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Regreso a los 90: nostalgia, desclasamiento y futuro

El regreso de los años 90 a la ficción nos propone un ejercicio de nostalgia superficial o desclasado que aporta poco a series y películas que ahí se enmarcan

años 90

Todo vuelve, incluso los años 90. El próximo gran estreno de Movistar+, Paraíso, se vende explícitamente como un producto nostálgico. Netflix prepara Feria, ambientada en la misma época, y Atresmedia La Ruta, recuperación de la mítica ‘ruta del Bacalao’. En los Premios Goya ya hemos visto el reconocimiento para Verano 1993 o Las niñas, que recrean adolescencias de la época. Quién lo iba a decir, pero ficciones ambientadas en la etapa que Fukuyama bautizó como la del fin de la historia se han convertido en películas o series «de época» a las que se les reclama reproducir tics del momento.

No están solas. En su temporada 21 la mismísima Cuéntame cómo pasó ha alcanzado el año 1992, el que allá por 2001 el propio Imanol Arias se planteaba como un final aceptable para la serie. En paralelo dos largometrajes documentales se han ganado el gusto del público, la crítica, los premios y los festivales: El año del descubrimiento y Nación, crónicas de la desindustrialización de aquellos años. Y a series como la de El caso Alcàsser, el true crime de Netflix, se le unirá pronto otra dedicada a El Caso Wanninkhof.

No conviene engañarse: el entretenimiento siempre ha gustado del remake, el revival, la nostalgia en general. No es algo del siglo XXI. En los años 80, cuya nostalgia parecía que iba a durar más que la propia década, en realidad se echaba de menos la presunta inocencia de los 50, y en los 90 hubo cierto revival sesentero-setentero. Hasta el cine de la Transición, que visto desde 40 años de Constitución del 78 nos parece el anuncio de algo nuevo que ahora está agotándose, era en realidad nostálgico, y cintas como Solos en la madrugada son más la confesión del fracaso de una generación que se sentía vieja para la democracia que el recibimiento de una renovación.

Los años 90: las edades oscuras

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Fotograma de ‘Cuéntame cómo pasó’. Los Alcantára en 1992

Aparentemente los años 90 se registraron en su momento con optimismo y se recuerdan con desencanto, y no es algo generacional, sino una evidencia discursiva transversal a la quinta de los baby boomers que los vivieron como adultos y la de sus hijos, ahora ya enfilando la cuarentena y entonces niños que merendaban nocilla y consideran tal detalle, de alguna forma, relevante. La prueba, ya lo hemos comentado, está en la evolución de Cuéntame. En los primeros 2000s para Arias el año 92 fue la culminación de la Transición y un momento cumbre, pero dos décadas después la serie los retrata con desengaño, frente a la ternura dentro de la represión que se le dió a los 60 y 70.

Es decir, lo que se recupera de ellos no es la inminencia del futuro porque ya lo hemos sobrepasado y sabemos que llegaba lleno de trampas, sino el nihilismo finisecular y la sensación de cierre y anticlímax tras el fin de la Guerra Fría. En España fueron años de crisis económica que pagaron los más débiles, como casi siempre, y de un cierto erial creativo en algunos sectores de nuestra cultura. De hecho, es muy fácil leer el cansancio de determinadas ficciones de ambiciones más adultas al leerlos: esta década es la del cansancio por la revuelta contra la Cultura de la Transición, es decir, el cansancio del cansancio, y los años 90, en los que se fraguó el recorte del Bienestar, la precariedad y un largo etcétera fueron su cénit.

Por supuesto, igual que con los 80, hay un componente de idealización de la década que viene del componente de haber vivido en ella la propia niñez, adolescencia o juventud. No es un fenómeno exclusivamente audiovisual, claro, y lo podemos ver en una literatura que cada vez surte más a unas plataformas bulímicas de contenidos, como se pudo ver en el reciente Rodando Páginas. Allí Las niñas prodigio de Sabina Urraca ha buscado una futura adaptación que ya está cerrada para, por ejemplo, Panza de burro, de Andrea Abreu. Ambas obras, de tintes autobiográficos por parte de las autoras, ambientadas en los 90 y no muy lejos de Verano 1993 de Carla Simón o Las niñas de Pilar Palomero.

