La primera secuencia de la segunda temporada de Vivir sin permiso es una declaración de intenciones. Se rinde y entrega las armas. Dice adiós al thriller para siempre y se entrega al culebrón. El personaje de Mario Mendoza (Álex González), vuelve de la muerte tras verlo caer por un acantilado en el último capítulo de la entrega anterior. Aparece con nombre falso y retirado como un monje que trabaja la huerta de un monasterio portugués. La policía española lo localiza porque una jueza instructora de atuendo motero se ha desplazado hasta allí para convencerlo de que declare contra su exjefe, Nemo Bandeira.
La primera temporada tenía un problema: no se decidía si ser toro o torero. La segunda no tiene dudas. Es un culebrón que se disfraza con trucos de thriller pero ha dejado atrás cualquier intento de contar algo sobre el narco en Galicia o utilizar a unos personajes que empezaron fuerte pero se acabaron diluyendo durante sus 13 primeros episodios.
De hecho, la anterior tanda de episodios descarriló al matar personajes con nulos efectos dramáticos, introducir otros nuevos de forma algo ridícula o reflejar problemas serios del mundo real de forma excesivamente frívola y poco verosímil, tal que la drogodependencia o la corrupción política. Las comparaciones con Fariña eran odiosas, porque además la serie basada en el libro de Nacho Carretero podía permitirse ciertos lujos que Vivir sin permiso no: los espectadores ya saben que la historia de Laureano Oubiña o Sito Miñanco es real, así que no tiene por qué parecerlo.
Potencial desperdiciado en Vivir sin permiso
Vivir sin permiso tiene todos los mimbres para hacer una serie de mucha mejor calidad que la que finalmente estamos viendo. El reparto, al menos en su vertiente veterana, es espectacular, pero José Coronado, Pilar Castro o Luis Zahera tienen que poner mucho esfuerzo para defender las tramas que les otorgan a sus personajes. En cuanto a Álex González, los bandazos tan tópicos de su personaje hacen difícil que pueda darle consistencia, ya que tiene que ser un buen chico pero malote y estar siempre en el centro de algún triángulo amoroso.
La base literaria, con el libro de relatos de Manuel Rivas, da una premisa interesante para un thriller, con un capo del narcotráfico enfrentándose al alzheimer. Y el nivel de producción es el habitual que despliega Aitor Gabilondo, y que ya vimos en El Príncipe. La moda de la temática narco habría permitido una serie de acción con crítica social con mucha más libertad de movimiento que la mencionada Fariña, sujeta a los finales de la vida real para sus personajes. El discurso de clase, presente en cualquiera de las series citadas o en la reciente Hache, se diluye cuando deciden trasladar al personaje de Lara (Claudia Traisac) a la finca familiar. Y eso que ya estaba tratado de forma bastante superficial en un primer momento.
La vía del culebrón, con su drama impostado, sus situaciones inverosímiles no solo por lo que ocurre si no por cómo está contado, solo consigue expulsar al espectador de lo que está contemplando. La escena en la que la hija de los Bandeira seduce a dos operarios de un concierto para, supuestamente, hacer un trío, es tan tontorrona que parece que los actores no se crean lo que están diciendo. Y no es necesario para mostrar que Nina (Giulia Charm) está destrozada por la muerte de su prometido si luego la van a sacar llorando desconsolada y medio minuto después todo ese planteamiento de igual porque el personaje vuelve mágicamente de la muerte.
Puestos a hacer sangre, el acento mexicano impostado de Waitling y Criado es de juzgado de guardia. Los responsables de la serie sabrán por qué la decisión de dos actores españoles forzando un acento que ni es el suyo ni saben imitar -si no, comprueben como cambia la pronunciación de Waitling conforme avanzan los capítulos de la primera temporada-. Y frente a la aparente elaboración que tenía el entramado empresarial de los Bandeira en los comienzos, tomado directamente del libro de Rivas y de las noticias, el modus operandi de los presuntos narcotraficantes latinoamericanos parece una parodia de Narcos o La Reina del Sur que no ha acabado de cuajar.
Quizás, quizás, quizás
El problema no es tanto convertirse en telenovela, que puede ser legítima si se asume plenamente, como la tendencia de la serie a presentar las secuencias y giros de guión como algo legítimo y relevante. Quizás si con el personaje de Berta querían homenajear al libro de Pérez-Reverte y sus adaptaciones televisivas deberían haberlo subrayado más a lo loco -o con una actriz mexicana-. Quizás si la muerte y resurrección de Mario se produjesen de manera menos artificiosa no chocarían tanto ni serían tan previsibles. Quizás si no hiciese falta inventar tratamientos milagro para Nemo o no se hubiese desperdiciado la trama de las dudas morales y el miedo de su neuróloga el tratamiento de la enfermedad degenerativa sería más efectivo. Quizás si no pareciese que el Ferro de Luiz Zahera está haciendo otra serie, en la que no se lo desperdicia como secundario y se mostrase la violencia y la ambivalencia de su personaje de manera realista.
