Series españolas
Urban. La vida es nuestra: Operación Copiaypega

Urban. La vida es nuestra es la historia de Lola y Janet, dos mujeres jóvenes que sueñan con triunfar en el mundo de la música. Se conocen por casualidad en Madrid cada una con su propia crisis personal y artística y huyen juntas a Málaga, de donde es Janet. Allí saltan chispas entre ambas y con el ex de Janet, Patrick, un trapero macarra pero de buen corazón. La oportunidad les llegará con el concurso de música urbana más conocido de España: Urban.
Operación: Triunfo fue un fenómeno de masas en la España de los primeros 2000 y también en su revival de 2017. Fíjense que, sin salir del ámbito de esta web, se estrena este otoño en Movistar Plus+ un documental sobre David Bisbal dirigido por Alexis Morante (Héroes. Silencio y Rock&Roll, Camarón: Flamenco y revolución) y Amaia Romero debuta como actriz en La Mesías, que se acaba de estrenar en Donostia. Y el año pasado tuvimos La última, convirtiendo en fantasía infatiloide la carrera de Aitana Ocaña (hasta el punto de ponerle de novio ficticio al actor que era su pareja en la vida real).
Al mismo tiempo, la misma Prime Video, que estrena esta Urban. La vida es nuestra, no deja de dar la matraca en todas las redes sociales habidas y por haber con la edición 2023, la primera directa a streaming del formato y otro pasito más hacia que las plataformas, publicidad mediante, sean ya la nueva tele de los 90. Amazon, desde luego, ya ha fagocitado a Mediaset, casi convertida en productora de service sin control alguno sobre el trayecto de los productos que, sobre el papel, siguen sacando a pachas.
Que te tenga llenita la nevera

El formato de competición musical, los talents shows, como dicen los horteras, parece conservar cierto tirón entre la chavalada y además son fábricas de sacar «marcas personales» con plantilla, así que no es de extrañar que se intenten ficcionar. Un paso adelante, en 2002, fue fruto indirecto del pelotazo del OT original, pero su secuela UPA Next parece no haber tenido tanto éxito. Urban. La vida es nuestra intenta espolvorearle a los giros del talent estética de la consabida «música urbana» y un par de actriz muy famosas entre su público objetivo, a ver si cuela.
En El malestar de las ciudades, el periodista Jorge Dioni apunta a que el sistema actual todo lo vuelve competencia y hemos pasado de programas musicales en los que cada cuál exhibe sus cualidades a concursos en los que se trata de pisar al otro para avanzar. Urban. La vida es nuestra está lleno de esa retórica: te presenta a los personajes pegándosela en castings donde los tratan… bueno, como Risto Mejide y otros a los concursantes de ese tipo de formatos, o currando de camareros, con esa mentalidad tan yanqui de «no soy pobre, soy un rico con una mala racha» y lógica de autoayuda y narcisista.
La gracia es como la trama es 100% artificial —los realities también tienen guiones, y hasta «profesores» encargados de reñir a las concursantes si dicen que un cover que tienen que interpretar no les gusta— pueden reproducir todos los giritos molones que en un OT normal son más difíciles de generar por ciencia infusa. Los exes que compiten y se odian, pero se ven obligados a hacer un dueto. El triángulo amoroso. Las dudas, los conflictos familiares y los problemas económicos. Porque claro, como en La última con Aitana y Miguel Bernardeau, nos tienen que vender que los protagonistas son «de barrio», como tú. Esto te podría pasar a ti, si lo deseas muy fuerte.
Málaga, qué hermosa eres

Porque ahora las series mainstream son una especie de soporte para emplazamiento publicitario más allá de la marca de leche en la mesa de la cocina de Médico de Familia. Sirven para mostrar una determinada imagen de tal o cual ciudad. Madrid como centro glamouroso para los negocios en Montecristo o Los artistas. O Málaga como la Nueva Nueva York.
Aquí tienen la jeta de que una local diga que está la ciudad de los turistas y luego «la de verdad»… y esta última sea un garaje genérico que podría estar en cualquier parte del mundo mientras luego solo vemos playas y chiringuitos y los únicos personajes con trabajo son camareros, limpiadoras o guías turísticos. Bueno, y uno es frutero.
Dirán ustedes, «pues todo eso puede ser ironía o algo». No tiene pinta, la verdad, porque el formato «concurso musical» se contagia a cada rincón de la trama y es otra enésima serie dirigida a adolescentes pero interpretada por casi treintañeros, incluido su tratamiento de las clases sociales, que son cosas que caen del cielo y nadie sabe cómo ha sido, y lo importante es trabajar duro y salir adelante, cada uno por su cuenta y sin pasarse de solidarios. Al macho trapero lo deconstruyen un poco y las subtramas amorosas son inclusivas, pero vaya, eso es ya peccata minuta. Así que la series es lo de siempre.
Cerrando el micrófono, Urban. La vida es nuestra es otra de esas series en serie, de cadena de montaje, de «vamos a poner cosas que dice TikTok que le gustan a la chavalada». No es que nada esté rematadamente «mal», porque, como siempre, trabaja gente competente —aunque se nota qué parte del reparto sabe cantar y cuál no, claro—. Los diálogos, los giros, los conflictos son los que uno esperaría leyendo la sinopsis y mirando el reparto. Podría ser peor, pero también podría ser mejor. O al menos, suponer un mínimo esfuerzo.


Jose A. Cano