Críticas | Netflix
Superestar: David Lynch en los espejos del Callejón del Gato

Stills de 'Superestar'. ©Carla Oset, Txuce Pereira/Netflix España. Montaje: ©Cine con Ñ
Super Superestar, I love you

Cada personaje del mundo grotesco de lo tamariano recibe un episodio. Margarita Seisdedos, la madre, abre la veda del tono y pone el marco de la historia en una primera entrega donde ya arrancan los juegos escénicos, el tiempo deslizante y el surrealismo. Luego vendrán Leonardo Dantés —en el que quizás es el capítulo más luminoso, con el personaje siendo tratado con verdadero cariño—, Arlequín y Loli Álvarez en conjunto, Paco Porras —el del mayor alarde lynchiano—, Toni Genil y, finalmente, la propia Tamara/Yurena, en la traca final de una hora que cierra en circular con el episodio de la madre.
De la misma manera, cada entrega recibe su propia personalidad dentro de un estilo narrativo y visual muy coherente que camina entre el David Lynch de Eraserhead (1977), Twin Peaks (1990-1991) y Mullholland Drive (2001) hasta el inevitable John Waters, que lleva impregnando a generaciones de cineastas españoles de los márgenes. Entre medias pasan los cuatro aquí reunidos —Vigalondo, Costafreda, Ambrossi y Calvo— y otros muchos que arrancan con Pedro Almodóvar, siguen a través de Ayaso&Sabroso y llegan hasta Eduardo Casanova. Un mundo, el de Superestar y el de todos ellos, como el de la Agrado en Todo sobre mi madre (1999), donde cuesta mucho trabajo ser auténtico.
Superestar es, por tanto, un abrazo a los monstruos del espectáculo tan comprensivo como inmisericorde con sus muchas miserias. Vigalondo, como showrunner, se apoya en los elementos de la sátira para condenar a la sociedad que produce a estos seres rotos, pero no a ellos, a pesar del estigma de ‘frikis’ que les colocó la misma televisión-basura que los produjo. Él mismo se reserva el papel de narrador y trasunto de Javier Sardá —en un Tiempo de Marte que vale por Crónicas Marcianas donde todos los colaboradores visten un traje violeta al estilo de El Joker— tras encarnar a Íker Jiménez en El Otro Lado (2023), la serie de Berto Romero prima hermana de esta y La Mesías.
Es también otra entrega de la fiebre por el «basado en hechos más o menos reales que aparecieron en su televisión» que, aunque venía de antes, arrancó con Veneno (2020) y se ha sostenido la mayor parte del tiempo sobre productos menores como Cristo&Rey (2023) o demasiado complacientes al estilo de Bosé (2022). Solo que aquí los momentos más degradantes se hurtan —el video presuntamente pornográfico filtrado por Arlequín— o se retratan como producto de un dolor y unas heridas psicológicas difíciles de sanar. Superestar, en ese sentido, es como Batman, ya que hablábamos del Joker: asusta a los criminales, no a los inocentes.
Un baile nuevo, un baile nuevo

El episodio de Toni Genil, por otra parte, se zambulle de repente en algo así como una discusión sobre la esencia misma de la España que vio nacer a estos seres y propone otra jugosa lectura literaria y política de toda la serie. En 2016, cuando Yurena es expulsada de uno de esos realities clónicos de supervivencia en el Caribe, sus ami-enemigos se pierden por las calles de Madrid celebrando la presunta humillación, llegando como Las Grecas o peor hasta el mismísimo Callejón del Gato. Allí, Genil, interpretado por un Pepón Nieto en su salsa, se mira en los espejos convexos y cita a Valle-Inclán, con los personajes transmutándose en émulos deformes de la alta cultura.
De manera que Superestar puede leerse como ese reflejo deformante sobre la cultura pop, trash, indie y lo que haga falta del audiovisual estadounidense y su cultura de las celebrities, a las que sacrifica con tanta facilidad a Moloch. Pero también como una reivindicación de la especificidad reciamente hispana de este grupo de desgraciados con ilusiones muy sinceras que se definen a sí mismos una y otra vez como naturales de Santurce, Gualchos o San Vicente de Alcántara y no tienen empacho en celebrar las Fiestas del Corcho si quienes los invitan lo hacen con verdadera admiración. Keep it cutre, si es lo que te hace feliz.
El último episodio de Superestar, en el que Ingrid García-Jonsson se luce con un doble papel, el de Tamara/Yurena y el de Marimar, y explica perfectamente por qué alguien querría ser ella, a pesar de todas las humillaciones, si el viaje le permite hacer lo que ama y le regala el cariño de la gente. Un baño de Metamodernidad o de Nueva Sinceridad en el que conviven la ironía, la deconstrucción y el amor auténtico por una estética que las normas dictan que debe ser despreciable pero la más elemental comprensión humana indican que es tan válida como cualquier otra. El camino arduo de la construcción artificial del yo verdadero.


Jose A. Cano