellas. Que si, que aparte el actor que hace del arquitecto chuloputas es Maxi Iglesias y es tan guapo que podría ir por la calle eructando y con la chorra fuera y aún así ligaría. Pero la actitud del personaje es infantilizar a Valeria, hablarle todo el tiempo como si le perdonase la vida y mostrarse distante emocionalmente si las cosas se complican. El amante casado de Lola es lo mismo pero más extremo para que Víctor sea más aceptable, igual que Lola está presuntamente más despendolada para que Valeria parezca más aceptablemente modosita.
Que esa es otra, llegan a echarle en cara que ha follado con poca gente después de reprocharle a la otra que folle con mucha. Es el chiste de Peter O’Brien. Decídete, coño.
Por otra parte los modelos de relaciones que se proponen son los propios de este tipo de series, que, con referencias pop, chistes sexuales y algún toque de actualidad, dan una pátina de modernidad a mensajes retrógrados. Es el modelo de Cómo conocí a vuestra madre, en el que el personaje que tenga más parejas sexuales siempre es castigado o retratado como un tarado emocional y donde solo hay un tipo de relación válido y esperable. Y en el que al mismo tiempo se defiende la relación de Shrödinger, el mito de ‘The One’ que se pasó el maldito Ted Mosby persiguiendo 9 temporadas: todos queremos una relación larga, pero no surgirá si no es esa persona que siempre nos hará felices y sepa lo que queremos antes que nosotros mismos, de manera que expanda nuestra mente y valide nuestra identidad. Y en cuanto cualquier cosita se salga un poquito de ese rail, lo “normal” es cortar, e incluso tratar un poco mal a la otra persona por no reforzarte tu mismidad.
Que parte de la dinámica tóxica de las relaciones que se establecen aquí sí que refleje cómo se desenvuelve sentimentalmente una parte de la sociedad actual pues tampoco es ningún mérito. Porque estás construyendo un modelo aspiracional sobre una realidad insana sin analizarla ni ofrecer alternativas. Lo cual demuestra que probablemente si la parte de documento sociológico que se pueda extraer de aquí existe, es sin querer.
Y finalmente, todo con un tono general que es el reflejo de una sociedad narcisista e infantilizada en la que se escribe una novela no usando técnica y constancia sino mediante la inspiración que llega cuando contactas con tu verdadero yo en toda su yoicidad y tu mente se expande. Lo ridículo no es verla escribir ‘Fin’ en letras muy gordas, lo ridículo es la representación del proceso creativo que se hace, tan dañina como el otro extremo del tópico, que sería Hemingway bebiendo absenta y diciendo machunadas en Medianoche en París. Es cierto que ver a alguien levantarse temprano todos los días y echarle 8 o 10 horas a estar sentado delante de un ordenador es aburrido, y que esa parte probablemente se suponga que Valeria la realiza en elipsis entre los dos últimos capítulos. Pero es capaz y le hace click el cerebro a partir de que, por fin, se pone tibia con el arquitecto.
Hemos venido a este mundo a pasárnoslo bien y ser felices. Pero no a costa de los demás, no construyendo identidades o protegiéndolas pisando a otras personas, y no de manera artificial y tramposa. Nos merecemos ficciones mejores que sin renunciar al conflicto ni ocultar los problemas de la vida real nos propongan modelos más sanos y realistas. Nos merecemos series mejores, vidas mejores y hasta un Madrid mejor, más sucio pero más auténtico.
Y ahora, si me disculpan, me voy a abrir otro botellín de Cruzcampo y apoyarlo en la mesa sin posavasos.
Una de las nuevas apuestas del terror español ya tiene primeras imágenes disponibles. Es el tráiler de Voces, la primera película como director de Ángel Gómez Hernández, que tras una larga trayectoria en el corto se lanza al largo. Esta historia sobre una casa en la que se escuchan cosas que no deberían estar ahí se estrena el 31 de julio en 2020. Será uno de los estrenos españoles del verano; con distribución de una importante empresa como eOne, está garantizado que tendrá un buen número de salas a su disposición.
Voces está protagonizada por un conocido y experimentado plantel de actores: Rodolfo Sancho (El Ministerio del Tiempo), Ana Fernández (Las chicas del cable), Ramón Barea (@buelos), Nerea Barros (La isla mínima) y Belén Fabra (Diario de una ninfómana). Junto a ellos estará el joven Lucas Blas que, a tenor del tráiler, es el gran protagonista de la película.
Blas interpreta a Eric, un niño de nueve años que se muda junto a sus padres a un nuevo domicilio que tiene fama de ser «la casa de las voces». Pronto Eric empieza a escuchar cosas extrañas. Lo que al principio parece la imaginación de un hijo también se convertirá en realidad inquietante para los adultos.
Después de Voces, el salto a Hollyeood
El gaditano Ángel Gómez Hernández lleva más de diez años en el mundo del cortometraje, explorando el terror desde sus inicios. Su segundo corto, Lágrimas de papel, está protagonizada por una leyenda del género como Paul Naschy. A lo largo de los años ha dirigido cortos con presencia en festivales como La última víctima, Y la muerte lo seguía o Behind. Ahora da el salto al largometraje con esta película, que puede ser una de las alegrías españolas en la incierta taquilla veraniega.
Tras Voces, está confirmado que Gómez Hernández estrenará una película hecha en Estados Unidos. El director dará el salto a Hollywood de la mano de un peso pesado en la industria norteamericana como Sam Raimi (trilogía original de Spiderman, Un plan sencillo), que se encargará de producir la película. El proyecto será una adaptación en largo de uno de los cortos más éxitosos del director, Behind.
Tras haber repasado una gran parte del territorio peninsular en los dos artículos anteriores (aquí la primera parte), llegamos al final de nuestro viaje particular con algunas de las zonas que más importancia han tenido en este contexto y que mayor fama internacional han granjeado a España como lugar de rodaje. Después de un pormenorizado análisis de la zona levantina y la Meseta en el segundo artículo, nos adentramos ahora en el sur de España en el cine, comenzando por Andalucía y su fantástico desierto de Tabernas en Almería.
Andalucía
A principios de los años 60, un joven Clint Eastwood –que arrastraba una imagen de “vaquero amable” gracias al show televisivo de Rawhide- decidió aceptar una oferta procedente de Europa para interpretar a un anti-héroe en la que sería la primera entrega de la conocida como ‘Trilogía del dólar’, aquellos tres spaghetti-westerns que dirigió un desconocido Leone en el desierto almeriense. Metido en una auténtica torre de Babel en la que se mezclaban artistas y técnicos de diferentes países, Eastwood se presentó en España (igual que hace Rick Dalton en la última película de Tarantino,Érase una vez en Hollywood (2019)) con una mano delante y otra detrás.
La aventura resultó todo un éxito. La primera entrega, Por un puñado de dólares (1964), dio pie a dos más: La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966), ésta última con localizaciones en otras partes de la Península ya mencionadas como Burgos. En total se llegaron a filmar más de 300 películas, la mayoría de ellas producciones del Oeste. Sin embargo, este desierto almeriense también ha sido testigo de rodajes como Lawrence de Arabia (1962), Cleopatra (1963) o Indiana Jones y la última cruzada (1989).
Fotograma de ‘Por un puñado de dólares’, rodada en el desierto de Tabernas de Almería
Sin embargo, el resto de Andalucía tampoco se queda atrás: las estepas de Orce y Galera (Granada) le sirven a Benito Zambrano para situar su particular película del Oeste, Intemperie (2019), mientras que en el ámbito televisivo la capital granadina sirvió como telón de fondo, Alhambra incluida, a la serie española Isabel (2012), que recreaba el asalto de los Reyes Católicos al reino nazarí. En la ciudades jienenses de Úbeda y Baeza se centró la recreación de uno de nuestros personajes literarios más conocidos, Alatriste (2006), aunque también se rodaron escenas en otros lugares de Andalucía.
En Córdoba, por su parte, todavía recuerdan el rodaje de parte de la séptima temporada de Juego de Tronos, serie con una gran cantidad de localizaciones españolas. En este caso le tocó el turno al castillo de Almodóvar. Justamente el director español de mismo apellido también se trasladó a esta provincia andaluza para filmar algunas de las escenas entre Rosario Flores y el argentino Dario Grandinetti en Hable con ella (2002).
Fotograma de »Alatriste’, en el Palacio Vazquez de Molina de Úbeda
Sin nos acercamos a la costa, llegaremos a una ciudad de grandes artistas: Málaga. Sede de uno de los principales festivales de cine en nuestro país y cuna de uno de los primeros actores españoles que se adentró en el star-system de Hollywood: Antonio Banderas. El intérprete andaluz situó en su Málaga natal su segunda incursión detrás de las cámaras, El camino de los ingleses (2006).
Siguiendo la costa del sur de España en el cine, el litoral gaditano ha servido como telón de fondo para una gran cantidad de producciones que tratan la conexión España-África, como La caja 507 (2002) o El niño (2014). Asimismo, Cádiz también ha hecho las veces de territorios alejados y exóticos, concretamente en la cinta número 20 de la saga Bond Muere otro día (2002).
Volviendo al interior, las marismas sevillanas le servían a Alberto Rodríguez para encuadrar La isla mínima (2014). Este último también ha situado en la capital de la provincia, su serie de TV La peste (2017) o sus primeros films: 7 vírgenes (2005) y Grupo 7 (2012). Para cerrar con Sevilla, cabe recordar que tanto David Lean con Lawrence de Arabia (1962) como George Lucas con Star Wars II: el ataque de los clones (2002) emplearon la plaza de España de la ciudad para recrear otros contextos totalmente diferentes.
Fotograma de ‘Lawrence de Arabia’, en la Plaza de España de Sevilla
Terminando con el sur de España en el cine, Huelva fue el escenario de una de las producciones más celebradas de los últimos años, La voz dormida (2011) de Benito Zambrano. En esta cinta situada en la posguerra española el director situó su relato en varias zonas onubenses de la Sierra y en la cárcel de la capital provincial. En cuanto al cierre del territorio peninsular, Extremadura ha sido el escenario de dos de los mayores clásicos nacionales sobre el desarraigo y la vida rural como son Las Hurdes: tierra sin pan (1933) -primer film español de Luis Buñuel- y Los santos inocentes (1984), con el premio en Cannes a las interpretaciones de Francisco Rabal y Alfredo Landa.
Territorios insulares
En cuanto a los territorios insulares, Berlanga sitúa la parte final de su gran obra El verdugo (1963) en Palma de Mallorca, lugar representativo de las localizaciones de cine en las islas Baleares. Asimismo, también se rodó en este territorio un éxito más reciente de nuestro cine como es Lucía y el sexo (2001) del director vasco Julio Medem, quien situó el faro de la película en Formentera.
Las islas Canarias, por su parte, se han convertido en los últimos años en un gran plató internacional, que sirvió tanto para ambientar las tierras egipcias de Exodus (2014), la particular visión del pasaje de Moisés de Ridley Scott, como las carreras de Fast & Furious 6 (2013).
