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Críticas

Smiley: Un lugar seguro

Divertida, tierna y con personajes adoptables, funciona como una comedia romántica de manual que va de A a B y cumple sus objetivos
Smiley: Un lugar seguro 1

Smiley es la historia de Álex y Bruno, que se conocen cuando el primero le envía al segundo un mensaje de voz por error, uno que en realidad iba dirigido a su ex. A partir de ahí empieza una historia de atracción con un problema: no pueden ser más diferentes. Álex es deportista, extrovertido y un ligón empedernido con tendencia a pegársela. Burno es introvertido, más intelectual, con pocos amigos y menos profundo de lo que cree en sus relaciones. De cómo consigan limar esa aparente distancia insalvable dependerá cuánto cambiarán sus vidas al encontrarse el uno al otro.

Guillem Clua y David Martín Porras vuelven a colaborar en una adaptación al audiovisual de una obra del primero, aunque en un tono y con unas ambiciones completamente diferentes a las de La piel en llamas. En este caso, una comedia de manual, pensada para darle al público masculino gay el tipo de historia romántica que nunca tiene, y sin las pasadas de frenada de, por ejemplo, Bros, porque esto viene de una historia más que testada por su éxito en los escenarios.

En sí mismo eso no haría Smiley necesariamente «buena», como demuestra el ejemplo antes citado, pero la cuestión es que como historia de entretenimiento, graciosa y en la que la peripecia de los personajes es divertida de seguir y hace que se empalmen los capítulos con facilidad, como deben funcionar esta clase de cosas, va como un tiro. Lo de empalmar, por cierto, tiene relativo doble sentido: hay sexo en la misma proporción y con la misma discreción que si fuese lo mismo y en el mismo tono pero la pareja fuese heterosexual.

Adaptando los juegos escénicos

Smiley: Un lugar seguro 2

Marta Pahissa y Martín Porras, con Clua al guión, adaptan los juegos escénicos habituales del catalán al audiovisual con más o menos acierto. No es muy original: pantalla partida, narración paralela, diálogos que se superponen… Consiguen lo básico, que es mantener el ritmo cómico respetando el contraste de los apartes o similares que permiten conocer el pensamiento de los personajes, casi siempre matizando lo dicho dentro de la historia o lo que está ocurriendo a su alrededor.

Hay mucho drama y mucha cursilería en Smiley, pero a propósito, porque se trata de celebrar la vida, no de hacerse el intenso, aunque algo de eso haya. La historia no es muy diferente de la de cualquier comedia romántica urbanita de manual, esta en versión reflejar la precariedad real, aunque todo sea muy limpio y aseado, sin el lujo aspiracional de otras recientes de Netflix como Si lo hubiera sabido. En general es una serie de esas que se podrían definir como simpáticas de forma sincera.

Porque el objetivo de Smiley, dentro de la ficción y en su estructura y la forma de esquematizarla, es ser un lugar seguro. Una comedia romántica en el sentido estricto, aunque refleje problemas de la vida real, en la que todo acaba bien o al menos de manera agridulce que resulta satisfactoria para el espectador. Los personajes tienen todos sus taritas, para que haya conflicto y te puedas reír de algunos de sus tics sin cogerles manía, pero en general resultan queribles. Quizás le sobra alguna de las subtramas que no estaban en la obra original y se han añadido para alargar, pero podría ser peor.

Smiley y la representación esa famosa

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¿No es un poco raro que actores que normalmente reciben papeles explícitamente heterosexuales, como Miki Esparbé o Roberto Álamo (en Historias para no dormir), cuando interpreten personajes explícitamente homosexuales lo hagan amanerándose e incluso inventándose cierta pluma, de forma sutil pero evidente? ¿No es un poco tópico, pregunto, que el personaje de Bruno, que es el intelectual y sensible, sea el que tenga más ademanes de ese tipo? Como Mauri en Aquí no hay quien viva o Konrad de Paul&Konrad, el cómic de Ralf König, pero hecho ahora. No sé, ¿es para que Smiley la entiendan las señoras de Murcia?

Después del párrafo de ser más progre que los progres, seguimos. Smiley también era muy esperada porque quizás, puede ser, hipotéticamente, se tratase de la primera serie de Netflix original con diálogos en catalán. Y es un sí, pero no. Solo hablan en catalán, y encima en la intimidad, en la subtrama de Albert (Eduardo Llovera), el compañero de trabajo y amigo de Bruno. Un señoro hetero que quiere ser descontruide y por eso habla de sus hijes en neutre. Cuando llega la niñera nueva para quedarse con ellos mientras su mujer y él salen de juerga, como esta lleva pañuelo, le pregunta de dónde es, y no le convence que le diga que de la misma Barcelona. Este redactor se ha reído mucho con esa parte, la verdad, por su inesperada mala baba.

En fin, aristas aparte en lo que consideremos representación y esas cosas fundamentales para la ficción de hoy, Smiley es una serie muy divertida, tierna, con sus palazos emocionales para el espectador sabiamente administrados y unos personajes de esos que se adoptan rápidamente y deseas que les vaya bien, así que te mantienen la serie solos. Un historia muy bien pensada y contada que va de A a B y cumple con sus objetivos, como la obra original. Ah, y por cierto. Viva Pepón Nieto.

Imágenes: Smiley – Netflix

Jose A. Cano

Jose A Cano (Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha colaborado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con El Salto, El Español o revista Dolmen. Socio de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE).