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800 metros: Niños jugando a la yihad

La docuserie de León Siminiani sobre los atentados del 17A destaca respecto a otros productos de este estilo por su afán periodístico y sus riesgos narrativos

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800 metros narra en tres episodios el proceso de radicalización de los jóvenes que cometieron los atentados de Barcelona y Cambrils en agosto de 2017. Los periodistas Anna Teixidor, Nacho Carretero y Jesús García entrevistan a responsables políticos y de seguridad en el momento de los hechos, a las víctimas supervivientes y familiares de las que no… pero también al entorno de los jóvenes yihadistas, poco menos que niños grandes que improvisaron los asesinatos por una mezcla de inmadurez, inconsciencia y alineamiento.

En un mes cargado de productos en streaming sobre terrorismo islamista –11M y El desafío: 11M desde el documental y la segunda temporada de La Unidad desde la ficción- 800 metros acaba destacando por ser la menos, vamos a decir, politizada de todas y también, de alguna manera, la más interesante tanto a nivel informativo como formal, por el tipo de estructura que propone. La diferencia, sobre todo, está en una mezcla de preocupación por las víctimas alejada de cierto morbo bastante habitual y el análisis de las motivaciones de los terroristas sin caer en demonizaciones infantiles.

800 metros y la diferencia entre true crime y periodismo

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Sí, aquí he venido a ponerme purista y además a hacer comparaciones, que son odiosas, pero sirven muy bien para ilustrar algunas ideas. A un nivel, digamos, periodístico, 800 metros está muy por encima de la mayoría de las docuseries de este tipo recientes -incluida alguna con el mismo equipo-, aunque no llegue a la altura de, por ejemplo, Lucía en la telaraña. Primero quizás por la ventaja de contar casos no sobreexplotados, pero segundo porque no aspiran a resolver ningún misterio policial ni los siempre engañosos «nuevos datos», sino simplemente a explicar bien y con detalle algo que nadie había desarrollado así.

Parte de la ventaja, aparte del trabajo de los investigadores Nacho Carretero y Jesús García, es haber incorporado a Anna Teixidor al equipo sobre la marcha, como el propio guión explica. Esta periodista es autora del libro Los silencios del 17-A, base de este documental, y experta en yihadismo, que baja a tierra especulaciones peregrinos. De hecho queda de lado, casi de lateral, el que habría sido el enfoque más polémico, la supuesta implicación del CNI, que se resume en una presunta protección al imán de Ripoll por ser confidente (y que curiosamente se refleja en el argumento ficticio de La Unidad).

Además, la dirección de Elías León Siminiani y el guión de Ramón Campos son menos funcionales o pegados al archivo que en El caso Alcàsser, quizás por no estar sujetos a las ideas preconcebidas del espectador o no centrarse más en la crítica a los medios que en el asunto en sí. El que esto firma no tiene claro cómo van a funcionar los cortes con Teixidor y Carretero exponiendo datos del caso como si fuesen parte de su organización de trabajo, pero al menos les reconoce la virtud de dejar claro que lo que se está viendo no procede de las ignotas entrañas «de internet», sino de un proceso de investigación en el que se descartan vías o se llega a callejones sin salida que no tiene explicación satisfactoria.

800 metros y la autoimagen de la sociedad catalana

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Comentaba más arriba el análisis de las motivaciones de los culpables. En las producciones dedicadas al 11M dicho análisis no existe o es superficial y centrado no tanto en dichas razones en sí como en las lecturas que se puedan hacer de ellas por parte de los partidos políticos. La Unidad, que juega más en el terreno de la ficción de acción y suspense, la dejaremos fuera de la ecuación por dibujar más un supervillano vengativo, aunque esté basado en terroristas de la vida real, que un líder yihadista con motivaciones horribles pero humanas. O sea, en ese sentido 800 metros gana por falta de comparecencia de los rivales, digamos.

Lo llamativo aquí del relato sobre los jóvenes yihadistas es que se hace desde cierto dolor, nunca comparable al de las víctimas, pero sí nacido de un estupor que se formula parecido: ¿Cómo puede ocurrir esto aquí? El compañero de clase de uno de ellos, el empresario que había contratado a otro, la asistente social que los conocía, la vecina musulmana que había ido a la misma mezquita que ellos…

Cinco años después, estas personas aparecen en el documental sin saber qué decir, racionalizando lo ocurrido pero con la sensación de que cierta autoimagen de sociedad integradora no era del todo cierta. Y al mismo tiempo que los yihadistas eran poco menos que niños grandes, capaces de dejar olvidado un vídeo en el que salen con un cinturón de explosivos diciendo «mira, esto hace boom» o improvisar los atentados porque el plan original estaba tan mal trazado que fue descubierto fácilmente.

En resumen, aunque sea solo por tratar un caso mucho menos sobado y politizado que el 11M, 800 metros es interesante, pero además le añade capas en cómo trata de explicarlo, de buscar razones a lo ocurrido -aunque sea posible que no las haya- y situarlo en un contexto social concreto, que pocos documentales de este tipo para plataformas se molestan siquiera en plantearse. A eso se le añade el trabajo de sus responsables, Siminiani, Campos, Carretero, Texidior y García, que hace que sea un producto diferente y destacable.

Imágenes: 800 metros – Netflix

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