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Seis días corrientes: Éticas y épicas del cine social

La película de Neus Ballús rompe con la tradición de cierto cine social español y se desmarca con una comedia que encierra más ideas y menos lecciones para todos

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Pep, fontanero y electricista, se jubila. Por eso su empresa prueba un posible sustituto: Moha, un joven que tendrá que aprender la dinámica del oficio y acompañar a su compañero Valero en las reparaciones. Seis días corrientes (Sis dies corrents) cuenta la historia de las seis primeras jornadas de trabajo de Moha junto a Valero y Pep en Barcelona, con todo tipo de visitas. Así se construye esta comedia social de Neus Ballús (La plaga, El viaje de Marta), que ficcionaliza la realidad para contar esta historia de lo cotidiano.

La película se centra en el trío de trabajadores antes, durante y después de estas seis jornadas laborales. Les vemos entrar en casas para hacer reparaciones y también vemos sus vidas por separado. Incluso intuimos las de otros, como ellos, que asoman desde ventanas y terrazas. Con estas situaciones y, especialmente, la relación entre ellos tres, Ballús habla de desigualdades o de racismo pero también de solidaridad, planteándolo todo desde la sencillez y un ligero tono de humor.

La sencillez y la ética de la no ficción

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La propuesta parece simple pero no lo es: es la síntesis de años de trabajo. Es el tiempo que ha hecho falta para encontrar esta historia a partir de la vida real en los barrios de Barcelona. Para empezar, para encontrar a los propios Valero, Pep y Moha, que se interpretan a ellos mismos. Ellos son la punta de lanza del deseo de esta película por relacionarse con la realidad de la forma más orgánica posible. En Seis días corrientes todo se ha establecido como farsa a partir de lo que sí ocurre. Desde ahí se han moldeado sus ideas y su guión.

La película de Ballús es el ejemplo más camuflado, por sintético y bien empastado, de esta «ética de la no ficción» que se ha desarrollado en el cine español reciente. Como han hecho este año, de diferentes formas y lados de la orilla, Quién lo impide, Destello bravío, La última primavera, Sedimentos o La Mami, Seis días corrientes arranca desde un gran respeto por lo que quiere filmar, incorporando en el proceso a sus protagonistas, que son al mismo tiempo sujetos y objetos activos del proceso de retratarse a sí mismos.

Aunque en las aventuras de Moha, Valero y Pep es con un planteamiento mucho más ficticio, esta película asienta prácticas sanas de relacionarse con lo real en el audiovisual, en un camino que terminó de influir Isaki Lacuesta en el díptico de La leyenda del tiempo (2006) y Entre dos aguas (2018). Ballús destierra la mitificada práctica cinematográfica de extraer lo que se necesita para tus propios intereses como un dementor, sin importar elr esto. Lo hace por convicciones morales (al registrar ya tocas las vidas de personas de carne y hueso) y cinematográficas, contagiándolo todo.

Seis días corrientes, reconocerse unos a otros

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Toda esta relación de la película con la realidad no la tiene por qué conocer nadie ni antes ni después de verla. De hecho, uno de sus grandes logros es que podría no notarse que Moha, Valero y Pep son efectivamente Moha, Valero y Pep. Las hechuras son de producción de ficción convencional. Pero, aunque no se sepa, esa realidad se desprende. La gran cantidad de detalles e intangibles que incorpora el hecho de que exista este vínculo con lo real la enriquecen sin que se note, la hacen más tierna y amarga.

Parece pequeña o anecdótica, pero Seis días corrientes transpira, y transpira de verdad. Así es como combina ser muy graciosa cuando quiere ser muy graciosa y tocar al mismo tiempo el subtexto social. Al contar con estos protagonistas tan de carne y hueso se le permite hablar de racismo, desigualdad o incomunicación masculina desde una mirada más horizontal y destensada, por no tener ese juicio desde arriba o construido desde el seno de la industria. Una buena mezcla entre ligereza de tonos y seriedad de temas.

Con el respeto a esta «ética de la no ficción» y la capacidad para mezclarla en las hechuras de la ficción clásica, Ballús rompe también con la tradición de cierto cine social español naturalista, preocupado por mostraer la gravedad de los hechos o en establecer moralejas, y se desmarca con una comedia que encierra más ideas y menos lecciones para todos. Al final de Seis días corrientes, tal y como pasaba en Entre dos aguas, reconocemos que la esperanza está en la solidaridad -entre diferentes y en el fondo iguales-, en el reconocerse unos a otros.

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