Por supuesto esto no invalida que Vivir sin permiso sea una serie perfectamente disfrutable para quien sepa lo que está viendo. Ni tampoco implica que el trabajo que hay detrás no sea más que profesional y notable, solo faltaba. Simplemente se trata de lamentar que, existiendo mimbres para una serie con un discurso más profundo y transformador, se pierdan porque tarde en decidirse sobre qué tono piensa usar, y cuando finalmente lo haga sea con la peor opción y en el peor momento.
La Academia gallega del audiovisual ha coronado a Lo que arde en la vigésima edición de los premios Mestre Mateo. La película de Oliver Laxe ha sido la que más premios ha acumulado en un evento que ha destacado las producciones audiovisuales gallegas más importantes del año, desde el cine de ficción hasta el documental (en largo y en corto) pasando por series y programas de televisión hasta el videoclip.
Lo que arde se hizo con los Mestre Mateo a mejor película, dirección, dirección de arte, montaje, sonido y dirección de fotografía (premio con el que también se alzó en los Goya su responsable Mauro Herce). Era la gran favorita después de haber estado muy presente en la temporada de premios nacionales, triunfar entre crítica y público y convertirse en la película en gallego más taquillera de la historia.
— Academia Galega do Audiovisual (@AcademiaGalegaA) March 8, 2020
La otra gran ganadora de la noche ha sido la serie Hierro, la serie de Movistar+ protagonizada por Candela Peña se llevó los Mestre Mateo a mejor serie de televisión, mejor dirección de producción, mejor guion y mejor música. Respecto al cine, la otra película potente a nivel nacional además de Lo que arde, Quien a hierro mata, de Paco Plaza, se hizo con tres galardones: mejor maquillaje y peluquería, María Vázquez como actriz de reparto y Xan Cejudo como actor de reparto. Especialmente destacado este último, ya que el actor falleció poco después de finalizar el rodaje. En el cine también destacó Eroski Paraíso, de Jorge Coira y Xesús Ron, que se hizo con los dos premios a las interpretaciones principales, que recayeron en Patricia de Lorenzo y Miguel de Lira.
Embarazadas con ganas de follar, chicas jóvenes que dejan a sus novios y dan rienda suelta a su deseo o mujeres violadas que reconectan con su sexualidad. Si en la celebración de este 8 de marzo podemos destacar una novedad en el audiovisual español, esa es la emergencia de las narrativas que visibilizan el deseo sexual femenino. Un potencial que ya anticipaba la filósofa y feminista Clara Serra cuando afirmaba que “el feminismo tiene mucho que ganar disputando la sexualidad y zafándose de las deformadas caricaturas que lo dibujan desde el poder como puritano”. En esa línea, desgranamos tres producciones recientes sin pizca de moralismo y con muchos códigos en común.
Vida perfecta (Movistar+), la serie creada por Leticia Dolera y co-guionizada con Manuel Burque, es una de las referencias imprescindibles. Sus 8 capítulos retratan la vida de tres mujeres que, habiendo superado la treintena, están en plena crisis existencial. Su sexualidad ocupa un lugar relevante en la trama: María (la propia Dolera) explicita su deseo durante el embarazo, en lugar de esconderlo; Cris (Celia Freijeiro) escapa de su malestar diario y se redescubre a través del sexo; Esther (Aixa Villagrán) coloca su satisfacción sexual como pilar de un intento de vida hedonista. Unas historias contadas desde una mirada cinematográfica que integra el deseo femenino con naturalidad pop y que, sobre todo, no predica una manera correcta de vivirlo. Fuera estereotipos y fuera esencialismos. Porque no hay vida -ni mujer- perfecta, sino vidas y mujeres diversas.
Vida Perfecta huye de estereotipos y esencialismos con una representación de la diversidad de las mujeres y de sus deseos
Junto a Leticia Dolera, dos jóvenes realizadoras se encargaron de la dirección de varios capítulos de Vida perfecta: Ginesta Guindal y Elena Martín. Precisamente Guindal es quien dirige Drama, serie creada por Dani Amor y producidad por Playz en colaboración con el Terrat. La ficción se centra en la vida de África (a la que da vida una fulgurante Elisabet Casanovas), una veinteañera precaria que se queda embarazada y no sabe de quién. Y es que, hace unos meses, cuando lo dejó con su novio, tuvo unos días “muy heavys” en los que se enrolló con cinco jóvenes. El deseo sexual de África se aborda con desparpajo millenial y, además, es el elemento que vertebra el guion de toda la serie. Así, cada capítulo reconstruye a través de flashbacks la relación sexual que África mantuvo con cada uno. A la vez, en el presente, la protagonista les busca para comunicarles su embarazo y la parte de “marrón” que le corresponde. Narrativas feministas con el deseo en el centro.
