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Crónicas

‘Tierra de nuestras madres’ recuerda que todos somos contingentes pero las aldeas galas son necesarias

La película de Liz Lobato ficciona en clave 'surruralista' la destrucción de la España vaciada en una película tan amarga como divertida protagonizada por los propios vecinos de un pueblo manchego
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Tanto neorrural y tanta leche y tenía que llegar el que recuperase las enseñanzas del Maestro Cuerda. Por supuesto, en La Mancha. Tierra de nuestras madres es la comedia amarga que le faltaba al actual auge de películas que regresan al pueblo desde el punto de vista de algún lacio de ciudad y vienen a reformular la vida y todo lo demás (en todas partes). Es un grito desesperado de ayuda y al mismo tiempo una celebración de la vida, el humor surrealista y la diversión. Es, en fin, la aldea gala. Y una película con una cabra que habla. Que ya era hora.

La actriz Liz Lobato presentó su primer largometraje, estreno absoluto en la sección Zonazine del Festival de Málaga, una propuesta con mucho en común con sus cortos de ficción, en blanco y negro y cargados de surrealismo y sentido del humor. El veterano Saturnino García (Justino, un asesino de la tercera edad) interpreta el papel protagonista, el de una jubilada que sobrevive junto al lago de sal de sus ancestras en el ficticio municipio de Villacarrizo. Una tarea que cumple sin atisbo de parodia y rodeado de un elenco de actores no profesionales con mucho compromiso.

El pase en el cine Albéniz, el pasado domingo 12 de marzo, fue algo accidentado, con un problema técnico en la proyección, un micro que no funcionaba y la sordera de Saturnino (él afirma que no, que es el resto de la gente, que habla bajito). También un ejemplo de eso que ahora llamamos resiliencia: las vecinas de Villacañas (localidad real del rodaje) cantaron ‘A La Mancha manchega’, Liz Lobato compensó impostando la voz la falta de micro y, en general, todo se fue resolviendo con buen humor. Porque además, la película es muy divertida.

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Liz Lobato durante el pase de ‘Tierra de nuestras madres’ en Málaga. Foto: Koke Pérez/Festival de Málaga.

El alcalde de Villacarrizo, un pequeño pueblo manchego, es adicto al juego y para compensar sus enormes pérdidas, se corrompe. El partido, desde Toledo, lo ayuda a subastar el municipio por piezas a una megacorporación china que quiere ponerlo a producir agricultura industrial para la potencia asiática. Los vecinos asisten con impotencia al proceso hasta que la primera en reaccionar es Rosario, la dueña de la laguna de sal, una anciana jubilada que malvive junto a su hijo Ofelio, un joven con discapacidad intelectual. Gracias a ella, un pequeño grupo de disidentes hará frente al invasor, igual que en la Guerra de la Independencia se derrotó al francés.

La oleada del neorrural viene cargada a veces de exceso de poesía y de idealización urbanita, aunque también de derrota. Alcarràs y Los saldos, una multipremiada y la otra casi desconocida, se rodaron casi a la vez a pocos kilómetros la una de la otra —la famosa en Cataluña, la no famosa en Aragón— y, como extremos del espectro —ficción que parece documental y documental que parece ficción— tienen algo en común: la derrota. Tierra de nuestras madres no las impugna, pero las invita a corregirse: pelead, viene, a decir. No por nada, es que no queda más remedio.

De hecho, Tierra de nuestras madres tiene mucho más que ver con una película anterior de la oleada, hoy un poco olvidada: Destello bravío. Por el lugar que escoge, por el reparto de intérpretes naturales en la tercera edad, por el surrealismo para abordar problemáticas muy crudas sin cortapisas, por el aire de fábula popular, por el protagonismo femenino no normativo… Quizás no tiene la experimentación narrativa y el espíritu desafiante respecto a los lenguajes establecidos en el cine de aquella, pero es igual de antisistema en todo lo demás.

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Tierra de nuestras madres película Liz Lobato

El tono, en general, salvo momentos puntuales que no se cortan con la precariedad en la que viven Rosario y Ofelio o el final más o menos amargo, es juguetón, divertido y pleno de ese humor manchego que José Luis Cuerda bautizase como ‘surruralista’. La identificación de las intérpretes amateur de Villacañas con lo que cuentan y lo bien que debieron pasárselo contándolo se contagia en cada golpe inesperado, y la sala de los Cines Albéniz en Málaga lo disfrutó a carcajadas.

Lobato aprovecha muy bien el blanco y negro de Tierra de nuestras madres. Por un lado para subrayar que lo que está contando es una fábula —que la narradora sea la cabra de la protagonista también ayuda— y por otro para siniestros paralelismos con la vida real y la historia de nuestro país: cuando los habitantes de Villacarrizo son obligados a desalojar el pueblo, las composiciones recuerdan a las fotos mil veces vistas de los exiliados españolas cruzando la frontera de los Pirineos durante la Guerra Civil.

La directora lleva casi 10 años trabajando en el guión de este largometraje: «Desde hace muchos años estamos viendo una tendencia: una gran empresa compra una tierra que atraviesa un pequeño pueblo y se olvida de sus habitantes, que finalmente son forzados a irse. Y el problema es que estamos tan sometidos que no se nos ocurre rebelarnos». Los habitantes de Villacarrizo lo hacen, aunque no relevaremos si la poción mágica que se toman surge efecto. Solo nos despediremos con un: ¡Viva La Mancha!

Imagen de portada: Tierra de nuestras madres – Festival de Málaga
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.