Un mito centenario
100 años de Amparo Rivelles, la primera estrella en ganar un Goya

Estrella de la posguerra española y rostro visible del cine épico e histórico de los 40 y 50. Diva de la telenovela y el drama mexicano en la edad de oro del audiovisual del país norteamericano. Y luego, la primera actriz en ganar un Goya y mito de la pantalla que con su presencia daba dignidad y oficio eterno a las producciones de los 80 y 90. Decir que Amparo Rivelles (Madrid, 1925-2013) es historia del cine español es quedarse corto, y este 11 de febrero, de resaca de unos Goya históricos que no hacen sino seguir la tradición que ella contribuyó a inaugurar, celebramos los 100 años de su nacimiento.
FlixOlé, la plataforma del cine español de todos los tiempos, dedica una colección con más de 20 títulos, los más grandes éxitos de una carrera en la que hubo muchos, al centenario de María Amparo Rivelles y Ladrón de Guevara, que era su nombre completo. Laurencia en Fuenteovejuna (1947), María de Pacheco en La Leona de Castilla (1951) o Isabel la Católica en Alba de América (1951), no hubo papel clásico que se le resistiera a un talento interpretativo forjado directamente sobre las tablas del teatro y una belleza singular.
En su filmografía destacan más de 100 créditos entre cine y, a partir de los 80, series tan prestigiosas como Los gozos y las sombras (1982), siempre pegada a un concepto clásico y grandilocuente de las adaptaciones. Una vocación y una ética del trabajo que le venían de familia: era hija de los también actores Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara, y desde adolescente ya recibió pequeños papeles en la compañía de la segunda, una gran estrella del teatro en su momento y aún mayor influencia en la carrera de la actriz.
Amparo Rivelles, un éxito precoz
A partir de los años 40, sin haber cumplido aún los 20 años y aún conocida como Amparito, se convirtió en uno de los diamantes en bruto de Cifesa, el gran motor industrial del cine de la posguerra. Rodaría con todos los grandes directores del momento: Ignacio F. Iquino, Luis Marquina, Rafael Gil, Juan de Orduña… Amparo Rivelles combinaría el teatro con la pantalla, como era más que habitual entonces, en un cariño del público que se ganaba entonces entre un espacio y el otro.
En ocasiones, interpretó el mismo papel dos veces, como sería el caso de Eloísa está debajo de un almendro (1943), adaptación de Rafael Gil del éxito de Enrique Jardiel Poncela. Muy celebradas son sus interpretaciones protagonistas en otras dos películas de Gil: en la misteriosa El clavo (1944) y La fe (1947), que le valió una Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC). Y Cifesa aprovecharía el tirón comercial de su breve relación con el galán Alfredo Mayo en Malvaloca (Luis Marquina, 1942) y Deliciosamente tontos (Juan de Orduña, 1943).
Los 50 sería la década de su consagración, con su nombre como reclamo en los carteles y papeles tan destacados (y taquilleros) como el mencionado de Isabel la Católica en Alba de América, una de sus interpretaciones más recordadas. Su creciente popularidad traspasó fronteras y nacionalidades: rodó para Orson Welles en la versión española de Mr. Arkadin (1955) o para Tulio Demicheli en La herida luminosa (1956), la primera adaptación de la obra de teatro homónima de Josep María de Segarra y que inspiraría, casi 40 años después, la versión de José Luis Garci.
La importancia de La herida luminosa es fundamental en la carrera de Amparo Rivelles, ya que fue la primera coproducción con México en la que trabajó. En ese mismo 1956 da el salto internacional y cruza el Atlántico para trabajar en América, primero en Cuba y luego en la fértil industria mexicana, que vivía en aquel momento su Edad de Oro. Sin dejar el teatro, alternaría dos pantallas, la del cine y la incipiente televisión, que a través de las exitosas telenovelas la convertiría en presencia habitual en los salones de millones de casas en todo el mundo hispanoparlante. Allí haría pareja artística habitualmente con Ernesto Alonso, actor y director de muchas de estas producciones.