En Drama cada capítulo aborda un encuentro sexual, que estructuran la narrativa de toda la serie
Por su parte, Elena Martín, que completa el trío de directoras de Vida perfecta, es a su vez la actriz protagonista de Suc de síndria(Zumo de sandía). Ha sido el corto español más exitoso de la pasada temporada: desde el reconocimiento en la Berlinale 2019 hasta los recientes premios Feroz, Gaudí y Goya al mejor cortometraje. Suc de síndria condensa en 22 minutos la reconexión de Bárbara (Elena Martín) con su sexualidad tras haber sufrido una violación.Reencontrarse con el orgasmo, a un tiempo fuente de placer y sanación. Una emoción que recorre al espectador cuando Bárbara, tras correrse, estalla en un sollozo liberatorio en el que la risa y el llanto se entremezclan. Expresado en palabras de la joven directora del cortometraje, Irene Moray, al recoger el Goya: “Estas mujeres tienen derecho a disfrutar de la vida, de su cuerpo, a correrse y el derecho a ser quien ellas quieran ser”.
Irene Moray: «Quiero dedicárselo a todas las supervivientes. Estas mujeres tienen derecho a hacer ruido, a triunfar, a disfrutar de la vida, de su cuerpo, a correrse y el derecho a ser quien ellas quieran ser»
Tres propuestas audiovisuales con temáticas y narrativas comunes, como una suerte de archipiélago, que esperemos tengan líneas de continuidad. Tal vez a través de historias que apelen también a edades más avanzadas, terreno donde aún queda mucho por contar. De momento, Vida Perfecta, Drama y Suc de síndria reflejan y retroalimentan el cambio cultual y social feminista en nuestro país. Si hemos normalizado las conversaciones sobre el Satisfyer, por qué no ver representado el deseo femenino en la gran pantalla.
La taquilla de febrero confirmó el arranque positivo de año para la recaudación del cine español. Nuestras películas acumulan un total de 15,7 millones € de balance en 2020, según los datos oficiales, con una importante subida de venta de entradas durante este pasado mes de febrero. Todo gracias, principalmente, al estreno de dos películas en este tiempo: Adú, que acumula ya seis millones, y Hasta que la boda nos separe, que lleva embolsados más de 2 M€. El año pasado por estas fechas el cine español llevaba sumados unos 12 millones, por lo que hablamos de una ligera mejora con respecto al flojo inicio de 2019.
Adú consigue el millón de espectadores y Hasta que la boda nos separe supera los 2 de recaudación
La gran valedora del buen febrero ha sido, sin duda, Adú. La película dirigida por Salvador Calvo se ha caído del TOP 5 general el pasado fin de semana, pero ha cumplido una cifra redonda después: Un millón de espectadores para el filme en estos primeros días de marzo. Es la primera película española en conseguirlo en 2020. Su mantenimiento ha sido, aún así, importante durante el viernes, sábado y domingo pasados; sólo perdió un 13% con respecto al fin de semana anterior y atesora unos buenos 1.242 € por pantalla.
Fotograma de ‘Adú’, de Salvador Calvo
Hasta que la boda nos separeacumula 2.316.338 € tras su tercer fin de semana en los cines. La película de Atresmedia no pierde demasiado (-26%) y mantiene unos discretos 858 € por pantalla, pero se ha quedado definitivamente a medio camino del exitazo que algunos pronosticaban. Lastrada por un importante bajón en la afluencia a los cines en su segunda semana, da la impresión de que la comedia protagonizada por Belén Cuesta y Álex García se quedará alrededor de los 4 millones tras acabar su carrera comercial en salas.
El doble más quince pincha y El plan se desploma
Uno de los estrenos del pasado fin de semana fue El doble más quince. La película de Mikel Rueda ha patinado en su estreno, consiguiendo 16.706 € y unos pobres 407 € por copia. Mal inicio para el filme que protagonizan Maribel Verdú y Germán Alcarazu, que no ha conseguido atraer demasiado público. Aún peor le ha ido a Cuerdas, que ha conseguido únicamente 61 € por copia y se ha quedado con 1.949 € de recaudación.
Fotograma de ‘El plan’, de Polo Menárguez
Malas noticias también para El plan, de Polo Menárguez. Una bajada del 60% con respecto a su buen fin de semana de estreno. La comedia dramática protagonizada por Antonio de la Torre, Rául Arévalo y Chema del Barco no ha conseguido sostenerse en su segundo examen en la taquilla, y se queda con 22.214 € en este pasado fin de semana con una media de 358 € por pantalla. Suma 107.053 € y 17.802 espectadores; la posibilidad de llegar a los 200.000 € se aleja mucho.
