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Series españolas

Todas las veces que nos enamoramos: Cómo conocí a vuestra guionista

Una comedia romántica que es todo lo que el algoritmo dice que debe ser: nostalgia, culebrón, chistes meta, reparto diverso pero sin pasarse... y, sin embargo, funciona
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Todas las veces que nos enamoramos empieza en 2004, cuando Irene y Julio, estudiantes de audiovisuales en Madrid, se conocen por casualidad. Una historia que ella cuenta desde 2022, sobre los vaivenes en una relación en la que no influye solo la atracción que sienten el uno por el otro, sino el desarrollo de sus carreras, la de ella como guionista y directora y la de él como actor. Al mismo tiempo sus amigos van recalando en otras profesiones del sector y sus vidas evolucionan, con cambios inesperados.

Estamos ante una serie extraña, mitad lo mismo de siempre mitad un par de giros poco frecuentes, que parece prolongar cierta tendencia reciente de Netflix de intentar hacer culebrones o comedias románticas que, sin dejar de cumplir las reglas, al menos las retuerzan un poco. Es también un ejercicio de metaficción quizás demasiado explícito en algunos momentos pero que en general tiene gracia, y otro de nostalgia que patina más según el momento pero consigue integrar muy bien en su trama homenajes muy sutiles pero efectivos si se tienen la edad y los referentes claro.

De hecho, sin ser la serie que va a revolucionar el audiovisual español (es posible, incluso, que alguna parodia sin maldad acabe cabreando a alguien), Toda las veces que nos enamoramos hace algo que a Netflix en general se le suele dar fatal: integrar varios niveles de lectura y que esto lo puedo ver alguien más joven, o de fuera de España, que simplemente es fan de los actores y quiere divertirse con el culebrón, o alguien local y más mayor, de la edad cronológica de los personajes, que pille todas las referencias y le llegue el discurso más elaborado que integra ambos.

Que bonitos los años como-se-llamen

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Todas las veces que nos enamoramos se mete en un montón de jardines relativamente poco habituales en nuestra ficción, incluso tocando un par de tragedias de la vida real que estaban poco exploradas. Una, muy evidente, es de la de la salud mental dentro del propio mundo del audiovisual, que se ha tratado muy poco, quizás con menos tendencia a culebronizarla, pero desde luego sin tanto realismo en cuanto a sus causas (padres narcisistas y una inseguridad brutal) y consecuencias. Incluso hay un par de escenas que hoy identificaríamos como acoso sexual a la primera y en 2004, como es evidente, estaban bastante asumidas (que no normalizadas).

Parte de la gracia de Todas las veces que nos enamoramos es que está vendiendo los Goya y triunfar en el audiovisual como modelo aspiracional y de éxito… hacia fuera. El Madrid «bonito» que se ve aquí hay que mirarlo con ojos de turista, como en Valeria (2020-…), o como la Sevilla de Si lo hubiera sabido (2022). Quizás de ahí venga también el homenaje explícito y constante a Almodóvar. En 2004 se estrenó La mala educación, y en parte el argumento de Todas las veces que nos enamoramos se lee como una versión para chavales, un homenaje, una parodia… e incluso una impugnación de la misma. Recuerden lo que decíamos antes del acoso sexual e imagínense aquella película desde el punto de vista del personaje de Gael García Bernal.

El actor que interpreta a Julio, Franco Masini, viene directamente del remake argentino de Rebelde (2022-…), es decir, de un producto nostálgico de los 2000 cuyo original fue un éxito «panhispánico» hasta el punto de tener versiones en varios países. Su acentazo está integrado en la trama (es casi un chiste autoparódico sobre las series de Netflix), pero, aparte, está aquí para atraer a públicos que saben quién es él pero no conocen Maricón perdido (2021), no sé si me explico. También es «muy de los 2000» que sea, precisamente, argentino, cuando la crisis del corralito hizo desembarcar en nuestro país paladas de talento migrante y gracias a El hijo de la novia (2001) hubo una pequeña moda de comedias de allí.

Prescindiendo de la, digamos, ambientación histórica, Todas las veces que nos enamoramos tiene también la virtud de que, aunque su Madrid es uno idealizado a todos los niveles, se molesta en reflejar las ansiedad personales, laborales y económicas de las profesiones creativas, como una versión pija de un ensayo de Remedios Zafra. Su visión de cómo afronta la madrileñidad alguien «de provincias», bueno, parte de la base de que sea adecuado usar la expresión «de provincias» para describirlo. Pero al menos se molesta en considerar que ese factor influye en cómo son las vidas de los personajes.

Por Lope

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Por otra parte, la serie asume que es una comedia romántica desde el principio, una que juega con la reconstrucción de su primero juventud que hace una mujer ya más o menos asentada desde «el presente», así que tiene algún guiño a Cómo conocí a vuestra madre, serie que se empezó a emitir en 2005. Asimilando esa parte, está bien que cuando un personaje hace una defensa de las comedias románticas tire de Lope de Vega y no de Meg Ryan, aunque los dos estén potencialmente. En el fondo, que no en la forma, es un momento que recuerda tanto a Besos al aire (2021), pero con giro cañí, que he tenido que ir a comprobar que el socio habitual de Carlos Montero, Darío Madrona, no estaba en el equipo.

Del equipo de lujo de directores que tiene esto la que parece más cómoda y se desmelena más, con el pulso del género controlando, es Ginesta Guindal, más cercana a su trabajo en Drama (2020), pero con mejores medios y un guión más tendente a la hiperventilación. Como en todas las comedias románticas con giro recientes, parte de la gracia es tener a personajes femeninos positivos haciendo barrabasadas vinculadas tradicionalmente a los masculinos.

Pero de vez en cuando se escapa cierto tufillo misógino. Ya saben, eso de que si un señor es autodestructivo es que claro, ella no le hace caso aunque él la quiere mucho como la trucha al trucho. Y, bueno, que el personaje más directamente «feminazi» tenga un momento de «todas queremos nuestro cuento de hadas» te hace preguntarte por qué le han puesto tanto esfuerzo a escribirlo todo de otra manera hasta ese instante.

En fin, que Todas las veces que nos enamoramos es todo lo que el algoritmo dice que puede funcionar: nostalgia, culebrón, chistes meta pero sin colarse, reparto diverso pero también sin pasarse que los protas siempre tienen que ser los más guapos, etc. Es una serie de Netflix. Pero una que, a su manera, una vez establecidas sus reglas, funciona. Hace falta tener ganas de culebrón o de refocilarse en su guión construido a base de integrar referencias a una década muy concreta, pero, sin reinventar la rueda, porque ni quiere ni le conviene, funciona.

Imágenes: Todas las veces que nos enamoramos – Netflix
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.