En lo referido a la producción nacional, Pedro Almodóvar se trasladó hasta Lanzarote para situar parte de Los abrazos rotos (2009), con Lluís Homar y Penélope Cruz, isla que también sirvió de lugar de rodaje para El hombre que mató a Don Quijote (2018), mencionada asimismo en el artículo anterior. Cerrando con las zonas situadas en África, las ciudades de Ceuta y Melilla se han visto principalmente relacionadas con temáticas de inmigración, como la reciente Adú (2020), en la que aparece la valle melillense.
Fotograma de ‘Los abrazos rotos’, en Lanzarote
Tras haber llegado al término del recorrido, espero que este (sucinto) viaje por España y los rodajes que han albergado sus diferentes territorios y paisajes, ya sean nacionales o internacionales, clásicos o producciones recientes, pueda ser útil para comprobar la gran cantidad de cine que se ha desarrollado en España a lo largo de los años, el carácter ecléctico del mismo y las zonas diferentes que se pueden descubrir o volver a transitar, empezando con un verano distinto como el de este año. Viajar y disfrutar del cine en una misma actividad.
Atresmedia monta un spin-off en tiempo récord. El 31 de mayo estrenará Paca la Piraña, ¿dígame?, una serie creada a partir de otra producción de la casa (Veneno) y que se emitirá exclusivamente en su plataforma Atresplayer Premium. Será una sencilla producción, a modo de consultorio, protagonizada por una de las sensaciones de la serie de Javier Ambrossi y Javier Calvo sobre Cristina Ortiz, la Veneno.
Con un solo capítulo emitido, el éxito del personaje de la mejor amiga de la Veneno en redes sociales ha convencido para montar una serie hecha desde la casa de la protagonista. Paca, la Piraña ¿dígame? constará de 10 capítulos en los que se tratarán «temas como el amor, la amistad, la familia, la moda, la vida saludable o el sexo» y siempre «desde el humor y la naturalidad», según la información publicada por la compañía. Habrá un nuevo capítulo cada domingo en Atresplayer.
Imagen promocional de ‘Paca la Piraña’, ¿Dígame?. Fuente: Atresmedia
Paca la Piraña, a la estela de #Luimelia
Rodada en confinamiento, este spin-off de Veneno tendrá la paradoja de estrenarse antes de la emisión del segundo capítulo de su serie matriz, previsto para junio (aún sin fecha concreta). Veneno tuvo que parar debido a la crisis del coranavirus tras estrenarse el 29 de marzo. Ahora Atresmedia Studios crea nuevo contenido para su plataforma a partir de la respuesta del público, algo que ya hizo con buen resultado en #Luimelia.
La directora de este nuevo proyecto es Isabel Durán, directora creativa de Atresmedia, y el guion lo ha escrito Diego Pinillos, que también forma parte del equipo de guion de Veneno. Fueron Javier Calvo y Javier Ambrossi los que descubrieron a la mítica amiga de la Veneno a Atresmedia. Los directores de La llamada fueron hasta Almería el verano pasado para convencerla de que se interpretara a sí misma en la serie dedicada a Cristina Ortiz.
La llegada del segundo capítulo de Veneno como la de Paca la Piraña, ¿dígame? en junio se enmarcan, explica Atresmedia, dentro de su particular celebración del Orgullo LGTBI, que ha suspendido sus actividades públicas para este año. En cuanto al resto de capítulos de la serie de los Javis, habrá que esperar a que se reanude el rodaje. El éxito de la emisión de su primer capítulo, mejor estreno histórico de Atresplayer, garantiza la expectación.
Ayer falleció el actor francés Michel Piccoli, una figura interpretativa de mucho peso en la segunda mitad del siglo XX del cine europeo. Trabajó intensamente durante muchos años con cineastas de talla mundial como Hitchcock, Melville, Godard, de Oliveira, Resnais, Ruiz, Moretti… y también con dos de los cineastas españoles más celebrados de nuestra historia del cine: Luis Buñuel y Luis García Berlanga. Con ambos, en la última parte de sus carreras.
Michel Piccoli con su amigo Buñuel
Picolli en un fotograma de ‘Bella de día’ (1967), de Luis Buñuel
La colaboración española más importante de Piccoli fue con el primer Luis, Buñuel. Ambos se conocieron a través de un amigo en común, el poeta André de Richaud, según contó el propio actor, y rápidamente se hicieron amigos. A partir de entonces, Piccoli fue casi un fijo en la «etapa francesa» del director: estuvo en el elenco de seis películas que Buñuel hizo con algún tipo de producción francesa.
Pese a la buena relación entre los dos, Piccoli nunca protagonizó una película del autor de Viridiana. Buñuel le dio siempre papeles secundarios, la mayoría de ellos bastante pequeños. El de Calanda estaba más interesado en grandes personajes femeninos durante aquellos años, pero no por ello dejó de involucrar al parisino en sus producciones. Piccoli, de una manera u otra, dejó su marca en tres décadas distintas de la filmografía de Buñuel.
Ya en su segunda incursión de coproducción francesa, en 1956, Piccoli se coló en el reparto de La muerte en este jardín. Pero no fue hasta 1964 cuando se intensificó el trabajo en común. Aquel año Piccoli fue el Sr. Montiel en Diario de una camarera, la primera colaboración de Buñuel con su productor francés de cabecera, Serge Silberman. Tres años más tarde, Piccoli también estuvo en Bella de día (1967), el mayor éxito comercial del cineasta en Francia, donde intentaba cortejar a Catherine Denueve.