Hablar mal en público de alguna película o serie española es injusto y dañino. Igual es admisible que te metas con lo que hacen Atresmedia y Telecinco, pero del resto es mejor no decir nada negativo abiertamente, aunque lo pensemos. Son ideas y actitudes de cierto consenso para opinar en redes sociales, tanto en el sector audiovisual español como en parte de nuestra prensa cinematográfica. Pero es hora de discutirlas. Hablar abiertamente mal del cine español -sobre lo que vemos en pantalla, no de sus subvenciones- puede acabar siendo más positivo para todos que no hacerlo.
Hay varias razones para tomar este camino públicamente acrítico con el cine español en medios y en el sector. La más humana -y, por tanto, más éticamente ambigua- es que casi todos nos conocemos. No somos tantos si juntas a la gente que trabaja activamente en la industria con los que se (nos) dedican (mos) a informar y/o a hablar de ella. Parecer ser casi de mal gusto criticar lo que ha hecho una persona que es amiga/o, que conoces, con la que trabajas o con la que potencialmente puedes trabajar en algún momento, ya sea en un rodaje o haciendo un reportaje.
Si sólo te expresas en términos positivos hacia las películas que sí te gustan consigues más atención y visibilidad de los responsables y sus seguidores
En mercados laborales tan competitivos y precarios como el audiovisual y el mediático es casi cuestión de supervivencia no perder opciones por un comentario negativo. Por eso se toman precauciones a la hora de exponerse y pesa en la cabeza darle al botón de publicar, sobre todo si tienes la posibilidad de comentarlo en un corrillo en vez de en un tweet, Si sólo te expresas en términos positivos hacia las películas que sí te gustan, además de no contribuir al habitual clima de crispación en redes, consigues más atención y visibilidad de los responsables y sus seguidores. Eso que te ahorras y ganas, piensan.
Otra razón para autocensurarse rima con esta última. Hacer una película -especialmente- o una serie hoy en España es una empresa muy difícil. Escribir el guion, reunir los recursos económicos, encajar y hacer realidad el rodaje o hacer toda la pre y posproducción son trabajos que pueden llevar años el poder completarlos. Unos esfuerzos enormes, con muchas trabas, para que finalmente el resultado sea tangible y que alguien la pueda ver en el cine o en su casa. Nos dicen que estas dificultades tan grandes, si acaban recompensadas en algo que podamos ver, merecen un respeto que no se puede destruir con una opinión.
Pero estos motivos, aunque puedan ser de alguna manera legítimos a la interna del sector, no son suficientes y pueden resultar hasta contraproducentes. Siempre que sea en términos respetuosos -algo que no es característico de la opinión en redes, es cierto-, tenemos que poder decir en los medios y en el sector si una película española no nos ha gustado nada abiertamente. No hacerlo, aunque nos quite de problemas, contribuye a cierta sensación generalizada de condescendencia y conformismo con nuestro cine que acaba siendo perjudicial. Callarse implica aceptar, a veces, que no podemos hacer las cosas mejor.
Si nos decimos que el cine español no es un género no podemos tratarlo de forma diferente al resto
Decir abiertamente que consideras que una película está mal hecha o que hay cosas que no te gustan de ella aporta también valor a nuestra cultura. Contribuir a la salud de una parte de la cultura española no es sólo aplaudir, valorar y señalar lo que merece atención. Es también decir sin miedo y con respeto que algo no merece una palmadita en la espalda. Las opiniones negativas no sólo destruyen: pueden crear valor crítico a las que las lee/ve y, por tanto, pueden contribuir a que se hagan mejores películas. Si todos sentimos que la exigencia es alta, los creadores también la sentirán -sí, están entre nosotros- e intentarán hacer mejor su trabajo. Vale para todos, y el audiovisual no puede ser una excepción sólo por el hecho de estar expuesto a alguien que mira.
Recepción a los nominados de los Premios Goya 2018. Foto: Wikimedia
Si nos decimos que el cine español no es un género no podemos tratarlo de forma diferente al resto. Es importante tener en cuenta que no es lo mismo meterse con la última de Marvel que con lo que ha hecho una pequeña productora extremeña, pero sería saludable que todos fuéramos capaces de proporcionar y absorber un grado de crítica sobre lo que hacemos en nuestro país. Es eso lo que da a todos los profesionales el grado necesario de credibilidad y peso ante el público, libre de ataduras con respecto al cine español y que a veces se aleja ante ciertas dinámicas vacías de una cierta dosis de conflicto.
La valoración de una película no se puede entender sólo en términos de marketing. Salgamos un poco de la lógica, algo antigua, de que una crítica positiva o negativa de una película se cuenta en más o menos entradas. Hace tiempo que la crítica o una valoración en redes sociales ha dejado de tener el efecto de arriba hacia abajo. Lo importante es hablar de las películas y las series que se hacen aquí, y no cortar dinámicas para crear conversación online, que es una de las claves para que lleguen a la gente. Fue lo que sucedió, por ejemplo, con la serie documental El caso Alcàsser. Salieron tanto artículos como valoraciones en redes a favor o en contra del tratamiento de la serie, y se mantuvo dentro del ágora durante bastante tiempo con el preciado estatus digital de «algo de lo que todo el mundo habla».
