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Todos mienten: Mundo pequeño, secretos grandes

La obra de Pau Freixas es una parodia de un tipo de series, del estilo de vida aspiracional que reflejan y las expectativas del público

Todos mienten: Mundo pequeño, secretos grandes 1

En Todos mienten la vida de un barrio exclusivo de las afueras de Barcelona se pone patas arriba cuando se filtra un vídeo de una de las profesoras del instituto y vecina de la urbanización manteniendo relaciones con uno de sus alumnos, que además es el hijo de su mejor amiga. A partir de ahí todo se irá complicando, incluyendo la aparición de un cadáver y mentiras cruzadas entre los miembros de la comunidad con siniestras consecuencias.

Con tanta serie clónica, tanto thriller de barrio exclusivo y mundos aspiracionales, tenía que llegar la parodia (o la sátira, como prefiere definirla su autor). En este caso, de la mano de un Pau Freixas que tiene experiencia produciendo y escribiendo precisamente el tipo de serie a las que da la vuelta aquí. De hecho, es más realista esto que la mayoría de los productos a los que se parece, aunque sea en forma de vitriolo sarcástico con sus dosis de culebrón.

El mundo de Todos mienten, en cualquier caso, si me permiten la pedantada, es autotélico, sin redención para ninguno de sus protagonistas. Es el escenario de La España de las piscinas de Jorge Dioni López, hasta el punto de que se contiene, autorreferencia y retroalimenta a sí mismo. Con todo, lo hace tan bien que tiene uno de los mejores guiones que se han rodado en los últimos años y, lo mejor de todo, casi sin que se note.

Sobre la forma de Todos mienten

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Todos mienten hace honor a su nombre casi en cada escena. Su estructura roza lo teatral y se dedica, tras presentar a sus personajes, a dejarlos solos de dos en dos para que se saquen los trapos sucios en común. Incluso capítulos dedicados a que algunos de ellos se sinceren -y no en el sentido de decir la verdad solamente, sino en el de mostrar su verdadera forma de ser-, como el quinto, que gira sobre sí mismo, los momentos de apertura son encajonados entre escenas en las que mienten descaradamente, con la complicidad silenciosa del público, que es el único que tiene todos los datos.

De hecho, Todos mienten cuenta mucho con nuestra participación. Cuando vemos dos versiones de una misma escena o alguien expresa sentimientos contradictorios con lo que hemos visto antes, no trata de ser ambigua sino de hacernos partícipes de esas hipocresías de lo que uno de los personajes llama «el estilo de vida» que prometió a su pareja.

Y si dentro de las convenciones del thriller se da la vuelta al tópico que parece encarnar cada vecino, se hace de manera que explicita las carencias de ese modelo, tanto en la ficción y como en el tipo de vida. La serie se ríe tanto de las expectativas de recepción que se vende como un thriller erótico y luego -aunque todos estén buenísimos- solo se ve un polvo, la escena cómica y los actores salen con toda la ropa puesta.

Otra cosa buena sobre la estructura teatral: está en los diálogos, pero no en la cámara. Los planos secuencia se acaban convirtiendo casi en aviso de los giros de guión y la dirección no coloca a los personajes porque sí, sino usando la composición del plano para contarnos los cambios en sus relaciones. Es tan poco habitual en las series españolas una realización que huya de lo funcional -por múltiples razones que no son siempre responsabilidad de los creadores- que es bienvenido el hecho de que en este caso sea imprescindible para entender la acción, aunque a veces se pase de obvio.

Volviendo a lo del mundo autocontenido que comentábamos en la introducción, apenas hay escenas fuera del espacio físico de la urbanización (incluyendo la comisaría). Apenas la secuencia final, destinada a demostrar como el aislamiento, geográfico y social, de dichos barrios contribuye a que sea más fácil lo que ocurre toda la serie: ocultar hechos vergonzosos, amorales e incluso delictivos. Ni siquiera los sentimientos familiares salvan a nadie de comportarse de forma miserable.

Sobre el fondo de Todos mienten

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La serie que ha escrito y dirigido Freixas es perfectamente consciente de los tópicos sobre los que se asienta, y se dedica a subvertirlos, pero no para tratar de ser original, sino para hundirlos. No hay excusas para la protagonista, no se le dan motivaciones románticas o emancipadoras a su comportamiento. Se ha acostado con un alumno por ego, aburrimiento vital e inmadurez y, al contrario que en otras muchas series, no se edulcora. Se define perfectamente como abusos sexuales aunque la víctima sea un varón y el victimario una mujer.

Algo que se subraya colocándonos ante un caso paralelo y en diferido, en otro de esos giros de «esto no es lo que parece» propios del género, en un monólogo en el que se recrean tanto la cámara como Eva Santolaria. Que un menor pueda enamorarse, o más bien creer que se enamora, de un adulto no elimina las responsabilidades del este último, y cualquier ventaja que tome en el asunto será aprovecharse. Esto no llega al nivel de The tale, de Jennifer Fox, porque es imposible, pero la moraleja es igual de dura. La estructura de mentiras compartidas y/o contadas a uno mismo solo subraya esa clase de hipocresía, tanto de la vida como de la ficción.

Por otra parte, es difícil saber hasta qué punto estamos viendo una parodia directa de series con escenarios y temas en común con esta -en algunas de las cuales el mismo Pau Freixas ha estado implicado- como Élite, El inocente, El desorden que dejas, Sé quién eres, Supernormal y etc, además de sus referentes foráneos. Respecto a esta última, la protagonizada por Miren Ibarguren -que aquí está mejor con un papel que a priori es más exagerado-, señalar una curiosa ironía: el trabajo en un banco de inversión es tomado a chufla en el thriller y completamente en serio en la presunta comedia.

En resumen, una muy buena serie que funciona como comedia negra, como thriller desfasado y como parodia de todo lo anterior. Quizás la serie más autoconsciente y más sutil a la hora de serlo de cuantas se han estrenado en nuestro país en los últimos tiempos, con un guión de una pieza lleno de maldad hacia sus propios personajes y el contexto que retrata. Con la capacidad, además, de llevar hasta su último diálogo una moraleja que sobrevuela toda la serie: las ficciones, tanto las vitales como las de la televisión, se convierten en peligrosas cuando las utilizamos para darle sentido a lo que no lo tiene.

Imágenes: Fotos del rodaje de Todos mienten – Movistar+/Daniel Escale

2 Comentarios. Dejar nuevo

  • Para mí fue difícil cogerle el tono. La música y algunas escenas apuntaban hacia la comedia o, al menos, como una mirada llena de sarcasmo a su propio género, tal y como reconocéis en la crítica, sin embargo, pese a esas pinceladas, creo que esa no es la tónica predominante y quizá por esa razón el resultado final me resultó algo caótico. A nivel interpretativo, puedo decir lo mismo, pero poniendo el foco en las luces (ya habrá gente de sombra que llene internet fijándose únicamente en sus desaciertos), me quedo con Botto y Sbaraglia. Eso sí, creo que también hay que poner en valor la actuación de Irene Arcos en el que, según creo, es únicamente su segundo rol protagonista. Ya me sorprendió en «El embarcadero», en la que fue para mí una de las grandes revelaciones del año. Aquí, si bien no llega tan alto como logró con aquella, se consolida como uno de los grandes nombres a tener en cuenta en nuestro audiovisual y del que espero poder ver mucho más.

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  • Odié el final !!

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