CríticasPelículas españolasPelículas españolas 2021Películas españolas en cines

La última primavera: Vuelve el cine español más social

Sin respuestas fáciles a los problemas que plantea.

Isabel Lamberti, directora con ascendencia holandesa y española, estrena su primer largometraje, La última primavera (2020), tras haber rodado en 2015 el cortometraje Volando voy (2015), del que parte la historia que ahora nos ocupa. En aquella contaba la historia de dos hermanos (David y Jesús Gabarre) que vivían aislados del núcleo de la sociedad y que tenían que recorrer un extenso camino para llegar al colegio, metáfora de la mencionada desconexión con el entorno. Ahora, Lamberti vuelve a filmar a los citados protagonistas de aquel cortometraje, integrándolos dentro de un mosaico todavía mayor en el que la práctica totalidad de la familia Gabarre Mendoza tiene cabida. 



Siguiendo los pasos de otras cintas españolas contemporáneas como las realizadas por Isaki Lacuesta sobre Isra y Cheíto en tierras gaditanas con La leyenda del tiempo (2006) y su “continuación” Entre dos aguas (2018), La última primavera narra, con un estilo próximo al documental, los avatares de una familia gitana que tiene que dejar su hogar en la Cañada Real ante una orden de desalojo.

Lo que durante varios años únicamente habían sido avisos por parte de las autoridades mientras los Gabarre echaban raíces en el lugar y hacían suya la parcela que habían encontrado para vivir, se convierte en una realidad inminente al ser nuevamente notificados por la policía el mismo día en el que el nieto de David, cabeza del grupo, cumple tres años. A partir de este momento, la cámara nos va mostrando el discurrir de las vidas de todos los miembros de la familia y cómo se van preparando para dejar la única casa que han conocido en lo que será la última primavera que pasen en el lugar.

 

La última primavera en la tradición del cine español

Ya desde las primeras obras de nuestro cine, los desheredados han sido protagonistas de muchas de las películas españolas de realizadores de referencia, como Luis Buñuel con Las hurdes (Tierra sin pan) (1933) o el debut de Carlos Saura con Los golfos (1959), amén de toda una corriente de cine “quinqui” que pone de manifiesto el marcado carácter social de nuestra cinematografía, emparentada en este sentido con contextos próximos como el italiano.

En el caso de Isabel Lamberti, nos encontramos con otro estreno en el largometraje que opta por dar voz a los que no la tienen, a los humildes que sin el interés de este tipo de artistas no podrían contar su historia, o al menos no con la “verdad” que desprenden las imágenes de estas iniciativas en las que, pese a existir una serie de pautas que constituyen un guión, se da una gran importancia a la improvisación y a la proyección de vidas próximas a las situaciones reales de los integrantes del cast



Tal y como ocurría con la mencionada Entre dos aguas, la cámara se introduce en una situación con estructura dramática (elemento catalizador de la acción a partir de la notificación de la policía, desarrollada desde la incredulidad hasta el desalojo de vecinos que aumentan la presión y posterior conclusión) pero en la que el espectador no llega a saber si lo que se está viendo pertenece al pacto de la ficción o a la espontaneidad de la veracidad propia del documental.

Tiene un gran mérito tanto el desempeño de los actores, los cuales no tienen ninguna experiencia profesional (por mucho que estén retratando sus propios vivencias) como todo el trabajo “invisible” por parte de la directora y el equipo de rodaje por aproximarse a este núcleo familiar de la forma menos intrusiva posible y hacer sentir al espectador que la cámara es un personaje más del entorno. 

Pese a retratar las miserias que corren los protagonistas, La última primavera huye acertadamente desde su planteamiento de la explotación del drama “de los otros” (ya que Lamberti viene de un entorno externo), respetando en todo momento a los miembros que relata y contando la historia desde dentro con una sensibilidad llevada al milímetro. Hablando además de una zona tan “conocida” como la Cañada Real por su actualidad conflictiva y los reportajes televisivos morbosos, el cambio de tercio de la directora se agradece.

 

La última primavera no juzga ni da respuestas

Además, y en contraposición a otros relatos próximos por contexto al que nos ocupa como la exitosa Carmen y Lola (2018), La última primavera no intenta construir una realidad extraordinaria para expresar una tesis (en el caso mencionado que “el amor no entiende de género”, por ejemplo), sino que trata de interferir lo menos posible en la cotidianidad por mucho que se sigan unas leves líneas marcadas a la hora de filmar a los personajes. 

Por último, cabe destacar el canto a las nuevas generaciones que realiza la cinta, encarnadas especialmente por el pequeño con el que se abre el primer plano de la película y por los dos amigos pre adolescentes que, de forma simultánea a los adultos que venden chatarra, rebuscan en los restos de la sociedad para jugar… durante el tiempo que les queda para ello antes de tener otro tipo de obligaciones.

Películas como La hija de un ladrón (2019) o la ya citada producción de Isaki Lacuesta ponían también el acento en el futuro que les espera a aquellos que se ven abocados a vivir en estas situaciones y que todavía tienen un largo recorrido por delante. Aún así, La última primavera no es una película que tenga por objeto dar ninguna respuesta, sino que ofrece de forma expositiva una narración bastante conseguida a la hora de mostrar las tribulaciones cotidianas de una familia que deja una nueva muesca en el retrato más social del cine español. 

 

Jorge Dolz (@J_Dolz)

Menú