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Críticas

Buffalo Kids: Vaqueros para niños

La animación familiar española da un pasito más hacia delante con esta cuidada película de aventuras con una revisión del mito del wéstern. Lo malo: la frustrante hipersimplificación del guión por sus ansias infantiles
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Buffalo Kids cuenta la historia de dos hermanos que emigran a la Nueva York de finales del siglo XIX para reunirse con su tío, la única familia que les queda. Pero al llegar su tío no está, lo que les obligará a empezar un viaje en su busca. En el tren conocen a Nick, un niño huérfano con parálisis que, junto al perro Chispas, se unirá a los hermanos en su búsqueda. Pero su camino por el Salvaje Oeste no será nada fácil.

Pedro Solís García adapta la historia de su multipremiado y viral cortometraje Cuerdas (2013) —¡100 millones de visualizaciones en YouTube!— en una ambiciosa película de animación de aventuras con la que se ha asociado con Juan Jesús García Galocha, Javier Barreira y Jordi Gasull, que son director y guionistas, respectivamente, de Momias (2023) y las dos primeras entregas de la saga Tadeo Jones, dos de las grandes éxitos comerciales del sector animado español de los últimos años.

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Buffalo Kids se mueve en los márgenes conservadores de la animación europea dirigida al público familiar, siempre con miedo de perder a los más pequeños. Vamos, una historia sencilla y de estilo cándido, más blanca que una mañana de invierno en el Polo Norte. Y es una lástima que no quiera/pueda aspirar a algo más porque hay un esfuerzo notable de ambientación, referentes de wéstern bien entendidos y un cuidado entrañable en la construcción y expresividad de los personajes.

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Lo mejor de esta película es algo que viene heredado del cortometraje de García Solís: el tratamiento del personaje de Nick, un niño en silla de ruedas que se convierte en el corazón de la película. El guión y el equipo de animación tienen muy claro su importancia y la defienden, con un esfuerzo importante para transmitir la dimensión sensorial y especial sensibilidad del niño. Sin necesidad de palabras, a base de gestualidad y una recreación de los decisivos momentos psicológicos que vive.

Los dos hermanos protagonistas, cada uno con sus propios rasgos y características, acompañan bien el cometido de darle tres dimensiones a la construcción de personajes, que supera con mucho a la de la esquemática Momias. Este interés se ve hasta en cómo es el perro Chispas, el clásico animal/monstruito mono secundario en este tipo de películas, que también tiene su propia personalidad y mímica.

Acompaña también que se la haya querido dar un contexto histórico y cinéfilo con base y sentido. Equiparar la búsqueda de la familia con la de la búsqueda de un futuro mejor de los migrantes (en este caso, irlandeses) que llegaron a Estados Unidos a finales del XIX y principios del XX tiene sentido tanto la historia ficticia de Buffalo Kids como en la real de miles de personas en aquella época. El edulcoramiento de lo sucedido entre indígenas y el ejercito emborrona parte de este tino, pero el hecho de que los Cheyenne sean los verdaderos «buenos» de la historia es otra señal de que saben lo que están haciendo pese a que esto sea una película para niños.

El imaginario visual que acompaña a su revisión del mito de la conquista del Oeste (el desierto, el asalto al tren, el poblado indígena, la mina, etc…) están también hecho con atención y mimo, con detalles de producción muy significativos, por ejemplo, en como son los trenes, los búfalos,los detalles de la vida de los indios, etc… El aspecto y movimientos del malo de la película, un claro trasunto de Lee Van Cleef, deja claro que no se ha dado puntada sin hilo a nivel cinéfilo.

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Por todo lo anterior frustra un poco que Buffalo Kids tenga tan poco arrojo a la hora construir la gran mayoría de los diálogos o algunas situaciones del guión. Animadores y guionistas españoles: aunque todo esté hecho para que acabe en inglés, no hace falta que todo esté hecho para que lo mastique un niño de 6 años con problemas de atención. Los niños entienden muchísimas cosas, y las que no entienden no les importan. Es más, a veces les fascinan más porque no llegan a entenderlas.

La obsesión de las grandes compañías hoy por hacer un producto hipersegmentado y pulido, ajeno a cualquier crítica o mancha traumática, nos devuelve productos digitales suavones, sin nada que pueda perturbar la mente de un niño. No deben de haber visto las películas de animación de Disney del siglo XX. Aunque se entiende que hay mucho dinero en juego y que la animación es muy costosa como para arriesgar, es lo mismo que decíamos en Momias: negarse a avanzar un poco más, sin renunciar al público infantil, es malo para todos.

El éxito de Klaus (2019) demostró que se puede hacer animación accesible pero que tenga un cuidado de guión que plantee acciones y problemas no tan simplificadas. Quizá la diferencia sean unos importantes 30 millones de euros para una cosa o la otra, pero conformarse con menos, con la calidad y el nivel que tiene el sector en España, es mucho peor que congratularse por todo lo bueno que tiene una película como Buffalo Kids, que es mucho.

La puedes ver online en

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Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.