Películas españolas
Bisbal: El máquina lo primero de todo

Bisbal, el documental, cuenta la preparación del gran concierto de despedida de la gira por sus 20 años de carrera del cantante almeriense. Mezclando archivo con testimonios y alguna imagen personal inédita, la película explora esas dos décadas de trayectoria del exitoso artista, desde sus comienzos en Operación: Triunfo hasta su eclosión como gran estrella de la música latina. Aprovechando que el dicho gran concierto se celebró en Almería, su tierra natal, se exploran también los orígenes familiares del protagonista.
Lo comentábamos en Bosé Renacido: los documentales hagiográficos sobre cantantes están a punto de convertirse en los nuevos documentales insider de deportes. Es decir, en una filfa inane sin interés para nadie que no sea muy fan del homenajeado de turno y tenga ganas de soportar dos horas de peloteo y tontería. Bisbal merecía una oportunidad porque está dirigida por Alexis Morante, nominado al Goya por Héroes: Silencio y rock&roll (2021) y capaz de hacer una película sobre la nostalgia y la niñez que no idealiza ni edulcora como El universo de Óliver (2022). Pero esto tiene pinta de encargo. Y se nota.
Porque donde el documental sobre Bunbury (del cual el cineasta es colaborador habitual dirigiendo sus videoclips) y compañía daba contexto histórico e industrial y explicaba el momento social y musical del país, esto es solo otro ego-trip a mayor gloria de la imagen de sí mismo que el individuo quiere proyectar. Un producto que no aspira a trascender más allá de que el cantante no se enfade con nadie al verlo y sus fans más acríticos se entretengan, que aporta poco sobre su música (o la música en general) y solo quiere caminar por terrenos sensibleros más cercanos a las relaciones públicas que a la narración audiovisual.
Tan cerca del alma mía

Apenas hay dos momentos de interés que hablan del documental sobre David Bisbal que habría sido posible sin dejarlo mal pero tampoco parir un título anodino. Uno, los breves minutos en los que se exhibe un mínimo de sentido crítico sobre el fenómeno del primer Operación: Triunfo y cómo reventó la industria musical española del cambio de siglo (con el placer añadido de ver rabiar a Marta Sánchez o Joaquín Sabina por falta de casito). Otro, cuando se explican, muy diplomáticamente pero también de forma inequívoca, los roces del cantante con una prensa del corazón hipócrita y chantajista que le inventaba historias por no rebajarse a darles carnaza.
El resto, en realidad, es que aporta poquísimo sobre nada que no sea un estudio psicológico del narcisismo de Bisbal, como hacía la miniserie de Bosé Renacido en el caso de su protagonista. Un montón de contenido sensiblero y autocomplaciente que empiezan con «es que ya de pequeñito cantaba mucho» y acaban con el desopilante momento, de arrancarse los ojos y las orejas, de uno de sus colaboradores calificando al interfecto de crooner. David Bisbal, el rey del berreo y el gorgorito, poseedor de un vozarrón privilegiado pero que lleva usando 20 años para el mismo tipo de canción, un crooner. Y Bosé experto en bioquímica y salud pública, por qué no.
Nadie duda de que el hombre sea muy buena gente y sea bonito ver como un chaval de Almería de familia de curritos triunfa en la vida, pero ciertas cosas no son de recibo sin que el respetable sufra ataques severos de vergüenza ajena. Hay varios momentos personales que reflejan situaciones familiares reales que cualquiera reconoce, pero se nota muchísimo que han sido impostados, con más preproducción que la última de Marvel, y se han colocado ahí, en ese momento del montaje, para decirte: «Mira, mira, este señor millonario, ecogéntrico y claramente despegado de la realidad que lo rodea es muy normal, es como tú».
No más coreografías

Volvemos a lo mismo. ¿Qué necesidad tiene este ser humano de explicarse y qué necesidad tiene nadie de comprarle sus cosas? Es evidente que un público tienen, porque han triunfado en la vida y son hiperfamosos, pero, ¿de verdad para seguir vendiendo discos necesita que estemos seguros de que es muy buen padre y un artista maduro que se atreve con «letras serias» y pasa ya de bailecitos y brilli brilli? ¿Y es imprescindible dedicarle una película entera a explicarnos eso o para ver si habla de Chenoa o no? Que por supuesto quien sea muy fan y considere perentorio contemplar vídeos domésticos del joven Bisbal es muy libre y se puede pasar mi opinión por donde le parezca. Pero, en serio, ¿por qué?
Que por cierto, es posible que el primer Operación: Triunfo haya envejecido fatal, hasta el punto de que su superviviente más exitoso y el más despegado del fenómeno, David Bisbal, se vea en la obligación de renegar de aquel estilo horterísima de los 2000 para quedar bien. No ya las coreografías y los estilismos (o la actitud vital) de irse de copas con Tony Montana, sino el berreo y el tipo de letras. El cantante insiste varias veces en que no quiere volver a Ave María porque es una canción «de chaval de 19 años», pero lo que acaba de lanzar este 2023 es esto: Me siento vivo.
En fin, que al menos no es la última «docuserie» sobre lo mucho que trabaja todo el mundo en el FC Barcelona, pero Bisbal tampoco es una película apta para nadie que no sea muy fan del cantante. No solo muy fan, sino que además crea que se lo puede considerar como un crooner y que es un dato relevante que de pequeño le gustaba mucho cantar más que, yo qué sé, qué fue de Getmusic.

Jose A. Cano