Aprendamos a construir sin ocultar diferencias o elementos problemáticos
Si aseguramos que necesitamos educación audiovisual en los colegios no podemos pretender que sirva sólo para conocer y apreciar grandes películas. También tiene que dar herramientas de análisis profundas sobre el cine que nos rodea y para ponerlo en discusión constantemente. Las opiniones y los juicios subjetivos están influenciadas por cientos de factores, pero una sociedad madura audiovisualmente es también aquella en la que ningún objeto cultural es sagrado y todo es susceptible de ser debatido. Es un paso en la buena dirección asumir el juicio negativo con normalidad en un ecosistema más horizontal y diverso como es el de Internet. Todos estamos expuestos en un entorno digital en el que también somos algo analfabetos. Aprendamos a construir sin ocultar diferencias o elementos problemáticos.
Quedan diez días para que empiece el Festival de Málaga 2020, el evento con más nuevo cine español por metro cuadrado del año. Aunque varias de nuestras grandes películas pasarán por festivales más tarde (la temporada alta es en otoño), el certamen andaluz presenta ahora una importante selección de obras hechas en España a las que merece seguir la pista antes de su estreno en cines. Más allá de los nombres ya conocidos que pasarán por el Festival y que recibirán su merecida atención (David Trueba, Iciar Bollaín, Javier Fesser, Achero Mañas o Mariano Barroso), seleccionamos cinco películas con menos nombre detrás, pero que nos dan motivos suficientes -y diferentes- para que nos las apuntemos.
LAS NIÑAS
De las primeras películas del Festival de Cine de Málaga, que compite en la Sección Oficial en Málaga, de Pilar Palomero, es una de las que más expectación está generando antes de que se haya podido ver en España. Las niñas acaba de pasar por la Sección Generation Kplus del Festival de Berlín con buenas críticas y una importante cobertura de medios españoles, que ya la colocan como una de los debuts españoles del año. El filme habla del paso de la infancia a la adolescencia de una chica aragonesa en la España de 1992.
UNO PARA TODOS
En la Sección Oficial también estará esta otra película con pequeños, que se sumerge en el subgénero de los dramas escolares entre profesores y alumnos. ¿Si en series funciona (Merlí) por qué el cine español no iba a seguir una línea habitualmente francesa? Uno para todos cuenta con un director (David Ilundain) que sorprendió con una interesante primera película (B) y uno de los actores (David Verdaguer) más en forma del panorama estatal. Sus primeras imágenes demuestran que podemos estar ante un pastel con ingredientes suficientes (historia de superación y emociones) para ser firme candidata al Premio del Público.
75 DÍAS
Es una incógnita lo que podemos esperar a nivel de calidad de 75 días (es el primer largo de su director, Marc Romero), pero desde luego que será una de las importantes curiosidades de esta edición. En la Sección Málaga Premiere se verá esta ficción que relata los famosos crímenes de las niñas de Alcácer y que lleva un tiempo buscando fecha de estreno -lo que ha alimentado las teorías de la conspiración alrededor del mismo-. Con el caso otra vez en el foco tras la miniserie documental de León Siminiani en Netflix y con la reapertura de la investigación, habrá que estar atentos a lo que cuenta esta película. Romero lleva diez años dándole vueltas al caso.
LÚA VERMELLA
La Sección Zonazine, la más alternativa del Festival, es uno de los nidos para pequeñas joyas españolas. Puede ser el caso de Lúa Vermella, la nueva película de Lois Patiño (Costa da Morte), que es ya una referencia del Novo Cinema Galego. Patiño puede seguir la estela de reconocimientos que ha conseguido el cine en gallego reciente (Arima, Longa noite y, sobre todo, Lo que arde) con una película sobre tres mujeres que buscan a un marinero desaparecido. Las críticas tras su estreno en la Berlinale han sido magníficas. Es la gran favorita para la Biznaga de Plata.
CARTAS MOJADAS
El documental Cartas mojadas concursará en su sección del Festival dispuesto a agitar conciencias. Dirigida por la documentalista Paula Palacios, se trata de un seguimiento muy de cerca de la situación de los migrantes en el Mediterráneo; desde las experiencias y los dramas personales. Palacios sigue, entre otras cosas, una misión de salvamento marítimo de la ONG Open Arms, que buscó salvar del naufragio a más de 500 personas. Sus primeras imágenes impresionan y aventuran a apuntar que Cartas mojadas puede ser uno de los documentales de la temporada.
