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El inocente: Venir a robar a la cárcel

La serie de Oriol Paulo juega con todos los tropos del thriller reciente, pero sobre todo sabe ser imprevisible para disimularlos

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El inocente cuenta la historia de Mateo, un estudiante de derecho que se ve implicado en una pelea de bar y acaba matando sin querer a otro joven. Nueve años después ha salido de prisión y rehecho su vida junto a una mujer, pero su pasado regresa para perseguirlo. Aunque no todo es lo que parece, y después de su experiencia en la cárcel Mateo no es la persona que solía ser.

A estas alturas se agradece que un thriller intente salirse de lo habitual. O al menos, ya que tiene que tocar los tópicos del género, se esfuerce en disimularlos y jugar con ellos para despistar un poco, sin llegar a hacer trampas. Eso hace El inocente. De últimas la serie tiene un reparto de personajes bastante estereotipados, pero se toma en serio el venderlos bien para que resulten interesantes.

Otra cosa es que empecemos a asumir que Netflix no se quiere matar. Que busca un acabado resultón y un entretenimiento eficiente pero cada vez está renunciando más a ser creativamente relevante. Eso no es malo, si acaso es aburrido. La fórmula del crimen, la intensidad, su poquito de romance y la pátina de realismo simplemente se va modulando, pero de últimas muchas series se parecen demasiado. El inocente está muy bien, pero a la que te descuides se te puede olvidar que la has visto.

Crítica de El inocente con spoilers

El Inocente

El principio de cada episodio nos presenta a un nuevo personaje y su pasado y motivaciones con narraciones en segunda persona tomadas casi directamente de la novela de Corben, de manera que en el segundo capítulo de repente te das cuenta de que estabas viendo otra serie que no era la que te vendieron ni el primero ni los adelantos. Casas no está haciendo su recurrente papel de buen tipo con aristas que trata de salir de una movida que lo supera, sino que forma parte de un elenco coral rodeado de personajes aparentemente muy complejos.

Es reseñable, eso sí, ver cómo la mayor parte del reparto se enfrenta a papeles fuera de su registro habitual: Gonzalo de Castro y Alexandra Giménez teniendo la posibilidad de lucirse en lo dramático y un Miki Esparbé muy lejos de sus papeles de «buenazo» a los que nos tiene acostumbrados. Hasta Aura Garrido consigue salirse de la maldición del papel de «la chica» y de ser angelical, y esa es una de las trampas que intenta tendernos la serie, aunque ya en el primer capítulo se intuye que su personaje esconde cosas.

El inocente no está tan lejos de Sky Rojo, solo que aquí se juega a un cierto realismo en las consecuencias de según que vidas les tocan a las personas. Los papeles femeninos son planos y sexualizados, a excepción de la detective coprotagonista (Jiménez) que le roba la trama a Matt a cada capítulo y es el verdadero punto de vista del espectador. Se vuelve al tópico de la prostituta enamorada del chulo -que además es una perdida de la vida y recibe su justo castigo- y el tropo de la mala mujer está muy presente en toda la trama central.

Los ricos también lloran, es posible que demasiado

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Por otra parte. Se trata del enésimo thriller de gente pija haciendo cosas pijas en urbanizaciones pijas con coches pijos. No tengo claro si parte de la base de los textos literarios norteamericanos que a veces se adaptan, de una idea de Netflix/Movistar+/Atresmedia del modelo de vida aspiracional de su público o de que el pastizal que manejan los personajes permite justificar giros de guión y/o una presunta sofisticación. Pero es ciertamente irritante que solo haya dos formas de ser «pobre» en estas series: ser policía o prostituta. La excepción era la periodista de Los favoritos de Midas, pero aquello era explícitamente un documental sobre la creación de la Superliga de fútbol y la cuestión de clase era central.

A ver, que podría ser peor. Todas las conspiraciones son una y la misma y tienden a dibujar un mundo cínico y cruel en el que los gobiernos son malvados y las mujeres objetos, cosa que se compensa cambiándole el sexo a algún madero para que la investigadora honrada sea una señora y servir de cohartada a la cosificación. La intensidad de la cárcel y el descenso a los infiernos de Matt intentan parecer muy maduros, pero sabemos que son meros dispositivos narrativos. Etcétera.

Resumiendo: un thriller efectivo y entretenido pero más manido de lo que parece. La ventaja es que hasta cierto punto es consciente de ello y estructura la información para que no se haga predecible, o por lo menos que cuando lo sea esté presentado de forma que lo disfrace de originalidad. Otra serie de Netflix más, sí, aunque de las que quedan en el lado bueno en cuanto a mínimos de calidad e incentivos. De Oriol Paulo y este reparto se podía esperar un poquito más, es posible, pero aquí han dado lo que la plataforma quiere, ni más ni menos.

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