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CINE ESPAÑOL CLÁSICO

30 años sin Ignacio Iquino, el director del arte de lo posible

El camaleónico y frenético director barcelonés fue capaz de firmar terror, spaghetti-western, comedias del Destape o cine quinqui, con éxitos de todo tipo
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El mismo director firmó en 1937 Diego Corrientes, un clásico del cine de bandoleros de la época; en 1952 El Judas, cine religioso típico del franquismo; en 1971 Un colt por 4 cirios, que no hace falta verla para saber que era un spaghetti wéstern de manual, en 1978 el exploitation quinqui Los violadores del amanecer, y en 1982 la terrorífica Secta siniestra. Y no estaba loco ni era un veleta, sino un currante con tal capacidad de adaptación que su carrera fue casi un testimonio de la evolución de nuestro cine: Ignacio Iquino.

El 29 de abril de 1994 fallecía en Barcelona uno de los directores y guionistas españoles más polifacéticos y productivos de su tiempo. Tenía entonces más de 80 años y llevaba casi 10 retirado, pero tuvo tiempo de dirigir 87 películas en cinco décadas de carrera, sin contar las otras 100 en las que se encargó del guión, se pusiese tras la cámara o no. 

La carrera de Ignacio F. Iquino va desde Al margen de la ley (1936) hasta Yo amo la danza (1984) —y que firmó como Steve McCoy, uno de la media docena de pseudónimos que utilizaría—. O lo que es lo mismo, del blanco y negro de la Segunda República al debut en cine de Lydia Bosch. Ahora la plataforma del cine español por excelencia, FlixOlé, lo recuerda en una colección que reúne algunos de los mejores títulos de su filmografía.

Hijo de la actriz Teresa Idel, cuyo apellido real adoptó como nombre artístico —en el DNI era Ferrès, de ahí la F. antes de Iquino—, el joven catalán empezó su carrera como fotógrafo y dirigió sus primeros cortos con apenas 20 años. Sus tres primeros largos, metidos en la industria de los años 30, ya significan cambios de género poco habituales. Algo para lo que tuvo cierta libertad porque muy pronto se pone detrás de la cámara gracias a su otra faceta como cineasta: productor. En 1934 había fundado la compañía Emisora Films, una productora que luego reflotó tras la Guerra Civil.

Después del documental Toledo y el Greco (1933), Ignacio F. Iquino empezó oficialmente su carrera en el cine español en la mencionada Al margen de la ley (1936). Rodada en 1935 pero estrenada no en el mejor año para empezar una carrera artística, se trata de una película de acción que hoy llamaríamos true crime, contando el caso real del robo al expreso de Andalucía en 1924. 

Pero ya al año siguiente y su segunda película de ficción, Iquino hace ya lo que sería luego una norma para él: cambiar de tercio radicalmente. El director se pasa a la épica con Diego Corrientes (1937), una historia de bandoleros que tuvo que parar su producción por el estallido de la Guerra Civil. 

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Paco Martínez Soria en ‘Paquete, el fotógrafo público numero uno’ (1938), de Ignacio Iquino

Y en 1938, también rodada en pleno conflicto, llegaría su primera comedia, con un punto autobiográfico sobre sus inicios como fotógrafo. Es el mediometraje Paquete, el fotógrafo público número uno (1938), en la que actúa un por entonces todavía joven Paco Martínez Soria. El actor, al que todavía le quedarían décadas para ser conocido por el gran público, fue descubierto para el cine por Ignacio Iquino, que ya contó con él en un papel más pequeño en Diego Corrientes

El primer verdadero éxito como director de Iquino llegaría ya en la posguerra con la comedia El difunto es un vivo (1941), adaptación de una obra de teatro coescrita por el propio Iquino y Francisco Prada. Junto a su cuñado Francisco Ariza, Iquino se asocia con el productor Aureliano Campa (y con CIFESA) para llevar a cabo este estilo de comedias comerciales y baratas, al estilo de los estudios norteamericanos, en el contexto de una España en ruinas y de la Segunda Guerra Mundial.

Además de Alma de Dios (1941) o Un enredo de familia (1943), otro ejemplo famoso de este grupo de películas es la también adaptación Los ladrones somos gente honrada (1942), en este caso a partir del texto de Enrique Jardiel Poncela, que luego tendría una nueva versión en 1956, con José Luis Ozores, PepeIsbert y Antonio Garisa.

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El primer gran éxito de Ignacio Iquino: ‘El difunto es un vivo’ (1941)

Decidido a mantenerse como hombre orquesta (productor, director y guionista), seguir rodando en Barcelona y no encasillarse demasiado, en esta época frenética Iquino también firmaría filmes más dramáticos —como La culpa del otro (1942)— o de propaganda patriotera del gusto del régimen franquista —como El tambor del Bruch (1947)—, con Adriano Rimoldi y Ana Mariscal como algunas de sus estrellas. 

