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Quién lo impide: ¿Qué dice la juventud?

Una gran película que busca el retrato generacional más como experiencia que como documento histórico

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Las ideas y experiencias de un grupo de jóvenes durante 5 años son estimuladas, puestas en común y reinterpretadas por el cineasta Jonás Trueba (La reconquista, La virgen de agosto). Es uno de los tantos resumenes posibles de este reto cinematográfico, instintivo y sobre la marcha, que ahora se ha convertido en la película Quién lo impide. Fuera del eje realidad-ficción, presenta las inquietudes y vivencias de estos chicos a lo largo de 220 minutos, convertidos aquí en una auténtica experiencia cinematográfica.

Sobre el retrato

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Complicada de explicar pero también muy etiquetable, la valoración de Quién lo impide va a orbitar en torno al concepto de «retrato generacional». Hablaremos de ella en función de qué dice sobre nuestros jóvenes, cuál es su discurso sociológico general o las ideas que nos hacemos sobre los zeta, aquellos que se hicieron mayores entre dos crisis. Es parte del origen del proyecto, una aspiración general a la que todos nos queremos unir para poder trascender en un titular o una conversación.

Lo más interesante del planteamiento de la película es que promueve y a la vez niega esa lectura representativa. Trueba lo hace mezclando distintos formatos y cediéndoles la palabra a los propios chicos, que son los que deciden la manera y hasta donde quieren ser representados. Un protagonismo del diálogo que te introduce más en cómo piensan los jóvenes que en qué piensan los jóvenes, sin aspirar del todo a un discurso social o histórico inaccesible.

El director parece consciente de que el resultado de un proceso cinematográfico en continua construcción como el de Quién lo impide, que ha ido mutando a lo largo del tiempo, iba a ser contradictorio. En su ambición y humilidad, pero también en sus aspiraciones individuales y las colectivas. El pretender llegar a un «estado de la cuestión» escogiendo sesgadamente a una serie de chicos era imposible y Trueba deja claro que lo sabe, que no van por ahí los verdaderos tiros.

El principio de la película es una declaración de intenciones en ese sentido. El cineasta se sienta junto a varios de los protagonistas en un parque -como hizo Jean Rouch en La piramide humana (1961)- y les plantea crear situaciones y conflictos ficticios entre ellos para poder tratarlos luego con unos mediadores. Trueba filma todo este proceso completo. Lo hace para decirnos que lo que veremos será lo que pasa pero también lo que en realidad no pasa, lo que construimos como ficción y lo que es de verdad. Y la mezcla de todo ello será la experiencia de Quién lo impide.

Sobre la experiencia

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El hilo central de la película, el que la cohesiona por dentro y la eleva, es uno más bien emocional, de experiencia compartida. El esfuerzo y la intención no están tanto en explicar el mundo de los jóvenes, sino más bien en que consigas dejar de verlo desde tus ojos para entrar en los suyos. Quién lo impide quiere llevarte a ese momento y que sientas esa misma inocencia, inseguridad, excitación o rebeldía.

El camino es tan evidente y explícito desde el principio que criticar el idealismo, romantización o incluso la desideologización de «la juventud» en esta película resulta un poco absurdo. Lo es aún más si se entiende que esto es una película de Jonás Trueba y no El año del descubrimiento, con unos preceptos muy distintos. El cine del director, con un toque indolente pero también sensible y poético, está aquí más seguro y tierno que nunca. Geniales en ese sentido son las partes tanto del viaje de fin de curso, liderada por Pablo Hoyos, como de la historia de amor entre Candela Recio y Silvio Aguilar.

Será esta voluntad resistente a los tiempos y su candor contagioso lo que recordaremos de Quién lo impide. La pensaremos más por su acercamiento abierto, por su experimento sobre las emociones de una etapa sin mapa, que por ser un documento generacional de un momento concreto. No es tanto esa foto tuya con 16 años como lo que sientes cada vez que la ves. Al final, nos quedarán las sensaciones de aquella película en la que cine y vida adolescente se perseguían.

1 Comentario. Dejar nuevo

  • Esta cinta me ha conquistado. A ver, voy a confesar que Jonás Trueba ya me tenía ganado (especialmente con «La reconquista» y «La virgen de agosto», aunque otros de sus trabajos también me despiertan simpatías) y que la temática me resultaba ya atractiva de por sí y me tocaba de cerca… pero a veces el tener espectativas altas puede dar lugar a grandes decepciones y, en esta ocasión, la película ha cumplido con creces lo que podía esperar de ella. Después de verla y ver la gran cantidad de metraje que hay de ficción y de «recreación» de situaciones, entiendo mejor el premio al reparto que consiguió en el Festival de San Sebastián. Uno de los aspectos de esta cinta que, en mi opinión, no ha sido lo suficientemente comentado, es su original tratamiento del sonido, con escenas que superponen el sonido natural de la escena que acontece, la voz en off de uno de los personajes que aparecen y, sobre esta, como describiendo un «relato marco», la voz de otro narrador que nos explica la situación desde la distancia y la aparente objetividad de narrar en tercera persona. La fotografía también está cuidadísima, aprovechando bien las partes de ficción para que la cinta respire, pero también con un buen tratamiento de enfoques y desenfoques que evitan habilmente el hastío que pueden llegar a producir documentales de «gente que habla» y, además, por si esto fuera poco, aprovecha estos pequeños «trucos» para hilar esos relatos de ficción que hilvanan este trabajo.

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