Ya conocemos la programación completa del 23 Festival de Málaga 2020. Como es habitual, el certamen vuelve a seleccionar las nuevas películas de viejos conocidos del cine español en sus secciones (Iciar Bollaín, Achero Mañas, Joaquín Oristrell o Lois Patiño) para combinarlas con las propuestas de nuevos creadores (David Galán Galindo, Pau Cruanyes, Gerard Vidal o Patricia Ordaz). Sumada a las películas que ya se habían anunciado, el certamen se queda con una, a priori, variada selección entre sus diferentes secciones, con algunas de las propuestas españolas más importantes del año.
Sección Oficial: conocidos, caras nuevas y series
En la Sección Oficial a competición nos encontramos de nuevo con el característico estilo de programar del Festival: combinar películas más comerciales con otras de vocación más autoral. A las confirmadas Las niñas, de Pilar Palomero, A este lado del mundo, de David Trueba, y Hogar, de los hermanos Pastor, se añaden: las nuevas películas de tres veteranos como Iciar Bollaín (La boda de Rosa), Achero Mañas (Un mundo normal) y Álvaro Díaz Lorenzo (La lista de los deseos); tres películas de debutantes en largo (El inconveniente, de Bernabé Rico, Crónica de una tormenta, de Mariana Barassi, Orígenes Secretos, de David Galán Galindo); y la segunda cinta del director de B, David Ilundain, que presenta Uno para todos.
Imagen del rodaje de ‘Orígenes secretos’, de David Galán Galindo. Foto: Filmax
La novedad principal del Festival de Málaga 2020 en la Sección Oficial (fuera de concurso) es la presencia de series de televisión. El certamen se abre a dar paso al pujante lenguaje de la series -que antes se ubicaba en secciones secundarias- y contará con la exhibición de La línea invisible, una original de Movistar + dirigida por Mariano Barroso, Vamos Juan, la serie creada por Diego San José para TNT, Valeria, serie de Inma Torrente y Nely Reguera para Netflix, y Hit, creada por Joaquín Oristrell para RTVE. También estarán las películas ya conocidas fuera de concurso: Historias lamentables, de Javier Fesser, y Ofrenda a la tormenta, de Fernando González Molina.
Málaga Premiere y Zonazine: de Alcácer a Galicia
Dentro de la Sección Málaga Prémiere, que incluye algunas importantes apuestas del cine español que se verán por primera vez en Málaga, la película más llamativa, por su temática y producción, es 75 días, de Marc Romero, un drama centrado en los famosos sucesos del asesinato de las niñas de Alcácer. La acompañan el documental de naturalezaDehesa, del especialista Joaquín Gutiérrez Acha, Mi gran despedida, la despedida de soltera de Antonio Hens y Antonio Álamo, La maldición del guapo, del argentino Beda Docampo Feijóo (Francisco, el padre Jorge), Isaac, un reencuentro de Ángeles Hernández y David Matamoros, A stormy night, la sesión arcoiris de David Moragas y la serie hispano-finlandesa Paradise (Kosta).
Fotograma de ‘Lúa Vermella’, de Lois Patiño
En Zonazine, la parte más alternativa del Festival de Málaga 2020, encontramos también cuatro películas españolas: Lúa Vermella, de Lois Patiño, que estará en Málaga tras pasar por Berlín, Trenes que van al mar, de Hugo Obregón y Manuel Álvarez Diestro, que viaja por distintos lugares, La ofrenda, la vuelta a la ficción de Ventura Durall, y Las dos noches de ayer, de Gerard Vidal y Pau Cruanyes, que ya pasó por el pasado Festival de San Sebastián. Ninguna película de directoras españolas en esta sección.
Documentales: OpenArms, telepatía o Umbral
Si en otras partes del certamen se mantiene cierto equilibrio con las obras latinoamericanas, en la parte de documentales la presencia española se nota más en los pases especiales que en la Sección Oficial, con más obras extranjeras. En la parte a competición de documentales se puede destacar Cartas mojadas, de Paula Palacios, que retrata la crisis de refugiados vivida en el barco de salvamento OpenArms y El secreto del Dector Grinberg, de Ida Cuéllar, que cuenta la desparición del inventor de la telepatía.
Fotograma de ‘Cartas mojadas’, de Paula Palacios
Se podrá ver de forma especial otros documentales en el Festival de Málaga 2020, varios centrados en descubrir algunos personajes importantes de nuestra historia. Por ejemplo, en Anatomía de un dandy, que repasa la vida y obra de Francisco Umbral, La corte de Ana, un documental de Fernando Méndez Leite sobre Ana Belén, o Marcelino, el mejor payaso del mundo, una docu-ficción sobre Marcelino Orbás, el payaso español que dominó la escena a principios del siglo XX.
