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Las series de «la España de las piscinas»

‘Todos mienten’ se ríe de ellas, pero es una más de las series de urbanizaciones de adosados. Empezaron con ‘Médico de familia’ y llegan hasta ‘El inocente’. Y ellas dicen que no tienen ideología

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En el ensayo La España de las piscinas el periodista y escritor Jorge Dioni López se atreve con una teoría sobre los Programas de Actuación Urbanística (PAU), padres del modelo de «ciudad dispersa» reinante en regiones como la Comunidad de Madrid. Las urbanizaciones de lo que antes llamábamos «adosados», con sus propios servicios -privados-, su colegio concertado de uniforme a la británica y aisladas del mundo y la plebe, espacios autocontenidos con la ilusión de la autosuficiencia, no-lugares en el sentido estricto, ya que tienden a la uniformidad y la ausencia de características identitarias propias más allá de cierto folclore.

Exacto. Como series de Netflix.

El pasado fin de semana se estrenaba en Movistar+ una serie de «España de las piscinas» 100%, en sentido estricto y de forma explícita: Todos mienten. Creada, escrita y dirigida por Pau Freixas, el propio autor la definía como un «trampantojo» en el que la historia jugaba con nuestras percepciones como pública, desde las expectativas a cómo se suele representar el abuso sexual cuando en una relación docente-estudiante la adulta es una mujer y el menor un varón hasta la manera en la que se digieren las relaciones personales de los personajes.

A pesar de las interpretaciones que hemos algunos desde la crítica, Freixas asegura que no pretendía hacer una crítica social de clase. Quizás el problema es que, una vez propuesto el texto, queda fuera del control de su creador. Aunque el filtro de estar suscrito a Movistar+ sea relevante, parece bastante difícil que tanto crítica como público no lo leamos como una burla de un determinado estilo de vida. E incluso una parodia de un tipo de series, adjunta al mismo. Las series de la España de las piscinas.

La casa de Valeria nos molesta, pero no el chalet de El Inocente

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‘El inocente’.

La ideología que según López se deduce del PAU es el «sálvese quién pueda», pero en un sentido individualista y aséptico, más neoliberal que liberal puro. Con cierto sesgo por su parte, en el libro ha asociado dicho espectro al auge de Ciudadanos y, posteriormente, a la victoria de Isabel Díaz Ayuso en Madrid. Es un estilo de vida que pretende existir descontextualizado y que se dice sin ideología, por sí mismo. Porque es cómodo y regala el ego de quien lo utiliza. Exacto. Como esas series.

En las polémicas tuiteras alrededor de productos como Valeria o Todo lo otro se critica que los pisos en los que viven sus protagonistas no son realistas respecto a la experiencia del público real que malvive en los centros de las grandes ciudades, pero nadie se plantea la pertinencia de los barrios donde llora sus dramas de clase alta El inocente de Mario Casas. El thriller, con perdón, «pijo», es un género en sí mismo tan invisible que más allá de algún «los ricos también lloran» nadie se plantea la pertinencia intensa de los giros de guión impactantes y las subramas vagamente sexuales.

He puesto el ejemplo de Netflix porque en el acerbo popular se ha convertido en sinónimo del estándar de la ficción, pero las comedias de Movistar+ no se quedan demasiado lejos, con Supernormal o Nasdrovia como la cumbre de un estilo que finge reírse de esa misma burguesía mientras le hace la ola a todos sus tópicos autoindulgentes. Igualmente los productos de Atresmedia tienden a analizar las opresiones por barrios: nos preocupa que seas LGTBI, pero no que seas pobre, así que en #Luimelia podemos convertir la publicidad sobre «okupaciones» de las aseguradoras en parte del argumento.

Hablamos al final de productos culturales que explícitamente quieren ignorar su dimensión ideológica o de promoción de determinados modelos de vida, además de la desigualdad, con la excusa de ser simple evasión, aunque existan otros de entretenimiento puro y duro que lo utilizan como un vector, desde las series de los hermanos Caballero como La que se avecina o El pueblo hasta el humor gamberro de Grasa y Deudas. Eso sí, está comprobado que la comedia, con eso de las risas, tiene permitida mucha más libertad de acción para señalar que el emperador igual va a coger frío tan destapado.

El día que Médico de Familia acabó con Farmacia de Guardia

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Antonio Mercero junto a su grey en ‘Farmacia de guardia’.

