Críticas
La luz de Aisha: Fuegos artificiales animados

Stills de 'La luz de Aisha'. Montaje: ©Cine con Ñ
La luz de Aisha cuenta la historia de una joven, Aisha, en una ciudad de Al-Ándalus en el Siglo XI. Su pasión por los fuegos artificiales, la gran atracción de la ciudad, contrasta con el orden del califa y la voluntad de su padre, que desea que su hija siga la tradición familiar vinculada a la caligrafía. Cuando un alquimista acaba por engañarla para robar un preciado libro con grandes descubrimientos, Aisha tendrá que emprender un viaje para salvar a su padre de una muerte segura.
La animación familiar con participación española vuelve a la carga con esta película dirigida por la iraní Shadi Adib, a la que ha acompañado, como director de animación, el legendario Raúl García. La luz de Aisha pertenece a ese grupo de películas especialmente dirigida a la infancia, que es un poco el segmento donde se concentra buena parte de la industria española mientras la animación que apela a un público más amplio aparece más con cuentagotas. Es decir, La luz de Aisha está más en la línea de Superklaus o Norbert que de Robot dreams (2023) y, desde luego, que de Unicorn wars (2022).
En ese sentido, la película de Adib busca un poco más el espíritu aventurero —que no al presupuesto— de Buffalo Kids, seguramente la película más depurada a nivel comercial de las que se han estrenado en la línea del cine de animación infantil en los últimos tiempos (Tadeo Jones aparte). Se nota especialmente en el cuidado sobre la animación, que tiene su personalidad propia, y las referencias al universo árabe, que se integran con bastantes buenas ideas en la historia. Es una lástima, de nuevo, que este esfuerzo de guión no siempre se acompase con una ambición mayor en lo estructural y argumental que apele a un público más mayoritario.
La luz de Aisha, un esplendor animado andalusí

Una de las cosas que mejor funcionan de la película es su aspecto y la forma en la que está animada. La luz de Aisha imita desde la animación 3D por ordenador un estilo stop-motion, al estilo plastinoso de Wallace y Gromit, pero metiéndole unos movimientos y reacciones más exageradas, de dibujo animado televisivo tradicional. La mezcla funciona para un look que, pese a que se nota limitado y a veces de irregular queda un poco raquítico, combina el detalle con una visión de conjunto que la hace particular pero sin dejar de intentar que resulte dinámica.
Al universo de La luz de Aisha ayuda también un diseño de personajes que se nota que se ha hecho uno por uno, con mimo, atendiendo a sus particularidades y dándole una forma específica a los principales. Por eso se mueven todos de forma distinta. Destaca, claro, lo que se ha hecho con Aisha, una protagonista con un abanico interesante de movimientos, pero da gusto ver que no se ha tirado al mogollón, sino buscando darle a todos, por lo menos, algún rasgo individual o desplazamiento todo suyo.
Otra cosa a agradecer es que lo de Al-Ándalus en Siglo XI no se utilice solamente como una excusa exótica para darle ambiente a la historia, sino que se ha intentado incluir cierta idiosincrasia del mundo islámico de entonces. Aunque la pirotecnia no tiene evidencia histórica de que se diese en los reinos de aquella época, sí que es cierto que la alquimia y la caligrafía floreció en la España dominada por los musulmanes durante varios siglos. Y que los visires mandaban a veces mucho más que los califas (aquí pasó, por ejemplo, con el famoso Almanzor, que nunca fue realmente califa).
Cosas de niños

Con todo este buen trabajo se nota aún más que La luz de Aisha no aspira más que a ser una película para niños muy niños. Se puede entender que en Europa el mercado infantil, de cara a ventas internacionales y demás, es mucho más seguro que otros, pero da un poco de lástima que todos estos esfuerzos no se dediquen a intentar crear una película que, sin excluir a los más pequeños, pueda ofrecerse como una obra artística completa para todos y no sea una colección continua de frases hechas y blancura, de un espesor dramático de papel de fumar. Películas como Robot dreams demuestran que es posible construir un mundo y apelar a emociones complejas sin ser Disney.
En cualquier caso, la película de Shadi Adib tiene los suficientes detalles como para que un adulto pueda apreciarla sin tirarse de los pelos en el cine. Hay ganas, buen trabajo y profundización en las ideas. Por eso es un poco más lástima que en la animación europea se sea tan conservador como para entender que los guiones y las historias se pueden desarrollar con varias capas de lectura y que todas son válidas pero igual de importantes. La animación española tiene que aspirar a eso para salirse del nicho.
como lo han sido últimamente películas como Superklaus o Norbert

Arturo Tena