En plena psicosis colectiva por el coronavirus, se estrena una película española sobre una chica amenazada por los peligros que ha provocado una extraña enfermedad. Ni queriendo. Pero que la influencia de Wuhan no engañe: Cuerdas tiene más que ver con la lucha vital de 127 horas o El renacido que con el caos pandémico de REC. La primera película de José Luis Montesinos, pese a sus referencias y tintes de género de infectados/zombis, prefiere mantenerse líquida en una historia que se mueve en la tensa línea de la supervivencia física a las adversidades y de la superación dramática personal. Un arma de doble filo para el debut en largo de una de las figuras destacadas del profundo mundo del cortometraje español reciente.
Cuerdas, presentada y seleccionada en el pasado Festival de Sitges, gira casi exclusivamente en torno a Elena (Paula del Río), una joven que ha quedado postrada en una silla de ruedas tras un accidente de tráfico. Su padre (Miguel Ángel Jenner) busca encontrar un retiro temporal y pasar unos días juntos en su masía del campo. Pero el perro adiestrado para ayudarla, Atos, empieza a actuar de forma agresiva tras una mordedura y todo se empieza a torcer dentro de la casa. La protagonista deberá encontrar la forma de sobrevivir y salir de ahí.
Montesinos deja clara la apuesta: encerrar en un lugar a un omnipresente personaje con enormes dificultades de movilidad y la amenaza de un peligro costante. Este dispositivo, pese a sus piruetas y saltos mortales, crea situaciones de tensión convincentes, de cine físico con retos bien construidos en puesta en escena y selección de planos. Se siente la urgencia y el agobio de unos encuadres que depositan mucho de su efecto en el rostro de Paula del Río, el gran hallazgo de Cuerdas. La cámara se lanza sobre ella para salir bien de las acciones que plantea, y la actriz responde de sobra pese a la dificultad que implica sostener toda una señora película sin casi réplica.
Del Río también se esfuerza por encarnar los traumas personales y familiares que Yako Blesa y Montesinos han construido para su personaje desde el guion. Pero esa segunda jugada no funciona tan bien. Aunque el empeño de construir un personaje de tres dimensiones es loable, el arco de aprendizaje y superación de Elena no tiene mucho a donde agarrarse al haber planteado una situación tan determinada y restringida (la supervivencia a un peligro real dentro de cuatro paredes). La situación dramática inicial se establece de forma poco sutil y apresurada -seguramente precipitada por la falta de recursos-, y el resto se va sugiriendo y desarrollando con momentos oníricos que están poco integrados en esa primaria lucha por la vida.
Por muy bien que lo haga del Río, Cuerdas busca atacar por dos frentes y no le termina de salir: para que la primera ofensiva (la del thriller de supervivencia) tiene que tomar una serie de caminos que ponen muy difícil que funcione bien la segunda (el arco traumático de Elena). Y ahí Montesinos no ha ensamblado su habilidad para construir pruebas con un personaje dramáticamente complejo con el que identificarse. Esa era una escape room de género como director de la que era difícil salir. Estamos pues ante un debut con suficientes elementos para darle un voto de confianza, pero que sus limitaciones impiden volar más alto.
De entre los cinco nuevas películas que llegaron a las salas el pasado viernes, El plan ha apuntaba a ser el estreno más llamativo y, con los datos del pasado fin de semana (21-23 de febrero) en la mano, podemos confirmar que su rendimiento ha sido bueno. El debut de Polo Menárguez a partir de la obra de teatro de Ignasi Vidal ha recaudado 54.993 € con un total de 8.465 espectadores. Cifras muy discretas, pero que ganan en importancia sí consideramos que ha tenido una distribución limitada: 48 copias en otras tantas salas.
Es fijándonos en la media por copia donde encontramos el buen rendimiento del film de Polo Menárguez. Sus 1.146 € la sitúan como la cuarta película española con mejor registro en esta variable (cuarta si no contamos a la Trinchera infinita que solo fue exhibida en cuatro salas el pasado fin de semana). Su conocido reparto y el hecho presentar una reconocible situación de paro de largo duración sin duda han contribuido a este buen rendimiento.
Corazón ardiente vuelve a poner de manifiesto el buen rendimiento del cine religioso
La película religiosa de Andrés Garrigó y Antonio Cuadri que sigue las investigaciones de la escritora Lupe Valdés ha sido la película española con mejor media por copia del pasado fin de semana, con un registro de 1.603 €. Al igual que ha ocurrido con El plan, el reducido número de copias en circulación en su estreno –en este caso 43- ha hecho que los números totales no sean especialmente llamativos: 68.910 € de recaudación y 9.650 espectadores.
El interés del público por Corazón ardiente vuelve a poner de manifiesto el éxito del cine religioso en nuestro país. Un éxito relativo en lo que a cifras totales se refiere, ya que no suelen tener una amplia distribución, pero en cualquier caso destacable y que muestra que hay un público interesado en este tipo de producciones.
