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Críticas

Dos días: La luz de la vejez

Un relato casi onírico sobre la vejez, capaz de equilibrar desencanto y esperanza, la ternura de la familia y la socarronería de los viejos amigos que se conocen demasiado
Crítica de 'Dos días', película de Gonzaga Manso

Dos días es la historia de José Antonio, un urólogo jubilado de 89 años con principio de alzheimer. Su familia lo vigila a cada paso y estar controlado como si fuese un niño lo saca de quicio. Así que se marcha a pescar a escondidas y convence a su viejo amigo Mindo, con el que llevaba años sin hablar, de que lo acompañe. Un accidente provoca que queden a la deriva en su lancha, teniendo que pasar la noche a bordo. Mientras los buscan, ambos ancianos reflexionarán sobre la vejez, la muerte y la soledad.

Primer largometraje de Gonzaga Manso, conocido por su trabajo de director de fotografía en títulos como 4 latas (2019), de Gerardo Olivares. Una historia sobre los cuidados, la familia y el paso del tiempo que él mismo admite es de tintes autobiográficos, ya que se basa en su relación con su abuelo y sus excursiones de pesca. El incombustible Saturnino García, que comparte con el personaje el deseo de retirarse jamás, comparte protagonismo con el también veterano Jesús Outes ‘Meiriño’.

Se puede enmarcar la película en cierta tendencia reciente del cine español a la reflexión sobre los roles familiares y el trabajo de los cuidados que incluye a Cinco lobitos (2022), Los pequeños amores (2024), Los destellos (2024) o Yo no moriré de amor (2026), esta última estrenada en el mismo Festival de Málaga que la que nos ocupa. Dos días es, curiosamente, una de las escasas aportaciones al tema de un director varón, más allá de lo que pueda intersecarse la cuestión en Matria (2023), de Álvaro Gago.

A morir, que son dos días

<strong>Dos días</strong>: La luz de la vejez 1

De Dos días destaca su juego con lo onírico, dotando a toda la historia de una luminosidad casi onírica. La cabeza de José Antonio —y la de su esposa, por otros motivos—, tiene un pie en el pasado y otro en el presente, y la cámara de Manso la coloca a veces en las nubes, o en una incocrección terrenal: vemos lo que tiene por encima y la envuelve, como en el primer plano del filme, pero no la tierra sobre la que se asienta. En ese sentido, su mundo se tambalea igual que la lancha de pesca es mecida por el mar.

Dos días tiene esa cualidad de situarnos con la cámara en el centro del pequeño caos que son las vacaciones familiares, esas en las que se reúnen abuelos, nietos, hijos, cuñados… en un incontrolable guirigay con su propio sistema de castas y sus lógicas en choque constante. Sin llegar a la brillantez de Romería (2025) o el fino hilar de Los domingos (2025), pero con un humor mucho más tierno que estas, la mirada de Gonzaga Manso transmite con pinceladas ese pliegue del tiempo sobre sí mismo que es toda familia. Donde se tocan el nacimiento, la muerte, la primera juventud o el desencanto de la madurez.

García y ‘Meiriño’ dominan a la perfección el tono que necesitan sus personajes, que se perciben como tiernamente cómicos solo desde fuera, pues su humor autohiriente es el de la decepción y el cansancio. Su química como amigos que se conocen demasiado, aunque se les esté olvidando, es la base de la película, aunque uno de los escasos fallos que se le pueden reprochar a la misma es no dotar de mayor enjundia a los motivos de su ruptura diez años atrás. O al menos, a la justificación para el abandono de José Antonio.

La luz de Dos dias

<strong>Dos días</strong>: La luz de la vejez 2

Dos días es una película sobre dos hombres en sus últimos años de vida y quizás días o meses de lucidez, y al mismo tiempo una invitación llena de optimismo a disfrutar al máximo lo que quede, sean esos escasos minutos que restan o todas las décadas que esperan al nieto que ese verano se enamora por primera vez. También se puede leer como una comedia, aunque los diálogos más hilarantes se den precisamente en mitad de los momentos más angustiosos, los de la familia informando a la Policía Local de la desaparición del abuelo.

Las luces fantasmagóricas de Dos días, desde la fogata para secarse el chapuzón en mitad de la noche hasta el sol del verano que envuelve la vida en ebullición, le otorgan una personalidad propia a una historia que sabe ñoña y a veces lo disfruta, deslizándose solo en momentos muy puntuales hacia lo cursi, que son perdonables. Cuando finaliza, en un plano final precioso visual y temáticamente, descubrimos que con pocas pinceladas Manso ha compuesto el retrato de una saga familiar completa, con todas sus cuitas, que se prepara para despedir al patriarca y descubre que nunca estará preparada.

Dos días es una fantástica ópera prima, una película llena tanto de sensibilidad como de luz, en todos los sentidos, que sabe combinarlas con el humor socarrón y descreído de esa vejez que ni Manso ni la mayoría de sus espectadores tenemos todavía. La de quien ha pasado más duelos de los que creía posibles, pero descubre que la poca vida que le queda aún puede regalarle la alegría de sostener un bebé dormido en brazos las últimas tardes del verano.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.