Críticas
Gracias, equipo: Somos recursos y tenemos seres humanos

Stills: ©Lucia Faraig/Netflix / Montaje: ©Cine con Ñ
Gracias, equipo es la historia de trabajadores de Tío Mochales, una gran empresa dedicada a la venta de quesos españoles, pero que últimamente anda de capa caída. Un team building se llevará a toda la plantilla de retiro rural con sorpresa: se viene una gran fusión, conllevará despidos y el que no se las apañe bien estas jornadas igual acaba de patitas en la calle. Aquí empezarán los problemas: la que acaba de volver de la baja de maternidad contra el que sueña con prejubilarse, el que aspira a jefazo y oculta que se ha liado con un subordinado… Han comenzado los juegos del hambre y solo puede quedar uno.
Gracias, equipo tiene una base de fábula norteamericana de las de sentirse bien después con la propia vida, porque deja claro que la conclusión final va a ser que no hay que entregarse tanto al trabajo, sino más a la familia en todas sus variantes… pero la recubre una capa de sana mala leche ibérica por encima muy de agradecer. Es una sátira laboral con ambición de poder leerse como una crítica social bastante más amplia —y sin medias tintas, que se apunta de abajo para arriba, nunca al revés—. Una pena que esta comedia no tenga la oportunidad de pasar por salas para que hablemos más de ella. En cualquier caso, está claro que algo tiene el agua cuando Netflix la bendice.
Cristóbal Garrido y Adolfo Valor escriben su tercer largometraje para la Gran N Roja tras Amor de madre (2022) y Eres tú (2023). Aquí los han juntado con el cineasta argentino Diego Núñez Irigoyen, con el que ya trabajaron en La vida breve (2025) para Movistar Plus y que presenta credenciales cómicas con esa genialidad llamada División Palermo (2023-2025). El reparto también es muy Netflix, con Alexandra Jiménez o Raúl Tejón, más Maribel Verdú, un Pedro Casablanc que clave su papel del veterano y Blanca Martínez en ese personaje muy de Garrido&Valor que parece que está ahí de fondo y es casi instrumental pero acaba siendo la clave de toda la movida.
Gracias, equipo: conciliación contra prejubilados

No me entiendan mal, con lo de que se apunta de abajo hacia arriba hablo de que no se responsabiliza a nadie de cuestiones que escapan a su control, que suele ser un clásico de las fábulas de ‘empréndete a ti mismo’ gringas. Pero aquí no se libra nadie: más o menos todos los protagonistas son un poco miserables, aunque tengan motivos comprensibles para hacer lo que hacen. La madre reciente que lucha por recuperar su puesto parece un topicazo como heroína, pero se acabará revelando tan imbécil como el resto. Quizás se podría haber subrayado que el jefecillo gay es tan señoro como su homólogo hetero más mayor al que califica de como tal, pero bueno, se entiende.
La base de Gracias, equipo, es que todos estos enfrentamientos serían igual de grotescos dentro de un juego de tronos cañí dentro de la oficina, pero convertirlos en personas disfrazadas, literalmente, de peones sacrificables en un ajedrez humano hace explícita la crueldad y la exigencia de la pérdida del respeto por uno mismo que conllevan determinados procesos de selección. Es una versión que le quita a propósito toda la sofisticación a El método (2005) o de sátiras tan estetizadas que se pierde su propósito, tipo Mad Men (2007-2015). Aquí las putaditas miserables de oficina se ven como patéticas porque es lo que son, aunque los trajes a medida las disfracen.
Por el camino reciben todos: los sindicatos y los trabajadores que no se sindican y por eso acaban como acaban —y en dos líneas apenas—; los gobiernos que no diseñan ayudas pensadas para la economía real y los «emprendedores» jetas que dicen que querían crear empleo y hacer feliz a la gente pero a la mínima lo venden todo a un fondo de inversión y que os la pique un pollo… Por recibir, recibe hasta el esquema clásico de peli de tarde yanqui, y se nos ponen por delante un par de «finales felices» clásicos, para luego desmontarlos con chiste con crítica social de remate. Quizás no es la comedia más brillante, pero es la que le vendría bien a tu comité de empresa.
Gracias, equipo: hechos a sí mismos

Luego Gracias, equipo se recubre con sus cosas: el nombre de la empresa suena a Bruguera sin vergüenza, el cameo de Saturnino García es una barrabasada que arranca carcajadas en cada diálogo… Las subtramas tampoco dejan títere con cabeza, aunque te agarren de la pechera para explicarte lo que significan. Un ejemplo es el marido del personaje de Jiménez, el típico padre superado por cambiar pañales. Otro, el novio del personaje de Tejón, que le deja clarísimo que el despido no es una «crisistunidad» para todo el mundo, depende del estatus del que partas. Y de la separación entre la presunta actividad de la empresa —el queso— y lo que hacen los curritos, ya ni hablamos.
La solución a todo el tinglado, por cierto, viene también con tirabuzón. Ojo, spoilers a partir de aquí y hasta final de este párrafo. El personaje de Casablanc, a punto de jubilarse, tiene una frase recurrente sobre qué es mejor, si un sueldo francés o un despido español. Se acaba librando por la prejubilación, pero la salvación de la empresa viene de la mano de que los franceses tienen una legislación mucho más protectora con el trabajador que la española, fortaleza de sus sindicatos mediante. Que además todo haya sido un plan urdido en la sombra por la de Recursos Humanos, cuya amabilidad y prudencia se revelan como carácter y no debilidad, es ya el lacito.
En fin, que Gracias, equipo, se disfraza de matraca feel-good ultracapitalista para retratar sus miserias sin piedad y luego soltarte, a la somarda, una moraleja sindical —cosa lógica, con lo movilizados que andan siempre los guionistas españoles—. Tiene piedad con sus protagonistas porque sabe que, en el fondo, tampoco tienen la culpa de nada. Se puede ver como una comedia un poco cafre para pasar el rato, pero también la puedes poner en una reunión del café de los martes, y preguntarte si el dolor de espalda te lo quita antes un sindicato que el fisio.


Jose A. Cano