CRÍTICAS
Mi soledad tiene alas: Aesthetic quinqui

Fotos de rodaje de 'Mi soledad tiene alas': © Lau Bacanal. Montaje: © Cine con Ñ
Mi soledad tiene alas es la historia de Dan, un joven que vive en el extrarradio de Barcelona junto a su abuela y se gana un dinero dando golpes a joyerías con sus mejores amigos, Reno y Vio. Dan tiene un temperamento artístico que expresa a través del grafiti y la aspiración de salir algún día del barrio, pero todo se complica cuando sufre una tragedia familiar que lo lleva a volver a encontrarse con su padre, un criminal recién salido de prisión. Cuando el golpe que Dan y sus amigos necesitan para escapar de la situación salga mal, huirá de Barcelona a Madrid.
Mario Casas debuta en la dirección con este drama social con presuntos eco del cine quinqui y una influencia evidente del indie reciente y el de «raperos» de los primeros 2000. El actor no ha caído en la tentación de usarse a sí mismo como reclamo, aunque le haya entregado un protagonista casi absoluto a su hermano Óscar. Finaliza una evolución que le ha llevado años al público, más que a él, en la que ha pasado de ídolo juvenil televisivo poco respetado profesionalmente a ganador de un Goya y cara habitual en los repartos de cineastas de renombre. Y ahora a director y guionista con ambición narrativa, aunque sin perderle la cara a lo popular.
Mi soledad tiene alas es un producto, en ese sentido, extraño, que por momentos parece un largo comercial de una plataforma aprovechando la popularidad de algún artista juvenil de moda y en otras un filme autoral con un discurso social pugnando por abrirse paso entre los tópicos. No es una mala película, es más, en algunos tramos se vuelve muy buena, pero pasa de la sutileza a la torpeza extrema con facilidad y acaba sepultando todas sus buenas intenciones debajo de decisiones cobardes o excesivamente comerciales.
El cine quinqui y el cine social

En el último lustro se ha puesto de moda reivindicar el cine quinqui, con escaso éxito. Quinqui Stars (2018), de Juan Vicente Córdoba, conectaba aquel cine con la estética de delincuencia barrial de las extrellas del hip hop, trap y derivados, importada de los EEUU. Al final nos encontramos con productos que buscan en dicho precedente una justificación nostálgica o intelectual antes que un referente estético o temática. Una moda que sobre todo ha parido títulos que edulcoran, idealizan o estetizan la marginación y la criminalidad, y no descarnadas tragedias llenas de humor negro y crítica social. El cenit de la tendencia fue esa fantasía sexual tontorrona llamada Las leyes de la frontera (2021), de la que Mi soledad tiene alas está muy por encima, pese a compartir algunos vicios.
De hecho, la excepción dentro del «aesthetic quinqui» es la reciente Sueños y pan, premiada en el Atlàntida Mallorca Film Fest, que está más cerca de un quinqui atípico como Deprisa, deprisa (1981), de Carlos Saura que del canónico de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma. En el caso de Mi soledad tiene alas es posible que sus paralelos o influencias reales estén más cerca de A cambio de nada (2015), de Daniel Guzmán, Adiós (2019), de Paco Cabezas —sí, con el propio Casas en el reparto— o 7 vírgenes (2005), de Alberto Rodríguez, aunque con ausencia absoluta de la conciencia de clase que impregna a todas estas.
A ratos muy bien contada, la tragedia del protagonista tiene poco de callejón sin salida social y mucho de predestinación trágica personal. No hay ningún análisis de la situación del personaje más allá de ser víctima de un padre maltratador —casi parece el relato de la pija y el precario de No todo el mundo, solo que con la broma hecha sin querer—. La esperanza de redención o los motivos para hundirse más son enormemente ingenuos y simplistas, ausentes totalmente de la ironía trágica de Sueños y pan. Y Dan en todo momento es «el bueno», como uno de esos personajes de Daniel Calparsoro que nos intentan vender como ambiguos cuando sabemos que no. Ni se acerca a canalla carismático pero repugnante, solo justificable por contexto, como eran El Vaquilla o similares.
Las dos caras de Mi soledad tiene alas

Porque dos películas luchan dentro de Mi soledad tiene alas. Una es un drama social y realista, con actores no profesionales —inciso para permitirnos dudar de que los dos secundarios casi protagonistas, Candela González y Farid Bechara, que están estupendos, no posean ningún tipo de experiencia o formación interpretativa— y discurso de clase. La otra es una historia «urbana» con toques de realismo sucio, estética que coquetea con el videoclip y banda sonora urban chic con concesiones vintage. Es más, con una narrativa e ideología subyacentes más cercanas a La última (2022), la serie protagonizada por la cantante Aitana, que al documental La mala familia (2022), del colectivo BRBR. Solo una narrativa en imágenes por encima de la superficialidad del guión salva a esta segunda la película de la mediocridad.
Así, Mi soledad tiene alas posee muchos tics de ópera prima… y eso no es malo. Hay una dirección y un guión muy pensados y donde las decisiones se toman con sentido. Desde los planos que sitúan a Dan en el espacio del piso en Barcelona y cómo su relación cambia en función de las persona que lo ocupan, hasta la elegancia con la que se nos comunican algunas de sus tragedias familiares. El problema es cuando todo esto se acompaña de subrayados excesivos y diálogos que descarrilan, demasiado tópicos en mitad de la naturalidad que busca el tono y de la que muchas veces se despega con brusquedad. Esto se nota en que el reparto suele estar mejor cuando tiene que transmitir emociones complejas sin palabras que cuando las verbaliza, lo cuál para la cara A de la película, la del producto pop juvenil, es una tremenda contradicción.
Guardando los sprays: Mi soledad tiene alas es una notable ópera prima que desvela a un director que tiene interiorizado el lenguaje cinematográfico y algunos de los caminos que quiere recorrer con él. Pero se aleja mucho de los que podría haber sido: por una serie de decisiones que estilizan demasiado o hacen concesiones estéticas que la historia no pedía, o por aspirar a un producto social blanco y personalista, en la lista del cine o las series más planas y olvidables del subgénero. Una buena película, pero una que nos recuerda que «urbano» y «de barrio» no tienen por qué ser lo mismo.
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Jose A. Cano