La colaboración Buñuel-Piccoli siguió en el final de aquella década (La Vía Lactea) y en la siguiente, con pequeños papeles de Piccoli en El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad. El actor incluso estuvo presente de alguna manera en la última película de Buñuel, Ese oscuro objeto de deseo (1977), en la que no estaba en el reparto. Aunque no tuvo un papel, acabó doblando a Fernando Rey en la versión francesa del filme. Ambos mantuvieron su amistad hasta la muerte de Buñuel en 1983.
La colaboración con Berlanga: Tamaño natural y París-Tombuctú
Fotograma de ‘Tamaño natural’ (1974), de Luis García Berlanga
El otro gran cineasta español con el que trabajó Piccoli fue Luis García Berlanga. Aunque fue una colaboración bastante más corta que la que tuvo con Buñuel, Berlanga sí le dio dos papeles principales en las dos películas en las que unieron esfuerzos. La primera fue en 1974, cuando el director de El verdugo quiso contó con Piccoli como protagonista de Tamaño natural, una película en la que el actor interpretaba a un hombre que encuentra refugio en una muñeca.
Como anécdota, Tamaño natural significó el final de la relación entre Buñuel y Berlanga. No eran amigos, pero mantenían una relación cordial en los contactos que tenían. Así lo contaba el propio Berlanga en una entrevista: «Cuando fue a ver mi película Tamaño natural se salió antes del final. Parece ser que no aguantaba más, pese a que en ella trabajaba Michel Piccoli. Protestó diciendo que era una guarrada, que era inaguantable. Ahí termina mi relación con él. Ni nos escribimos ni nos vimos más».
Sin embargo, y años más tarde de la muerte de Buñuel, Piccoli volvió a protagonizar una película de Luis García Berlanga: París-Tombuctú. Fue la última película del director valenciano, en la que el veterano actor interpretaba a un torturado cirujano francés que decide hacer una ruta en bicicleta hasta Tombuctú. Fue la oportunidad que tuvo Michel Piccoli, además, de rodar en España. La película se hizo en la Comunidad Valenciana en 1998, también con actrices como Concha Velasco y Amparo Soler Leal.
Netflix ha ampliado su catálogo español con la incorporación de las cuatro películas que conforman la saga de [•REC]. Con la distancia que dan los 13 años que han pasado ya desde la primera entrega, se puede decir tranquilamente que Paco Plaza y Jaume Balagueró redefinieron el terror en España con esta tetralogía (llegaron incluso a EEUU con su remake, -bastante mediocre, todo hay que decirlo-). Los directores crearon una franquicia que terminó a la baja, pero por el camino pusieron patas arriba los estándares del género. Y lo hicieron, además, con un gran éxito de público. Vamos a ir, película a película, desgranando y valorando sus claves.
[•REC]
Ganadora de dos Goyas y de tres estatuillas en el Festival de Sitges de 2007, [•REC] agitó el panorama del terror y del cine español pre-crisis. Dos amigos que venían de colaborar en OT, la película -también ahora en Netflix- se juntaron para contarnos la historia de dos reporteros que se adentran en un bloque de viviendas en mitad de un virus contagioso similar a la rabia.
Resumiéndolo al máximo, se podría decir que el brutal éxito de [•REC] hace 13 años se debió a dos factores: el atrevimiento innovador del ‘falso documental’ en primera persona para narrar toda la película y la sutil sátira de una comunidad de vecinos española.
Es verdad que ya habíamos visto la técnica del falso “material encontrado” en famosas películas del género como Holocausto caníbal, la gran precursora, o en El proyecto de la bruja de Blair, que es la referencia principal para [REC]. Pero utilizarla a gran escala era algo nuevo en España. Esta apuesta técnica es su gran clave para conseguir su terror immersivo: ves lo que ellos ven, no sabes lo que está sucediendo fuera del encuadre ni por dónde te van a salir los ‘infectados’, consiguiendo una tensión de la que te hacen partícipe.
Algo que sorprende en el terror es el retrato costumbrista que consigue entre el reparto de personajes secundarios, con personalidades muy pintorescas y distintas entre sí. En este aspecto, nos recuerda a las películas de directores como Berlanga o Jose Luis Cuerda, bebiendo mucho deLa comunidad (2000), de Álex de la Iglesia, en la que vemos como unos vecinos aparentemente normales se pueden volver en tu contra. Nos dejan claro cómo las personas, ante una situación de peligro, no tienen reparo en dejar atrás a los rezagados o a culparse los unos a los otros.
Si bien no destaca por sus actuaciones (salvo la de Manuela Veslasco) y peca de algunos screamers de sonido, conseguir que soltemos una carcajada y a los dos minutos nos tapemos con la manta y gritemos de miedo, es un equilibrio muy complejo que ambos directores supieron resolver. Cabe destacar, además, la creación de uno de los monstruos que perdurarán en el terror español, la Niña Medeiros, interpretada por Javier Botet.
[•REC] 2
Dos años más tarde se estrenó la segunda entrega de esta saga, codirigida otra vez por Plaza y Balagueró. El gran éxito de taquilla de la primera parte (más de 30 millones de euros recaudados en todo el mundo) puso rápido en marcha la secuela, que contó con bastante más presupuesto que la original -de 2 millones se pasó a 3,5-.
Esta película empieza exactamente donde lo dejó [•REC]: quince minutos después de lo que se ve en el final de la primera, acompañamos a cuatro policías que entran en el edificio infectado. Lo hacen junto a un “doctor”, que tiene la misión de conseguir una muestra de sangre del foco del virus.
