Clásicos del cine español
Gil Parrondo, el creador de sueños que hizo tangible lo imaginado

Entrada de la exposición 'Gil Parrondo, creador de sueños'. ©Enrique Piñuel Martín
La elección de ‘creador de sueños’ como subtítulo que acompaña a la exposición dedicada al director de arte Gil Parrondo, abierta al público hasta el próximo 30 de junio en La Casa del Reloj de Madrid, no puede ser más acertada. Entre las múltiples profesiones que intervienen en la realización de una película es, posiblemente, ‘creador de sueños’ el calificativo que mejor define quienes ejercen la dirección de arte: un oficio en el que, a través de los ambientes y decorados diseñados, se hace tangible lo imaginado. La pura esencia de la magia del cine.
En el décimo aniversario de su muerte, la muestra propone un recorrido cronológico por la trayectoria laboral y vital de una de las figuras internacionales más relevantes de la dirección artística cinematográfica, el asturiano Gil Parrondo Rico. Con más de 200 películas en su filmografía, su trabajo contribuyó decisivamente a la construcción visual de algunas de las producciones más destacadas del cine del siglo XX.
El director de arte desarrolló una brillante carrera, en la que fue reconocido con numerosos premios a lo largo de los 75 años que estuvo en activo, entre los que destacan dos Premios Óscar por sus trabajos en Patton (1970) y Nicolás y Alejandra (1971) ambas dirigidas por Franklin J. Schaffner y cuatro Goyas por Canción de cuna (1994), You’re the One, una historia de entonces (2000), Tiovivo c. 1950 (2004) y Ninette (2005) todas ellas dirigidas por José Luis Garci.
Años de formación hasta encontrar un estilo propio
Su formación artística comenzó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, ciudad a la que había llegado con su familia, a finales de la década de los 20, procedente de su Luarca natal. En la escuela se especializó en pintura y arquitectura, disciplinas que acabarían siendo fundamentales para el desarrollo de su carrera profesional. En el mundo del cine entró a través de los Estudios de cine de Aranjuez, donde empezó a trabajar en el departamento de arte a las órdenes del escenógrafo alemán Sigfrido Burmann, quien se había establecido en España en 1910 y se había convertido en el principal exponente de la dirección de arte en el país.
El primer trabajo de Parrondo fue en la película Los cuatro robinsones (1939), dirigida por Eduardo García Maroto. Coincidían los tiempos con la posguerra, y el cine fue una de las principales herramientas para la propaganda del régimen, siendo una de sus principales aliadas las producciones de corte histórico-épico y de costumbrismo y folclore. Parrondo se forjó en este contexto, donde era determinante la recreación de ambientes, escenarios y paisajes. Junto a Burmann, al que siempre consideraría su maestro, trabajó en más de cuarenta películas, dirigidas por algunos de los grandes directores de la época: Juan de Orduña, Ladislao Vadja, Edgar Neville o Benito Perojo.
A comienzos de la década de 1950, Parrondo inicia una nueva etapa profesional al independizarse y asociarse con el decorador Luis Pérez Espinosa. Su debut como decorador jefe llegó con Jeromín (1953), a la que siguieron títulos como ¡Felices Pascuas! (1954), El guardián del paraíso ( 1955), Los peces rojos (1955) y Fedra (1956). Estas películas, influidas en cierta medida por un espíritu más neorrealista, marcaron el inicio de una evolución estética en la obra de Parrondo, quien comenzó a desarrollar un universo visual más naturalista, alejado de la teatralidad que había caracterizado sus trabajos junto a Burmann, en los que predominaban los forillos y telones pintados.
En la exposición pueden contemplarse los bocetos de los escenarios que Parrondo diseñó para algunas de estas películas, realizados principalmente con lápiz, rotulador y carboncillo. El nivel de detalle y la precisión que revelan estos dibujos ponen de manifiesto la meticulosidad y el rigor con los que afrontaba su trabajo.
Una de las labores fundamentales de la dirección de arte es la de crear la paleta de colores que acompañará a la película. Parrondo tenía especial predilección por los tonos verdes grisáceos que le recordaban a Asturias, y que en esta ocasión dan forma a las paredes de la exposición.
Además de la creación de decorados, la gran pasión de Gil Parrondo era la localización de escenarios reales que se adaptaran a las necesidades del guión. Conocía a la perfección la geografía española, y siempre lograba encontrar el castillo, la montaña, el puente o el claro en el bosque que mejor transmitía la idea del director. Contaba con decenas de cuadernos repletos de dibujos realizados a mano alzada de cada rincón del país que habían despertado su interés.
Este profundo conocimiento del país resultó decisivo para su trabajo en las producciones internacionales que comenzaron a llegar a partir de los años 50, ya que le permitía sugerir a los directores, especialmente a aquellos que buscaban escenarios naturales, localizaciones capaces de responder con precisión a las necesidades de cada proyecto.