Así, a lo largo de 20 años, la actriz iría madurando con sus papeles y estableciendo una vida en México —en parte se marchó por las dificultades para ser madre soltera en España, criando allí a su hija María Fernanda—. Aparecería en películas como El esqueleto de la señora Morales (1959), de Rogelio A. González; Un ángel tuvo la culpa (1960), de Luis Lucia, Los novios de mis hijas (1964), de Alfredo B. Crevenna, o Cuando los hijos se van (1968), de Julián Soler, entre otras, muchas de ellas en coproducción con España.
Un mito en España
Su regreso a la Madre Patria empezaría, poco a poco, a partir de los 70, acercándose el fin del franquismo. Ya en su madurez, la actriz participaría en títulos como La madrastra (1974), de Roberto Galvaldón, un drama bastante atrevido para la época en el que interpreta a una prostituta ya madura y que trata temas como la homosexualidad; o La coquito (1977), de Pedro Masó, un musical de corte erótico ambientado en el Madrid de los años 20. Pero su regreso definitivo, instalándose de nuevo en España, llegó a partir de 1979, cuando volvió a estrenar obras en los mismos teatros de Madrid que vieron nacer su estrellato.
A esas alturas, Rivelles ya era una referencia absoluta en todo el mundo de habla hispana y su regreso fue acorde a su estatus de progresiva leyenda de la interpretación. Así, la actriz se convirtió en una secundaria que daba prestigio con su presencia a títulos de todo tipo y funcionó como reclamo comercial para un par de generaciones en las grandes adaptaciones literarias o televisivas del momento. Aunque se centró, sobre todo, en el escenario, y aún participaría en la telenovela mexicana Pasiones encendidas (1978-1979), sería el momento de la mencionada serie Los gozos y las sombras (1982), o, más tarde de La Regenta (1995), además de apariciones estelares en otras como Farmacia de Guardia (1991-1996).
En 1983 formaría parte del excelso reparto de Soldados de plomo (1983), la primera aventura como director de José Sacristán, compartiendo plano con Fernando Fernán Gómez, el propio Sacristán o unas entonces principiantes Sílvia Munt y Assumpta Serna. Pero fue en 1986 cuando le llegó el gran reconocimiento de todo el cine español. Ese año Amparo Rivelles coprotagonizaría con Amparo Soler Leal Hay que deshacer la casa, de José Luis García Sánchez, la historia de dos hermanas que se reúnen cuando una de ellas, Ana, el papel de Soler Leal, regresa del exilio en París. Rivelles interpretó a la hermana y señora tradicional en una interpretación histórica que la convertiría en la primera en ganar el Goya a Mejor Actriz.
Sin embargo, el cine sería secundario en sus últimos años. Ya fuera porque no era su prioridad o porque le ofrecían pocos papeles, hasta su retirada casi definitiva en 2004 apenas participaría en tres largometrajes más. En 1989 volvió a interpretar a una reina de España, en este caso Isabel de Farnesio, en Esquilache, donde, aunque parezca mentira, rodó por primera vez a las órdenes de otra mujer, Josefina Molina. En 1991 aparecería en El día que nací yo, de Pedro Olea, y en 1995 en Mar de Luna, de Manolo Matji, en la que compartía momentazos con Emma Penella. Y luego, vuelta a los teatros.
Amparo Rivelles falleció en 2013, a los 88 años de edad, y tras haberse permitido el lujo de despedir su carrera teatral en 2006, ya superadas las ocho décadas, y en Santander, la misma ciudad que vio su debut siendo todavía una adolescente. Fue el cierre redondo para una carrera y una vida fundidas en el oficio de la interpretación. Una trayectoria biográfica y profesional en la que la actriz se distinguió por su precisión y diligencia para llevar a buen puerto a cada uno de sus personajes.
La actriz hizo historia en España y en México gracias a las grandes adaptaciones, aquel cine que tenía algo de literatura en imágenes. Pero también lo hizo como representante destacada de una generación de actores que no distinguió de esfuerzos, entre pantallas y escenarios, para tocar al público, al que Rivelles siempre estuvo dedicada.

Jose A. Cano



