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El desafío: 11M: El diablo está en los detalles

La docuserie de Prime Video vuelve a constatar la imposibilidad de separar los atentados de Madrid de 2004 de una discusión política que debería estar superada

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El desafío: 11M resume en cuatro episodios los acontecimientos del 11 de marzo de 2004 en Madrid, tanto el atentado en sí como las posteriores secuelas políticas, la actuación e investigación policial y el juicio. Con algunos detalles del proceso normalmente poco analizados, su principal novedad es haber reunido un gran número de testimonios, frente a otras producciones en las que determinados portavoces o líderes políticos se han negado a participar.

A la manera de El desafío: ETA, insistiremos en que la gran virtud del documental que estrena Prime Video reside en la cantidad de fuentes a las que ha tenido acceso. La reciente película de Netflix, enfocada a un público internacional, no pudo contar con representantes del Gobierno de España en el momento del atentado, pero en esta docuserie está presente hasta el mismísimo José María Aznar. Y de ahí para abajo. Así que resulta más completo.

El peaje, de nuevo y como en la película de la plataforma de la competencia, es que acaba siendo más una historia de la disputa política acerca de la autoría del atentado que sobre el atentado en sí. Quizás es inevitable, y para la mayoría de españoles con edad suficiente, entre los que se incluye el autor de este artículo, resulta imposible separar ambas cosas. Pero, de una forma u otra, sigue siendo la constatación de una derrota.

Crítica de El desafío: 11M. Pásalo

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Carlos Agulló, director de El desafío: 11M, mezcla aquí cierta sabiduría para el ritmo de su experiencia como montador con la sensibilidad mostrada en Complot para la paz (2013), que codirigió con Mandy Jacobson, centrado en la caída del régimen del apartheid en Sudáfrica en los 90. Ha tenido la oportunidad de entrevistar a prácticamente todas las voces relevantes de aquellos días, pero también la inteligencia de no dar el mismo tono a responsables de los cuerpos de seguridad, víctimas… o políticos en ejercicio que siguen, aparentemente, en campaña 17 años después.

Es digno de reseñar que el ánimo detallista de El desafío: 11M no está solo en sacar a todos los políticos posibles, también en prestar atención a todos los escenarios del atentado. Normalmente, por inercia, los relatos se centran en Atocha, y aquí El Pozo del Tío Raimundo o Santa Eugenia, rodeados de viviendas y donde la participación vecinal en los primeros auxilios tuvo un gran protagonismo, son puestas en seguida en el primer plano.

Otro detalle es el de «ambientar» las grabaciones de las entrevistas desde las terrazas de edificios señeros del centro de Madrid -croma mediante, eso sí-. Una decisión creativa, porque los documentales también las necesitan, que permite integrar la narración en la ciudad y que no se reserva solo para expresidentes o exministros, también para los miembros anónimos de los cuerpos de seguridad o sanidad que atendieron a las víctimas en el momento de los hechos.

El desafío éramos nosotros

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Volviendo a la política, el peaje por contar con todas las voces es una cierta incocrección en la atribución de responsabilidades o disolución de las responsabilidades, cada cuál de las suyas. Si el 11M de Netflix nos dejaba un documental que era en una mitad una revista y en otra un anuncio de campaña de Rodríguez Zapatero, El desafío: 11M es uno de esos textos periodísticos que en aras de querer incluir a todo el mundo sin molestar a nadie acaba siendo demasiado equidistante.

De hecho, algún episodio se centra más en los SMS de la noche del 13 de marzo, con los diferentes actores políticos o periodísticos más justificando sus decisiones en ese momento que ofreciendo un testimonio fiable, que a la documentación de los hechos. Destacan voces como la de José Antonio Zarzalejos, entonces director del ABC, capaces de repasar el momento sin leerlo ni en clave actual ni de disputas posteriores o anteriores -al contrario que el propio Aznar o el posteriormente ministro José Blanco, por poner un ejemplo de cada-.

Eso sí, Agulló tiene la o -o la mala leche- de montar al final de dicha entrega los testimonios al respecto de las víctimas, que reaccionan con comprensible enfado y frustración e incluso pidiendo que no les hablen de política. Incluso llega a montar la cobertura informativa de la época en los colegios electorales de Santa Eugenia y dejar los episodios de insultos a dirigentes del PP tal cual.

De nuevo, y como reflexionábamos en la cinta 11M de Netflix, al final los documentales sobre el atentado se acaban convirtiendo en testimonios de una discusión partidista. Algo que demuestra que se cumplió uno de los objetivos de los terroristas: desestabilizar el sistema democrático. Así, frente a El desafío: ETA, que al fin y al cabo celebraba una victoria del Estado de Derecho, esta segunda miniserie acaba en un balance triste, a 17 años vista, en el que los políticos profesionales siguen rumiando sus viejos rencores y las víctimas hundidas en un cierto desamparo moral. Lo cual, por cierto, solo significa que el documental ha sido tan honesto como podía.

Imágenes: El desafío: 11M – Prime Video

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