Hollywood desembarca en España
Será a finales de los 50, con la llegada de Samuel Bronston a España, cuando se produzca una auténtica revolución en la producción de cine en el país. Bronston estableció su base de operaciones en Madrid, tras comprobar las ventajas que ofrecía para los grandes rodajes: costes más bajos que en Hollywood, abundante mano de obra, grandes profesionales, variedad de paisajes, muchas horas de sol y apoyo total de las autoridades locales.
Parrondo, que ya había tenido algunas experiencias en producciones internacionales —Mr. Arkadin (1954) o Alejandro Magno (1955)—, entró en contacto con Bronston en 1958, comenzando una fructífera colaboración, en la que conocerá de primera mano los procesos de trabajo de la industria de Hollywood; grandes equipos, amplísimos presupuestos y minuciosas preproducciones que le permiten trabajar con gran detalle en cada decorado. A partir de este momento, sus bocetos y dibujos de decorados comenzaron a ser incluso más elaborados que los anteriores, utilizando tintas chinas, incorporando técnicas como el gouache y pronunciados claroscuros.
Durante este tiempo, participó en muchas de las grandes películas históricas que se rodaron en España: Rey de Reyes (1960), El Cid (1961), 55 días en Pekín (1962), La caída del Imperio Romano (1963), El fabuloso mundo del circo (1964) que le llevarán a trabajar con algunos de los más destacados directores de cine: Nicholas Ray, Anthony Mann o Henry Hathawey.
El modelo Bronston fue repicado por otros productores internacionales, que trasladaron sus rodajes a España. Por eso Espartaco (1960), Lawrence de Arabia (1962) o Doctor Zhivago (1965) también contaron con Gil Parrondo en sus equipos de arte. Las fotografías de estos rodajes, que se pueden ver en la exposición, revelan la enorme dimensión del trabajo artístico que había detrás de estas superproducciones. En ellas puede apreciarse, por ejemplo, cómo una zona de Canillas, en Madrid, fue transformada en una céntrica calle de Moscú, dando testimonio de la extraordinaria capacidad que tenían estos equipos para recrear cualquier escenario con un asombroso grado de verosimilitud.
El triunfo en los Óscar de Gil Parrondo
En la exposición también se recoge en varias fotografías, la importancia de su relación con John Box,diseñador de producción, con quien acabaría entablando una estrecha amistad. Éste le introdujo en los rodajes de David Lean y fue determinante en su carrera para los Óscar. Con Box trabajó en Nicolás y Alejandra (1971) película con la que ganó su segundo Óscar. Un año antes, también a las órdenes de Schaffner, había trabajado en Patton, película que le había valido ese primer galardón de la Academia de Hollywood. En 1973, de nuevo formando parte del equipo de John Box, recibirá su tercera nominación, en esta ocasión por Viajes con mi tía.
Totalmente consagrado ya a nivel internacional, Parrondo se estableció en Los Ángeles. Desde su despacho, el cual aparece reproducido en la exposición, trabajó en decenas de títulos repitiendo con Franklin J. Schaffner, pero también en películas de John Millius, Richard Lester o Monte Hellman.
Vuelta al cine español
A partir de la década de 1980, Parrondo retomó de forma más continuada su actividad en el cine español. En esta etapa resultó fundamental su encuentro con José Luis Garci, con quien inició una fructífera colaboración, que comenzó con Volver a empezar (1982) y que se prolongaría a lo largo de diez largometrajes, convirtiéndose en una de las asociaciones creativas más destacadas de su carrera y que le valdrá ganar cuatro Premios Goya.
De entre todos los títulos en los que trabajó en España a partir de los ochenta, tenía especial predilección por Las bicicletas son para el verano (1984), historia con la que se sentía totalmente identificado, ya que al igual que su protagonista, vivió su adolescencia en Madrid durante la Guerra Civil. Para los escenarios de la película, Parrondo incorporó recuerdos autobiográficos, como el cine de verano de las Vistillas que estuvo en funcionamiento en los años treinta y que fue reconstruido junto a la basílica de San Francisco el Grande, como se puede ver en el audiovisual que acompaña la muestra.
En la exposición también se pueden ver algunos bocetos que realizó para el proyecto de película Guernica. 33 días, que iba dirigir Carlos Saura, pero que nunca llegó a producirse, entre ellos el diseño del propio estudio de Picasso en París.
Junto a los trabajos de Parrondo, la exposición reúne también obras de otros directores de arte que colaboraron estrechamente con él, como Ferdinand Bellan y Veniero Colasanti y los visitantes más fetichistas podrán disfrutar también de una amplia selección de sus objetos personales: fotografías familiares, carnés de estudiante, acreditaciones de rodajes legendarios, material de oficina, cuadernos de trabajo, caricaturas que realizaba a amigos, sus características gafas de cristales tintados, telegramas enviados por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas con motivo de las nominaciones a los Óscar y, por supuesto, las estatuillas y galardones que fue acumulando a lo largo de una trayectoria excepcional.



Enrique Piñuel Martín






