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Lo que ‘Pombo’ y el auge del documental sobre ‘influencers’ explican del ‘streaming’ actual

Las series sobre creadores de contenido y su formato 'insider' hablan de una comunicación hipercontrolada y encorsetada y un ecosistema mediático conservador que se refugia en los formatos de la televisión tradicional
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Mañana se estrena en Prime Video la docuserie Pombo, documental insider sobre la familia susodicha de influencers y su estilo de vida. Es uno más en una larga cadena de estrenos del formato, en el que llevan ventaja clara la propia plataforma de Amazon y Netflix. Son las dos más mainstream y más rápidas en su evolución hacia que la revolución del streaming derive, por cuestiones de costes y mercado, a un retorno de seguridad a los formatos dominantes en la televisión en abierto de los 90 y 2000, con los realities y aledaños como máxima expresión.

Las reinas del TikTok, Dulceida al desnudo, La vida de Marta Díaz, Yo soy Georgina o Tamara Falcó: la marquesa (antes ya estaba Tamara) son inmersiones en el día a día de personas conocidas que tienen en común que su trabajo es ser influencers. Al contrario que Bosé Renacido, la película Bisbal o los documentales deportivos de Fernando Alonso, Fernando Torres, el ‘Cholo’ Simeone o incluso en los del más cercano Rubius (Rubius X y Rubius: Next Level Japón) el origen del interés de los protagonistas está en otras ocupaciones y se supone que sus vidas privadas —o el vestuario y el banquillo, en lo que se refiere a los deportistas— son menos accesibles al seguidor común.

Apenas dos series, con un sentido más colectivo y episódico, se han atrevido a salirse del esquema habitual. Una, Influencers: sobrevivir a las redes, conducida por Luc Loren pero que trata del ecosistema en general de estos creadores y creadoras de contenido y sus aspectos más negativos o desconocidos. La otra, Crímenes online, con Samantha Hudson y dirigida por Carlo Padial, una antología de catástrofes de las redes que tiene a los consabidos streamers y demás como fuentes, víctimas o expertos, pero no como protagonistas.

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Cartel de la serie documental ‘Dulceida al desnudo’. Foto: Prime Video

En su primer episodio, Pombo es… una historia familiar. En serio. Miembros de una familia hablando a cámara y comentando sus vidas, en principio un esquema que parece solo apto para seguidores muy fieles de estos Kardashian españoles, ya que incluso en ego-trips recientes como las propias Bosé Renacido o Bisbal se trata más el aspecto creativo y profesional que este desfile de anécdotas personales, vídeos caseros y capturas de redes sociales. Aún así, consolida cinco reflexiones que, en general, plantean los documentales sobre influencers:

Muchas influencers van con recomendaciones de moda o maquillaje… pero la mayoría de ellas venden también, aparentemente, su vida en redes sociales. Un estilo de vida aspiracional, un tipo de forma de vestir, fiestas a las que acudir y viajes que hacer que debería hacer irrelevantes estos documentales, puesto que se supone que sus seguidores ya se conocen al dedillo el día a día de las protagonistas (y el formato insider los hace poco atractivos para quien no sea muy fan, dado su nulo riesgo). Sin embargo, que existan demuestra que todos asumen que esa vida ‘instagrameada’ es, en gran parte, ficción.

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‘Pombo’. Foto: Prime Video

Y, de alguna manera, la que aparece en el documental también, por mucho que se venda como acceso exclusivo a lo nunca visto. Pombo muestra la cara B de la vida de María Pombo y sus hermanas, imágenes de la niñez, declaraciones de los padres o la abuela… pero sigue siendo una construcción. Aunque, con todas las distancias económicas mediante, sea difícil que la mayoría de espectadores no puedan identificarse con alguna situación familiar —o de la vida de Dulceida, incluso de la Georgina Amorós—, en última instancia siguen siendo proyecciones de un presunto e inexistente estilo de vida, tanto como el de muchas series de ficción (no miramos a ninguna) y el propio formato, que al humor, lo admite.

Como producto audiovisual es tremendamente aburrido. Unos pocos detalles aquí o allá, como las vallas que separan las colonias para ricos de las casas del mortal común en Bosé Renacido mientras el cantante comenta la libertad que le da vivir en México. Pero, más allá de los dos mencionados, Influencers y Crímenes online, que ni son insiders ni lo pretenden, este tipo de series documentales, controladas por protagonistas que son profesionales de la comunicación y de cuya imagen pública dependen millones de euros en patrocinio, son tan blancas y anodinas que se quedan en simples anécdotas.