Si en [•REC] no se desvelaba casi nada de cómo y por qué se desencadenaba todo, algo fundamental para transmitir la sensación de confusión en el espectador, en [•REC] 2 pasa justo lo contrario. Esta segunda parte se encarga de darnos explicaciones y algo más de contexto a lo que ocurre en esos pisos barceloneses; incluso sabemos cuál es el objetivo final de los protagonistas iniciales.
Aquí el juego formal que habían puesto en marcha Balagueró y Plaza se complica y se vuelve más sofisticado –cuántos más recursos, más cosas puedes hacer–. Volvemos al estilo de falso documental, pero esta vez añadiendo como extra el juego de la multicámara con distintos “directores”. Es una buena estrategia para mantenerse fiel al estilo directo de la original, y a la vez innovar mostrando las situaciones que transcurren en distintos lugares (dentro y fuera del edificio).
El resultado convence, y no es fácil. [•REC] 2 es consciente de a qué puede apostar y a qué hay que renunciar dentro de su lógica, y se mantiene fiel a ese plan sin resultar repetitiva. Sin el importante factor sorpresa de la primera entrega, la película sacrifica el efecto cómico de la desconcertada comunidad de vecinos y apuesta por ahondar en el tema de las posesiones demoníacas, dando una capa extra y arriesgada a la dinámica zombie.
Las interpretaciones se resienten en varios momentos demasiado explicativos, pero la película se mantiene fresca durante los 80 minutos que dura. Hay un buen equilibrio entre la fidelidad a la original y la ambición de poner más carne en el asador.
[•REC] 3: Génesis
Debido a que Balagueró se encargaba en aquella época únicamente de tareas de producción creativa, en esta ocasión nos encontramos al frente de la dirección solo a Paco Plaza, la primera diferencia de muchas respecto a las anteriores entregas.
Abandonamos el edificio y nos trasladamos a la boda de Koldo (Diego Martín) y Clara (Leticia Dolera), que se dan el sí quiero rodeados de todas sus personas queridas sin saber que uno de sus invitados está infectado por ese “virus demoníaco”. En esta ocasión no vemos a Manuela Velasco, lo que aporta una nueva visión de la historia y un soplo de aire fresco entre las interpretaciones principales.
Rompiendo con lo visto hasta ahora en la saga, [•REC] 3 deja a un lado el género de falso documental ofreciéndonos el estándar de imagen ‘cinematográfica’ actual (pese a que el inicio de la película si juegue con el recurso de plano subjetivo). Además, este gran cambio se acompaña de la incorporación de una banda sonora formada por grandes clásicos de la música española, como No puedo vivir sin ti o Eloise de Tino Casal (inolvidables).
Volvemos a esos toques de humor negro nacional que vimos en la primera entrega, como si leyésemos un guion de Rafael Azcona. Se trata de una historia cercana con personajes de bodas que podrían recordarnos a nuestros familiares y amigos: el primo borracho, la invitada por compromiso o los colegas que aprovechan para ligar. Consigue que nos resulte cercano, poniendo además a dos protagonistas dulces con los que te encariñas, esperando que llegue el ansiado final feliz -que no llega-. Por supuesto, no podemos olvidarnos de destacar la potente actuación de Dolera, una de las patas cojas de las anteriores entregas.
Esta precuela es gamberra, es gore y es hortera. Y funciona. Quizás que rompiera tanto con lo previamente establecido fue el motivo por el que aún hoy recibe duras críticas, pero me atrevo a decir que nos encontramos con la película más redonda de la saga. Ya sabemos qué pasa o de dónde procede el virus, es momento de observar sus consecuencias en el exterior y convertir el día más feliz de una pareja en una auténtica pesadilla. ¿O es que acaso las bodas no dan miedo de por sí?
[•REC] 4: Apocalipsis
Ya lo teníamos todo: una historia completamente explicada, diversos puntos de vista, distintos métodos narrativos… Pero a Jaume Balagueró le pareció una buena idea estirar aún más la saga. Error.
Tras un prólogo muy nostálgico, nos encontramos a Ángela Vidal despertándose en un barco en mitad del océano. No recuerda nada de lo ocurrió en el edificio barcelonés, pero poco a poco va recuperando la memoria. ¿Por qué en un barco? Porque era buena idea descubrir que se oculta a bordo un laboratorio secreto para investigar el virus demoníaco. Lo que viene siendo rizar el rizo. Nos resulta curioso que tenga bastantes similitudes con el videojuego Resident Evil: Revelations (2012), pese a que Balagueró afirma que no lo jugó.
El director, que quería que cada película fuera diferente entre sí, se alejó por completo de la tensión o el humor negro de sus predecesoras y se decantó por un estilo más cercano a lo que se podría catalogar como acción y aventuras. Por lo que decimos adiós a una Ángela Vidal vulnerable y asustada, y damos la bienvenida a la nueva Lara Croft española (solo que más gore y sádica).
Si bien técnicamente tiene una fotografía y una calidad notable, ese ritmo frenético de acción satura, llegando incluso a marear con una sucesión de planos con cámara en mano con un montaje de corte al segundo. De hecho, las escenas que mejor funcionan y más tensión aportan son aquellos planos fijos y prolongados de los pasillos del barco (recordando incluso a Alien, el octavo pasajero).
