Críticas
Romería: La terapia cinematográfica de Carla Simón concluye felizmente

Still de 'Romería'. ©Quim Vives/Elastica Films. Montaje: ©Cine con Ñ
Como es sabido, los padres de Carla Simón formaron parte de aquella generación que experimentó con la heroína y a la que sorprendió el sida. Verano 1993 nos la mostró de muy niña en pleno procesamiento de la pérdida, mientras que Alcarràs evocaba otros veranos de su infancia, pero siempre del lado de la madre, por Lleida.
Podríamos sumar algunos cortos, más anecdóticos, en los que Simón también aborda, desde distintos ángulos, los mismos temas. Si nos tomamos todo este ciclo como un proceso psicoterapéutico para superar el doble trauma, entonces Romería sería la feliz desembocadura de esa exitosa terapia, ya que se trata de una película mucho más libre, formal y narrativamente, que las anteriores. Una auténtica explosión de poesía liberadora.
Todo arranca con el viaje de Marina, la alter ego de la cineasta, encarnada por la debutante Llúcia Garcia, que llega a Vigo para que sus abuelos paternos, a los que nunca ha conocido, certifiquen su identidad, de cara a conseguir la beca que le permitirá estudiar cine en Londres, como hizo la auténtica Simón. En ese sentido, es algo más que un macguffin, pero también el pasaporte para descubrir un pasado que le ha estado siempre vetado, el que pasaron sus jóvenes padres en Vigo, donde vivieron suamour fou, todavía más enloquecido porque la heroína circulaba por sus venas.
Pasado y presente no tardan en mezclarse: en las evocaciones del mismo, Gracia también asume el rol de la madre, mientras que Mitch es a la vez el padre y el primo al que acaba de conocer, por el que también se siente atraída.
El vaivén entre el presente y el pasado

La película empieza navegando entre ese presente en el que Marina va descubriendo a todos y cada uno de los miembros de la burguesa familia paterna que, mientras se la llevan de excursión en su velero, tratan de disimular la incomodidad que les produce su presencia, ya que les fuerza a hablar y recordar un pasado que siempre han preferido mantener enterrado y oculto.
Tristán Ulloa es el hermano ajeno a todo lo que ocurrió, mientras que el radical director de cine Alberto Gracia (La Parra), el que también cayó en la heroína. José Ángel Egido, el patriarca que tiene figura de caudillo. Las mujeres son también todas muy distintas entre ellas, aunque todas tratan de disimular con una naturalidad semi-impostada. A Marina le cuesta sacar nada en claro, todo son versiones contradictorias, el diario materno (real), que se traduce en voz en off, es su única guía.
En el pasado, el músico Mitch —un rockero a lo Cry Baby en la vida real: acertadísima, y muy carismática elección—, vive sus aventuras con sensual inocencia, sin saber, claro, que su paseo por el lado salvaje les acabará costando la vida. Esta primera parte está muy fuertemente implantada en Vigo, donde cobran un inusual, y muy potente protagonismo, algunos de sus edificios. Pero, además de la importancia de los lugares, la sensualidad del verano y sobre todo del agua, con preciosas tomas subacuáticas, es el líquido amniótico que conecta el pasado más remoto de los padres de Simón con el presente de narración de su juventud, donde Marina evoluciona entre el estupor, la curiosidad, la rabia y el amor.
Buenos tiempos para la lírica con Romería

La primera parte de la película ya resulta muy sorprendente, en contraste con las anteriores películas de Simón, porque por mucho que se imponga la localización gallega, con todo su carácter local, la película tiene un aire muy francés, a lo Mia Hansen-Løve. Una impresión que se debe sin duda a la fotografía de Hélène Louvart, aunque también Gracia podría pasar por una francesa romeriana (Eric también está en el título de la película).
El espectador siente desde el principio que la cineasta catalana, al salir de las fronteras de su comunidad autónoma, se ha adentrado en un territorio muy distinto, que la ha liberado de ataduras realistas. Y esa sensación de cambio y evolución, de una Carla Simón que no se contenta con ser Carla Simón, se acrecienta cuando Marina emprende, mediante una surrealista escalerilla de cuerda, una fuga poética que la adentra todavía más en su imaginario, en su subconsciente, donde logra, al fin, reconciliarse con su pasado y cicatrizar, esperamos que para siempre, sus heridas.
La catarsis final llega en forma de un anonadante número musical —una coreografía absolutamente increíble, cortesía deTuixén Benet, fotografiada con un impresionante juego de luces y sombras, propio del bareto donde se desarrolla—, nada menos que al son de Bailaré sobre tu tumba, el himno ochentero de los vigueses Siniestro Total, con sus múltiples resonancias que aluden tanto al drama como sobre todo, a la liberación de lo que, desde que Simón empezó a trabajar en Verano 1993, hace ya una década, hemos visto como una paciente terapia que se ha revelado exitosa en todos los sentidos. En lo íntimo como en lo artístico y lo profesional.
Dónde ver

Philipp Engel