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Críticas

Un cuento perfecto: Eres pobre porque quieres

La misma comedia romántica de siempre de Netflix, con el giro revolucionario de que la diferencia de clase social entre sus personajes es tratada como un simpático rasgo de inmadurez vital del protagonista
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En Un cuento perfecto asistimos a la historia de Margot y David, una chica de familia rica (Anna Castillo) y un joven precario (Álvaro Mel) sin nada en común y que se conocen cuando ambos están saliendo de sus respectivas rupturas. Entre ellos surge una atracción que no admiten y deciden utilizarse mutuamente para dar celos a sus exparejas, un plan sin fisuras que se acaba prolongando en un viaje juntos a Grecia en el que, por supuesto, surgirá la chispa y lo que no es la chispa, pero en el que nada resultará tan fácil como parecía en un principio.

Netflix estrena la tercera adaptación de una novela de Elisabet Benavent tras las tres temporadas (¿y fin?) de Valeria y la película Fuimos canciones, productos que funcionan como un tiro hasta el punto de que la autora tiene incluso promos individualizadas con crossovers entre sus personajes y guiños a sus fans. Es, de nuevo, una comedia romántica blanca, con guiños a varios clásicos del género en los 90 —desde Novia a la fuga (1999) hasta Dos vidas en un instante (1998)—, promoción turística de las localizaciones y situaciones que parezcan sacadas de la vida real pero estén pasadas por el filtro de la idealización aspiracional.

Dirige Un cuento perfecto Chloé Wallace en su primer trabajo de ficción más allá del cortometraje, con una corta pero llamativa carrera previa en el mundo de la publicidad o el videoclip, que se pega sin mucho problema a los referentes explícitos del guión, esto es, las comedias románticas hollywoodienses de su edad dorada en los 90, añadiéndole algún detalle de montaje más moderno a partir de la influencia obvia de Cómo conocí a vuestra madre (2005-2014) y sus descendencias. Al guión, junto a la autora de las novelas, comparece Marina Pérez, que ya trabajó en las adaptaciones de Valeria. Hacen su trabajo, que es que la serie resulte entretenida y coherente en su propuesta.

Modernízate, tronco

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Estamos hablando de una seriecon parte del equipo creativo de Valeria y Fuimos canciones detrás que presuntamente basa su conflicto y/o comicidad en la diferencia de clase social entre ambos protagonistas. Nada puede salir mal, ¿verdad? Y aunque no es el desastre absoluto en forma de festival de clasismo y topicazos que uno esperaría, tiene sus tics irritantes, aunque ninguno novedoso ni peor que en cualquier otra serie actual. El audiovisual actual es muy conservador y reaccionario y que una serie se base en cierto modelo nuclear de pareja y presente la precariedad como una opción vital producida por la inmadurez y no por las circunstancias económicas no es extraño. Solo ridículo y ofensivo para cualquiera con un mínimo de conciencia del mundo en el que vive.

Así que el protagonista vive en el sofá de sus mejores amigos no porque tener tres trabajos no le dé para pagarse un alquiler decente en el Madrid pastel que aparece aquí, sino por no querer atarse a ningún lugar, y su paso a la madurez consiste en empezar a ponerse camisas planchadas en lugar de camisetas y dejar de decir «tronco». En la misma medida el espíritu feminista de la pija protagonista, nieta de un emprendedor-hecho-a-sí-mismo, se ve en que cuando le cuentan una leyenda griega en la que Atenea ayuda a Hércules a vencer, se queje de que el mérito se lo lleve él, pero luego nos explican que en realidad lo que le pasa es que está celosa porque David no le ha contado que había hablado con su ex, y luego en mandar callar a un señoro en un Consejo de Administración… porque es la heredera de la empresa, básicamente.

Podríamos decir que Un cuento perfecto muestra perfectamente la paradoja de la cuadratura del círculo. Sus responsables dentro de Netflix deben tener claro que el público fiel que consume estas ficciones no pide veracidad documental, solo el realismo justo para fingir que los modelos vitales que se proponen son fantasías realizables. Pero luego estamos los críticos resabiados, los tuiteros y demás ralea con la matraca de que esos pisazos siendo currito en Madrid es imposible pagarlos y toda la parafernalia, y hay que hacer contorsiones. Antes de seguir, desde aquí lo pido: no nos hagan caso, que somos unos amargados. Abracen el mamarrachismo y la ciencia-ficción, como los culebrones turcos o Los Bridgerton.

Wokewashing’ en el país del turismo

Un cuento perfecto

Al final, Un cuento perfecto es una comedia romántica más de Netflix, con sus cosas en común con Valeria pero también con Si lo hubiera sabido o Smiley, por ejemplo, con sus ciudades reales idealizadas hasta lo estomagante y su empoderamiento femenino y su diversidad de Hacendado. Hay intentos de una narración un poco más compleja, que expresa los frenos que se ponen los personajes a través de escenas oníricas en las que se imaginan diciendo lo que de verdad quieren, pero aparte de no resultar especialmente original, carga porque se abusa del recurso, como de los cortes en los que se imaginan al otro en poses insinuantes. Celebrar, eso sí, que aquí la conexión de los personajes no consista en discursitos de autoayuda, como en otros títulos, y directamente se asuma que se ponen cachondos como monas en celo. Es menos irreal.

Les advierto también que Un cuento perfecto me ha dado la excusa para perfecta para usar mi palabra de la semana: wokewashing. Concepto utilizado, por supuesto, en EEUU, faro de todos nuestros debates culturales estúpidos, mediante el cual se señala la forma en que multinacionales depredadoras como Amazon se presentan como sensibles a través de productos culturales «diversos». Quizás después del estreno ustedes vean a los de siempre llorar porque hay varios personajes secundarios interpretados por actores de raza negra, pero como el guión a esa circunstancia le da cero importancia, no voy por ahí. La cosa es meter elementos más o menos no ofensivos de feminismo, diversidad y etcétera para luego vomitar la misma propaganda conservadora y neoliberal de siempre con la excusa del entretenimiento.

Picando el billete: Un cuento perfecto es entretenida, está realizada con oficio, el reparto es directamente matar mosquitos a cañonazos —doña Ana Belén, ¿qué hace usted aquí?— y le da a su público lo que pide: fantasías aspiracionales de riqueza caída del cielo y amor idealizado conservador. No es «mala», no es más ofensiva que la mayoría de lo que se produce en este sentido… de hecho, es exactamente igual que todo lo anterior. Es decir, que el problema de Un cuento perfecto no es que refleje mal el mundo en el que vivimos por mostrar una precariedad y unas relaciones de cartón piedra. Es que precisamente por hacerlo así retrata la actualidad con todos sus vicios, pero sin querer.

Imágenes: Un cuento perfecto – Netflix

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).