Se complica todo aún más con un guion que navega sin rumbo, creando varios agujeros y dando otro giro innecesario a la saga: pasamos de lo que parecía una infección zombie a una posesión demoníaca, y ahora se convierte en un parásito que salta de huésped en huésped según le place. ¿En qué quedamos?
Titulándose ‘Apocalipsis’, todos esperábamos ver cómo se desataba el fin del mundo por las calles de Barcelona, pero como cierre a una saga memorable nos volvieron a encerrar en un sitio claustrofóbico, con las peores interpretaciones de las cuatro cintas y con un final muy decepcionante que, considerado por muchos, nunca debió haberse filmado.
Sabemos que fue un rodaje muy duro, ya que al grabarse en un barco real contaban con un espacio muy limitado e incluso peligroso. Tampoco podemos quitarle mérito a Manuela Velasco, que en pleno noviembre rodó la escena final del mar, en tirantes, en una piscina con olas de hasta 3 metros. Pero tenemos un final de una muy buena saga que no funciona y que quedará en el olvido de todos los amantes de [•REC].
Guste más o menos, no se puede negar que [•REC] introdujo, a su peculiar manera, el estilo de falso metraje encontrado en España. Plaza y Balagueró se encargaron de reinterpretar un marco muy concreto, que venía de fuera, y lo hicieron nuestro. Con presidentes de la comunidad y con bodas horteras. Y se encargaron de innovar desde la propuesta inicial que marcó la original en 2007. Aunque la película de cierre no esté a la altura, la saga quedará como un hito de culto para los amantes del género.
El Ministerio de Cultura ha publicado la Guía de Buenas Prácticas de Medidas Especiales, el documento de medidas sanitarias para los rodajes en España más exhuastivo y con más apoyos de los presentados hasta el momento. Tras semanas de distintos protocolos e incertidumbre en el sector, el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) ha impulsado el desarrollo de un texto elaborado por 10 organizaciones diferentes de la industria que, sin embargo, no es de cumplimiento obligatorio hasta el momento. Lo que sí debe cumplirse son las normas aprobadas ya para los rodajes en fase 1 por parte del Ministerio de Sanidad.
El texto, de 45 páginas, pretende ser una «guía útil de medidas de prevención y protección, así como de recomendaciones para poder trabajar de manera segura en las producciones audiovisuales». Para ello, incluye distintas líneas de actuación que se van haciendo cada vez más específicas según avanza el texto. Primero se incluyen una serie de prácticas básicas que podrían valer para cualquier actividad en compañía para, posteriormente, incluir medidas adaptadas a cada apartado del trabajo audiovisual.
Los procesos y departamentos incluidos cubren muchas de las profesiones que hay en el sector: producción, dirección, arte, maquillaje y peluquería, vestuario, iluminación, maquinistas, fotografía, sonido, equipos artísticos, posproducción, figuración, menores, caterings y otros departamentos como la foto fija o la presencia de animales en el set están presentes. Las organizaciones responsables de la Guía han buscado incluir medidas adaptadas con el mayor detalle posible para que no hubiese tipos de trabajo o aspectos sin tratar.
Revisión de guiones y el «impacto financiero» de la Guía para los rodajes en España
Aunque el nivel de detalle se debe buscar por cada departamento en la Guía, el ICAA sí que fija previamente unas recomendaciones «principales». Entre ellas, que será «básico» contar con el Servicio de Prevención o de los técnicos de prevención en cada producción realizada. Además, figura la revisión de los guiones para analizar y favorecer una estrategia que garantice «rodajes seguros» hasta que se vuelva a «la plena normalidad»; que se elabore un «Plan de Contingencia de Seguridad y Salud Laboral sobre la COVID-19» que sea realmente exhaustivo para cada espacio y puesto y con indicaciones de todo tipo.
En la Guía se incluyen también una serie de conclusiones generales atendiendo al efecto económico de estas medidas. El documento asegura que estas medidas para los rodajes en España «podrían suponer también un impacto financiero» y avisa que «algunos costes serán inevitables». Sin embargo, se mantiene en la recomendación de garantizar el distanciamento entre los equipos de trabajo en los rodajes aunque eso pueda retrasar el ritmo de las producciones «al limitar el trabajo interdepartamental». El documento asegura que hay que limitar al máximo la presencia en el set al máximo y adaptar las medidas a las características de cada producción en concreto.
Autodefinido en su condición de freak, Guillermo del Toro, desde el comienzo de su carrera, se ha propuesto dar un giro a ese tipo de cine que tanto le ha influido y que desde pequeño devoraba desmedidamente. Para él el concepto de lo fantástico es tan amplio como su voluminosa silueta, pero en el fondo remite a la concepción más simple: es todo aquello que escapa de la realidad y que entra dentro del plano de lo maravilloso, lo sobrenatural o lo mágico. Lo fantástico es aquello que crea la imaginación, una facultad humana que nos hace únicos y que es el material del que se hacen los sueños. Algo que se desborda en las creaciones del cineasta.
Dentro de ese mundo maravilloso que conforman las películas del director y novelista, encontramos una auténtica joya que supuso un soplo de aire fresco a un género con fronteras muy marcadas tradicionalmente: El laberinto del fauno (2006). Esta película ambientada en la cruda Guerra Civil española supone su culmen narrativo y estético de una forma nada convencional de introducir lo fantástico en el cine que ya había repetido en su ópera prima Cronos (1993) y en El espinazo del diablo (2001). Sus fantasías negras siempre están muy cercanas al terror, al igual que las fantasías galácticas de George Lucas lo están de la ciencia-ficción.
