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Críticas

Sueños y pan: Espíritu del cine quinqui con pocos recursos y mucha conciencia de clase

La ópera prima de Luis (Soto) Muñoz es una comedia trágica que nunca pierde el espíritu vitalista del mejor Saura y va al meollo del cine social sin paternalismos ni tomarlo como una simple estética
<strong>Sueños y pan</strong>: Espíritu del cine quinqui con pocos recursos y mucha conciencia de clase 1

En Sueños y pan dos amigos de un barrio de Madrid malviven de pequeños trapicheos en los primeros años del siglo XXI. Por una serie de casualidad acaban dando el golpe de su vida, el robo de un cuadro de gran valor, que deciden utilizar para ayudar a una amiga yonqui y su pequeño hijo. Pero se ven incapaces de aprovecharlo y revenderlo, mientras la situación va empeorando porque su amiga es ingresada en un centro de desintoxicación y servicios sociales se niega a darles la custodia del niño a pesar de que ponen todos sus esfuerzos en normalizarse. Aún así, no pierden la esperanza en salir adelante.

La opera prima de Luis (Soto) Muñoz es un homenaje directo al cine quinqui pero con más que ver con Deprisa, deprisa (1981), de Carlos Saura, que con El Pico (1983) de Eloy de la Iglesia o cualquier barrabasada exploitation de José Antonio de la Loma. Presentada en el Atlàntida Mallorca Film Fest, que se celebra en Palma en el momento de escribir esta crítica, supone en parte una actualización de los tropos de la mítica película de Saura, aunque matizados por su ambientación en los primeros 2000.

De hecho, Sueños y pan es un ejercicio de amor al cine y de hacer de la necesidad virtud. Rodada sin más recursos que las ganas de verla hecha realidad a saltos entre 2020 y 2021, con las restricciones de la pandemia mediante, supone el primer largometraje producido Mubox Studio (Olores), y está protagonizado por dos jóvenes talentos emergentes como Javier de Luis y George Steane, que tienen que lidiar y aprovechar los saltos temporales dentro y fuera de la acción para sus personajes.

Yonquis, picos y blanco y negro

sueños y pan

Es inevitable recordar durante el visionado de esta película declaraciones recientes de Daniel Guzmán durante la promoción de Canallas, título que comparte macguffin y ambientación con Sueños y pan, además de la voluntad de conectar con un género popular abandonado, en su caso el de la comedia de caraduras. Se lamentaba el director madrileño del empeño de cierto cine social por retratar los barrios obreros como lugares tristes, donde el humor o la alegría no tienen cabida, cuando precisamente son espacios donde dichos elementos nunca se pierden, pese a todas las circunstancias.

Así, la influencia de Saura está muy presente en la elección de los cortes y fundidos entre escenas, en muchos planos, pero también en la elección de la banda sonora, siempre diegética y con temas propios del rap de primeros de siglo, pero sobre todo en vitalismo que los personajes no pierden ni en los momentos más duros y desmoralizantes. Sueños y pan es un cine quinqui muy light, en el que apenas se insinúan momentos violentos y que siempre se mantiene en un tono de comedia al que los protagonistas otorgan una enorme naturalidad.

Además, el clasismo al que se enfrentan adopta formas muy sutiles, tantas como rechazo recibe su aventura «sanchopancista», en palabras del director del filme, por conseguir colocar el cuadro robado. Da para teoría del Arte, aunque aquí la motivación sea otra: que el valor subjetivo de dicha obra dependa tanto de quién la intente vender. En principio, por lo que sabemos, es un cuadro auténtico, pero para poder colocarlo como objeto robado son necesarios unos contactos y un capital social y cultural que nuestros protagonistas, a pesar de su hazaña, nunca alcanzarán. No existe el golpe perfecto que te saca de pobre.

Malas calles (de los 2000)

Sueños y pan

Sueños y pan tiene muchas limitaciones, producto de su escasez material evidente, y también algunos problemas de tono. Tan bien como es capaz de sostener la comedia en algunos momentos donde directores más experimentados se estrellarían con todo el equipo, flaquea en otras secuencias más dramáticas y en la que sus referentes del cine quinqui más duro están bastante claros. No desmerecen el conjunto, que es un largometraje capaz de alzarse sobre las dificultades tanto como sus protagonistas, pero sí le hacen perder parte de esa credibilidad que la comedia les regalaba.

En este tímido revival del cine quinqui, entendido más como una estética que otra cosa, de manera que se pierden los elementos documentales o de crítica social del género original —no hay más que ver lo mucho de fantasía sexual que tenía Las leyes de la frontera—, es bueno que un proyecto que roza lo amateur sea capaz no solo de recordar todos esos valores que hacen que aún hoy en día aquellas películas sean influyentes, también la necesidad de una mirada más compleja y vitalista sobre dichos ambientes, huyendo tanto del estigma como de la pornografía sentimental.

Archivando el caso, Sueños y pan es una ópera prima muy notable que revela a un director inteligente y que sabe lo que quiere, un pedazo de cine social más que interesante y una demostración de compromiso actoral. Está lejos de ser perfecta, y de ser un proyecto más maduro o con respaldo económico no habría necesitado la cantidad de referencias metacinematográficas que vemos aquí, pero es una novedad bienvenida que apunta que otros tipos de miradas al cine de nuestro pasado y nuestras realidades sociales son posibles, aunque nadie las financie.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.