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Antonio Alcántara debe morir

La veterana serie de TVE toma un riesgo creativo enorme al saltar al presente: el de hacerse quedar obsoleta a sí misma.

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Los que ya no puedan renovar el abono de transporte joven de su ciudad o comunidad autónoma recordarán Lo + plus, aquel magazine en abierto de Canal+ que siempre entrevistaba a alguien de promoción pero lo hacía con gracia. Un poco tipo Broncano pero con chistes homófobos sin venir a cuento y en vez el susodicho Broncano dos señores mayores extremadamente cultos. Al menos, al principio era así.



Por 2001 o 2002, quizás un poco después, acudieron allí Ana Duato e Imanol Arias y este último se atrevió con un vaticinio. Por entonces en la cronología interna de Cuéntame el hombre acababa de pisar la Luna, Antoñito le hablaba a don Pablo de usted y Eugenio aún era cura -aunque invitaba a Inés a ver Peppermint frappé, ay, perillán-, y Arias pronosticó que la serie «acabaría» con la flecha olímpica encendiendo el pebetero de Barcelona’92. Cito de memoria, pero se puso poético: «cuando todos los españoles volamos con esa flecha».

Cuéntame llega a su temporada 21 y lo hace tomando un riesgo tremendo: saltar al presente. Tanto, que hace sospechar que estemos a punto de ver el final de la serie, y si este no se produce de forma literal, es posible que lo haga de forma metafórica por el temido ‘salto de tiburón’. Irónicamente, lo hace coincidiendo con el año en que «el pasado» alcanza 1992. La serie aún sigue en rodaje y los creativos, con Joaquín Oristrell a la cabeza, ya han anunciado que piensan alcanzar 2021 y que es posible que veamos a una Merche casi centenaria vacunarse.

De los avances de la temporada, además, sabemos que en pleno «año del descubrimiento» a Antonio Alcántara lo atropellan y hospitalizan, pero también que es posible que en 2020 y durante el confinamiento lo veamos sufriendo la COVID19 y con respirador, puede que incluso, para mayor drama, atendido por su hija María (interpretada por Silvia Abascal) ya adulta y que trabaja como sanitaria. Y la pregunta es: ¿vamos a ver morir al patriarca -fallido- de los Alcántara? Y, sea así o no, ¿debe?

 

Carlitos fuimos todos

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Hemos visto a Antonio Alcántara estar pluriempleado, servir de testaferro, convertirse en nuevo rico, engañar a su mujer e incluso militar en la UCD. Es más. Lo hemos visto pasar de ser el Padre de España, con la generación del baby boom identificándose con Carlitos -quizás esta temporada, finalmente, Don Carlos, que para eso estará Carlos Hipólito dando la cara- a un señor bastante desagradable que tiene la desfachatez de poner unos cuernos en plena noche electoral del 82, como una metáfora nada sutil de lo que iba a acabar pasando con Felipe González.

Los trayectos de sus hijos e hijas no han sido menos rocambolescos si uno se para a pensarlo, con ese Toni estudiante antifranquista que casi entrevista a Catherine Deneuve y lo mismo es abogado de Atocha que te destapa el GAL o esa Inés que, como es «la rebelde», se echa novios guiris, hippies o curas… o se engancha a la heroína. Pero es la base de la serie. Los Alcántara tenemos que ser todos -la generación del que esto escribe es la de los hijos de Toni, por ejemplo-, así que les tiene que pasar de todo. Son el reflejo desde la ternura que permite la distancia de un relato colectivo. Un relato de consenso.

Cuéntame siempre ha sido lo que algunos llaman, o llamaban, Cultura de la Transición, que no es bueno ni malo, sino una etapa que vivieron las Españas como sociedad. La serie se alimentaba de reflejar un consenso que ya existía. Subrayaba demasiado algunas cosas, porque cuando la serie empezó a emitirse a señoras como Herminia aún se las infravaloraba por ser de Cuenca o Murcia, pero en general, cuando empezaba una trama, el «sentido común» sabía hacia donde iba. Ahora toca que a Toni lo detengan. Ahora un cliente de Carlitos le va ofrecer una raya. Ahora Carrero Blanco va a batir el récord mundial de salto de altura.

El año del señor de 1992 queda muy lejos, casi 30 años, menos que la distancia entre el primer capítulo de la serie -1968- y su fecha de emisión -2001- pero aún así una distancia suficiente como para que los críos de entonces sintamos nostalgia y hasta existan ya películas que rememoran la década y la tratan como «de época», como Las niñas sin ir más lejos. Pero 2020 es, literalmente, antes de ayer. Es un trauma colectivo aún sin procesar. Y, sobre todo, uno que quizás no deba procesarse según las normas de Cuéntame.

 

El último Jedi de San Genaro<i>Antonio Alcántara debe morir</i> 3

No me interpreten mal. Tener a Hipólito y Silvia Abascal como Carlos y María Alcántara de adultos es un aliciente para ver la serie. Ver por fin un año del que tengo memorias más o menos claras, 1992, reflejado en la ficción que quiere contarnos a todos, también. No me parecería mal del todo acabar viendo en Cuéntame, algún día, el gol de Iniesta de 2010 -aunque todos sabemos que el importante de verdad fue el de Cesc en la tanda de penaltis ante Italia en 2008-, el 15M -¡con los hijos quizás errejonistas!- o al mismísimo Ibai Llanos.

Desde luego el #MeToo ya lo hemos visto filtrarse, con una Merche que crece más en tanto se empequeñece Antonio, con la ficción adelantando 30 años el zeitgeist de la realidad e impugnando ese modelo de masculinidad. Sufrida y cotidiana, silenciosa y frágil, una masculinidad que en sus comienzos la serie trataba con dulzura y ahora, aunque no deje de quererla como se quiere a lo que nos duele porque forma parte de nosotros, no le ahorre ni una crítica ni una humillación. Si, como parecen adelantar las promos, en 2020 vuelven a ser pareja, se trata de una decisión, como poco, cobarde.



Pero es que nosotros… ya no nos pensamos así, ya no filtramos la realidad como en 2001. Cuéntame fue la transición entre las grandes series de prestigio de TVE de los 80 y 90 -lo mismo Anillos de Oro que La Regenta, que es de 1996- y la actual revolución del audiovisual español. Fue la serie de calidad cuando no se hacían series de calidad -siempre se han hecho, pero ustedes me entienden-. Y ahora acaba de decidir enfrentarse de cara al salto de tiburón. Reflejar el último momento emotivo colectivo, el inmediato, el que aún está en marcha, aquel cuyo proceso de asimilación y establecimiento de un relato colectivo está lejos de terminar.

Cuéntame no es El Ministerio del Tiempo. Si un personaje muere, tiene que permanecer muerto. Y si la serie quiere sobrevivir, o al menos no traicionarse a sí misma, debe suicidarse. Debe cambiar el relato. Quizás vaya a hacerlo, aunque parece que no, y este juntaletras está descarrilando. Pero para que el relato colectivo pueda transformarse en algo nuevo, en algo más, el ordenanza pluriempleado ya nos ha enseñado todo lo que podía en este formato. Y Antonio Alcántara, literal o figuradamente, debe morir.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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