Ya convertido en un profesional reconocido y con cierto control sobre sus proyectos (gracias también a su nueva productora, I.F.I —Ignacio F. Iquino, claro—), sus obras más personales llegarán a partir de los años 50. Con Brigada criminal (1950), Iquino se adelanta a la moda del género negro (ya había dirigido policíacos en los 40) al pensar un guión a mayor gloria del protagonista, José Suárez, y en la que intentó ganarse el favor de la Dirección General de Seguridad franquista para poder representar una violencia más cruda de lo que se solía permitirse en el cine español de entonces.

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Una de las películas más recordadas de Ignacio F. Iquino: ‘Brigada criminal’ (1950)

Brigada criminal tiene la curiosidad además de que, gracias a este acercamiento a las autoridades, el tiroteo final, uno de los más realistas del cine negro del momento, se rodó en un edificio en construcción que quizás les suena: el actual Hospital Vall d’Hebron de Barcelona.

Sin embargo la buena relación con el régimen que se había trabajado, por mero sentido práctico y como hicieron muchos productores de la época, no le sirvió de nada dos años después al rodar El Judas (1952). El propio Iquino creía que la fama de esta película se debía en parte a la leyenda sobre los cortes que recibió por parte de la censura tanto en el guión como en montaje.

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Iquino en modo cine religioso: ‘El Judas’ (1952)

En realidad, la historia era una alegoría moralizante muy propia del cine religioso español o italiano de la década: un actor que recibe el papel de Judas y se ve consumido por la envidia ante el que interpreta a Jesucristo en la misma obra. Aunque lo polémico no estuvo tanto en el argumento sino en otro pequeño detalle: fue la primera película rodada en catalán después de la Guerra Civil.

En 1959 llega la que muchos críticos consideraron su mejor película, quizás incluso él mismo: Buen viaje, Pablo (1959). Una coproducción con Italia con Ettore Manni y Gisia Paradis en los papeles principales que sigue a un viajante de comercio por las carreteras de España. Costumbrista, realista, tan pausada y con tan poca acción que no parece de Iquino, es una de sus pocas obras en las que la crítica social, al menos la permitida para entonces, se hace explícita. Un poco antes había firmado uno de sus títulos más conocidos (y comerciales): Los ángeles del volante (1957). 

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Otro taquillazo de Ignacio Iquino: ‘Los ángeles del volante’ (1957)

Los 50 y 60, su época de mayor plenitud artística y comercial, son los años en los que Iquino alterna sus proyectos más personales con lo que pide la taquilla. Musicales (Quiéreme con música, 1957), comedias con Carmen Sevilla (Secretaria para todo, 1957), parodias con Cassen (07 con el 2 delante, 1966, adaptación no confesa del Anacleto, agente secreto de los tebeos de Bruguera) y lo que haga falta. En algunos escribe el guión, en otros lo corrige y en la mayoría también produce. Hasta se apunta a los spaghetti wéstern, género que trataría varias veces, con Oeste Nevada Joe (1965) y más tarde con la mencionada Un colt por 4 cirios (1971).

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Spaghetti en ‘Un colt por 4 cirios’ (1971)

Ignacio Iquino fue también de esos directores que, ya en democracia, se desquitaron de la censura con el Destape, aunque no fuese su género predilecto. En 1975 había firmado Las marginadas, todo un logro para ese interregno en el que el régimen ya agonizaba pero la censura seguía presente, reflejando con todo el realismo posible el mundo de la prostitución.

Pronto se atrevería también con el quinqui con Los violadores del amanecer (1978), pero fue ya en los 80 cuando dirige el que es considerado su mejor filme de la época, a pesar del título: La caliente niña Julieta (1981). Es una historia sobre la represión sexual y la hipocresía, que mezcla el thriller con la comedia, denostada sobre todo por el uso y abuso del reclamo morboso de sus escenas lésbicas (que hoy parecerían ingenuas, pero eran escandalosas entonces).

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Incursión quinqui: ‘Los violadores del amanecer’ (1978)

Es difícil explicar lo que hace única a la filmografía de Ignacio F. Iquino (o John Wood, o Steve McCoy) sin convertir el artículo en una colección de títulos, pero se podría resumir en que fue un profesional que cultivó aquello del llamado arte de lo posible. En un tiempo, lo que permitía la censura, en otro, lo que pedía o dejaba el mercado. 

Tan coherente en este compromiso con no abandonar lo comercial fue que su último título, Yo amo la danza (1984), es casi un videoclip de los propios 80. Un producto menor, sí, pero otro testimonio que dejó Iquino de la evolución de la industria y de un tipo de profesional del medio que no tuvo miedo a ningún género.

Puedes ver las películas de Ignacio F. Iquino online en FlixOlé.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.