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Wolfgang (Extraordinario):La sonata de Ruiz Caldera

Stills de 'Wolfgang (Extraordinario)'. Montaje: ©Cine con Ñ
Wolfgang (Extraordinario) cuenta la historia de Wolfgang (Jordi Catalán), un niño de 10 años que se tiene que mudar con su padre (Miki Esparbé), al que no conoce, tras morir su madre. Superdotado y con el trastorno del espectro autista (TCA), Wolfgang tiene como objetivo convertirse en el mejor pianista del mundo. Su padre, un actor sin demasiada suerte, busca la forma de conectar con él, mientras intenta progresar en su carrera y gestionar su rechazo.
Javier Ruiz Caldera es, desde hace 15 años, el director español para importar o versionar subgéneros cómicos típicamente norteamericanos. De la mano de Mediaset casi siempre, ha hecho de todo: la parodia cinematográfica (Spanish movie (2009), la película que le puso en el mapa), la comedia de instituto (Promoción fantasma), la romántica (3 bodas de más), la de superhéroes (Superlópez), la de zombis (Malnazidos) y, claro, la de acción (Anacleto, agente secreto, Un hombre de acción). Wolfgang iría en la misma línea, esta vez con la referencia de la feel-good movie familiar.
Lo bueno que tiene la película es que, dentro de la declinación sin muchos riesgos de la fórmula, se las apaña para tener su toque. A Wolfgang la ves venir todo el rato, pero aún así le sale todo lo que intenta. Eso es mérito de lo bien concretado que está el guión y, una vez más, de la buena dirección de Ruiz Caldera, que consigue el objetivo de hacer más o menos lo mismo que otros han hecho antes, pero tan bien que no se note. En este caso, una película tierna sin ser ñoña y una dramedia que no se lanza a lo fácil mientras tampoco pierde su vocación de querer gustar.
Wolfgang (Extraordinario) y la compensación

Con referentes como la novela El curioso incidente del perro a medianoche (2003) o, más directamente, la película Wonder (2017), Wolfgang (Extraordinario) es una película muy equilibrada en el tono, que va desde la comedia del padre en apuros al drama del duelo por una muerte. Con el referente y los límites claros de la novela de Laia Aguilar, que ya tenía a los personajes y todo el desarrollo principal muy definido, Ruiz Caldera lo unifica todo esmerándose en darle una cierta calidez y humanidad, sin pasarse de blanco ni de intenso.
Al final, todo se resume en este equilibrio, entre estar en un registro simpático pero sin perder el referente serio de la situación. Al final, la película es divertida (lo más gracioso son los chistes internos sobre el mundo de los actores) al mismo tiempo que no se recrea en la gracia facilona sobre los comportamientos «impertinentes» de los niños autistas. Y también es capaz de convencer en lo dramático sin necesidad de forzar el gesto edulcorado o la reconciliación padre-hijo.
En lo formal todo va en la línea de acompasarse al balanceo constante de Ruiz Caldera. Los movimiento de cámara de arriba a abajo, los sinuosos primeros planos, el montaje… todo funciona. Quizá donde no brille tanto la película son en las escenas con el piano, donde se notan demasiados cortes de «disimulo» que rompen un poco la armonía transparente y luminosa que tienen casi todas las secuencias. Es una película limpia, pero que no resulta aséptica ni tan plana como una producción random de Netflix.
De hijo a padre

El carácter de Wolfgang se completa en la caracterización y la forma que se les da a sus dos personajes principales. Ruiz Caldera siempre ha sido hábil en la dirección de actores y lo vuelve a demostrar con sus dos protagonistas. Brilla especialmente el joven Jordi Catalán, joya de la corona, pero también está muy bien Miki Esparbé, que se está especializando en clavar al padre desnortado tras hacerlo más que bien en la interesante Una vida no tan simple (2023).
Todo está tan bien definido y calibrado que a la película se le perdonan sus vicios de fórmula, como que esté tan aislada de la realidad (no hay comentario alguno sobre las condiciones de vida de sus protagonistas y Barcelona y París son poco más que decorados). Wolfgang (Extraordinario) trata a los niños como niños y a los adultos como adultos, y eso ya es más que suficiente como para que se sienta humana. Y de eso va todo esto.


Arturo Tena