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Nieva en Benidorm: irregular libertad creativa

Una revisión original del cine negro que peca de falta de concreción.

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El tráiler de Nieva en Benidorm es engañoso -aunque cuál no lo es-: presenta a la última película de Isabel Coixet como una suerte de comedia romántica en la incomparable Benidorm, epicentro del turismo de sol y playa patrio. A pesar de que en el filme no faltan ciertos toques cómicos, la cinta de la reciente ganadora del Premio Nacional de Cinematografía supone, en el fondo, una revisión original y pintoresca del cine negro.

Ajustándose a los cánones más reconocibles del género, Coixet nos propone una relectura, hasta cierto punto paródica, del cine noir. A través de un personaje solitario como Peter Riordan (Timothy Spall), Nieva en Benidorm nos embarca en un viaje iniciático por las calles y edificios más reconocibles de la ciudad de los rascacielos alicantina en búsqueda de su hermano desaparecido. En ese vagabundeo descarriado se encontrará con personajes tan irreales y extravagantes como el lugar en donde se desarrolla la trama.

En este sentido, los personajes principales estarán interpretados por un conjunto de rostros cuya mezcla se antoja, a priori, del todo imposible: Carmen Machi da vida a una policía local lectora de Sylvia Plath; Ana Torrent a una enigmática y callada limpiadora, y Pedro Casablanc se pone en la piel de un mafioso carnicero de tres al cuarto. En torno a estos personajes, Coixet construye una trama criminal con ciertos altibajos, que se superpone a esa historia de amor tardío entre el protagonista y Alex, toque exótico de la película, interpretada por Sarita Choudhury. Salvo el personaje principal, todos parecen esconder más de lo que muestran.

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Como en toda obra de género negro, en la película de Coixet no faltan los claroscuros. No solo a lo que respecta a esos personajes que parecen poseer una doble cara, sino en la propia composición secuencial. Durante la trama se van alternando las escenas diurnas bajo el sol radiante del Mediterráneo con aquellas nocturnas envueltas en una atmósfera de neón. Luz natural y luz artificial. Realidad y artificio. Este juego es sobre el que se sustenta la propia trama: ¿qué es real dentro de una ciudad y unos personajes que parecen del todo artificiales?

Esta es la pregunta que debe hacerse el propio Peter Riordan, un hombre tranquilo y solitario, que por primera vez deja atrás la fría y oscura Manchester para embarcarse en su particular odisea en un lugar tan extraño para él. Un personaje bien definido, que vivirá una transformación existencial al lado de Alex. En esta relación podemos ver precisamente lo más marcado del universo Coixet en la película.

Otro de los rasgos esenciales de Nieva en Benidorm es su marcada estilización. En la magnífica fotografía de Jean-Claude Larrieu encontramos un cierto toque almodovariano, que se observa en la amplia paleta de colores con las que se nos presentan los escenarios principales por donde pululan sus estrafalarios personajes. En este sentido, hay que recordar que El Deseo (productora de los hermanos Almodóvar) está detrás de la película.

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Los reconocibles edificios, calles y playas recuerdan al “cine turístico” que lleva haciendo desde hace dos décadas Woody Allen, ese que consiste en rodar en ciudades y lugares que en algún momento les llegó a enamorar en su vida real. Si el director neoyorkino ha hecho lo propio con ciudades españolas como Barcelona, Oviedo o, más reciente, San Sebastián, Coixet opta por dar protagonismo a una ciudad diseñada para sus visitantes.

Esa heterogeneidad de la que hace gala es un reflejo del propio enfoque, excesivamente abierto, con el que la directora catalana concibe la película. Imitadores de Elvis, acróbatas vaginales, británicos en busca de fiestas interminables, grupos del Imserso, cutres despedidas de solero. Una mezcla de personas, que, como le ocurre con la arriesgada mezcolanza de géneros de la que hace gala la película, no siempre casan bien.

De este modo, Nieva en Benidorm se convierte en algunos tramos de la película en una perfecta postal animada de los encantos y los horrores de una ciudad que atrae a millones de personas al año, especialmente a esos británicos a los que, a veces, parece que va dirigido el filme. Esto se observa especialmente en el doblaje al castellano, un auténtico despropósito, que hace que la cinta pierda parte de su esencia: el problema de incomunicación entre los personajes, los malentendidos lingüísticos y la mayoría de los gags cómicos no tienen sentido en la versión doblada. La película debe ganar muchos enteros en su versión original.

En definitiva, Nieva en Benidorm es una película irregular, que peca principalmente de falta de concreción. Un ejercicio de libertad creativa que puede descolocar a más de uno, aunque esto es lo que precisamente pretende Coixet. A través de personajes más bocetados que definidos, la directora y guionista juega al despiste en una trama que se convierte en una mera excusa para ahondar en la psicología de Peter Riordan y llevarnos a un viaje iniciático tan incierto como irreal. Pero que en el fondo esconde una clara moraleja: nunca es tarde para encontrar tu verdadero hogar.

 

Adolfo Monje Justo (@adolfo_monje)

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