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Cartel de la serie documental ‘La vida de Marta Díaz’. Foto: Prime Video

Las Pombo o Tamara Falcó no son idiotas y cada cual, a su manera, ha permitido cierta muestra de conflicto o de datos desconocidos, pero todos quedan muy lejos de la desnudez kamikaze de Esta ambición desmedida, por ejemplo. E incluso ahí volvemos a hablar de documental vigilado: a la «marca» C. Tangana le viene bien retratarlo como un creador megalómano pero con buen fondo, tanto da si el protagonista es así o no. No ocurre solo con música o influencers genéricos, los documentales deportivos, con el control paranoico de Liga, UEFA o las secciones audiovisuales de los clubes mediante, llevan un lustro instalados en el tedio absoluto, y solo se salvan los que, en realidad, hablan de otras cosas, como Unzue. El último equipo de Juancar o el próximo Cabeza y corazón.

Por eso mismo, al formato insider le aguarda una larga vida (con productoras como Komodo Studio o Producciones Mandarina al mando), quizás aburrida para el observador externo, pero vibrante para los fans. Para las plataformas funciona porque es más barato que una serie de ficción, por mucho que cobre el protagonista de turno, y tiene un suelo de público fiel asegurado. Un reclamo de base. Y para los influencers, deportistas o músicos es perfecto porque permite una sensación de cercanía y accesibilidad con cero riesgo, por lo cuál lo priorizarán siempre frente a cualquier otra opción, con toda lógica.

En una entrevista con Jesús Quintero hace ya casi 20 años, el presentador Máximo Pradera, a cuenta de la polémica con la «telebasura» de la televisión en abierto, comentaba que la gran revolución en la prensa del corazón había sido pasar de gente que era famosa por sí misma —linaje; soy el duque de tal o pascual y esta es mi casa—, a gente que lo era por tener tal trabajo —torero, cantante, actor, futbolista— y, finalmente, a gente que era famosa como actividad por sí misma e iba a platós a gritarle a otra gente. Los influencers de las redes, aunque algunos tengan una ocupación concreta original, son el regreso al principio: famosos por ser quienes son y vidas, de por sí, relevantes.

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‘Pombo’. Foto: Prime Video

Obviamente en la era de la multipantalla y los públicos hipersegmentados, todo convive, y ahí está el reality de Netflix con los exiliados de Sálvame. Pero el influencer de nuevo cuño, que lo es porque su vida, por sí misma, aunque esté patrocinada en algunos momentos, resulta relevante, no necesita más que contarla. La misma María Pombo vio su boda retransmitida en directo por la revista ¡Hola!, máximo exponente del modelo de prensa del corazón tradición, que huye del morbo y del amarilleo al precio de un tono blanco y complaciente.

Esto no es ninguna novedad. En la misma Prime Video se puede ver estos días la enésima edición de Operación Triunfo, ya hemos comentado que Sálvame se prolonga espiritualmente en Netflix y si RTVE recuperó El Gran Prix fue después de las presuntas negociaciones para que Ibai Llanos lo llevase a Twitch o la misma Amazon. La burbuja del streaming no ha pinchado, pero sí se está contrayendo, y ante la evidente e imparable crisis de la televisión tradicional, una vez segmentadas las audiencias, las plataformas adoptan los formatos tradicionales de esta como espacio de seguridad.

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El reality fue el género dominante en la televisión español durante gran parte de los 2000 y el que mejor aguantó el tipo cuando la ficción se mudó en masa al streaming. Ahora que las grandes plataformas quieren fidelizar público mientras suben precios al tropezar con los límites del mercado, han decidido absorber también dicho formato, fagocitarlo para llevarlo a su terreno a la carta. Los documentales de influencers, de momento y salvo las honrosas excepciones, son una suerte de reality o docu-reality en el cual el protagonista es coproductor a su manera y tiene control sobre el resultado. La ficcionalización idealizada de una realidad.

Los Pombo son ricos. Lo eran antes de que nadie de la familia se convirtiese en influencer, y son personas de valores bastante conservadores de los que no tienen problemas en hacer apología, aunque a veces no sea directa o aunque su comunicación pública los vista de mensajes blancos y neutros. El audiovisual está copado por este tipo de mensajes, que oscilan entre lo neoliberal y lo neocon, con sutiles toques de narcisismo en los protagonistas aquí y allá. Está en muchos de los documentales que hemos comentado, con el de Tamara Falcó o el de Bosé como otros grandes ejemplos, y en general en esa televisión «de toda la vida» a la que cada día se acerca más el streaming.

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‘Pombo’. Foto: Prime Video

Es curioso que, al mismo tiempo, se venda la imagen de unas plataformas de streaming copadas por los mensajes políticamente correctos, woke —concepto que no nos cansaremos de repetir que aplicar a España es ridículo— y, en general, progresistas. La proliferación de reality shows que más que gamificar convierten en una competición descarnada cualquier aspecto vital y de este tipo de documentales, con su idea de la familia tradicional y su meritocracia de marca blanca, lo desmienten. Y eso, considerando que la presunta diversidad de las series de ficción fuese real, que tampoco lo es.

Portada: detalle del cartel de la serie documental Pombo

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).