No es literal, ni siquiera se emitían en el mismo día de la semana, e incluso había buen rollo entre producciones, de manera que Emilio Aragón hizo un cameo en el capítulo final de la serie de Antonio Mercero. Pero el final de una y el comienzo de la otra, coincidentes en 1995, justo un año antes del primer gobierno de José María Aznar, cambiaron el modelo de ficción familiar, dominante en el prime time español durante más de 20 años hasta que el streaming y la tecnología nos separaron en muchas pantallas pequeñitas.

Farmacia de Guardia duraba 30 minutos, tenía estructura, ritmo y hasta dicción teatrales, todos los decorados en un mismo set, argumentos que reflejaban los temas sociales del momento con un tono amable y coralidad «de barrio». Médico de Familia ya pasaba a 50 minutos por episodio, se emitía más tarde aunque su target era el mismo, la realización era más puramente televisiva y hasta tenía algunos exteriores -sin pasarse- y los temas «de actualidad» seguían ahí -salud mental o inclusión, sin ir más lejos- pero algo más disueltos.

En su momento algún análisis señaló la gran virtud de la serie del doctor Martín no tanto como «gustar a todos» sino como «no enfadar a nadie», en ejemplo máximo de transversalidad. No es que nacieran con ella los desayunos repletos de emplazamiento de producto, las subtramas de abuelo y nieto para enganchar a toda la familia o el análisis de audiencias nivel «señora de Murcia/Cuenca», pero sí se convirtieron en la fórmula del éxito, es decir, en la hegemonía.

El contraste con Mercero era mayor en otras cuestiones discursivas. Por ejemplo, frente al viudo doliente de irreprochable vida familiar, el exmarido golferas. Frente a un reparto equitativo y con tierna mala uva de las tramas cómicas en la botica de Lourdes Cano, en la clínica Ballesol drama para los profesionales cualificados y comedia bufa para los obreros y el servicio. En fin, en Médico de Familia la chacha andaluza la interpretaba una actriz madrileña y en Farmacia de Guardia, con el mismo acento pero sin forzarlo, el personaje tenía un trabajo cualificado. Y los novios quinquis con Mercero se reinsertaban y con Emilio Aragón, no.

La España de las piscinas y el discreto encanto de lo aspiracional

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‘Todos mienten’.

Las series de la burbuja inmobiliaria y las crisis posteriores pueden ser Crematorio o Antidisturbios, pero también Aquí no hay quien viva y La que se avecina. Esta última compartiría con Mis adorables vecinos (2004-2006), mucho más contenida en lo formal y extrema en lo temático, la burla no tanto de la burguesía acomodada, que también, como del aspirante. El wannabe. El nuevo rico. Un tropo del cine de la Transición que se podía encanar en Enrique Pastor, concejal de Juventud y Tiempo Libre, o en su vecino pescadero, que en el fondo guardaba cierto punto de clasismo mezcla de rencor desde abajo y desprecio desde arriba.

Por supuesto siempre surgen una Aída o un Aquí no hay quien viva que lo desmienten, pero que el modelo «chalet adosado» del doctor Martín y su muy repipi familia se convirtió en lo normativo dentro de la ficción española lo demostraban incluso parodias que mezclaban esa plantilla con la ciencia-ficción y el culebrón adolescente como Los Protegidos o comedias cafres disfrazadas de familiares como Los Serrano, tan semejantes a Médico de familia en cierto envoltorio como alejadas en todo lo demás.

Su posterior evolución y dispersión por otros géneros cuando la tecnología y el desembarco de las plataformas permitieron diversificar los géneros de ficción es aún más patente. El «drama de PAU» desclasado, que trata circunstancias de evidente privilegio como lo normativo y el adosado en las afueras como el modelo de vida, se convirtió en el género por defecto de nuestra ficción, en parte importado de sus equivalentes anglosajones.

Evidentemente los productos culturales no están obligados a reflejar nada: ni los modelos que le parezcan sanos a este redactor ni lo contrario. Ni la realidad pura y dura ni la evasión máxima. El problema, quizás, es que siempre van a recoger lo que existe, incluso aunque quieran ser blancos y planos, y será aún peor cuando digan serlo, impolutos, higiénicos, aptos para todo el mundo, y escondan por debajo un programa ideológico y social semejante al de otros, eso que al menos tienen la decencia de venir de frente admitiendo lo que quieren hacer.

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