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Las leyes de la frontera: Ese quinqui que usted recuerda

Monzón presenta una película ecléctica que funciona mejor cuando se limita a ser un recuerdo idealizado de su protagonista

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Basada en la novela de Javier Cercas, Las leyes de la frontera cuenta los recuerdos de juventud de Nacho (Marcos Ruiz/Javier Beltrán) en la Gerona de 1978. A partir de un pequeño trabajo en unos recreativos, este adolescente de 17 años cruza al al otro lado del puente, al barrio chino, para verse envuelto en la vida y los atracos de una banda de jóvenes. Una película con una mezcla de imaginarios quinquis que, sin envoltorios ni distracciones, es una historia del primer amor de un chico que se hace mayor mientras busca pertenencia e identidad.

Adaptada por Jorge Guerricaechevarría (guionista habitual de Álex de la Iglesia) y dirigida por Daniel Monzón (El robo más grande jamás contado, Celda 211, El Niño), Las leyes de la frontera quiere ser una película de acción con cierta autenticidad de época y, al mismo tiempo, una mirada idealizada de un hombre que vuelve a las sensaciones y remordimientos de un pasado que ya no existe. Una batalla entre nostalgia personal e historia oficial que funciona mejor cuando se limita a ser ese recuerdo de su protagonista.

Quinqui mix vol. 1

Las leyes de la frontera: Ese quinqui que usted recuerda 1

Empecemos de afuera hacia dentro. Atresmedia vendiéndonos cine quinqui con un atractivo y profesional trío de actores protagonistas. Sería bastante deshonesto no tener en cuenta que se está explotando una etiqueta o subgénero de una época concreta («cine quinqui»), cogiendo parcialmente su estética pero quitándole el pánico moral, la amargura social y el desafío político que tenía la original. Esto es así. No es el único nivel de lectura que se puede hacer sobre la película de Monzón, pero hay que tenerlo en la cabeza. No por cubrirse las espaldas de pureza de espíritu, sino porque así se entiende mejor la película, tanto si se prefiere pasar por alto como si no.

Esto es un producto pulido por grandes compañías que se sirve de 40 años de irremediable descontextualización de algunos códigos del subgénero. Simplemente porque aún tienen tirón. Como demostraba Hasta el cielo, el cine quinqui es uno de las pocos fenómenos culturales de entonces que los jóvenes españoles consideran como cercanos y que, al mismo tiempo, pueden apelar a cierta cinefilia o recuerdos de la Transición de las generaciones que la vivieron. Ya entonces fue un término de brocha gorda para hacer más vendibles las películas, pero no por ello hay que dejar de resaltar el oportunismo y el vacíamiento discursivo de nuestros grandes conglomerados mediáticos al servirse del subgénero.

Aunque la campaña de promoción de Atresmedia y Warner se haya empeñado de alguna manera en resaltar que esto es cine quinqui, la etiqueta le hace un flaco favor a Las leyes de la frontera. Es mejor no buscar aquí la desfachatez y urgencia de explotación de José Antonio de la Loma o la autodestrucción y mirada ideológica de Eloy de la Iglesia. Ni está ni se la tiene que esperar. Se intuye en sus ecos, en sus posturas, pero esto va de otra cosa: adaptar una novela y crear un producto.

Monzón, que demuestra conocer bien el subgénero para usarlo según le conviene, propone algo parecido a lo que se ha producido con este imaginario compartido en la música urbana (de hecho, tiene sentido que la música sea de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba): fusión y mezcla sin prejuicios entre raíces y tendencias. El lenguaje audiovisual de hoy, looks y poses de ayer, tonos de siempre.

Hay un poco de ambiente ochentero pero también setentero en Las leyes de la frontera, hay furia cañí y hay western -lo que sugiere también una especie de cine quinqui de los orígenes-. Hay inocencia y sensualidad. En general, esto es acción y romance con un toque de fatalismo. Un mix atractivo servido para, sobre todo, exprimirlo en las escenas más lúdicas o de acción.

Recuerdos y ser el más auténtico

Las leyes de la frontera: Ese quinqui que usted recuerda 2

Esta posmodernidad de Las leyes de la frontera se complementa con su justificación narrativa: la película está construida en su mayoría como un recuerdo individual. Vemos lo que retiene en su memoria Ignacio, alias «Gafitas», de entonces. Así es como ve él ese mundo marginal, una mirada desde fuera de un chico de clase media, hijo de disciplinados charnegos. Por eso exoticizar, estilizar y vaciar de un contexto social y económico no es un problema en esta reinterpretación del cine quinqui. Como remarca Monzón en la puesta en escena y el atrezo, al final ese ir «deprisa, deprisa» es solo un telón de fondo, una ilusión que no le pertenece a un chico que sí tiene cosas que perder en una persecución con la policía.

Sobre esto, ningún problema. La negativa -o purismo cinéfilo- a aceptar que el cine comercial puede beber de estas influencias y mezclas (cuando no lo hace, nos quejamos) es conservadora. El problema de Las leyes de la frontera es que que le den ramalazos de intentar ser en exceso realista o de querer ofrecer una especie de retrato más general de la época. Todo tiene que sonar verosímil, pero hay intentos por parecer sucia o cruda que pueden encajar en la novela de Cercas pero no en el tono memorístico y ecléctico de Monzón.

Menos en su buena media hora final antes de su epílogo, hay momentos en los que Las leyes de la frontera quiere demostrar que no, que aquí hay quinquis de verdad, ambiente de barrio y policías franquistas malos. Un orgullo, un complejo y unos ramalazos bastante innecesarios. Esto se nota en la irregular colección de personajes secundarios de la banda del Zarco y, especialmente, al tratar la investigación de la policía, que alarga en varias ocasiones el metraje y no aporta demasiado a la trama principal.

La película de Monzón funciona a nivel superficial como adaptación, historia de crecimiento personal y melancólico descubrimiento sentimental, arrastrada por un interesante triángulo entre sus principales protagonistas -destaca una eléctrica Begoña Vargas-. Con este viaje a un pasado sesgado y de cartón piedra es cuando mejor está y la zona en la que se convierte en un entretenimiento de primer nivel. Le juega malas pasadas su exceso en el juego de lecturas y el querer parecer más auténtica de lo que es.



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