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Críticas

Los mejores años de nuestra vida: La edad está en el montaje

Charlie Arnaiz y Alberto Ortega vuelven a dar una lección de fusionar forma y carácter de los protagonistas en un documental biográfico, pero lastrados por una historia inofensiva y una segunda parte incapaz de alcanzar la excelencia de la primera
Crítica de 'Los mejores años de nuestra vida', documental de Hombres G

Los mejores años de nuestra vida es la historia de la banda pop-rock Hombres G, contada desde la perspectiva actual con más de 40 años a sus espaldas, pero con especial atención a su nacimiento y eclosión como fenómeno español y luego latinoamericano en los años 80 del siglo pasado. El documental se divide entre una primera parte dedicada a esa etapa de éxito inicial, siendo sus protagonistas muy jóvenes, y una segunda sobre la disolución del grupo y posterior reencuentro a partir de 2002.

Que no quede ni un hito musical de los 80 y/o 90 sin revivir. Como en el caso de Flores para Antonio (2025), de Isaki Lacuesta y Elena Molina, una película de Movistar Plus+ que va a cines en primer lugar. Esta la firman Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, los directores de biopics documentales por defecto del audiovisual español actual —Waldo (2024), Supergarcía (2023), Anatomía de un dandy (2020)—, quienes vuelven a ocuparse de un biografiado vivo, con la novedad de que esta vez son cuatro y que la historia trata más sobre la relación entre ellos que contar una trayectoria musical al uso, aunque ese elemento también se encuentre.

Lo malo de biografiar a alguien que sigue vivo y en una película que asume estar dirigida a fans (aunque accesible), es que se tiende a edulcorar el conflicto y se idealiza lo bueno. Como Hombres G no es que tenga grandes polémicas y su historia de separación y amistades «rotas» tiene un final feliz, aquí no parece especialmente grave. Con todo, no es lo más interesante de Los mejores años de nuestra vida, sino como Arnaiz y Ortega, una vez más, fusionan forma, contenido y carácter de los protagonistas.

Hombres G: Into de G-Verse

<strong>Los mejores años de nuestra vida</strong>: La edad está en el montaje 1
Hombres G en los años 80.

Los mejores años de nuestra vida empieza a tope de revoluciones, como si en lugar de los directores de la reflexiva y pausada Waldo le hubiesen dado esto al equipo de Spider-Man: Into the Spider-Verse (2018). No hay un plano que aguante más de cinco segundos, el montaje no da tregua mezclando testimonios con fotos de archivo más recortes de la época y animaciones —a partir de los dibujos de los diarios David Summer— y recursos de todo tipo, desde la pantalla partida a meter un vídeo doméstico de mala calidad y dejarlo tal cual.

Los siete años locos, desde el éxito de 1985 a la separación de 1992, son un no parar de estímulos visuales que funcionan al mismo tiempo por episodios claramente delimitados —que si la crítica desfavorable, que si las adolescentes, que si los punkis que quedaban a tirarles piedras, ríase usted de los haters de Twitter— y cronológico. La naturalidad de esa evolución, enlazando cada bloque de ideas con una declaración de uno de los cuatro músicos que cierra el anterior, desvela un trabajo minucioso.

Tantas decisiones de estilo tan adecuadas que hacen que se te olvide como Los mejores años de nuestra vida prescinde de cualquier análisis de la industria de la época —al contrario que, por ejemplo, Héroes: silencio y rock&roll (2021)— o la extracción social de los protagonistas —Summers y Javier Molina se conocían de ser compañeros de clase en un centro privado, solo Rafa Muñoz es de origen obrero— y lo que esta cuenta de un Madrid y una España interclasistas y horizontales que ya no existen…

También en esta primera parte es notable también la influencia de la figura de Manuel Summers, una fuerza de la naturaleza, una turbina de creatividad que contagió a su familia de ese impulso constante. Director de la película ¡Sufre, mamón! (1987) protagonizada por el grupo en su momento de mayor éxito como ídolos juveniles, su muerte sumió en una depresión a su hijo David y en parte influyó la disolución del grupo en 1992.

Los mejores años de nuestra vida y nuestro montaje

Hombres G en la actualidad. ©Ana Tardaguila
Hombres G en la actualidad. ©Ana Tardaguila

En la segunda parte, cuando llega la separación, con las depresiones de David y Javier, el documental frena. Es otra decisión de estilo, e incluso se elimina la banda sonora constante de éxitos del grupo durante algunos minutos. El archivo se ralentiza, los primeros planos aguantan más tiempo. Luego empieza a acelerar en el reencuentro de 2002, y ahí retoma el ritmo alegre de la primera parte, pero sin tanto derroche, más sostenido, encarnando la madurez disfrutona y serena de sus protagonistas.

El tradicional mimetismo entre personaje y estilo de Arnaiz y Ortega ha alcanzado con Los mejores años de nuestra vida un nuevo grado de excelencia. Su gran problema es quefunciona tan bien que agota: la primera parte es una ametralladora a tope de revoluciones, y el frenazo, intencionado y temáticamente adecuado, es demasiado. Desconecta. Cuando llegan a la primera gira por América Latina a finales de los 80, uno está tan agotado que ni la irrupción de Juan Y Medio, antiguo road manager del grupo, lo saca del estupor.

Por otro lado, la historia no es nada del otro jueves. Se agradece que no estemos ante cuatro famosos cargados de soberbia, sino unos señores ya de cierta edad satisfechos con su vida y su amistad, un poco pijos pero sin resultar chulescos, que disfrutan enormemente de la música. Es posible que le dé más mérito a todo el derroche formal, como esos grafismos que evolucionan según la década, de los collage punk ochenteros al horterismo de la SuperPOP en los 90 o la ahora retro estética original de internet.

Recogiendo los polvos pica-pica: Los mejores años de nuestra vida es una de esas veces que la forma es tan buena que se come al contenido e incluso lastra la parte final del metraje por resultar imposible aguantar el nivel del arranque. Por otro lado, cumple en darle a los fans de Hombres G un homenaje a toda su historia, y al que desconozca todo del grupo salvo los estribillos famosos le dejará un vistazo suficiente para, al menos, entenderlos.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.