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Críticas

Barrio Esperanza: Necesita mejorar

La nueva serie de RTVE está llena de buenas ideas, pero las ejecuta de forma torpe y con moralejas sobreexplicadas, como si tomase por tonto al público
Crítica de 'Barrio Esperanza', la nueva serie de RTVE

Barrio Esperanza es la historia de Esperanza, quien tras salir de la cárcel con un título de Magisterio bajo el brazo, consigue plaza en el colegio del barrio donde se crió. Un centro público con muchos problemas y un profesorado desbordado, en el que muchos niños van a clase sin desayunar y con un presidente de AMPA particularmente tocanarices. Nuestra nueva profe deberá lidiar con eso, la reconciliación con su madre y un antiguo novio que sigue colado por ella.

Nueva serie de La 1 de RTVE que se anuncia con suficiente empeño, tras Ena (2025), y con resultados de audiencia aceptables, aunque emitiesen dos episodios de 70 minutos seguidos y ya anden haciendo cosas raras con el día de emisión. Llega con la vitola de serie «de servicio», que habla de educación pública, barrio de currelas y etcétera. Quizás no es tan novedosa como la presentan cuando hasta hace dos días estaba HIT (2020-2024). Pero digamos que esta tiene un enfoque más familiar, tanto por el tono explícito de comedia como porque los alumnos son niños, no adolescentes (interpretados por veinteañeros). [/restrict]

De hecho, Barrio Esperanza es algo así como un intento de mezcla entre la susodicha HIT —en menos pija, que de tres centros que visitó El Máquina, solo uno era público—, la mismísima Aída (2005-2014) y alguna otra tipo, se lo juro,New Amsterdam (2018-2023) —el panfleto que nadie me hace el favor de plagiar de forma directa—. El resultado es bastante irregular, ya que parece que han cogido los temas del borrador que le presentasen a RTVE y los han metido a capón en el guión, sin filtros.

En la superficie del recreo

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Barrio Esperanza tiene mucha confianza en Mariona Terés en un personaje que si no está escrito para ella, lo parece. Macarra y tierna a la vez, creíble como profe sui generis pero también como persona que cometió errores y quiere rehacer su vida. La mayoría de arquetipos de los que la rodean —el profe carca, el hippie, la flipada, el director politiquillo— parecen adecuados al tipo de comedia, los temas que quieren tratar también, y el reparto está lleno de muy buenos actores de comedia, como el eterno Mariano Peña.

Pero todo se ejecuta en automático o tomando al público por un poco tonto. Parece que RTVE hubiese pedido una serie que le quedase bien al actual presidente de la Corporación como«pedigrí progre», y que además se lo gritase a la cara al espectador cada 10 minutos para que quedase claro. Barrio Esperanza está llena de diálogos de cartón piedra, situaciones forzadas o momentos que quedan como demagogia-pegote, que el guión no ha cebado bien para que tengan sentido ya sea humorístico o emocional.

Un ejemplo sería la rivalidad con el otro colegio del barrio —Canillas, un barrio real de Madrid con una parada del metro llamada Esperanza, aunque los dos centros son ficticios por razones obvias—. Un concertado de monjas que se atizan tremendas panzadas de dulces mientras al público le retiran el servicio de desayuno para familias en riesgo de exclusión. Que esa situación sea 100% real no justifica meterla porque sí, narrativamente hay que currársela. Y el robo a las monjas está rodado sin gracia.

Hay algo peor: Barrio Esperanza no sabe cómo funciona un colegio público, ni de Madrid —centro del universo— ni de ninguna parte. Se puede aceptar que Esperanza saque la plaza justo en su centro de cuando era niña, el vecino concertado monjil y hasta el director flipado. Pero no un presidente del AMPA voxero —ya que sea un hombre es casi ciencia ficción— o que se presente un traslado a medio curso tan fácil como lo pintan aquí. Por no hablar del huerto, la distribución de las clases o los cursos de formación, de aurora boreal.

El público no es tonto

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Barrio Esperanza tiene buenas intenciones. Entre otras hacer una serie «como las de antes», de ver toda la familia juntos y con una trama a la que se agarre cada uno —desde el profesor y el conserje que se van a jubilar al profe «quinoas» o la madre de Esperanza—. También temas de recortes de recursos a la pública, pobreza infantil o bullying. Todo bien, son problemas gravísimos que es bueno tratar en la ficción. La cuestión es que aquí se hacen escribiendo en letras gordas: «esto es muy malo», sin hacer una representación compleja.

Está claro que en una comedia familiar no se puede cebar la parte dramática de esos temas, pero es que se tratan de manera tan superficial que expulsan de la ilusión de realidad. El bar parece el de la esquina de mi casa, la cama nido es tan real que duele, pero todo lo demás suena a cartón piedra, a postureo por quedar como el más progre y preocupado socialmente de la casa. Y eso, en una serie que presuntamente quiere ser como Aída y quedarse a vivir en tu salón, es un pecado mortal. Porque le está diciendo tonto al espectador.

Como ya está sonando la campana: Barrio Esperanza es mejor sobre el papel que lo que luego enseña. El reparto en su mayor parte es perfecto, la idea es muy adecuada para La 1 —aunque menos novedosa de lo que la presentan— y las ideas son muy buenas. Pero se presenta todo de forma burda, sobreexplicada, con saltos de lógica y moralejas demasiado explícitas y facilonas que demuestran cero confianza en su público. Necesita mejorar.

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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.