No es fácil valorar si la década que cerró a nivel global con Matrix y El club de la lucha, odas al narcisismo y la revolución desideologizada respectivamente, fue precisamente la más brillante a nivel creativo, pero al final la inminente Paraíso juega con la mezcla de terror y ciencia-ficción, que también anuncia Feria -los paralelismos con Stranger Things son evidentes, incluso en lo estético- y Cuéntame se ha atrevido, con resultado irregular, a homenajear a los thrillers de la época, tanto la televisiva Brigada Central -de envejecimiento irregular- como las tramas sexuales de villanos ambiguos clásicas de Brian De Palma pero también de nuestra local Entre las piernas, además de Almodóvar.

Es llamativo que solo Cuéntame se atreva con referencias 100% españolas, ya que Paraíso bebe antes del cine de Robert Zemeckis de los 80 -pero que alimentó el background cultural de los españoles de los años 90 a base de reposiciones televisivas- o de series como V que de la omnipresente Verano azul, aunque también se la mencione. Se trata, pues, de una memoria sentimental que en nada se diferencia de superficial nostalgia ochentera con la que nos lleva bombardeando la cultura mainstream los últimos años –¿recuerdan aquella serie de Tele5 que no pasó del sexto episodio pese a contar con José Coronado y Aitana Sánchez-Gijón?– ya que no es un recuerdo de la realidad vivida sino de la experimentada delegadamente a través del POP -al contrario que Verano Azul, que idealizaba otro tipo de experiencia adolescente-.

Los años 90: desclasamiento vs relato colectivo

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Fotograma de ‘Las niñas’, de Pilar Palomero

Porque la clave de ese regreso a los años 90, más allá de los documentales, está en el contagio que se sufre de la propia al asumir la ausencia de clases sociales o su existencia como elemento decorativo más que definitorio a la hora de marcar la existencia de quienes pertenecen a ellas. Las mencionadas infancias noventeras son más una casualidad por la edad de las autoras o autores que una cuestión política o de análisis de la época y suelen quedarse en la superficie, ya que las diferencias con la actualidad que se subraya tienen que ver antes con la tecnología o la sensibilidad cultural que con la economía o la política.

Incluso en los documentales la brecha es obvia. El año del descubrimiento o Nación hablan de desindustrialización, conciencia de clase, España vaciada y evolución política del país. Los true crimes de Netflix o El Pionero de HBO tienden más a una folclorización del suceso o la corrupción que se maquilla con el análisis de la manera en que la sociedad de entonces procesaba según que informaciones. En casos como el del documental sobre Nevenka o el próximo a venir sobre el caso Wanninkhof se pueden disfrazar de feminismo, pero las diferencias con Sálvame deben presentarse en algo más que la forma: también en la valentía del fondo, en hasta dónde se quiere meter el cuchillo.

Llama la atención, eso sí, que todo venga acompañado de una muy contextual también reivindicación del pueblo, en la que aparece igualmente Feria, el libro de Ana Iris Simón que nada tiene que ver con la serie de Netflix más allá del títulos y las infancias a las que remite. El pueblo de vacaciones como el de Paraíso o el que visitan los Alcántara saltando entre 1992 y 2020, un espacio en parte de idealización simplista de una vida más sencilla pero también de huida económica -y por tanto política- en el año de la pandemia y en mitad de la burbuja del alquiler y el nuevo feudalismo especulativo.

La comparación con la nostalgia setentera u ochentera no es baladí. Sobre todo la etapa de la Transición ha dejado de retratarse desde la experiencia o la política para convertirse en artefacto POP, con excepciones que combinan todo en uno como la fracasada Brigada Costal del Sol. Aún estamos a tiempo de, si vamos a regresar a épocas pasadas, sea más con la valentía y la lucidez de los documentales de Margarita Ledo y Luis López Carrasco que con el desengaño voluntarista de Cuéntame o la nostalgia de plástico de otras propuestas. Por supuesto, todas son válidas, pero unas contribuirán más a un discurso público plural que otras.

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