En El laberinto del fauno se utilizó lo fantástico para hablar sobre la condición humana. A través de Ofelia (Ivana Baquero), protagonista de la película, se establecen puentes entre la crueldad de la guerra y un mundo maravilloso creado por la imaginación desbordante de la niña que se convertirá en la metáfora sobre la que se reflexione en el filme. Esta yuxtaposición entre la dura realidad social y la fantasía ya aparecía de manera más somera en El espinazo del diablo. La diferencia es que mientras esta última pretende ser una revisión del relato gótico, El laberinto del fauno obedece a las reglas del cuento de hadas, quizá el género literario más cercano al mito y desde el cual lo fantástico cobra más sentido.
Efectivamente, las referencias intertextuales a la literatura fantástica y popular son abundantes y se entretejen de manera más o menos explícita en la película: El mago de Oz, Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, etc.
Como una suerte de Don Quijote, Ofelia utiliza los elementos mágicos que ha leído en sus libros para escapar de esa realidad opresiva a la que su madre le ha conducido. Desde el comienzo de la película se yuxtapone la narración fantástica sobre la princesa con las ruinas de Belchite, que nos sitúa en el contexto histórico de la posguerra española. La localización del laberinto y el molino en mitad del bosque al que se trasladan a vivir tampoco es casual. En él encontramos la referencia al “bosque del lobo”, allí donde se encuentran los peligros que la joven heroína deberá superar para volver a conseguir la condición de princesa que perdió en ese tiempo indeterminado desde el que se construyen los cuentos inmemoriales.
El mundo al que accede Ofelia, como fuente de evasión o como realidad paralela, está repleto de figuras fantásticas (las hadas, el Fauno, el Sapo, el Hombre Pálido), de motivos clásicos (las pruebas, las llaves, los cuchillos, los laberintos) y todo ello estructurado, según el director, siguiendo la “regla del tres” de los cuentos de hadas: motivos que se repiten tres veces durante la historia y que marcan su estructura.
En El laberinto del fauno la protagonista visita tres veces el laberinto, el fauno le propone tres pruebas, hay tres hadas, etc. Y como es lógico en todo cuento de hadas que se precie no puede faltar el villano. En este caso viene representado por la figura del Capitán Vidal (Sergi López), el particular lobo feroz de esta historia.
De este enfrentamiento entre la heroína y el villano surge el relato y la esencia de toda historia fantástica. En este caso, la maldad que representa el oficial del ejército fascista que sueña con limpiar España de la resistencia republicana contrasta con la inocencia de una niña que sueña con volver a conseguir su condición de princesa. Mientras uno desprecia la vida, Ofelia juega con ella; mientras el villano asesina de manera despiadada, la protagonista crea sus propios personajes dentro de un mundo mágico, aunque no del todo bello. La diferenciación entre el mundo de uno y de la otra se acentúa con la codificación de colores durante la película.
No es casual que en esta particular trilogía que conforman Cronos, El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, los niños tengan tanta importancia. Guillermo de Toro parte de su inocencia y de su falta de prejuicios para indagar en la realidad, al mismo tiempo que le sirve para reflexionar sobre temas tan trascendentales como la juventud, la inmortalidad o la propia condición humana. Desde el prisma de un niño todos estos temas se hacen más lúcidos.
En Cronos, Aurora lejos de temerle acepta ciegamente a su vampirizado abuelo; en El espinazo del diablo, Carlos se hace amigo del fantasma que pulula por el orfanato en el que vive; y en la película que nos ocupa, Ofelia se enfrenta a los peligrosos retos que el Fauno le manda ya que sabe que es la única forma de salvar la vida a su madre y recuperar su condición de princesa.
Para Guillermo del Toro la esencia del relato fantástico está precisamente en este acercamiento a lo terrorífico. Algo que remite a la esencia de los cuentos clásicos que eran contados por sastres y zapateros ambulantes a cambio de alojamiento y comida. Estas historias eran contadas a adultos y por eso tenían gran dosis de violencia y se desarrollaban en entornos duros, propios de la realidad de la época (guerras, hambruna, plagas, etc.). De ahí que con esta fantasía negra, lo que hizo el realizador en El laberinto del fauno es volver a la esencia de esos relatos que pueblan la imaginería humana y que encuentran en la magia una forma de enfrentarse a los terrores y pesares propios de la condición humana.
Este texto se publicó originalmente en la revista ‘Versión Original’
El último show es un manual de cómo funciona la depresión y, casi se podría decir, de cómo no tratar a una persona que la sufre. También es un tratado sobre la comunicación entre generaciones, tanto dentro de la historia ficticia que presenta como fuera. Porque al fin y al cabo la serie resume la ternura y desencanto con el que la generación millennial, a puntito de dar el salto a tomar las riendas de la sociedad pero sin que las crisis sucesivas se lo acaben de permitir, contempla su niñez y esa educación que recibió, que hoy llamaríamos políticamente incorrecta.
Ojo: Ligeros spoilers.
Marianico El Corto en su apogeo, el No te rías que es peor, era un chiste en transición. Con la ternura y el complejo de cateto heredados de Gila pero chistes sexuales, contemporáneo de las Mama Chicho, en mitad de una España que ya era moderna y con Juegos Olímpicos y Exposiciones Universales, además de corrupción de la buena, de país europeo.
Los millennials de la ironía vacía, el zasca en redes y la indignación impostada con la causa de la semana contemplamos ahora a Marianico como un personaje de una época inocente, aunque para concluir que no lo era, que lo éramos nosotros. Y expone el funcionamiento de la nostalgia de manera explícita, y dolorosa, en varios diálogos. No echamos de menos los chistes de ese programa. Echamos de menos verlos todos juntos frente al televisor y sentirnos seguros.
Marianico El Corto en el programa ‘No te rías que es peor’
La depresión es el último show
Miguel Ángel Tirado, Marianico El Corto, es un hombre fuera de su tiempo. En un sentido narrativo, sentimental y, sobre todo, literal. La serie parte de la base de que Marianico sabe que tiene una enfermedad terminal y arrastra la depresión que ello le provoca con una mezcla de estoicismo y represión propios de un hombre de su edad y educación. El mundo a su alrededor lo supera y vive en permanente incomunicación.
Pero, aunque no entiende a su nieta, es capaz de entenderse con ella. Esa comunicación entre anciano y adolescente se basa en un respeto mutuo en el que son los únicos en no tratarse el uno al otro con condescendencia. Incluso Chusé, el representante y mejor amigo de Miguel, o Traian, el aspirante a novio de Claudia, no los tratan siempre con el respeto de un igual. Y ella es la única en entender y apreciar el proyecto de película que su abuelo tenía guardado en un cajón.
Miguel Ángel no deja de ser presentado como buena persona. Que perdona a su representante de inmediato, se presta a ser el padre postizo de Jacinto y es incapaz enfadarse con Claudia. Y no deja de recibir el cariño de desconocidos. Tanto su figura como cómico de otra época como el monólogo histórico en el que se hace viral son recibidos siempre desde el respeto excepto en Rescátame, la parodia de Sálvame en la que solo quieren entrevistarlo por el morbo de su presunta bisexualidad.
Autoficción, ironía, metaficción
En estos días en que por un instante de enajenación mental colectiva ha parecido que Sálvame podía ser un vehículo de regeneración periodística en lugar de un espectáculo de circo donde todo está pactado y la extrema derecha acude no a ser humillada sino a recibir público nuevo, no está de más recordarlo. Ese tipo de programas quiere espectáculo a cualquier precio y lo pacta y lo exagera. Es la antítesis de la bondad que, dentro de la serie, representa Miguel Ángel.
Es un mundo loco en el que un viejo deprimido porque echa de menos a su exmujer tiene que hacerse pasar por bisexual para ser noticia y volver a llamar la atención como artista. “Lo que quieren es circo, solo tienes que aguantar dos minutos, Miguel, y volverás a ser tú mismo”. Y ojo a los detalles en diálogo entre Tirado y su representante, Chusé, el personaje que nos cuela “Un icono de la liberación sexual como Madonna… o Marisol”. “¿Marisol?”.
Por otra parte, Miguel no deja de ser un hombre de su edad que de joven mentía sobre cuántas novias tuvo por vergüenza y en el fondo esperaba envejecer junto a su exmujer. Mención especial a algo raro en la ficción española: representar de manera realista, intimista y tierna el sexo y el deseo en las personas mayores. En otras manos este tipo de escenas, que son pocas, habría acabado en un astracán al estilo de La que se avecina en el que emplear términos de social justice warrior desatado tipo bodyshaming se habría quedado corto. Pero no habíamos venido eso.
Porque la serie emparenta sin mucho disimulo con ¿Qué fue de Jorge Sanz? y El fin de la comedia, pero nunca llega a entregarse al surrealismo o la acidez de estas. Tirado se autoparodia como lo hacen Sanz y Farray, pero su personaje carece de la miseria en la que aquellos decidieron sumergirse y permanece más apegado a la realidad.
Solo los cameos se permitirán despeñarse por el humor delirante, como en las apariciones de Manolo Kabezabolo –que en un borrador del guión era el mismísimo Pablo Echenique, lo cual ya de por sí es motivo para desear una segunda temporada– o Álvaro Morte. Mención aparte al señor Barragán, que se entrega a un ejercicio de autoparodia tan extremo que dejaría a Farray y Sanz por aficionados.
Es que tiene gracia
El personaje de Chusé, Sancho jeta pero idealista de nuestro Quijote depresivo, tiene un momento glorioso cuando ayuda a un cómico novato a crearse un personaje al estilo de Barragán, Marianico El Corto u otros de la época. Y critica a estos «jóvenes de ahora» que salen con su ropa a contar a su propia vida un poco exagerada creyéndose que eso es hacer humor. Curiosamente lo mismo que hace la serie con Tirado, pero vistiéndolo con un traje que no busca tanto el zasca ingenioso como un tema de verdad más allá de ella.
Por el camino la serie se ha permitido parodiar a James Rhodes por flipao y luego redimirlo, regodearse en todos los aragonesismos que en el mundo hayan sido pero compensarlo humillando a un presunto concejal de Cultura de Zaragoza e incluso jugar a la autoparodia meta con la aparición de Álvaro Morte y sus tics de La casa de papel, dado que ambas series comparten director.
Todo esto está muy bien. Atizarle al postureo de Twitter, jugar a la metaficción y establecer una complicada teoría sociológica intergeneracional en la que solo falte hablar de boomers –Marianico El Corto– y zetas –su nieta–. Pero el último diálogo de la serie lo deja bastante claro: ese chiste te lo cuento una y otra vez porque tiene gracia. Es que tiene gracia. Y un chiste no necesita más justificación que esa.
El octavo capítulo es el que más prescinde de cualquier alarde meta, cabe, bajo, con o contra y se lanza a manipular nuestras sentimientos sin vergüenza ninguna. Pero es que a esas alturas, como espectadores, no queremos otra cosa. Porque hemos venido a que nos hagan reír. Y es que tiene gracia.
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