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Los Goya de toda la vida

Las expectativas de que pudieran ser unas nominaciones distintas se quedan a medias. La Academia se protege y opta por repartir juego

Años 90

Es verdad que había ganas de nominaciones a los Goya este año. Más que otras veces, sí. Primero porque han llegado muy tarde (pandemia y temporal mediante), pero sobre todo porque había unas expectativas nuevas por ver si las nominaciones iban a reflejar lo que ha sido el cine español más relevante del extraño 2020.



Había una sensación -con algo de base en un año tan loco- de que podían pasar cosas en los Goya que en realidad nunca pasan. Todo porque se abrió un camino distinto en exposición y espacio para el cine español fuera de los márgenes tradicionales del sector. Con una industria con pocos grandes estrenos y con dificultad para que los que hubiera fueran importantes entre el público, asomaron la cabeza películas más pequeñas en su producción que, quizá, ni habrían sido tenidas en cuenta otros años.

 

La oportunidad perdida

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Pero, en general, todo esto no ha terminado de llegar a los Goya. O al menos, no con la fuerza que algunos esperábamos. Han sido unas nominaciones como las de 2019 o 2018, con sus aspectos positivos y negativos habituales. Es decir, unas nominaciones con sus cosas a valorar y con las quejas y los olvidos que se podrían hacer siempre.

Eso tampoco significa que haya que tomar una distancia resignada y pensarlo todo bajo el filtro del «es lo que hay». Hay que entenderlo, ponerlo en contexto y explicarlo sin calentarse demasiado -enfadarse mucho por unas estatuillas no tiene sentido-, pero no abandonarnos al querer estar por encima de estas frivolidades e ignorar las posibilidades que ofrecen. Las había este año.




Los Goya son al final la cara bonita, el reflejo más llamativo de una industria y un grupo de profesionales con exposición en horario de máxima audiencia. Son un mensaje de «lo prestigioso» en el cine español. Son importantes, vaya, aunque sea simbólicamente. Y los académicos tenían una oportunidad, con esta cosecha industrial corta, de hacer una celebración de lo mejor del cine español distinta, con gestos extra hacia nuevas posibilidades. Y no la van a aprovechar.

Existía esa ocasión de mandar un mensaje de permeabilidad y atención a lo que ha sido el curso, de arriesgar más de la cuenta, y se ha dejado pasar. Igual es de ser muy ingenuo, pero hay que lamentarse si las cosas no cambian cuando hay posibilidades de que lo hagan, si hay un resquicio. Hay que seguir criticando al mainstream cuando toque, también si es en un plano superficial.

El reflejo principal de lo que podría haber sido y no fue se puede resumir en un título: El año del descubrimiento. La película de López Carrasco consigue sus 2 meritorias nominaciones (Mejor documental y Mejor montaje), pero al final los académicos no se han atrevido a meterla en Mejor película – que habría sido histórico- o en Mejor dirección. Cuando había posibilidad de poner los focos más grandes, se ha dado un pasito atrás.

 

La autodefensa de la industria

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Fotograma de ‘Las niñas’, de Pilar Palomero

La entrada de la película de López Carrasco habría cambiado los titulares, pero al final se han quedado en las 13 nominaciones a Adú, entre las que están las de Mejor película y Mejor dirección. Sin desmerecer a la competente y bien hecha película de Salvador Calvo, es algo así como la otra cara de la moneda de El año del descubrimiento: de la no ficción de compromiso social de la industria al drama también social pero producido por Mediaset. Un contraste duro de expectativas.

Porque al final las nominaciones son sensaciones. Aunque es probable que Adú no pueda competir con La boda de Rosa y, sobre todo, con Las niñas, que con 9 nominaciones sí es es la gran favorita a llevarse los premios más importantes, la película de Calvo sí que queda como un símbolo del rumbo final por el que han optado los académicos.



Se ha optado por un camino de repartir juego, con especial interés también en querer compensar a películas que han jugado su papel dentro de la industria pero que este año han pasado más inadvertidas (no como el taquillazo Padre no hay más que uno 2, que se va de vacío). Ahí están las 6 nominaciones a Black beach, la inclusión de Ernesto Alterio por la ignorada Un mundo normal o las dos nominaciones para El inconveniente, entre las que está una a la siempre disputada categoría de Mejor dirección novel.

«Había que dar un poco de cariño a todo el mundo y se ha aprovechado la ocasión de que no hubiera claros dominadores»

Otras decisiones como la inclusión de Isabel Coixet (Nieva en Benidorm) o Juanma Bajo Ulloa (Baby) en Mejor dirección, que han pasado inadvertidas en el resto de grandes categorías, terminan de dar la sensación de que los académicos no han querido olvidarse de los suyos en un curso tan difícil para todos. Había que dar un poco de cariño a todo el mundo y se ha aprovechado la ocasión de que no hubiera claros dominadores. Pero eso ha cerrado también puertas en la cara a otros que normalmente no pueden pararse a pensar que estén abiertas.

En el saco de lo positivo y atento a lo que ha sido también el año: el reconocimiento al buen año del cine vasco con las 5 nominaciones, entre ellas la de Mejor película, para Ane y las 9 nominaciones a Akelarre o las 2 de ese pequeño fenómeno en streaming y luego en salas que ha sido My mexican bretzel, que se apunta un gran punto al conseguir la de Mejor dirección novel para Nuria Giménez Lorang.

La vida sigue igual y podría haber sido, por una vez, un poco diferente. Con unos meses a cuestas en los que parece que cualquier cosa puede pasar, las nominaciones a los Goya nos recuerdan un poco a cómo era el mundo antes, en 2019. Nos llevan otra vez a ese tiempo y esas sensaciones. A ese lugar seguro donde, por suerte, hay menos desastres, pero también al espacio donde se expande lo habitual, lo rutinario y lo esperable. Habrá que seguir empujando para que nos podamos sorprender también de lo bueno.

 

Arturo Tena (@artena_)

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