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‘Cardo’ demuestra cómo ha cambiado el panorama de las series en España

La serie de Claudia Costafreda y Ana Rujas es diferente a cuanto se hace ahora mismo y a la vez un producto que estaba destinado al éxito en su nicho

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Atresmedia ha presentado Cardo, su nueva serie para la plataforma de pago AtresPLAYER, en el marco del Festival de San Sebastián. El artefacto llegaba con la vitola de producción de Los Javis aunque con sus creadoras Claudia Costafreda -directora y guionista- y Ana Rujas -guionista y protagonista- como reclamo. Una ocasión celebrada en los cines Príncipe y con olor a evento, aunque a evento localizado, y que demuestra cómo ha cambiado la forma de hacer series en general, la de lo que una vez llamamos solo Antena 3 en particular y las burbujas en las que las consumimos.

La presentación incluía un autobús desde Madrid con el equipo y prensa especializada. Es decir, prensa especializada no presente hasta estos momentos en Donostia -con excepciones como quien esto escribe y alguna más, por supuesto-. A efectos de comunicación, aunque fuese un evento en pleno corazón de San Sebastián y en una de sus sedes emblemáticas, Cardo ha sido paralela al Festival y no parte de él. A la vez, en el Kursaal tenía lugar la segunda proyección de La Fortuna, el producto de acabado irreprochable, el blockbuster sin mácula, la serie trazada con tiralíneas por un genio consagrado y oscarizado como Alejandro Amenábar, de moraleja constructiva y finísima sorna.

En la rueda de prensa posterior al visionado de los tres primeros episodios, Los Javis, Ambrossi y Calvo, valoraron su papel de productores como el de dar espacio a nuevas voces, «gastando las balas que nos dio Veneno«. Costafreda y Rujas agradecieron que les han permitido hacer «la serie que hemos querido, libertad total». José Antonio Antón, director adjunto de Contenidos de Atresmedia, valoró que con Cardo cumplen el objetivo de «hacer las series que no se estaban haciendo». Incluso la actriz Yolanda Ramos, que hace un cameo, afirmó que «aquí huele a revolución», comparando el momento con la irrupción de Pedro Almodovar en los 80.

Cardo, la serie collage

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Antes de seguir. Cardo, centrándonos en la serie en sí, está muy bien. Si es la revolución que parte de su elenco considera, lo dirá el tiempo, pero desde luego sus creadoras tienen razón en que es diferente. En que la misma historia, contada de otra manera, probablemente sería más plana, pero con su juego de collages, su estética entre el vintage, el meme y el cómic y su capacidad para no tomarse en serio a sí misma se siente diferente. Muy lejos, como apuntaban el propio Javier Calvo, de las series «que se parecen todas, con un Madrid de plástico».

Para empezar Cardo -con fecha de estreno por conocer- se pierde por el Carabanchel aún sin gentrificar -aunque en proceso- y lo saca feo. Sus jóvenes se drogan mucho, como es habitual en la ficción enfocada a ellos, pero no hay una búsqueda tanto de la redención como del sentido. No es una serie nihilista, pero se le da bien parecerlo. La protagonista, María, interpretada por Rujas, se hunde cada vez más en una espiral donde están presentes la mismísima Jo, qué noche, la reciente No matarás y, claro, por supuesto, Almodóvar. Cardo, en fin, consigue por fin «un Fleabag español» precisamente porque ni quiere ni le apetece parecerse a Fleabag.

Y todo ello es representativo del momento actual, dure lo que dure, de la ficción seriada patria. Hace no tanto tiempo relacionar a Atresmedia con las innovaciones más arriesgadas en televisión habría sonado, con todos los respetos, a broma. Ahora no, caracterizada por una estrategia de multipantalla que incluye productos exclusivos para su propia plataforma como Veneno, Luimelia o esta Cardo -quizás la futura La edad de la ira– sin dejar de cebar nostalgia –Los Protegidos, que era Héroes, Los hombres de Paco, que era parodiar lo de fuera y el astracán, ya solo falta El Barco, su propia Perdidos– y lo de siempre pero mejor hecho –La cocinera de Castamar, Deudas-.

Quizás la revolución de Los Javis, Costafreda y Rujas lo es, pero en su nicho y un poco menos de lo esperado. La misma puya que ellos lanzaban al «Madrid de plástico» la tuvo Abril Zamora en la presentación de contenidos originales de HBO Max en el Kursaal hace menos de una semana, en doble referencia velada, vamos a atrevernos a decir, a Valeria y similares. Netflix es el nuevo contenido por defecto, y no las series de nuestras cadenas patrias. Y eso ha provocado un corrimiento de tierra en el que Atresmedia, nadando y guardando la ropa sin descuidar ningún sector, pare series como Cardo.

Todos somos la revolución de alguien

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Y aún así, Los Javis son usados inmisericordemente por la prensa -nosotros- en busca de clickbait o SEO -hay que comer- y Ana Rujas, a la que aquellos descubrieron en La mujer más fea del mundo, llega hasta aquí por la vía de emanciparse de la pesada etiqueta de influencer. En su mundo, que no en el del Festival donde han presentado Cardo ni donde se reparten ciertos premios, Ambrossi, Calvo, Costafreda o Rujas son el mainstream. Algo que no es ni bueno ni malo, simplemente es.

Además la pelea por «el público joven», o lo que es lo mismo, por la influencia y los clientes futuros, es eterna. En este San Sebastián se da como favorita a la Concha de Oro a Quién lo impide, el artefacto sobre los adolescente de hoy, o al menos de los que han tenido acceso desde la película, de Jonás Trueba. Hace unos días, con aspiraciones más modestas, también tenía su premiere la serie de EiTB Irabazi arte, que cuenta la creación de un equipo de fútbol femenino cadete en un pueblo pequeño de Euskadi.

Cardo, desde luego, es bienvenida al actual panorama audiovisual español, aunque no esté claro si su público potencial no es el que parece -porque no puede pagarse una suscripción y estará viendo gratis en YouTube las series de PlayZ o porque, si es del perfil de la protagonista, solo tiene Netflix y con contraseña prestada- o su propósito, más allá de permitir a sus creadoras desarrollar su talento, es crear marca, algo perfectamente legítimo. Se le atribuye a Paul Gauguin la frase «el arte es plagio o es revolución». Javier Ambrossi citaba hoy a Anton Ego, el crítico culinario de la Ratatouille de Pixar: «El deber del crítico es dejar pasar a lo nuevo».

Por supuesto, todo tiene sus peligros. Por ejemplo, que para huir del estigma de Malasaña se salte a un Carabanchel que hace tiempo que no es el de Manolito Gafotas y que ilustra una vida intelectual «madrileña» que considera poco menos que una hazaña salir de la M-30, esa carretera que el 90 por ciento de España no utiliza pero de la que escucha hablar a menudo. Con la amenaza de que en los anteriormente conocidos como bares de barrio aparezcan ofertas de brunch, errejonistas presumiendo de deconstruidos ante sus alumnas, grupos de consumo en los que participan familias que tienen tres coches y donde es muy trendy «ser de calle». En ese caso es que la siguiente revolución ya hace falta antes de que haya empezado la anterior.

Imágenes: Presentación de Cardo en San Sebastián – Atresmedia.

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