Series españolas
La última: La primera en la frente

La última es el título de la canción más personal de Candela, una joven de barrio que sobrevive con un trabajo precario mientras se dedica a su gran pasión, la música. El día de su gran oportunidad, cuando uno de los productores más importantes de España acude a verla al club en que trabaja, se reencuentra con Diego, un chico que iba a su mismo instituto y que ahora malvive como profesor de boxeo al cuidado de un padre deprimido y una hermana menor. Entre los dos surge la chispa, pero el despegue de la carrera de ella y los líos en los que anda metido él pueden complicarlo todo.
He escrito la sinopsis sin reírme. La última cumple con lo que promete, al menos los dos capítulos que hemos podido ver la prensa. Una historia de amor ñoña, con sus momentos agridulces, a mayor gloria de las canciones de la estrella protagonista, y con un alto nivel de producción. Es más o menos previsible, pero no de forma tontorrona, sino de esta en la que se marea al espectador lo justo para que las resoluciones sean satisfactorias. Su forma de abordar las cuestiones «de barrio» o «chungas» es un poco de aquella manera, pero es que es una serie de Disney.
La última podría ser peor, la verdad. Está por debajo del nivel de exigencia que seguramente suelen tener la mayor parte de sus responsables –Joaquín Oristrell y Anaïs Schaaff, entre otros-, pero porque no le interesa. Hace unos años, en lugar de una miniserie, habría sido una película, quizás una de esas que revienta la taquilla mientras la crítica especializada la ignora. Ahora es este producto, uno que en la pugna entre Disney y Netflix debería preocupar a la segunda: han hecho la misma clase de título popular, cazaclicks y diseñado para no molestar a nadie al que aspira siempre en sus series adolescentes, pero con mucho mejor acabado y una promoción que se hace sola.
La penúltima y nos vamos

Ojo, La última no es Tres metros sobre el cielo, ni Valeria. No da vergüenza, ni el supuesto galán tiene la conducto típica de un acosador. El personaje de Bernardeau es un buenazo un poco bruto pero que respeta y admira a su amada y tal, y el conflicto para que se consume su amor no viene de culebronizar con terceras personas, sino de las circunstancias vitales de cada uno, más o menos creíbles según el momento. No especialmente original, pero la mano de Oristrell o Schaaff se nota en que su interacción parece natural y no da especial pereza. Simplemente es que está muy vista si tienes más de 35 años, pero es que en ese caso, no eres público objetivo.
Por lo demás se supone La última va de como Candela se «convierte» en Aitana fundiendo al personaje con la imagen que su compañía quiera transmitir de ella, o algo así. La estructura de la historia está planteada para ponerla en la dicotomía entre su vida «normal» -romance con Diego incluido- y triunfar en la música, con un productor buenorrísimo (Aitor Luna) que no está muy claro de qué va y algún avance hacia el estrellato un poco forzado o inverosímil. La parte audiovisual, de hecho, se transforma cuando se trata de mostrarla cantando, sin llegar a convertirse en videoclip y aprovechando alguna letra con propósito narrativo, pero en general pasándose de obvia.
Hay algún problema en lo visto hasta ahora de esta trama, presuntamente la central, más incluso que el romance. Para empezar, que cuando Aitana/Candela canta es intradiegético, sucede dentro de la historia, pero su interpretación es extradiegética, de estudio, vaya. Se supone que está cantando a capella o apoyándose solo en un piano que toca ella misma, pero de repente suena su voz con toda la mesa de mezclas por medio y cambia el sonido de la serie esos minutos, sacando de la historia al respetable. La única explicación es que esté pensando para fans rendidos de la cantante a los que les vaya a dar igual.
La última y Denver boxeador

Aunque la parte más difícil de tragar de la serie es la subtrama «de barrio», en la que vemos los problemas y las intensidades de Diego en sus aspiraciones como boxeador. Participa en peleas ilegales para un mafioso -interpretado por Luis Zahera todo el rato riéndose, por lo que sea- mientras entrena chavales en el gimnasio de su mentor -Jorge Perugorría, que debe necesitar pasta- y mantiene a su hermana. Pero Bernardeau sirve para más para hacer de pijo chuleta con buen fondo que de «Denver boxeador», como le toca aquí. Algún secundario -el mejor amigo que hace David Castillo o el padre viudo de Óscar de la Fuente– ayudan a darle credibilidad, pero en general todo parece de cartón.
El nivel de producción de La última es muy alto, sí, pero en lo visto en estos dos primeros episodios, está al servicio de un anuncio publicitario para la cantante y su reconversión en actriz, aprovechando que la pareja en la vida real de esta es un actor famoso. Es decir, es un producto sin riesgo ni más personalidad que la que le preste la venta de la marca de los protagonistas, que no está «mal hecho» pero tampoco merece la pena más allá de los fans.
Eso sí, como decíamos antes, en la aspiración suprema de las plataformas y la gran mayoría de producciones industriales, es el producto sin personalidad perfecto. Reclamo con muchos seguidores previos y un morbo no ofensivo. Tramas tiernas y populares que tiran de problemas de la vida actual pero con cero política. Humor blanco. Concepción aséptica de la creación artística y el talento. Salseo pero sin pasarse. Diversidad secundaria y tópica -ese mejor amigo gay, que es que no da ni para chiste faltón-. Villanos caricatura, como de tebeo de los 50, para que no sean extrapolables a la realidad. Etcétera. Si yo fuese Netflix, repito, me preocuparía. Resulta que hacer esto sin caer en el ridículo no era tan difícil.


Jose A. Cano