Adú y Hasta que la boda nos separe se mantienen entre lo más visto
En su cuarta y segunda semana respectivamente Adú y Hasta que la boda nos separe han sido las películas españolas más vistas y han cerrado el top 5 (cuarta y quinta posición respectivamente) de la cartelera. En un fin de semana más flojo que otros anteriores han presentado caídas del 42% en el caso de Adú y del 46% en el de Hasta que la boda nos separe, lo que indica que todavía les queda vida comercial por delante.
Este viernes llegarán tres nuevas películas a las salas: El doble más quince, de Mikel Rueda, Cuerdas, la ópera prima de José Luis Montesinos, y el documental El hombre que diseñó España, documental sobre la figura de José María Cruz Novillo dirigido por la periodista Andrea G. Bermejo y el guionista y director Miguel Larraya.
“Qué me va usted a contar, señorita”. Con esta redonda réplica de Julieta Serrano a un sorprendido José Luis López Vázquez se cierra Mi querida señorita. Una línea final que recuerda, por su fuerza, al desenlace de clásicos eternos como Casablanca o Con faldas y a lo loco (algo que también pensó el director George Cukor, director de la mítica Historias de Philadelphia). Mi querida señorita es, efectivamente, un clásico del cine, uno del que sin duda se puede decir esa frase un tanto manida y fácil de que se adelantó a su tiempo. Vista ahora, tiene más gracia y es más ajustado a su contexto calificarla como clásico improbable.
Adela es una señora en la cuarentena de un pequeño pueblo de provincias. Soltera y respetada en su comunidad, vive en compañía de su criada, Isabelita, con la que mantiene una buena relación lastrada por lo que puede parecer sobreprotección pero en realidad es otra cosa. Cuando un viejo amigo le propone matrimonio, decide enfrentarse a las dudas que la habían acompañado durante toda su vida y consultar a un médico. Cuando este efectivamente le confirma que es un hombre, decide reiniciar de nuevo su vida y mudarse a Madrid -la presentación que hace el director de Juan, mostrándolo de espaldas en numerosas ocasiones hasta que finalmente se ve reflejado en un espejo, es soberbia- donde volverá a encontrarse con Isabelita.
Es fácil imaginar el revuelo que una película así causó en la España de 1971. Con el franquismo agonizante pero todavía vigente -algo que se ve perfectamente en la propia película- la historia de un cambio de género no encontraba precisamente su clima más propicio. Y aun así fue un éxito, consiguiendo llevar a las salas a casi dos millones de personas y compitiendo por el Oscar a mejor película de habla no inglesa, que finalmente se llevó Luis Buñuel por El discreto encanto de la burguesía. Un éxito tan poco probable como la propia película.
Jaime de Armiñán, director y guionista de la película junto a José Luis Borau, da con la tecla no solo para contar esta peculiar historia sino, incluso más importante dadas las circunstancias, para hacerlo de una manera que no resultase sospechosa para la censura. La falta de estridencia y la absoluta sobriedad de la propuesta no solo permiten centrarse por completo en la dureza de la trama sino que directamente hicieron que la película fuera posible (una de las claves es que tanto Adela como Juan se comportan en todo momento como buenos ciudadanos).
Esta sutileza no hace, sin embargo, que no se encuentren los aspectos más desagradables de la sociedad del momento. Aunque la película se suela mover en ambientes soleados la oscuridad de la época es más que evidente. El reducido y poco relevante papel reservado a la mujer, la profunda represión y la férrea organización social hacen imposible una vida plena y auténtica, algo llevado el extremo para aquellas personas que no encajen en la normatividad social. Por más que se ensancharan las ciudades y se relajaran las costumbres, la libertad todavía quedaba lejos.
Uno de los aspectos decisivos del buen resultado de Mi querida señorita es su reparto. El papel principal requería de un actor de talla, y quién mejor que José Luis López Vázquez, identificado con el español medio por sus películas anteriores en las que había dejado prueba de su talento, para interpretarlo. El actor al principio se mostró reacio a involucrarse en el proyecto e incluso poco antes del rodaje estuvo cerca de abandonarlo, aunque finalmente, y por suerte, Jaime de Armiñán pudo contar con él. Flanqueándolo encontramos a una joven Julieta Serrano, maravillosa en la espontaneidad que otorga a Isabelita, y a una galería de secundarios de primer nivel como Chus Lampreave, Lola Gaos, Antonio Ferrandis y Mónica Randall.
Mi querida señorita es un clásico imprescindible del cine español que se adelantó a su época en los hechos que narra pero que, como ocurre con las grandes películas, es capaz de emocionar independientemente del contexto en el que se vea. La fuerza de las interpretaciones y la trama se impone con contundencia a puntuales momentos de tosquedad en la dirección hasta llegar a un desenlace redondo en el que cobran sentido todos los pequeños detalles que se habían ido mostrando. Una referencia imprescindible de nuestro cine que resulta incluso más potente ahora que en el momento en el que se estrenó.
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